REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Confabulario

Cuentos


Roger Vilar

Los mermas
Aunque inundan el bosque, nadie ha podido hacer una descripción fidedigna de los mermas. Los niños hojean libros de zoología en busca de sus formas y de sus hábitos, pero los diagramas los conducen al lobo, pues en su primera etapa un merma tiene el cuerpo de este animal. ¿Cómo identificar en una manada al merma? Un explorador armenio asegura que se debe detectar al macho o hembra más silencioso, al que suele apartarse de la manada, oler las piedras, el musgo, aullar cuando ninguno aúlla. Y es que el merma no se siente bien en ninguna compañía, la ansiedad lo devora y acaba abandonando la manada. Se interna entre las sombras, deja de cazar, duerme muchas horas, semanas enteras. Todo su cuerpo empieza a correr hacia un punto impreciso, no material, que supuestamente se encuentra en su pecho. El pelo se hunde en la piel, los colmillos en la encía. Luego se queda en carne viva, y es posible ver el movimiento de sus pulmones y el latido del corazón. Durante las primeras heladas los órganos fluyen hacia el punto espiritual en el pecho del merma. Si alguien lo encuentra en esos momentos podría apreciar cómo los riñones adoptan la forma de un río y los intestinos parecen cataratas. Cada hueso se vuelve un silbido del viento. Nada queda ya del lobo, el merma ha alcanzado su plenitud. Sale de la madriguera y aúlla junto a nosotros, nos muerde el cuello, nos lame la superficie del corazón, pero nada vemos pues el espíritu sopla donde quiere y su llegada es impredecible.

Depredador
El miedo mueve al cazador. Le teme a las sombras de la noche y al ruido del viento entre los árboles. Cree que la luna respira. Imagina el aliento frío en su cuello. “La muerte está cerca”, se dice, y olfatea el suelo, las hojas, el musgo. En una piedra hay un aroma dulce. Una dama, suave y tierna, pasó por allí. “Ella me protegería de la mordida”, se dice el cazador, y mueve sus patas buscando el rastro. Levanta el hocico. Quiere detectar el rumbo. “¿A dónde se fue?” Da vueltas y vueltas. En esos momentos ya no teme. Ha surgido la esperanza en él. Por fin, en un pañuelo olvidado, encuentra la brújula. Sabe para dónde ir. Echa a correr con el hocico pegado al suelo. Hojarasca, huellas, dulces olores, remembranzas de fuentes encantadas, castillos, recámaras con espejos: todo lo que le seduce. Ha olvidado el miedo. El amanecer le sorprende junto a un río. Se levanta el sol sobre este espejo que fluye. El olor de ella es ya muy fuerte. Está aquí, pero el cazador no la ve. Él tiene un nuevo ataque de miedo. “Todo fue un engaño de mis sentidos”, piensa y otra vez la idea de ser atacado por un enemigo invisible lo atormenta. Corre por la rivera. Huye de cada pájaro. Al cabo de varios kilómetros tropieza con una roca, rueda por el barranco, cae junto al agua. Y entonces la ve. Una gacela joven camina sobre los guijarros. Tiene la mirada húmeda. Cada movimiento es como una flor naciendo. Ella ve al cazador y tiembla. Tan indefensa… que su ternura está a flor de piel. El cazador olvida su miedo. Una visión tan celestial le borra todo. Le dice que no tema, que no la atacará. Es él, asegura, un rastreador distinto. Estima la belleza. No la destruye. Al contrario, la protegerá. La gacela mira con desconfianza. Teme. Pero seguir mirando es su perdición. El cazador es bello. Tiene la elegancia de las máquinas de matar. Sus ojos subyugan. En ellos están noches y noches de acecho y ataque. Ella lo acepta. Pasan los días. Él la sigue sin atacarla. Está embelesado. La observa beber en los estanques. Correr en los prados. Subir los caminos de la montaña. Ella ahora confía en él. Ciertamente cumple la promesa de protegerla. Destruyó una manada de lobos. Puso en fuga a un tigre. Es poderoso. Su furia lo hace brillar. Su cólera es tan heroica como la de Aquiles. Ella no se cansa de contemplarlo. Lo ama, aunque no se atreve a decírselo. “Las gacelas son muy injustas con los cazadores”, piensa, “ellos sólo necesitan un poco de amor para ser buenos”. Desconoce la naturaleza de un depredador. Él ya se está inquietando otra vez. Teme perderla. Ella a veces se interna en senderos muy pequeños donde él no la puede ver. ¿Se irá para siempre? ¿No regresará nunca de esas minúsculas cuevas? Por eso la sigue cada vez más de cerca. Una noche, mientras ella dormía, tuvo su yugular a poca distancia de las fauces. El latido le quitaba la razón. Tuvo que irse a un barranco a aullarle a la luna. En la mañana estaba mucho más asustado. Pensaba que ella escaparía. Que sin su presencia todos lo atacarían. Esos enemigos invisibles que él presentía en el aire… ¿Cómo hacerla suya de una manera total? ¿Que nunca escapara? ¿Que fuera parte de él? ¿Que ella circulara en sus venas? Y así, obsesionado, la seguía cada vez más de cerca. Una tarde ella acercó su nariz a un pétalo. Era leve el resoplido. De agua cada uno de sus movimientos. Eso era… Ese instante. Ese instante perpetuado en él para siempre. Eso quería. Y se lanzó a su cuello. De una sola dentellada la mató. Sus gemidos de agonía eran una música inaudita. En cada pedazo que cortaba de la gacela sentía la pasión de los niños que abren regalos. Ebrio de sangre, sobre una alfombra de astillas de hueso, se durmió. Era de noche cuando abrió los ojos. La gacela no estaba. No la sentía afuera ni en su sangre. No estaba. Él la había convertido en NADA. Una nada que lo dejaba a merced de esos enemigos que siempre lo acecharon. El aire lo perseguía. La luna volvió a tener colmillos. Ella estaba en la muerte. Era el único lugar donde podía encontrarla. Y se lanzó por el barranco.


*Roger Vilar nació en Holguín, Cuba, en 1968. Escritor y periodista. Desde 1993 reside en México. En Cuba publicó los libros de cuentos “Corceles en la pradera”, 1986, y “Aguas de la noche”, 1988, y “La noche del reportero”, en 2014. Todos ellos publicados por el Ministerio de Cultura. También fue incluido en dos antologías de la editorial Letras Cubanas: “Los últimos serán los primeros”, 1990, y “Anuario de narrativa”, 1993. En México fue incluido en la antología “Martirologios del siglo: homenaje al Marqués de Sade”, publicado por la UAM en 2000. Y en 2004 la editorial argentina Bellvigraf lo incluyó en la antología “Escritores hispanoamericanos en el mundo”. En México ha publicado los libros “Brujas”, cuentos, Sediento Ediciones, 2013; “Habitantes de la noche”, premio de novela de la Editorial de Otro Tipo, 2014; y “Agustina y los gatos”, novela, Casa Editorial Abismos, 2014. Como periodista ha trabajado en diversos medios en México, entre los que destacan el periódico Reforma, y Milenio Diario.