REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Confabulario

Camelia


Carlos Alberto Duayhe Villaseñor

1
La noche oscura recorría cada rincón del cielo y de la casona de dos pisos ubicada en la calle Américas de Buenos Aires, un alejado suburbio del centro iluminado, en donde había más que penumbras y silencio apenas interrumpido. Allí estiraban las piernas en sueño profundo los captores, confiados en el deber cumplido. Esperaban entregar estos pajarracos les decían, cinco, tres hombres y dos mujeres, entre ellos unos que hacían pareja, acorralados todos, ateridos de frío y golpeados de los tobillos hasta la cabeza en una habitación del sótano, o recibir otras instrucciones. Cerca, los ronquidos de los uniformados; lejos, el ruido de vehículos, sonidos de bocinas, la sed, el terror que abonan estos encierros por lo que venga y ese frío invernal en los huesos. Cuco miraba a Luisa y le entrecerraba los ojos ante la estricta prohibición, más allá de los lamentos, de cruzar palabra. De vez en vez uno de los vigilantes subía a ver la situación con una macana y despertaba a golpes a los más próximos a la puerta que resguardaba el cuarto.

2
Una década en Madrid no fue fácil estancia de Marcelo Astriani, el joven que un día comenzó a distinguir calles y avenidas, el metro, los autobuses y taxis. Adaptarse al estilo español fue una tarea persistente hasta que le tomó, como decía, el pulso a modo. Le ayudó mucho Carmela, novia afectuosa, quien por un periodo de siete años, de enseñanza y no pocas veces resignación y rabietas, lo aguantó. Eso le ayudó a sortear en alguna medida sus preocupaciones centrales permanentes, una sobresaliente: el inminente retorno a Buenos Aires ahora con un acento madrileño y recuerdos gratos salvo los encerrados en lo más profundo de su mente, que jamás, por más que luchó por ello, pudo abandonar.

3
Cuco se dio cuenta del profundo sueño de los policías, ni uno despierto en el cuarto de la casona. Hizo señas a Luisa con la mirada y la cabeza, de salir; ella se recobró de los golpes y asintió. Los otros dos hombres y la mujer que les acompañaban en el cautiverio, amigos de la Universidad, estaban muy abatidos y dormitaban, así que con todo sigilo la pareja logró ponerse en pie sin ruido, bajar unas escaleras con la firme convicción de correr con todas las fuerzas a sabiendas de tentar el fin en cualquier instante. Aún era de madrugada y lograron alcanzar la puerta e iniciar la carrera a la velocidad posible, ella lo llevaba de la mano por lo lastimado que estaba y lo impulsaba a no frenar el paso, varios disparos sonaron detrás, hasta que la caída de Luisa detuvo a Cuco, quien como pudo la volvió a levantar y alcanzaron un camión de basura que, por milagro, les hizo el favor de recogerles. Cuando los policías llegaron al cruce ya no había ningún vehículo ni nadie a la vista: eran las cinco y diez de la mañana. En el reporte no dieron a conocer ni la detención ni la fuga, solamente dieron cuenta de un ataque por lo cual tuvieron que repeler a los subversivos. Sello secreto: “saldo de cinco bajas en el domicilio de la colonia La Estancia: dos mujeres y tres hombres, menores de 25, al parecer estudiantes sin identificación, abandonados cerca del lugar de los hechos”.

4
El regreso de Madrid a Buenos Aires lo hizo volver a sonreír, preguntar aquí y allá por los tíos, los parientes dispersos, los casados, divorciados y hasta unos viudos supo, una familia grande donde, como dijo su madre, entre unos y otros casi cincuenta, suele suceder de todo. Por eso sus padres y tres hermanas decidieron hacer en la finca alejada de la ciudad una reunión mayor con todos aquellos sobrevivientes a quien tanto deseaba volver a ver y departir, aunque ellos fueran otros y ni qué decir, él. Entre guasas salió el tema de los amigos universitarios de antaño: se hizo silencio en la sala de la vieja casona campestre. Poco se sabía aún, muchos murieron dijo alguien por ahí, las hermanas y los primos contemporáneos optaron por levantar la mesa e irse a refugiar a la cocina, al asado, a la barra de vinos, evidente que nadie quería remontarse a una de las etapas más sombrías de una sociedad asediada como de la que formaron parte alguna vez y que tantos contratiempos originó en el territorio y en sus particulares barrios y viviendas, casi nadie a salvo de algún conocido o cercano afectado o ido por siempre, sombras que seguían a lo lejos a los mayores, tal cual era el hijo aparecido luego de una década con acento español a cuestas.

5
Marcelo sorprendió en la noche a su hermana Camelia, en la cocina. Estaba preparando un pastel. Sin mayor preámbulo le preguntó por Antonia, Luisa, Isaac, Esteban y Cuco, sus entrañables compañeros de la Universidad Pública de la Concordia, en donde estudiaban Leyes cuando se desató la revuelta y el golpe de militares y la policía, juntos ellos y los otros. Solo quería corroborar qué había ocurrido. Ella levantó la vista y dijo: muertos cuatro, vivo uno ¿quién, dilo coño? Sólo Cuco y Luisa regresaron alguna vez de México, ella murió hace poco aquí. Te sugiero guardes distancia, no olvides hermano querido. ¿Dónde vive, carambas?

6
Hermana: recuerda que me enfrenté al golpe en las calles de Buenos Aires, por decir de alguna manera, a tal grado que a mí me tocó el exilio sin más: México unos meses y España casi diez años. Como sabes lo más hermoso es que llegué a enamorarme profundamente un par de veces: de esa tierra mexicana y de una mujer que, si no fuera por el primo Juan de alcanzarle de inmediato a Madrid, estuviera aún entre sus brazos; no fue así, siempre hacerle caso y dejé todo de nuevo, trabajo, amigos y un amor que ya no se ha de acordar. Cuando estuve en la famosa España las cosas cambiaron, de la discreta amabilidad mexicana topé con voces toscas y enojonas, como si fuera normal andar con la bilis cargada en el hígado, herencias ancestrales y de ese señor Franco. Tuve que hablar y pensar como ellas y ellos. No adivinaban luego que fuera argentino, hasta el modo de hablar perdí. No sabes en las que me vi. Coño, dime ¿dónde vive Cuco?

7
Al principio los datos recabados con mis padres y hermanas acerca de su paradero fueron, por decir lo menos, escuetos y dispersos, como si trataran de desviar mi atención. Sin embargo corroboré que Cuco vivía relativamente cerca, en el barrio de La Aurora, calle Laurencia Scheti número 25, departamento 7, piso cuatro. A Juan Díaz Martínez le decíamos, desde la instrucción primaria, Cuco. Juntos llegábamos a la escuela chocando las loncheras y luego las cambiamos, siempre fraternos, a discusiones en la universidad. Acudíamos gustosos a nuestros encuentros desde los memorables días. Todo acabó luego por ese miserable golpe y por el maestro Everardo Aguirre y el coronel Esquince Báez, que los llevo pegados en la piel, que aún me duele. Supe que unas tres ocasiones Cuco llegó a visitar a la familia, aunque ellos preferían mantener sana lejanía. En principio supuse debido a las eternas diferencias de mi papá y mi tía Leticia, ellos conservadores y reaccionarios, Cuco y yo liberales. Le agradaba Camelia, la vida los separó, ella así lo entendía y ya no quiso saber más nada. Eso sí, antes de enojarse Camelia por insistirle tanto en lo de Cuco me recordó el billete desde Santiago a México y los cinco mil dólares que me entregó el maestro Everardo ¡Calla, por favor!

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Luisa recibió un balazo de los policías en la espalda cuando corríamos exhaustos y sin aire; justo en la avenida, un camión de basura, por esas circunstancias extrañas, detuvo la marcha al vernos maltrechos y nos permitieron subir a la parte trasera, entre los desperdicios, nada muy distante a lo que en ese momento, Marcelo, éramos. Nos dejaron en una clínica muy marginal, al otro extremo de donde nos encontraron; el chofer del camión bajó y dijo: mi prima es enfermera, ella los atenderá. Como fue, Marcelo, nunca he encontrado a esa prodigiosa profesional ni a ese conductor y sus ayudantes, nos escondieron. La enfermera como pudo le extrajo la bala a Luisa y a mí me enyesó un brazo fracturado y me compuso la nariz. Tres días después, gracias a otra mujer, la maestra Iscalbalzeta, pudimos escapar a Chile, a Santiago, de allí a México, que nos dio asilo. Te diré que yo no hacía ronda a Luisa, ella, siempre lo supimos, te quería a vos, más no quedó remedio: hicimos pareja hasta que murió a poco de llegar aquí, complicaciones del pulmón, amigo. Ahora ves a un Cuco guardado siempre en este pequeño departamento, herencia de los viejos, siempre pensando en Luisa y sus muchos secretos y sobre todo: no me sale quién diablos fue el que tuvo el tino de decir en donde estábamos escondidos los cinco cuando esos malditos policías nos atraparon, te digo, a los cinco. ¿Cómo está tu hermana Camelia? Siento que ella me da la vuelta, mira que me simpatiza aún la pibe.

9
Volví a casa, abatido. Camelia me esperaba en el fondo de la sala, ya muy noche. ¿Qué, cómo te fue che? Mmm, sabes Camelia, sabes, te asiste la razón de los cinco queda Cuco, te envía saludos. Y echamos a llorar como cuando éramos niños felices.