REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

Angustias y desazones de la mujer moderna


Martha Chapa

Cuando pensamos en la situación de las mujeres hoy en día en gran parte del mundo estamos tentadas a afirmar que las angustias nos amenazan sin cesar. Llegamos incluso a pensar que somos más vulnerables que antes, pues sufrimos presiones constantes por la carga de la responsabilidad que hemos echado sobre nuestros hombros: tenemos que ganarnos la vida para subsistir y sacar adelante a la familia, buscar nuestro camino personal y profesional y, además, conservar nuestra capacidad de soñar. En fin, la vida es complicada para las mujeres actuales, en especial en las grandes metrópolis, donde salir adelante implica dar verdaderas batallas cotidianas.
La mujer moderna, además de procurar su formación personal, ha tenido que luchar para obtener su independencia económica: sustentar comida, vivienda, vestido, servicios, la educación de los hijos... en una palabra, hacerse cargo de sí misma, de su familia, y en ocasiones de todo y de todos. Hoy son más intensos y profundos los problemas que debe enfrentar. Cada vez es más difícil la brega para esta mitad de la humanidad.
Eso ha tenido un costo en la calidad de vida. En la actualidad, las mujeres sufrimos más infartos y embolias que en tiempos pasados; cada vez somos más víctimas de enfermedades que antes eran consideradas masculinas. Además, contraemos con mayor frecuencia padecimientos crónicos, como el cáncer de mama y el cervicouterino, así como enfermedades pulmonares, estas últimas quizá debido a que nos hemos habituado a fumar mucho más, a veces de manera nerviosa, escapista y compulsiva. Por lo tanto, la vida de algunas mujeres puede ser muy corta a pesar de los avances científicos.
Por otra parte, se ha convertido en un hecho casi inusual que la mujer conserve una misma pareja a lo largo de su vida; es más, se puede afirmar que lo esperado, lo lógico, es que quienes deciden establecer una relación formal terminen por separarse a corto plazo. De ahí que la soledad sea la constante en la vida de muchas mujeres; me atrevo a especular que se trata de una realidad creciente.
A pesar de toda esa carga, nos aferramos a descubrir nuestra verdad y seguir fantaseando.
Claro que en esas condiciones alcanzar la meta puede convertirse en una quimera, ya que el triunfo, en especial el femenino, es subjetivo y hasta etéreo; se consolida en los aplausos de una noche o quizá en la conquista de un premio. Sin embargo, al llegar la madrugada, a muchas les espera la soledad. Y a pesar de todo deben sobreponerse, una y otra vez.
En esas circunstancias, el romanticismo ya casi no existe. Agustín Lara, para nuestra desgracia, ya se fue, ya no hay quien cante “Mujer, mujer divina...”. Se impone la cruda realidad y con frecuencia el amor y el romanticismo se posponen indefinidamente. Pese a todo, tenemos la obligación de instalarnos de nueva cuenta en la búsqueda de los sueños del mañana.
Por otra parte, las mujeres, además de gestar a los hijos, por lo general nos tenemos que hacer cargo de ellos en muchos sentidos, incluido el económico. Necesitamos de todo el poder de nuestra imaginación para cuidarlos, darnos tiempo para atenderlos de manera adecuada sin descuidar nuestras obligaciones laborales y profesionales. Por eso, en ocasiones, a casi todas –ya que no depende del estatus social o económico– nos habitan el cansancio y la desolación. En momentos de reflexión muchas veces nos decimos a nosotras mismas: ¿qué pasa conmigo? En más de una ocasión no entendemos por qué nuestros esfuerzos no fructifican lo suficiente y nos desesperamos.
Me pregunto: ¿qué mujer puede comprender y aceptar que su esfuerzo no tiene la misma remuneración que el masculino? En términos generales, el entorno social es inclemente con las mujeres. Y, por si fuera poco, suele ocurrir que los hijos son duros jueces con las madres y, en contrapartida, condescendientes y tolerantes con los padres; con frecuencia olvidan que ellas suelen ser las primeras en levantarse por las mañanas y las últimas en acostarse ya casi de madrugada, y pese a ello no les alcanza el tiempo y siempre terminan por dejar de lado sus necesidades y satisfacciones personales. No es extraño ver a las mujeres peinándose, pintándose en el auto o en el transporte público. Sus tiempos libres, si los tienen, son de tres a cuatro de la mañana. Las condiciones están lejos de ser las mismas para ambos sexos, a pesar de todos los avances legales y sociales.
Pareciera que el mundo moderno es un sitio difícil para que las mujeres puedan forjarse un destino. Virginia Woolf atribuía esta limitación al hecho de que durante muchos siglos la mujer ha carecido de un espacio propio, autónomo, respetable, dónde instalar su realidad y su imaginación. “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir novelas”, dijo con gran acierto la escritora británica. Ni la estructura económica, ni la familiar, ni la política permitían que hubiera ese exclusivo espacio realmente femenino. Aún hoy la habitación de la mujer, en muchos lugares del mundo, sigue siendo un ámbito transgredible para cualquier poder autoritario. Lo dijo también Virginia Woolf: “... muy a menudo, es evidente, los valores de las mujeres difieren de los que ha implantado el otro sexo; es natural que sea así. No obstante, son los valores masculinos los que prevalecen”.

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