REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
La chimenea estaba a pleno, el fuego y el ruido de los leños al quemarse nos acercaban más al goce de los momentos cumbres que la vida nos puede dar. El ventanal miraba a las copas de los árboles y el cielo estrellado, sin nubes, y con una naciente luna llena completaba este cuadro digno de Velasco en la pintura y de Vivaldi en su música sin par. Marie y yo teníamos en la mesa cuatro botellas de mezcal, no os asustéis, lectoras insumisas, no, estábamos celebrando el rito de una cata de esta bebida celestial que Mijal Avendaño nos había proporcionado para tal fin. Y allí, frente a nosotros lucían plenas y puras estas botellas: Una gran reserva del Bicentenario de 7 años en barricas de roble francés -cosa que Marie celebró con largueza y de agradecimiento me dio no sé cuántos besos-, una Reserva Especial de 3 años en barricas de roble blanco americano y 3 años en barricas de roble francés Limousine y para coronar esta mesa de las delicias, un Mezcal joven Afrodisíaco. Y para una buena bebida debe haber una buena comida, así que en unos pequeños platos de barro puñados de chapulines esperaban ansiosos ser deglutidos, y allí, al lado, sal con chile rojo y algunas tlayudas y unas rebanadas de naranja agria, que gritaban de placer, en el molcajete lucían los aguacates cortados en pedazos suculentos, y allí, en ese molcajete nativo, aparecían orondas rebanadas de queso Oaxaca. En el equipo de sonido sonaba, tenuemente, sabrosamente, música de Manuel M. Ponce. Comprenderán, amigas rebeldes, que esta fiesta es digna de dos seres vivos, de dos seres que ven la vida con asombro, de dos almas que se enternecen con el canto de los pájaros y lloran cuando las luciérnagas deambulan luminosas por entre las hojas de los encinos que se mecen de gusto ante el espectáculo de luz.
La primer copa a probar fue el de la Reserva -recordar que era una cata y que sólo se pone una pequeña cantidad de la bebida, si no se hace así se termina con el cuerpo tirado debajo de la mesa-. Marie, aparte de lo bella que es, conoce de estos menesteres y en el círculo de sus amistades parisinas es conocida por su gran conocimiento y capacidad para discernir sobre las añadas y los olores y los sabores de los vinos franceses. Pues Marie tomó su copa, a su olfato llegó el espíritu que bullía en el líquido, luego un trago, lo paladeó, entrecerró los ojos y así permaneció varios y ricos segundos. La cara de Marie me decía que la prueba había tenido una alta calificación. Y como afuera el viento mecía los árboles, yo no quise quedarme atrás y mecí a Marie con mis brazos. Y seguimos con la cata, las naranjas agrias nos permitían conocer el sabor de los siguientes mezcales. Cuando en el piano sonó el último acorde del concierto de Ponce, Marie y yo, también terminamos la espléndida cata, en donde todos los mezcales fueron calificados con un diez rotundo. Ahora, sí, dijimos al unísono Maire y yo, a servirnos esas bebidas y que colmen nuestras copas. Y a comer el queso, a deleitarnos con los chapulines, a llevar los trozos de aguacates a las tlayudas y de las tlayudas a nuestra boca. Y entre bocado y bebida, Marie y yo… Bueno no digo qué hacíamos, ustedes amigas liberales, supondrán, se imaginarán qué es lo que hacíamos en esos momentos lujuriosos. A la segunda copa -habíamos escogido ahora el Joven Afrodisíaco para estar plenos de vigor y de humor y de amor- decidimos salir para ver con más claridad a las luciérnagas, que Marie y yo creíamos a pies juntillas de que estaban allí, alumbrándonos y guiándonos por los árboles más escondidos, que con sus luces nos decían en dónde estaba la boca de Marie, en donde estaban los ojos de Marie, yo les hice caso a esas maravillas lucientes. Después de cuatro besos, no furtivos, Marie y yo volvimos a nuestro recinto. Pusimos más leña a la chimenea y decidimos tomar otra copa del Dionisíaco. Ya no puedo contar a ustedes en qué terminó aquella fiesta lunar, aquella celebración de los cuerpos sanos, aquella noche en donde el mezcal cumplió con su labor de Cupido y en donde Venus apareció esa noche cubriéndonos con su manto libidinoso.
Y claro, a la mañana siguiente Marie se puso a escribir -ella colabora en una revista especializada en vinos- de lo que había sucedido en un bosque mexicano y en una cabaña en donde el fuego de la chimenea, la luz de las luciérnagas y sobre todo de lo grande que es tener en la cava unos mezcales de Mijail. O sea que Marie pudo llenar varias hojas con sus comentarios.
Bien, amigas laboriosas, como otras veces lo he recomendado, adquieran su mezcal, inviten a su mozo preferido, si no tienen chimenea y no hay luciérnagas en su entorno, pongan un DVD sobre estos insectos y en el equipo de sonido que suenen los efectos relativos al fuego. El fuego grande, el fuego que da la vida vendrá cuando tomen su bebida, cuando el mezcal empiece a “quemar” sus entrañas, cuando los espíritus burlones que yacen en las botellas salgan a impulsarlas a penetrar el mundo de los dioses del amor, y entonces verán que la vida vale la pena vivirla.
Vale, abur.