REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

Ahí está el detalle


Martha Chapa

Su estilo era tan fresco, espontáneo, jocoso y atractivo, que se convirtió en todo un mito del cine nacional y la cultura mexicana.
Me refiero, claro, a Cantinflas, personaje de relevancia tal que se tornó en concepto y, sin duda, impregnó nuestro lenguaje popular como verbo, sujeto y complemento.

Vaya, baste señalar que el Diccionario de la lengua española recoge ya, oficialmente, el término cantinflear, que significa “Hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada” y “actuar de la misma manera”.

Eran los años treinta del siglo pasado cuando surgía de las carpas ese personaje mítico que habría de sentar precedente en el universo de la comicidad, que construiría una manera peculiar de representar la realidad, que simbólicamente se desdoblaba lo mismo en el albur picaresco, la evasión hábil ante alguna dificultad, que en una actitud ladina que envuelve y sale avante, sobre todo frente al poder abusivo y las autoridades arbitrarias.

Era Mario Moreno Reyes, quien inspirado en la caricatura del chupamirto, en los inicios de su carrera lo recrea y trasciende. Ya como Cantinflas, llegó a ser un personaje tan conocido y seguido, a tal grado arraigado en el querer popular, que en cada elección presidencial recibía numerosos votos espontáneos, pues su nombre aparecía invariablemente en las boletas, anotado a mano en el renglón destinado para “otros candidatos”.

Viene a propósito el tema, pues en este agosto, para ser precisos el día 12, se cumplen cien años de su nacimiento.
De su origen, sabemos que pertenecía a una familia modesta y que diversas penalidades y frustraciones cruzaron por su juventud, ya fuera por su afición boxística o por su gusto por la tauromaquia, que se evidenció años después, cuando apareció en la película Ni sangre ni arena (1941).
Pero a fin de cuentas no sólo triunfó como un gran actor cómico, sino aún más, se transformó en un icono de nuestra cultura popular, además de lograr el reconocimiento internacional.

Se cuenta que su nombre artístico no fue sino un juego de letras inventado por él mismo para desarrollar su vocación actoral sin que sus padres se enteraran de que trabajaba en el espectáculo, al que consideraban una medio vergonzoso e inmoral.

Hay, sin embargo, otra versión, difundida por Carlos Monsiváis, sobre el origen del nombre que se haría famoso en todo el orbe: “…intimidado por el pánico escénico, una vez en la carpa Ofelia [Mario Moreno] olvidó su monólogo original. Comienza a decir lo primero que le viene a la mente en una completa emancipación de palabras y frases y lo que sale es una brillante incoherencia. Los asistentes lo atacan con la sintaxis y él se da cuenta: el destino ha puesto en sus manos la característica distintiva, el estilo que es la manipulación del caos. Semanas después, se inventa el nombre que marcará la invención. Alguien, molesto por las frases sin sentido grita: ‘Cuánto inflas’ o ‘En la cantina inflas’, la contracción se crea y se convierte en la prueba del bautismo que el personaje necesita”.

Desde sus primeras películas estableció su peculiar estilo. Rápidamente llamó la atención, pues tenía la virtud de provocar inmediatas carcajadas del público, con sus situaciones cómicas que muchas veces se aderezaban con un toque de romanticismo, algunos rasgos de crítica social e intención justiciera y reivindicatoria en defensa de los más pobres y desamparados. De las cincuenta cintas en las que participó, recordamos en especial Ahí está el detalle (1940), que lo consagró como un actor fuera de serie y donde lució plenamente su talento histriónico. Claro que también están ahí, para delicia de muchos, El gendarme desconocido (1941) y Abajo el telón (1954), donde despliega su graciosa e inigualable habilidad para hablar mucho y no decir nada, que parecería ser, en nuestros tiempos, la inspiración de muchos políticos.

Con el tiempo, la temática de sus películas fue variando y adquirió un tono menos fresco para dar paso a los afanes moralistas y mediatizadores, aunque –hay que reconocerlo– sin perder su chispa humorística. Inolvidables, por ejemplo, son algunos de sus giros como: “No hay derecho joven” o “Para que le digo que no, si sí”.

Participó, además, en las superproducciones estadunidense La vuelta al mundo en ochenta días (1957) y Pepe (1960), así como en la coproducción española Don Quijote cabalga de nuevo (1972), en el papel de Sancho Panza. El bolero de Raquel (1956) fue el primer largometraje que rodó a color.
En todo caso, se convirtió en un personaje idolatrado dentro del mundo del cine y del espectáculo (bastaría recordar su célebre actuación como torero cómico en la Plaza México), que lo dotó de una enorme fortuna, la cual capitalizó como empresario en el rubro de bienes raíces, en la cría de reses y en la industria restaurantera.

Así, de un siglo a otro pervive Mario Moreno a través de su imperecedero Cantinflas.

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