REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 08 | 2019
   

Arca de Noé

Revisión democrática de la política migratoria a la luz de la historia de la humanidad


Francisco J. Carmona Villagómez

Dice un sabio proverbio que desde el inicio de los tiempos lo que marca el derrotero de la humanidad, es la cauda o la cabeza del dragón, es decir, el binomio de la naturaleza humana, entre el carácter sedentario de la abundancia y la búsqueda de la supervivencia ante el riesgo que implica ser nómada. De esa forma, pese a lo efímero en la demarcación de los territorios o la identificación de paradigmas y estilos de vida, ya sea por las conquistas y la sed de poder de los poderosos, las grandes catástrofes naturales, las hambrunas o las enfermedades, así como las grandes injusticias, comunidades enteras se han visto desplazadas y orilladas a un proceso de asimilación de otras culturas que los ha obligado a fortalecer sus identidades o a fenecer en el intento.
Dicho proceso de recepción y asimilación de las personas, implícitamente con el transcurso del tiempo va definiendo el horizonte de convivencia de las sociedades. Generalmente, esos procesos son volubles, espinosos y desequilibrantes, porque inciden -como una inexorable consecuencia- en la construcción o destrucción de algunas civilizaciones, y en el plano más íntimo de los propios migrantes, en ser expuestas sus vulnerabilidades, pero también, sus fortalezas personales.
Así, el contexto en el que se ha desarrollado la cultura de los pueblos, pende del enriquecimiento de los valores locales por la interacción con la noción de lo extraño, lo extranjero y lo diferente. La manera en que convergen las tradiciones de los pueblos, es la forma en que al pasar el tiempo se han suscitado las principales transformaciones, las mutaciones de las ideas más arraigadas, desde la noción que implica la fragilidad de la supervivencia, hasta la construcción de los valores y principios que albergan las grandes naciones.
No hay cultura en la historia que deje de reflejar el fenómeno migratorio, la manera en que convergen las visiones del mundo y también las grandes necesidades de las personas, sus ideologías y sus dioses, sus códigos normativos y sus formas de hacer negocios, los estilos de vida y de organización social, así como el arte de amar o desterrar los atavismos del odio. En todo este caleidoscopio de orígenes, mezclas y razas, se va construyendo el mundo de nuestros días, ecuménico en sus raíces, pero con temibles fantasmas e infortunios en sus motivaciones, desde el abuso propio de la esclavitud, el repudio ante la sinrazón del purismo y el terror a la diferencia, como también en la insuficiencia de recursos para hacer frente a las caravanas de los migrantes, hasta la evolución de las culturas, la tolerancia y el respeto a los derechos fundamentales de las personas.
Precisamente, escudados en el temor al otro -al diferente- millones de personas han sido arrastradas al odio y la humillación, a la vulneración de sus derechos básicos y en ocasiones al exterminio. También, a construir grandes atalayas y encerrarse en ellas bajo el cobijo de falsos nacionalismos, nacionalismos que se vuelven al pasar del tiempo en fundamentalismos que terminan cercenando toda posibilidad de convivencia y comunión, al exaltar las diferencias y no las similitudes, al entrañar en el migrante la falsa visión del enemigo, el que roba un trozo de pan o el que quita el trabajo y desborda la insuficiencia de los servicios, del cúmulo de realidades que enfrentan los más pobres entre los pobres.
A fuerza de miles de batallas, de hambrunas, de carencia de oportunidades y violencia, los desplazados deambulan en todos los tiempos y todos los espacios del planeta, sin importar siquiera si son personas de bien o no, si tienen una formación u oficio, o si carecen de esa virtud, todos ellos han cargado en determinados momentos el estigma de las cruzadas de odio. Algunos buscando agua, un bocado de carne o un trabajo, quizás prostituyendo su presente en busca de una oportunidad en las grandes metrópolis o en los pueblos que tienen la dicha de la paz y la abundancia.
Guerras económicas y guerras de supervivencia se concitan en cada instante en la historia de la humanidad y, con ellas millones de desplazados que llevan en sus alforjas su único patrimonio, su lengua, sus dioses y sus recuerdos. La tonada de una canción, la esperanza de un mejor mañana o la luz de Dios en sus miradas.
En ese marco, para las naciones la agenda migratoria, es por demás un asunto de vital importancia para el sincretismo y la paz social, por supuesto que incide en la gobernabilidad de los países y en la revisión de los estándares para el ejercicio de derechos al que aspira cualquier sociedad en el mundo.
Por eso, el tema migratorio es quizás el tema más importante que incide en la consolidación de las democracias sustantivas, porque gravita en la calidad de vida de las personas, en su misericordia, solidaridad y en el reforzamiento de valores culturales de los pueblos. Para algunos países implican grandes retos y definiciones claras en sus políticas públicas domésticas; para otros, ser países de un tránsito regular y ordenado, pero, sin lugar a dudas, para todos ellos significa encarar nuevas responsabilidades y trances que deben encauzarse conforme a derecho internacional y doméstico.
México carece de políticas públicas apropiadas para hacer frente a este fenómeno, la legislación es inadecuada y las respuestas institucionales son precarias y viciadas por la corrupción. En ese contexto, ni aún en la lógica de un país de tránsito estamos a la altura de esta realidad. Quizás la desordenada política migratoria del Estado mexicano sea el fiel reflejo de las propias carencias que tiene su proceso democrático y, por el contrario, ha sido característica particular de este gobierno, una seria descomposición y regresión autoritaria, donde los protocolos del ejercicio de derechos fundamentales recurrentemente es obviado e ignorado.
Precisamente, ante la cabeza y la cauda del dragón, en tiempos en que la humanidad da lecciones de concordia o de incapacidad frente al asunto migratorio, nuestro país se debate entre la ausencia de políticas públicas eficaces para atender esta problemática y la incapacidad de garantizar un piso mínimo de derechos para estas personas.