REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 10 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Mis tres encuentros con Josué Mirlo


Roberto López Moreno

(En el aniversario del fallecimiento de Josué Mirlo)
En una oscura covacha malincrustada en el interior de una enorme fábrica de calzado con amenazas de destartalarse, y mayores enconos en estridencias domiciliadas en las calles de Jaime Nunó, por el viejo Peralvillo, nos reuníamos al filo del mediodía un grupo de inquietos, que con nuestras pláticas, enojos, discusiones, teorías sobre las corrientes literarias, ensayos de nuevos poemas y gárgaras de ginebra de marca al justo alcance de nuestros bolsillos, dábamos nueva vida a lo que había sido la Rama de Escritores de México (La REM) y bajo ese reasumido o semiplagiado nombre hacíamos y deshacíamos, más bien deshacíamos en nombre del verso.
A ese lugar llegábamos a hablar de metáforas (metaforitas y metaforotas), los poetas Adolfo Anguiano Valadez, de alguna manera copropietario del lugar o raro socio del mismo o algo así; don Vicente Magdaleno, de visitas esporádicas a nuestro sombrilegio; Juan Bautista Villaseca, quien en verdad, en cuestiones de poemas todo lo sabía y sus charlas eran verdaderas conferencias sobre López Velarde, Tablada, Vallejo, Huidobro, Neruda, los Estridentistas, Aurora Reyes, Pellicer, Montes de Oca (para hablar de los actuales en esos entonces). Cada vez que Villaseca intervenía eran verdaderas disertaciones sobre el tema que abordara, serio, malhumorado siempre o casi siempre, con un lenguaje plagado de metonimias, rico en ideas, conocimientos y en alguna que otra malsonancia.
Ahí, en La REM, fue en donde escuché por primera vez el nombre de Josué Mirlo y algunas de sus cosas, y lo oí buen poeta, y me interesó más, porque por esos tiempos andaba con odio cerrado (creo que lo conservo aún) contra todo lo que oliera a poetas de la oficialidad, contemporaneizados perennes; dioses en las aulas; dioses en las antologías “bien” dirigidas y mejor pagadas; dioses en las crónicas de los suplementos culturales; dioses en las publicidades pagadas por el Estado; dioses en becas y reconocimientos y más becas y más reconocimientos (como creo que sigue pasando en nuestras fechas); dioses para quienes no sabían nada de poesía pero que repetían lo que los críticos reconocidos “repetían” en las páginas de los medios, desde las oficinas de la SEP, del INBA o desde los proliferados talleres literarios.
Sabía que todo eso, que esa malhadada mecánica nos había arrebatado del conocimiento y de la imaginación a hombres muy valiosos que hasta la fecha no conocemos o no los conocemos bien, porque nos siguen embarrando a los otros como la historia verdadera. Mi enojo era mayúsculo cuando leía o me leían páginas de un Abigael Bohórquez, de un Miguel Guardia, de un Ramón Martínez Ocaranza, de un Manuel Maples Arce.
Entonces, escuchaba la obra, el nombre de un buen poeta desconocido y me llenaba de regocijo y de rabia al mismo tiempo, rara mezcla. Así di oídos a la poesía de Horacio Espinosa Altamirano, de Margarita Paz Paredes, a los corridos de Miguel N. Lira. Bueno, pues en una de esas tardes supe el nombre de Josué Mirlo, poeta de excelencias, nacido en el Estado de México que estaba muriendo precisamente en 1968 como en un mal simbolismo y que sí, desconocido era para la mayoría de los que hablaban de estos temas, no obstante que sus restos mortales iban a ser enterrados en la Rotonda de los Hombres Ilustres en el Panteón Municipal del Estado de México, en Toluca, después de los estragos de una neumonía que lo asesinó en el hospital 20 de noviembre del ISSSTE.
Este fue mi primer encuentro con Mirlo.
Entre las pláticas de Juan Bautista Villaseca y de los demás… Luis Alvelais Pozos, Sergio Armando Gómez, Othón Villela Larralde… me enteré de que el verdadero nombre de Josué Mirlo había sido el de Genaro Robles Barrera y que había nacido el 10 de julio de 1901 en el pueblo de Capulhuac en el Estado de México. El pseudónimo de Josué Mirlo tuvo su inicio, al participar en su primer concurso literario, y con él se quedó para firmar lo que iba a ser el resto de su obra literaria.
La vez de la que hablo, el poeta Villaseca barajó un puñado de hojas amarillentas, que quién sabe de dónde había sacado y nos empezó a leer a un poeta que algunos de nosotros no habíamos advertido hasta entonces, nos leyó poemas de Josué Mirlo. Y yo empecé a entrar en ese raro proceso al que ya me he referido, de delectación y al mismo tiempo profundo rencor hacia los que consideraba responsables de que las obras de los buenos poetas no se conocieran en México.
Villaseca leyó más. Yo pregunté más, y así fue como me enteré que Josué Mirlo vivió en la época de los Estridentistas, incluso que los frecuentó en el ya mítico “Café de Nadie”. Fue gran amigo de Maples Arce, de List Arzubide, de Arqueles Vela, de Gallardo, de Quintanilla, etc. Pero finalmente su formación literaria no logró compaginar con las propuestas vanguardistas del Estridentismo y terminó tomando una ruta romántica-moderna. Villaseca nos mostró la portada del libro Baratijas y cuál no sería mi sorpresa al ver que estaba ilustrada por el excelente grabador Mariano Paredes, quien había sido maestro de grabado de la pintora Leticia Ocharán, mi esposa.
La sesión concluyó, pero quedó en mi mente que había otro poeta, otro más, escamoteado, al que tenía la obligación de buscar -para beneficio, aunque fuera, de mi tranquilidad personal-, y que a lo mejor hasta podría con el tiempo publicar una colección de esos sus poemas sometidos al disimulo.
Pasaron algunos años, no sólo era Josué Mirlo el escamoteado a nuestra literatura, han sido muchos. Y entre esos muchos se asumen proyectos acerca de ellos o se dejan de lado (lamentablemente); así se fue alejando de mis urgencias aquella primera impresión. Una vez, en cumplimiento de unas diligencias que iba a realizar en nombre del Club Primera Plana, agrupación de periodistas de la que era Secretario de Cultura (ya había sido secretario de prensa y de cultura de la Unión de Periodistas Democráticos (nuestra inolvidable UPD) la más activa organización de periodistas de izquierda fundada por Miguel Ángel Granados Chapa) me tuve que dirigir a la población de Santiago Tianguistengo, en el Estado de México.
Manejaba sobre la carretera que lleva a Santiago, y resultó que al llegar a la población, a sus puertas, la carretera se dividió en una y griega. La parte derecha, el carril por donde iba, entraba a la población y la parte izquierda venía siendo el carril de salida formándose así el tramo de la carretera por donde yo arribaba. Entonces, en el eje de tal bifurcación, recibiendo al viajero de frente, se levantaba un muro blanco y sobre él, con letras azules, manuscritas con elegancia, estaba escrito un poema. El poema se llamaba “A mi Pueblo” y al final del mismo venía la firma: “Josué Mirlo”. Fue un gran impacto este segundo encuentro con el poeta. Sentí un enorme nudo en la garganta y me puse a pensar que cuando un pueblo se une con su poeta, cuando un poeta se une con su pueblo, es cuando se dan estas cosas excelsas.
Santiago Tianguistengo me recibía con palabras de su poeta, puestas en la entrada. Santiago Tianguistengo me estaba diciendo: “sea usted bien venido a este ámbito de luz que vive y palpita bajo la protección de estos versos, de estos signos esgrafiados en medio de esta verdad vegetal y cósmica”. El poeta y su pueblo. El pueblo y su poeta. Y el viajero recibido por el evangelio de la poesía. Jamás olvidaré ese segundo encuentro con el poeta. Villaseca ya había muerto, ya no podía platicar con él sobre el portento.
Mirlo había estudiado medicina, matemáticas y otras muchas cosas, siempre con la idea de servir a su gente. Por sus ideas fue expulsado del hospital en el que trabajaba y del instituto en el que daba clases, entonces decidió dedicarse a la educación rural, empeño en el que permaneció hasta su muerte. Cuando todavía en su adolescencia, fue uno de los fundadores de la Liga de Estudiantes del Estado de México contra el Imperialismo Yanqui, entonces contribuyó a formar la Revista Génesis, la que en el año de 1930 publicó: “Necesitamos defendernos del materialismo de los Estados Unidos que no se han detenido en violar soberanías como lo han hecho en Nicaragua, Cuba, Haití, Santo Domingo y Panamá; necesitamos poner un valladar al desbordamiento de la pseudocultura yanqui…”
Mi tercer encuentro con Mirlo fue a través del poeta pintor tabasqueño Francisco Valero. Era un hombre rijoso, siempre en lucha por algo. Sobrino de uno de los grandes intelectuales del Sureste de México, don Marcos E. Becerra; siempre trajinó por el total reconocimiento a la labor de su tío. Don Marcos E. Becerra, escribió con conocimiento y entrega sobre asuntos chiapanecos. A la hora de evaluar el mundo intelectual chiapaneco él era tabasqueño y a la hora de evaluar el mundo intelectual tabasqueño, está bien, era de Tabasco… pero él había escrito principalmente sobre… Chiapas…
Estoy hablando, claro, de los muy limitados dentro de este tipo de consideraciones, pero ello le provocaba gran enojo a Francisco Valero pues lo consideraba una injusticia por parte de los ignorantes. Quizá esos ignorantes no merecían tales iras pero el poeta pintor era hombre de carácter fuerte.
Otra de las pasiones de Francisco Valero fue Josué Mirlo. Estudió a fondo su vida, su obra. Platicó conmigo apasionadamente cuando aún tenía en proyecto hacer una necesaria antología con la obra de Mirlo. Y ése fue mi tercer encuentro con el poeta. Leí la recopilación de Valero y encontré textos bellísimos, ahora otra vez perdidos en el maremágnum de papeles que me rodea.
Valero se entregó plenamente a su proyecto y por fin, en 1988 logró hacer realidad la antología, editada por la Universidad Autónoma del Estado de México. No puedo leer los versos del poeta, los tengo extraviados. Entre lo que recuerdo está aquel poema que siempre me habló al oído: “El pájaro orfebre”, dedicado a Alicia Pérez Salazar, conocida mía, esposa de José Muñoz Cota. Pero… El poeta existe. ¡Búsquenlo! ¡Búsquenlo! ¡Y encuentren al fin y para siempre al poeta Josué Mirlo!