REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 10 | 2019
   

Letras, libros y revistas

En París faltaban lámparas


Roberto López Moreno

Ábrara. La décima tercera regresa… es aún la primera. No hay comillas asumibles. Es el todo que en nombre de los todos delinea su curso curvo en contrarreflejo de tiempos, e incluyente, voz colectiva y pensamiento que la mueve en nombre de la suma. La trezième revient… C’est encore la première. Es el rayo de luz impulsado… (Lezama)…
Tarquinio El Soberbio ordenó poner en cruz los cadáveres de los suicidas y abandonarlos como alimento de las aves carroñeras y de otros animales salvajes para combatir así, de manera categórica, una epidemia de suicidas que estaba azotando su reinado. Los suicidas crucificados regresaron al mundo entre colmillos voraces y picos filodrásticos.
Una y otra vez he caminado hasta las orillas del Sena con este pensamiento y me he devuelto en ámbito de vergüenza por la decisión trunca y el ánimo incapaz, ángel derrotado. Retorno a la loza resbaladiza, maloliente, sin una moneda en la bolsa pero meditando en que aún no es la hora de iluminar con el sumo desprendimiento esta oscuridad de atmósfera irrespirable.
Los griegos enloquecían ante el loco y asesinaban el espejo fuera de sí mismos, lo destruían desbarrancándole hasta fundirlo con las olas que bullían mar abajo, agitando desesperadas sus espumas carnívoras. Los medievales crearon la diabólica “nave de los locos”, en ella embarcaban a los alterados y los lanzaban hacia las rutas infinitas sin brújulas ni timones. Algunos que por momentos retornaban a estados de razón, volvían a enloquecer, irremediablemente, al saberse a bordo del destino terrible impuesto por los que habían quedado en tierra, comentando las características del más reciente embarque.
Tarquinio fue el último rey romano, el último de siete, faltaban seis para el reinicio de los procesos, por eso los dementes no se extinguieron en tales prisas y siguieron proliferando dentro de su reinado. Aquí mismo, entre las sombras de la Rue Vieille-Lanterne he visto a un hombre caminar con paso dificultoso mientras jala una langosta en el extremo de un listón azul. El hombre, oscuro, la langosta, el listón azul, Tarquinio hubiera enloquecido en pleno Primer Distrito de París.
Fui dado a luz en 1808, pero los que saben cosas dirán que fui dado a la sombra por mí mismo en 1855, en apegado cumplimiento a un poema mío llamado “Epitafio”: “Y una noche de invierno, cansado de la vida, dejó escapar el alma de la carne podrida y se fue preguntando “¿Para qué habré venido?” Ni el más mínimo eco de respuesta ni entre ramas ni entre árboles se ha escuchado desde ese entonces en los etéreos devenires del cementerio de Père-Lachaise.
Pero también el brillo del día es mi brillo, lo sabe la langosta, lo goza igual que yo, la langosta, esa tierna compañía que desprecia junto conmigo el asombro de la gente que nos ve pasar por las pequeñas y sucias callecitas que entre sus encrucijadas nos llevan a los resplandores de la pequeña plaza de St. Michel, en uno de los costados resbaladizos de la Isle de la Cité -llena de pordioseros y desgarrados- cuando podemos caminar sobre ellas, cuando no están inundadas y llenas de lodo podrido.
Gerard Labrunie era el verdadero nombre de aquél que alguna vez expresó: “mi misión es restablecer la armonía universal evocando las fuerzas ocultas de las antiguas religiones” y considerando que el sueño es el desdoblamiento de una segunda vida, desde sus dos seños se convirtió en el más grande poeta del romanticismo, para muchos, el verdadero padre de la modernidad de la poesía francesa.
Su gran cultura fue sacudida también por las creencias de religiones remotas, por fantasías que se desprendían de viajes realizados a Egipto y a países del medio oriente. Todo ello le brindaba el sueño, el universo del otro, hasta llegar a los lindes del mundo de la langosta, hasta contenerse en la orilla misma de Aquerón, cuando en uno de sus poemas la reina (la Virgen María, la Diosa Isis, Jenny Colon) besó su frente calcinándola.
Y afuera del verso los pordioseros en aquellas calles malolientes que acentuaban las dualidades en las que vivía y que lo llevaron a seguidas depresiones hasta tenerlo que internar varias veces en clínicas siquiátricas, hasta su muerte. De pronto el hombre de la Francia de mediados del siglo XIX enredado en asuntos de ocultismo, magia, hermetismos, taumaturgias, sufriendo la más aguda pobreza después de dilapidar una herencia materna arrebatado por el amor a una actriz, Jenny, con quien experimenta pasiones abismales y quien incluso, con su muerte, a los apenas 34 años de edad, agrava los desequilibrios de su sistema nervioso.
A esto habría que agregar los experimentos -muy de los artistas de la época- con el hachis, el ajenjo, las drogas y los estimulantes de toda naturaleza, en sesiones que realizaba con Baudelaire, Balzac, Flaubert, Dumas, todo esto en el interior del Club de los Hachisianos fundado por Théophile Gautier en el Hotel de Lauzun, por cuyo adoquinado recorrieron todas estas ansias en busca de conocer las sustancias verdaderas de los seres y del mundo, libres de los formalismos racionales, es decir, en su estado más puro, para alcanzar el alma más pura, para crear el arte más puro, la más genuina expresión del hombre y del universo. Este Club de los Hachisianos funcionó entre 1844 y 1849, atrás de los misterios de su silencioso adoquinado.
Yo lo vi. Yo lo experimenté. Yo lo sé, hay otro mundo tanto o más terrible que éste. Lo vi de tal manera que traté de explicarlo cuando escribí “Aurelia”: “vi monstruos que se cambiaban de forma y despojándose de sus primeras pieles se alzaban más poderosos, gigantescos. La enorme masa de sus cuerpos rompía las ramas y las hierbas, y en el desorden de la naturaleza se entregaban a combates en los que yo mismo tomaba parte, pues tenía un cuerpo tan extraño como el de ellos. De repente fluyó un aire divino, el planeta se iluminó; todos los monstruos que había visto se despojaban de sus formas extrañas y se convertían en hombres y mujeres o en peces y pájaros de formas conocidas”.
Los médicos de la época lo auscultaron, lo atendieron, diagnosticaron: su mal es: “Demoniomanía”.
Y él, mientras, seguía tropezándose, sin un centavo, en aquellas calles lúgubres, de un París muy antiguo, de barracas de ecos medievales, calles que constituían verdaderos acertijos del demonio, en donde amasaban los pobres sus miserias, en donde se respiraba a excremento cuando no se untaba el ser en indistinguibles viscosidades vertigando el asco.
-¿Y por qué le diagnostican como mal el de “Demoniología”?
-Porque él mismo asevera que “sostiene comunicaciones demoniacas y que es un profeta anunciado por el Apocalipsis”.
Camino hacia mi descanso pero la langosta es lenta, despreocupada, no le importan los orinales que se vacían a nuestro paso. Para evitar estos perjuicios en varias partes ya abrieron canales, e incluso muchos de ellos ya no permanecen al aire libre, se ha creado un sistema de cloacas, pero las cloacas no nos liberan de estos olores nauseabundos. Los deshechos arrojados desde las sillas para regir se guardan abajo, en depósitos de excrecencias que por las noches se hacen llegar a los grandes conductos de la ciudad para desalojar todo aquello, pero no obstante, entre los pobres, todos los días conviven la peste, la sarna, el cólera, la tuberculosis, revueltos con los malos olores…
Llevo la cinta azul en la mano, me detengo, no paso más allá de Aquerón, aún no, es el río de fuego del que ya no se regresa, es el infierno si éste de acá no es. Pero si éste es, para qué juntar los dos desde hoy. A veces no se pisa acera de piedra, se pisa lodo, pero hay que caminar. Ayer arranqué un pedazo de periódico y leí algo que firmaba el Visconde de Launay:
“Qué feo es París después de un año de ausencia. ¡Cómo se ahoga uno en estos pasillos oscuros, estrechos, húmedos y fríos a los que nos gusta llamar calles de París! Uno pensaría que se encuentra en una ciudad subterránea, ¡Tan pesada es la atmósfera, tan profunda la oscuridad! Lo digo desde este 1838”.
Alejandro Dumas describía así la atmósfera que me rodeaba: “Su hábitat podría ser, ni más ni menos, que un fumadero de opio de El Cairo o un comedor de hachis de Argel”. Por cierto, se dice que fueron mis viajes a esos otros puntos del planeta, a la otra latitud del sueño, los que me acercaron más a las clínicas siquiátricas.
Leo esto y me causa sobresaltos ¿ésta es la existencia? “lo quise saber todo al final nada he sabido”. “Un domingo me desperté con un dolor sombrío, fui a ver a mi padre y no lo hallé, vagué por calles, llegué a la iglesia de Nôtre Dame, fui a arrojarme a los pies del altar pidiendo perdón por mis culpas. Pero algo en mí decía “la virgen ha muerto y tus rezos son inútiles, Dios también ha muerto”. Salí desconsolado, me dirigí a los Campos-Eliseos y luego a la Plaza de la Concordia, mi pensamiento era destruirme. En varias ocasiones me dirigí al Sena con ese fin, pero algo me impedía cumplir ese designio. Las estrellas brillaban, pero de repente me pareció que se apagaban como las velas que había visto en la iglesia; creí que los tiempos estaban ya cumplidos y que tocábamos el fin del mundo anunciado en el Apocalipsis. Creía ver el sol negro en el cielo desierto y un globo rojo de sangre por encima del jardín de Las Tullerías. Me dije: “La noche eterna comienza y va a ser terrible”. ¿Qué va a suceder cuando los hombres se den cuenta de que no hay sol?”
Pero hay que cumplir. Para Séneca “el suicidio era un acto enérgico por el que tomamos posesión de nosotros mismos y así nos libramos de inevitables servidumbres”.
Y entonces van a decir: Nerval nació en 1808 y murió en 1855, su sombra deambuló entre deshechos para liberar su alma en la calle más oscura que pudo encontrar. Su vida y su suicidio anticipan a la denominada “poesía maldita”. Su interés por lo onírico es precedente del Surrealismo. El mismo término de “Surrealismo” denominó a otra corriente poética posterior. Entre sus obras hay que nombrar el ensayo “Los iluminados” las novelas cortas Las hijas del fuego, la novela fantástica Aurelia; la poesía recogida en Las Quimeras.
Faltaban tres años para que el poeta Nerval muriera cuando Napoleón III comisionó al Barón de Haussmann con el fin de que acabara con las cloacas y diseñara el París moderno que hoy todo mundo conoce. Como cualquier supuesto acto de modernidad, el Barón aprovechó el encargo para engrosar su bolsa en forma desmedida y a su vez para trazar una ciudad que no terminaba con la pobreza, con la miseria ni con las epidemias, tan sólo las desplazaba a las orillas de las orillas.
Una vez desplazados los trabajadores se aprovechó también para diseñar una urbe que impidiera a los ciudadanos el recurso de tender barricadas contra los malos gobiernos. Se abrieron grandes avenidas, para favorecer el comercio pero también para que por ellas pudieran avanzar los grandes ejércitos para aplastar los movimientos populares, como se vio pocos años más tarde cuando por esas avenidas creadas por Haussmann, el genocida Adolphe Thiers aniquiló a la histórica Comuna de París. Pero en las orillas de las orillas prevalecían insistentes el hambre y la miseria, como las que llevaron al suicidio, en parte, a Gérard de Nerval.
Pero eso vendrá después, ahora yo, Nerval, me ahogo en la miseria y el abandono cuando no en el peregrinaje de hospital a hospital siquiátricos. Vi a Dios muerto como ya lo habían visto en Alemania Jean-Paul Richter y lo poetas alemanes. Jean-Paul ya nos había advertido supuestamente en la voz de Cristo: “He recorrido los mundos, subí a los soles y volé con las vías lácteas a través de los desiertos del cielo, pero no hay Dios. Bajé lejos y profundo, hasta donde el Ser proyectaba sus sombras. Miré al abismo grité: “Padre, ¿dónde estás?”, pero sólo escuché la eterna tempestad que nadie gobierna; y el brillante arco-iris formado por todos los seres estaba ahí, sobre el abismo sin que ningún sol lo creara y se derramaba gota a gota. Y cuando alcé la mirada hacia el cielo infinito buscando el Ojo de Dios, el universo fijó en mí su órbita vacía, sin fondo; la Eternidad reposaba sobre el Caos, lo roía y se devoraba a sí misma -¡Griten disonancias, dispersen las sombras ya que Él no es!”
Y más adelante, como justificando el suicidio mismo: “¡Cuán solos estamos en la gran fosa del Todo! Sólo me tengo a mí mismo. -¡Oh Padre!, ¡Oh Padre!, ¿dónde está tu pecho para que en él yo descanse? ¡Ah!, si cada yo es su propio Padre y Creador, ¿Por qué no puede ser su propio Ángel Exterminador?”
¿Por qué no puedo ser yo mismo mi propio Ángel Exterminador? Me regresé del Sena varias veces. Me he negado a cruzar el Aquerón, la frontera de fuego. Pero en la iglesia la virgen me dijo que ya había muerto. Yo sigo golpeándome entre estas paredes oscuras, llenas de frío y humedad. De este paisaje tenebroso, dentro de muchos años, cuando de mí ni el polvo de mi polvo exista alguien vendrá. Le dirán Lezama. Les dirá Lezama:
“Así como Baudelaire unió la querida gorda y la flaca, característico de su estética que prefiere guardar el dado y esperar el azar, Nerval, por el contrario, se rodea de dos tentaciones: la idea de que todo en él va a dar en el suicidio y de que tiene que depender de la casquivana actriz Jenny Colon. Sus sensuales excentricidades bajando el telón, las reuniones de artistas en casa del escultor Jean du Seigneur, romántico, enemigo del Ciérsinger donde se reúnen madame de Sebatier y Baudelaire, sus viajes a Bélgica para encontrarse con la actriz pueden hacer un Meyerber; pero su suicidio colgándose en el callejón de la Vielle Lanterne, es un tema Berlioz-Doré. Su vida pasada de un Berlioz a una cita con Liszt, pero sin detenerse en la única compañía del gran músico que tiene que acompañar al poeta, pues Wagner parece ser desconocido por su prosa de un impresionismo homogéneo, de calada llovizna pero fiel a la constante amenaza del suicidio, cosa en la que seguramente no pensaba mucho Wagner.” Esto es latir, sustento, del Lezama, dentro de su analécta del reloj.
Hay un lugar en el planeta al que llaman distancia, de más allá, arrojado por palmeras y exageraciones tropicales, dentro de mucho más de un siglo de trajines, vendrá un Roberto López quien vivirá unos días en la Rue Francs Bourgeoi, justamente a la mitad del tramo que queda entre la Place des Vosges y el edificio de Les Archives Nacionales. Cruzará todos los días por Le Pont Sully, y caminará por el Boulevard de Saint Germain hasta alcanzar la renovada Place de Saint Michel, desembocadura de varias avenidas modernas que serán para entonces. Las excursiones constituirán lo ocioso, las nostalgias inventadas, la automentira sostenida con tirantes necios, la falsa evocación, el suspiro hipócrita. No hallará nada, todo esto habrá desaparecido, sólo se mentirá conscientemente. En aquel París de turisterías no habrán quedado ni sombras (y él bien lo sabrá) de lo que fue esta maraña de callejuelas deprimentes, transitadas por el pordiosero y el asaltante, en donde hemos comido los de hoy, este pan oscuro que se nos vuelve cuerpo del suburbio mismo.
Yo soy el otro. La Trezième revient… C’est encore la première Vamos hacia el final que es ir hacia el principio. Se ha hablado de mi interés por la cábala, en ella, el símbolo 13 es un esqueleto, la muerte, con una guadaña, dedicada a segar hombres en un campo de hierba tierna, donde cabezas y rostros jóvenes parecen estar porfiando desde debajo de la tierra y surgiendo así por todas partes. Es el número de los cataclismos para que se pueda partir la tierra nueva.
Como porta una advertencia sobre lo desconocido y lo inesperado, adaptarse adecuadamente al cambio atraerá para beneficio la fuerza de la vibración y reducirá los potenciales negativos. Está asociado con el genio, con la ruptura de lo ortodoxo, con el descubrimiento.
El siguiente paso, el 14, se asocia a la comunicación magnética, a la interrelación por la escritura, por la publicación, por la difusión, por el anuncio, evangelante energía, espiritual dialogalidad, que interaccionan los tiempos.
Entonces en el paso 13-14 que se hace uno -uno del nuevo 13- se está reiniciando, reciclando, reinventando incluso, estamos reSiendo con la nueva novedad de enfrente que se convierte automáticamente en la nueva novedad pasada. Aquí parte el recorrido dibujando una espiral, más que un círculo. Ábrara, como se viene de donde se viene representa el inicio del inicio; la partida, sin que nada parta de la nada. El hombre-materia es ábrara del hombre espíritu, el salto dentro de la espiral. La Trezième revient…
Dejo lo escrito. Me interno en la oscuridad de un callejón sin esperanza alguna en el otro extremo. Algo ha pisado mi zapato haciéndome resbalar ligeramente. ¡Qué honda oscuridad! Me regresé del Sena aquella vez, algo, quien sabe qué, me detuvo. En el siguiente episodio me negué a cruzar el Aquerón, el río de fuego, rehuí al no retorno y por ello seguí arrastrando la desdicha. Me cimbré sacudido por el terror frente a los monstruos que se repartían a Dios entre sus fauces. Bajo mis pies corre el agua oscura entre excrementos y animales terribles, propios de lo sombrío. Soy el suicida que no ha cumplido con su exterminio. Soy el otro y no tengo derecho a atarlo a esta curva tenebrosa que es mi curva, la mía. ¡Soy Nerval! ¡Farol de petróleo, estrella caída sobre la turbia calle! ¡Soy Gérard de Nerval! ¡Soy esta lámpara encendida entre las sombras!
-Sssshhhh, no vaya al callejón del fondo, hay un hombre colgado del poste.