REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

De humanismo y animalismo


Héctor Nezahualcóyotl Luna Ruiz

                A Lucy, Perlita, Vania y Evalinda

En días pasados sostuve fuerte discusión con unas amigas del Facebook, pues subieron sendas fotos de la cornada que cierto torero había recibido en el cuello, llevando de colofón la típica advertencia de “es su karma” o “él se lo buscó”. La foto mostraba el pitón izquierdo del toro perforando el filo de la quijada de la víctima, lo que ocasionaba sangre a raudales y la cara de angustia del matador al sentir la fuerza de la bestia que lo penetraba y levantaba. De milagro no le desgarró todo el rostro, como vi una vez. Otras ocasiones he notado que se trata de personas que, independientemente de su formación profesional, sostienen tozudamente su postura de que, si una persona martiriza o tortura, por placer o profesionalmente, a un animal, se trata de alguien trastornado o sádico que se arriesga ante una bestia inocente. Por supuesto que no consideran que la profesión de “torero” sea digna o de buena fe y, en el mejor de los casos, igual de riesgosa que la del paracaidista, pero indignos de lástima o misericordia si caen “en el cumplimiento del deber”.
Esto es animalismo. Si humanismo es, según el diccionario, en una tercera acepción, la “doctrina o actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos”, animalismo denotará la doctrina o actitud vital basada en una concepción integradora de los supuestos valores animales 1. Digo esto porque hasta el momento ningún animal ha llegado a expresar su opinión sobre este mundo ocupado, conquistado y controlado por la especie humana, y por lo tanto desconocemos qué entiendan ellos por “valores animales”. Nosotros los observamos y sabemos de ellos, pero también nos imaginamos mucho más de lo que son en realidad. Sabemos que un perro es lo más fiel que hay porque hemos tenido perros maravillosos que nos han enseñado con su cariño, su compañía, su alegría, su incondicionalidad y su lealtad, cuanto puede apegarse una persona con un animal. Para una persona sola, misántropa como muchos se autodefinen, la compañía de un animalito puede colmar muchos espacios y llenar huecos emocionales y vitales, llegando a pensar que es lo mejor que nos ha pasado o que no necesitamos de nada ni nadie más. Esto es animismo. Esto es, cuando homologamos nuestro concepto (muy personal, subjetivo y único) de “alma” a la de los animales: que los animales, al sentir, tienen “alma” (suponiendo que tuvieran la imaginación tan deschavetada y excéntrica como la de los seres humanos) y son sujetos de nuestra más profunda compasión y cuidados, pues “vale tanto su vida como la de cualquier ser humano”. He llegado a leer gente en el facebook que escribe que acaba de recoger un perrito abandonadoen la calle, pero que no tiene dinero para mantenerlo, y nunca falta alguien que hasta pide se le proporcione el número de cuenta bancaria del buen perrero para ayudar a alimentarlo. Éste es el extremo del animalismo y es el extremo más absurdo, como pasaré a demostrar, pues ningún animal supera la alegría, compañía, cariño, incondicionalidad y lealtad que nos puede proporcionar cualquier ser humano. Por mucho que se jure y perjure que no necesitamos más que un perrito o un gatito para enfrentar el mundo.
¿Qué son los animales para nosotros y qué somos para ellos?
El hombre ha amado, admirado y tenido envidias siempre a los animales. Pueblos como el olmeca y el maya se consideraban jaguares y, por lo que se ha encontrado y deducido de ellos, trataban de incorporar como valores a su sociedad los atributos y facultades cuasi mágicas del enorme felino. En diversos entierros reales aztecas se han descubierto esqueletos de jaguares o pumas, como acompañantes mágicos o protectores del difunto, que quizá obtenía con ellos poderes o influencia cósmica del animal. Desde la Biblia hasta las actuales ceremonias de los tarahumaras (el famoso “yúmare”) se practica el sacrificio de determinado bovino o caprino, que incluso se quema su cuerpo para mejor proveer. Cuando Isaac se salvó de ser muerto por su padre Abraham, pues Dios se arrepintió los últimos minutos del sacrificio humano, le señaló al patriarca un animal entre las zarzas y muy contento el viejo pastor lo inmoló. Y nunca he leído a ninguna defensora o defensor a ultranza de los animales deplorar la sevicia y crueldad hacia los animales del tal Jehová. Pero el hombre se ha servido principalmente de tres animales para enseñorearse del mundo: el perro, el gato y el caballo. Conocido es el impacto del caballo y el perro en la conquista del nuevo mundo y cómo las diferentes razas de estos animales se han mezclado y formado nuevas especies, como el famoso “mustango” (caballo “regenerado” a partir de que se le dejó en grandes manadas en libertad). Así como los demás animales compitieron en sus diferentes etapas evolutivas y sobrevivió el más apto (incluido el hombre), del gato seguro tenemos el más apto y capaz para convivir con el hombre (menos irascible; de dientes pequeños; el más paciente o que aguantó más tiempo sin comer). Los animales tienen sentimientos y nos pueden querer mucho, pero no pueden establecer relaciones de igualdad, de justicia o de solidaridad a partir de su cariño. Creemos hablar con ellos y que nos entienden e incluso que nos escuchan en silencio, pero esas ansias de comunicación obedecen más a nuestra soledad e impotencia de comunicarnos con nuestros semejantes, que a la habilidad aprendida de nosotros de nuestra mascota. Por ser los más domésticos (esto es, que pueden vivir en nuestra casa sin muchos problemas), amamos a los gatos y los perros y hemos prescindido del caballo, sustituyéndolo por el automóvil, pero si fueran más grandes o “animalias fieras”, veríamos la manera de sustituirlos. La verdad en el mejor de los casos es que los amamos por su utilidad: un gato nos da cariño, ternura y compañía; un perro, fidelidad, ternura y protección, en su caso; pero si se tratase de un cerdo, además de estos valores agregados, su carne para comer. Hay un cuento hermosísimo de Afanasiev, autor ruso, que relata en el cuento (“La pata del gato”) de un mújik (campesino) que va a sacrificar a su gato, pues sus poderes mágicos lo arruinaban. Se hace una asamblea de animales, todos los de la granja en cuestión y pide la palabra el cerdo, quien propone:

“Hablaré con el amo y su esposa. Les diré que la vida de los animales es sagrada y que deberían sentirse avergonzados por las determinaciones que adoptan sin tomar en cuenta las consecuencias de sus actos”.

El consejo es aclamado, pero desechado amable y firmemente por los animales, pues todos sabían que los cerdos, principalmente, estaban destinados (genética y fisiológicamente) para la engorda y el sacrificio en provecho del diente del amo. Quienes proponen entonces que se consuman solamente vegetales y no “animales muertos” adolecen de autoritarios y mentecatos al suponer que pueden cambiar como por encanto y buena intención no sólo siglos de cultura gastronómica en todo el mundo, sino especies animales que, de no cultivarse por el hombre, se extinguirían irremediablemente.
¿Quién vale más?
Es preciso hacernos la pregunta, si en realidad queremos llegar al fondo de las cosas, o si se prefiere, matizarla para quienes les parezca obvia: ¿es posible comparar la vida de un animal a la de un ser humano? Para empezar debemos atajar a los o las entusiastas que asumieron negativamente la última frase del párrafo anterior. No podemos comparar la vida humana con la de cualquier animal, por mucho que estemos tentados a decidirnos por cualquier animal ante, por ejemplo, un narco. El narco lo es y está en una etapa de su vida en la que lo es, pero puede dejar de serlo y, gracias o pese a toda la sociedad, cambiar de profesión y asumir de improviso otros valores, estilo de vida, rodearse de personas más positivas o que hacen cosas buenas y altruistas y ni quién se acuerde que fue narco. Si lo alcanza la justicia, se irá a la cárcel, pero ahí también puede decidir ser alguien negativo o positivo, dependiendo de sus intereses, momento de vida, determinación de su futuro, etc. El animal en cambio es más fugaz y alabastrino. Un perro vive de diez a quince años y sus etapas de vida son rapidísimas; se confunde el tránsito de su “infancia” (cachorro) a la adolescencia o pubertad y cuando nos damos cuenta ya se cruzó y tuvo perritos. Una persona puede vivir hasta los cien años o más, tiene una actitud y personalidad en la infancia; otra en la adolescencia; otra en la edad adulta; otra en la etapa madura; y cambia también cuando es adulto mayor. En cada etapa tiene un conocimiento personal, que se va angostando o consolidando, dependiendo la educación, cultura, comprensión, cariño, apoyo, amor o confianza que se le dé y comparta. Si se convierte en un criminal o infractor esto puede ser un estado transitorio y llega un momento de su vida en que puede llegar a pensar que nada de lo que hizo valió la pena, sino lo que haga en adelante. Esta contingencia es lo que proporciona al ser humano su ventaja y superioridad sobre cualquier animal, que muchas veces es igual siempre y sólo la vejez los vuelve más lentos o reposados.
Un animal no tiene más remedio que aguantarnos. Lo compramos barato o caro, o ni siquiera y se nos regaló o lo recogimos, pero el resultado es el mismo: es nuestro y con todos los derechos, modos y cargas inherentes a nuestro título de propietario (a) que asumimos, exigimos y aplicamos de inmediato. No tiene elección y no está eligiendo o lo estamos convenciendo o aceptando: se está adaptando a nosotros. Consideramos grave traición o deslealtad si nos muerde o se ensucia impunemente en la casa (bueno, algunos, otros no dudan en convertirla en una perrera o gatera) y le enseñamos las reglas del amo, pues debe acatarlas o corre el riesgo de irse (también hay animaleros que tienen una paciencia infinita). Ganarlos es fácil y, si les damos de comer, nos aseguramos la mitad de nuestras exigencias; es una amistad basada en el interés y la disciplina. Hay muchas gente que no dudan en concluir que no conocen animal más fiel y leal que el suyo, pero nunca se preguntan qué tanto tiene que ver esto con que nunca lo dejan sin comer o, en otros caso, con la libertad necesaria para ir a buscar comida. Hay animales, como los gatos, que nos hacen la barba, pero no gustan de estar mucho tiempo con nosotros, o a veces sí, todo el rato, y somos nosotros quienes, por trabajo, escuela u otra causa, debemos separarnos de ellos. Pero los aceptamos como son, queremos a los gatos así de rebeldes, indolentes, convenencieros y desobedientes como son, porque los conocemos a la perfección, los sobornos para ganárnoslos son pocos o baratos y tampoco necesitamos mucho ingenio para lograr su adhesión. Hay perros que ni en el proveedor se fijan y sólo van con quien más los consiente y acaricia (esto le pasaba a mi mamá con los animales que tuvimos: no la buscaban en todo el día, pero… ¿qué tal a la hora de la comida? Puro maulladero o movimiento frenético de cola era la constante). Hay quienes aman a los perros y detestan cordialmente a los gatos; hay quienes se comen en cada exhalación puñados de pelos de gatos, pero odian y no soportan el fino pelambre de los perros.
Pero los que dicen que un ser humano vale tanto como un animal, el que sea, lo dicen de dientes para afuera. La mayoría son blofeadas o se trata de su postura intransigente, digamos, ante las corridas de toros, que veremos en el siguiente capítulo. Claro, hay quien puede afirmar con sinceridad que disfruta mucho más y se siente mucho mejor en compañía solo de animales, en cuyo caso, de verdad, debemos buscar la explicación en los psicólogos: el ser humano es una animal social. Pues si se tratara de sus hijos, de su familia, no dudarían un instante en sacrificar los animales que fueran, si un secuestrador se los exigiera; ya no digamos un brujo de Catemaco. Habrá quien no tenga hijos, así que piense en sus sobrinos, sus familiares y sus afectos; si a pesar de esto siguen afirmando su filiación animal, sigamos buscando la respuesta en los psicoanalistas: no es normal quien no busca la explicación de sus actos en los demás, sino en las cosas o en los animales.
Toros sí, toreros… quien los aguante
Yo me di cuenta de lo difícil que es la profesión de torero hasta que me vi enfrente de varios de ellos. Habíamos ido a ver toros a un cortijo donde los tenían capturados unos campesinos potosinos; estaban flacos y enclenques, pues los canijos campiranos sólo los llevaban a pastar y no les daban lo que (supongo) se les da a los toros para que alcancen su imponente peso y porte. Apenas se podían sostener en píe. Aun así, en cuanto nos vieron, a pesar de que estábamos un nivel arriba, muy lejos y fuera de su alcance, no dejaron de amenazar con embestirnos y raspar el suelo con la pezuña, mirándonos fijamente en señal de desafío. No dejé de pensar en el viaje de regreso en aquellas impresionantes bestias, en su naturaleza contendiente y en la peligrosidad de encontrarse frente a frente a una de ellas. Recordé los inmensos pastizales de Veracruz, donde veía un toro por cada diez o veinte vacas, cuidando su harén. Recordé también las “huamantladas” remedo de la fiesta de San Fermín, de la que se realiza en Pamplona (España) cuando sueltan a los toros por las calles rumbo al cortijo. Allá y aquí son abusos atroces contra estas nobles bestias que prácticamente sufren el linchamiento de la multitud, aunque también llegan a cornear a dos que tres osados turistas gringos. Los toros españoles no son cuentos y se trata de animales colosales que llegan a pesar más de media tonelada, como el miura, puro músculo e inaudita agresividad. Uno de los aguafuertes de Goya muestra a un toro corneando a toda una multitud, sosteniendo en su testuz triunfante a un hombre exánime, mientras que a su alrededor yacen varios. Tardé mucho tiempo y lecturas en darme cuenta de que Goya más bien representaba el desastre de las guerras napoleónicas: el toro representaba la tragedia humana causada por los devaneos borbónicos. Cuando Picasso quiso representar la tragedia del bombardeo de Guernica, la ciudad sagrada de los vascos, pintó un toro erguido arriba del dolor de la madre que sostiene a su hijo muerto. Quizá la idea de la violencia, o de España misma, representada por el animal.
No había vacas y toros en México, pues tenemos un país que hace dos mil años contaba con pocas llanuras y muchas montañas y selvas; la hierba demasiado fresca les hincha la panza. De hecho, los bovinos se extinguieron en una especie anterior durante el paso del Estrecho de Bering y sólo hasta después de la conquista regresaron, provocando muchos problemas, pues necesitan llanos para subsistir y alimentarse. A causa de estos animales se deforestan los cerros y las planicies, se destinan miles de hectáreas para el pastoreo y no para la siembra, y la ganadería en México es rentable, pero a costa de mucha buena tierra de cultivo (sobre todo de temporal y agostadero). En España se dice que la lidia de toros proviene desde la mismísima Creta (la famosa tauromaquia) y la continuidad que los romanos practicaron en la península, pero nos acota de inmediato el historiador Américo Castro:

“Las gentes que en la Península fueron sucesivamente dominadas por fenicios, cartagineses, griegos, romanos, visigodos, bizantinos y musulmanes no poseían la estructura y fisonomía colectivas, sociales, de quienes fueron lentamente conquistando la tierra peninsular durante ocho siglos. La lidia de toros no significaba para ellos lo mismo que para los cretenses, sencillamente porque su ligazón, fisonomía e interdependencia sociales no eran cretenses ni tartesias”.

Llegaron los romanos a España y utilizaban a los toros para despanzurrar cristianos, pero llegaron los musulmanes y utilizaron otras “diversiones”, pero cuando dominaron los de Castilla, la lidia de toros fue deporte caballeresco, como se aprecia en el “protector de la cristiandad”, el Cantar del Mío Cid:

“¡Qual lidia bien sobre exorado arzón
mío Cid Ruy Díaz, el buen lidiador!”


Para el siglo XVIII, se consideró de “gente baja” dicho “espectáculo”, pero comenzaron a cobrar por asistir al mismo y pronto adquirió su vieja popularidad. Nos dice también Castro que esto no fue porque se haya revalorado el denuedo y la hombría del matador, o la crueldad innata hacia la bestia, sino que adquiere sentido social “dentro del culto del poder imperativo de la persona, de la dimensión social, de la casta vencedora de moros y conquistadora de mundos. Luchar contra toros o contra moros lo mismo daba” 2. Y esto es lo que las “buenas conciencias” que se conduelen de los pobrecitos toros no toman en cuenta: que en su afán de expiar la crueldad humana hacia los inocentes animales, asumen la misma sevicia que sentirían los espectadores hispanos hacia los cristianos sacrificados. Reviven, pero desde el otro lado de la barrera, ahora desde el pitón del toro, el instrumento de su venganza y desquite por siglos y siglos de bovinos inmolados. Y se conduelen del salvajismo de la fiesta brava, pero se revuelven de gusto cuando un torero es alcanzado y elevado por los aires por el “instinto animal”. Sin importar ideología, de izquierda o derecha, si aman a los animales, consideran legítimo condolerse de la contundencia natural de la bestia y execrar al torero que, bien que mal, se gana la vida desafiando ese poder. Y no dudan en tacharlos de “torturadores”, “asesinos despiadados” o, en el mejor de los casos “involucionados”. Pero lo que debería evolucionar es su valor humano, su misericordia y solidaridad, que tendría mejor expresión sí, con la Ley y el derecho de su parte, se organizaran e hicieran por eliminar legalmente las corridas de toros.

No viene en el diccionario y, por tanto, reivindico el término con este texto.
2 Castro, Américo, La realidad histórica de España, Editorial Porrúa, S.A., México, 1980, p. 17.