REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

La política en un papel impregnado de droga


Hugo Enrique Sáez A.

¿Será una de las múltiples leyendas urbanas?, me pregunté al enterarme de los hechos que paso a relatar. Un sector de la población de Buenos Aires se resiste a aceptar en sus manos cuanto papel le ofrecen por la calle, aunque sea de una publicidad conocida. Hay temor de que el papel esté impregnado con una peligrosa droga que genera sus efectos por simple contacto cutáneo. Se habla de una o más bandas de delincuentes que asaltan y violan con la peculiar característica de que la víctima consiente vejámenes atroces sin prestar resistencia; como es obvio, a los criminales se les adjudica provenir del extranjero para aprovecharse de la candidez del transeúnte. Ahora bien, yo conocí del relato de su protagonista un caso real. Una señora muy respetable y de carácter generoso fue interceptada en la calle por un individuo en apariencia desesperado que le solicitaba leer una carta dirigida a él, aduciendo que él no podía descifrarla por ser analfabeto. Ella consintió en tenderle una mano y procedió a la lectura. Casi de inmediato apareció en escena una mujer que casualmente preguntó si necesitaban algún tipo de auxilio. La señora mayor no se desprendía de la carta y de nuevo revelaba en voz alta su contenido. A partir de ese momento sus recuerdos son vagos y entrecortados. Obedece lo que ambos sujetos le piden y hasta los conduce a la puerta del edificio donde queda su departamento, habitado por ella sola. La esperan en la banqueta aparentando distracción y le ordenan que entre a su vivienda, saque todo el dinero que posea y regrese para entregárselos. Con total sumisión cumple las instrucciones al pie de la letra y se desprende de ahorros obtenidos con gran esfuerzo. Se consuma así un asalto sin violencia física y sin armas amenazantes. El hecho fue denunciado a las autoridades policiales, que en un principio lo juzgaron como la fantasía de una octogenaria, la que por otra parte revela una lucidez asombrosa para su avanzada edad. Pese al escepticismo policial, una semana después me enteré de una familia de provincia que no se anima a denunciar la violación de su hija adolescente llevado a cabo con el mismo método de anular su voluntad.
¿De qué novela negra procede este relato delirante? Entre otras fuentes, se halla información al respecto en el sitio http://www.conexionbrando.com/1522283, en donde se afirma que existe una droga con esas propiedades. “Se trata de la Escopolamina, vulgarmente llamada Burundanga. Una droga altamente tóxica, que se puede usar para anular la voluntad y así aprovecharse de sus víctimas. Una dosis en cantidad puede causar delirio y parálisis, incluso muerte. Una inédita tendencia urbana ha llegado a Buenos Aires.” Un peligro más que se suma a los que día a día se enfrenta en las grandes urbes.
“Considerada como la droga que ´mata la voluntad´, esta sustancia es incolora, inodora e insípida. Su administración puede hacerse vía oral, inhalatoria o cutánea y tarda entre dos y cinco minutos en hacer efecto en la persona, reduciendo prácticamente a cero su voluntad, con el plus de la pérdida de la memoria una vez que sus efectos desaparecen. La duración de éstos, van de una a dos horas, depende la cantidad ingerida.”
Precisamente, como su administración puede ser cutánea, un papel impregnado con la droga se utiliza para diversos fines delincuenciales: violación, robo, secuestro, y abusos de todo tipo. Los malhechores operan en lugares nocturnos suministrando la Burundanga en tragos en discotecas o bien se instalan en las calles sorprendiendo a desprevenidos ciudadanos. El sujeto sujetado a su influencia queda impedido de oponerse a cualquier orden. Se investiga si no se ha empleado en el caso de 15 jovencitas desaparecidas en Buenos Aires en los últimos meses y otras tantas asesinadas. El sometido queda expuesto a participar en un acto sexual con quienes controlan su conducta, a sacar dinero de un cajero automático y entregarlo a sus captores, a atacar un enemigo de quienes son prisioneros, a encerrarse en un cuarto o sótano donde lo mantienen secuestrado.
En fin, hay explicaciones científicas que describen el uso medicinal de la Burundanga. Su efecto es depresor de las terminaciones nerviosas, y por ese motivo se la ha utilizado para prevenir mareos, náuseas y vómitos; además, se aprecia su acción para paliar efectos del mal de Parkinson y en la práctica del fondo de ojos. Hay sobradas sospechas de que las fuerzas policiales están usándola en los interrogatorios, como antaño lo hacía la Gestapo en Alemania designándola como la droga de la verdad.
No hay información que evalúe la magnitud del fenómeno; por lo tanto, quizá afecte en forma marginal a grupos reducidos o bien esté operando una red organizada de timadores profesionales. Con todo, cabe recordar que nadie es propietario de lo que considera “su libre voluntad”, sino que el individuo se mueve en un sistema de relaciones que rebasa su conciencia propia y determina la orientación de su capacidad de elegir. En cierta medida, la voluntad es frágil y maleable, está condicionada por el deseo. Si se atrapa el deseo (la señora de la anécdota fue capturada por su deseo de ayudar), la voluntad responde a órdenes hipnóticas, y es probable que así opere la mencionada droga Burundanga. De hecho, las pantallas de todo tipo (celulares, computadoras, televisión) emiten de continuo órdenes hipnóticas, subliminales o no, que en general se orientan a estimular el consumo. La propaganda política (que incluye los spots comerciales) genera poblaciones sumisas a un discurso absurdo en el que se construye un mundo “pleno de oportunidades”. Luego, la conciencia se convierte en marioneta de un juego teratológico. Un albañil entrevistado por un canal de Argentina afirmaba en contra de Cristina de Kirchner “¡no nos dejan comprar dólares!”, al tiempo que se quejaba de su mísero salario.
El problema descrito conduce a una cuestión mucho mayor que se vincula con lo que Ulrich Beck denominó “la sociedad del riesgo”. El imperativo categórico de la sociedad mundial -con fronteras difusas y frágiles- es el consumo, que otorga una identidad social “apolítica” tan profunda que la ciudadanía no ha logrado desarrollar con solidez. Se privatizan riquezas y privilegios en manos de una elite transnacional al tiempo que se democratiza la miseria y la desesperanza, en un proceso que se controla desde arriba y se padece desde abajo. En un mismo país conviven “continentes diferentes”, según la apreciación del jugador de futbol Carlos Tevez al observar que lo alojarían en un hotel cinco estrellas junto a una villa en condiciones de pobreza extrema, similar al ambiente en que él nació.
En consecuencia, las reglas del antiguo juego se modifican de continuo, el Estado de derecho pasa a un segundo plano, y los ardides más monstruosos para someter al otro se tornan moneda cotidiana, porque la política trasciende al Estado y se realiza como un negocio comercial legítimo de dar y recibir a cambio para controlar comunidades y espacios territoriales. Un juego en el que unos pierden y otros ganan. El sociólogo Beck inicia un breve estudio con palabras de Bertolt Brecht que ilustran la anomia: “Quien dice humanidad quiere engañar.” Por consiguiente, el riesgo de individuos aislados al que estamos expuestos es continuo y universal, y no lo pueden ocultar con las escenificaciones de un espectáculo armado para engañar. Los migrantes huyen de la miseria que amenaza con exterminarlos en su país y se hunden en el mar Mediterráneo o bien son asesinados por policías y narcos al atravesar México en el tren de La Bestia.
En esta extensión de la acción política a todos los ámbitos de la sociedad, todos hacemos política de una forma u otra. Un periodista hace política al informar, pero el líder de un grupo criminal -que se nombra a sí mismo gerente de empresa- también hace política al determinar que un gobernador cómplice ordene la eliminación física o legal de quien exprese una opinión incómoda. Un universitario hace política al estudiar o participar en protestas, aunque su posición sea de un signo opuesto al poder hegemónico. Es peligroso opinar, es peligroso investigar, es peligroso caminar por las calles. El riesgo es enorme y no visualizo una institución que pudiera ejercer la función de amparo efectivo. En cualquier litigio termina por imponerse el monto del dinero disponible por los involucrados. El hijo del alcalde de La Paz, Baja California, atropella y mata a un músico y sale libre en una hora. Sin organización de los marginados seguiremos siendo víctimas de sicarios impunes porque actúan amparados en el poder anónimo que gobierna el destino de millones. Las fotos y los videos del Chapo Guzmán o del presidente de la República son la ridícula fachada del poder anónimo al que representan ante la desinformada opinión pública.