REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

Una historia de amor

La señora del asiento de en medio, a mi izquierda, pidió doble ración de cacahuates. Cuarenta gramos para el viaje de tres horas y pico DF-Tijuana. Se había santiguado demasiado tarde. El peligro dura los tres primeros minutos del despegue, dicen. Siempre les tomo el tiempo a los persignados. La mayoría lo hace tarde.

Como de cuarenta años y de tez clara, ella se puso a quitarles la cubierta de harina a cada chuchería. ¿Por qué hace eso?, quise preguntarle. Rompimos el silencio cuando pasó los restos por mi nariz para depositarlos en la bolsa de plástico que sostenía la aeromoza. Una cáscara cayó encima del teclado de mi compu. Le pregunté sobre su extraña actitud. La de los cacahuates.

Llevaba una rigurosa dieta. El carbohidrato de la cubierta repercutía en su peso corporal de manera diabólica. A bordo no iban a servir ni un cuerno, pero estaba preparada. De su bolso de mano sacó un bote con polvos y agua natural y los mezcló. Leía un mamotreto de autora española, entre comidas (cacahuates y brebaje). Contó que formaba parte de un club de lectura en la colonia Roma de amigas y amigos, y un ex cura.

¿Cómo era eso? El ex sacerdote, colombiano, daba clases de filosofía, casado con una paisana a quien le habían ametrallado al novio. ¿Pero cómo…? La señora aplicaba el suspense aprendido en sus lecturas. Ella tuvo problemas con Cien años de soledad. El ex cura le dijo a ver, lea un capítulo y se lo explico en la próxima sesión. Fue como le entendió de pe a pa.

Pero cuente, cuente, le dije. No entró en detalles sobre la muerte del novio, pero sí que el sacerdote la confortó, y se frecuentaron y se enamoraron y él abandonó el sacerdocio. Mas ateridos con la ley del hielo, se autoexiliaron en la Roma del DF.

¿No le ha dado por escribir?, le pregunté. Tanto como eso no. A veces, cuando leía cualquier historia de amor, se emocionaba y se animaba... Aunque su vida no era nada interesante. Pues usted tiene ahí una historia de amor. No es novedosa pero si lo mezcla con los polvos de la imaginación es posible… ¿Usted cree?, dijo. Hice el intento, pero no me gustó… Cambie su club de lectura por otro de escritura creativa, le dije. No puede gustarle tanto la lectura y no dar el salto. Suele suceder.
Entonces el pájaro de acero rebotó en la pista. Ella estaba pensativa. Tanto que se persignó ya sin el cinturón de seguridad, de pie.

Veinte gramos de cacahuates

Uno escribe porque la aritmética no se le da, confirmé en un viaje a Tijuana, y ni hablar de las matemáticas. Es curioso porque siempre me equivoco a mi favor si pago o doy cambio. Los astros protegen a los de capacidades distintas. Esta vez fue imposible adecuar mi biorritmo al cambio de horario. La diferencia era de dos horas. Pero ¿dos horas más o dos horas menos? A las ocho pm de Tijuana estaba comiendo a las diez pm del DF. Eso explicó mi atarantamiento.

La hora de los sagrados alimentos se había cumplido durante el viaje DF-Tijuana. Me hice bolas por lo ya contado y por falta de información. Como si se tratara de un viaje normal y no a una ciudad de horario diferente. Aparte hubo atrasos. Una señora abordó el avión cuando que su vuelo era siete horas después. La bajaron y nos pidieron identificar el equipaje de mano. ¿Pudo haber dejado tras ella una bomba?
Los vuelos no son a la hora exacta, sino a la tres y diez pm, digamos. ¿Cómo hacer en la mente el ajuste de tiempo? Salimos a esa hora y ¿llegamos? Sepa. Era necesario el dato de cuánto dura el viaje. Lo tuve ya en Tijuana. Tres horas diez, viento a favor, y tres horas veinte, en contra.

Las aeromozas te sirven “algo” de beber y veinte gramos de cacahuates. Punto y se acabó. Debí haber subido con medio pollo rostizado, le dije a Humberto Musacchio, propiciador del viaje. Con uno entero.

Cuando le pedí a Virgilio Muñoz, director del Centro Cultural de Tijuana (CECUT), cenar en el restaurante del hotel, debió de suponer que yo era un ratón de hotel, y lo soy. Quería estar fresco para mi plática de cinco horas con los colegas locales. De haber sabido que iba a juntar comida con cena a las diez pm del DF, pido la gallina en mi cuarto. Incluso con plumas.

Hubo una leve consecuencia de mi acarballamiento. Estás lleno de premios, dijo Virgilio Muñoz. Sólo tengo uno, le contesté. Él, prudente, no insistió. ¿Qué habrá pensado? ¿Que soy de quienes gustan inflar el curriculum?

De regreso, le llamé para explicarle que estaba pensando en el más reciente, de narrativa, pero de escritura tengo dos y dos de periodismo. Si fuera de los que llevan las medallas pendientes del cogote o firman con la ristra de premios al calce, los tendría al dedillo en esta cabezota nada aritmética. Pero no soy de esos. Sin falsas modestias.

Cinco horas de blablablá

El grupo de colegas estaba integrado por mujeres y hombres. Las primeras en preguntar fueron ellas. Una dijo que a Hank Ron se le hicieron malas preguntas en su reciente conferencia de prensa. ¿Qué opinaba? No hay malas preguntas, las hay pocas. Hubo buenas, dijo Rocío Galván, reportera de gran experiencia. Pero él las evadió o respondió como quiso.

El Centro Cultural Tijuana (Cecut), dirigido por Virgilio Muñoz, me había invitado a participar en un seminario. Aun cuando soy adicto a los talleres percibí la oportunidad de ponerme a prueba. Sin pontificar. Así que redacté un guión de tres cuartillas porque la jornada iba a ser de ¡cinco horas! Con media hora para café y galletas.

Reducir a tres cuartillas la charla de cinco horas sonaba imposible aun cuando afilo mi capacidad de síntesis. Dos o tres amigos han criticado mi escritura contenida. Pretendo ir de la concisión al laconismo sin ser telegráfico.

El subtema de la entrevista estaba incluido en el tema de la jefatura de información, tarea fundamental en un periódico. No faltó la pregunta de cuál es la mejor actitud del reportero. No la del provocador porque se consigue una buena frase, un exabrupto, no la entrevista redonda. ¿Un duelo? Menos. El entrevistado siempre sabe más del tema. Dan pena los sabihondos o quienes plantean sesudas preguntas para conseguir un sí y, peor, un no.

En mis tiempos obtuve dos frases. “Vienen, me gritan ¡Pinochet! y se van”: Manuel Zárate Aquino, gobernador de Oaxaca, y “Lo que diga mi dedito”: Jesús Reyes Heroles, dirigente del PRI, quien lo meneó en señal de negación.

Lo mejor es la complicidad. Otras actitudes son no prejuzgar y no perder de vista la respuesta. De ahí surge la siguiente pregunta. La grabadora desconcentra. Si el hilo se rompe el lector lamenta por qué no le preguntaron tal o cual cosa.

En el Cecut los estudiantes parecían como siempre deseosos de salir en pos de la nota. Aspiran a estar en su diario preferido, pero la competencia es ardua. Entran los recomendados y los de nueve punto ocho. ¿Qué hacer si uno es de izquierda y el diario de derecha?, preguntan. Ese problema no es problema porque la nota es la nota, muchachos. ¿Qué significa eso? Lo aprenderán cuando pongan en práctica la teoría.

En el principio fui…

Empecé de ayudante del ayudante del reportero de policía, conté en el Centro Cultural de Tijuana (Cecut). No tenía nueve punto ocho de promedio y hay de recomendados a recomendados. ¿Cómo certifica su promedio el autodidacto? Recurrí al novio periodista de una paisana. De pronto estaba yo en la carcacha del ayudante de reportero. Él era radiotécnico. Siempre llevaba radios despanzurrados en el asiento de atrás.

Los colegas escuchaban impertérritos. La mayoría egresados de comunicación, la carrera de moda. En mi época era economía. Dizque buscaba ser guerrillero, no economista. Puse de plazo el primer año, el segundo. Nadie me reclutó. Abandoné el tercer año.

¿Debía cambiar el subtema? Como todo reportero, los colegas ni se mosqueaban. Bah, yo tenía el micrófono... En casa, Petunia oye pero no escucha. Los Semillones I y II ni oyen ni escuchan.

Del cogote me pescó el reporterismo. Estudié en dos libros El reportero profesional y en El periodista profesional. Pero fue imposible entrenarme. Aparte de las notas mal reporteadas y peor redactadas por las prisas, a los jefes no les interesan las historias. Excepto a Murdoch.

El cuento se aproxima a las crónicas, reservadas a los excelentes redactores. Entonces a Enrique Loubet Jr. y a Guillermo Ochoa. La competencia era conmigo. Vencer mis deficiencias. Para reportear hay un guión y, cumplido, es difícil hallar fallas. Problema, la redacción.
Dominando las técnicas de la narrativa es probable teclear crónicas. Talento, aparte. ¿Cómo ir más allá atrapado en el oficio de reportero? Tuve conciencia cuando cubrí la guerra de Nicaragua. Dos, tres combates y bombazos aéreos en Estelí.
Ya, me dije. Terminé con el reporterismo de diario. Al diablo las ruedas de prensa de los encorbatados. A reportear la vida. Retomé la escritura de los cuentos y las novelas y de las crónicas. Buenas, regulares o malas. Pero feliz. Como el reportero-radiotécnico, Miguel Hernández Cerón, sin sueldo.

Acostumbraba aturdirme con lingotazos de whisky frustrado porque debía escribir la nota del discurso de un cretino, quien le pagaba una miseria al autor fantasma.

Los encuestadores debieran preguntarle a la mitad de los habitantes del país qué tan felices son por ser pobres. ¿Cuántos lo serán porque trabajan en lo que soñaron de niños? Nomás los zafios envidian al Chicharito embolsándose a patadas el billullo en libras.
Los compas de Tijuana siguieron impávidos.

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