REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Confabulario

Los otros libro de…


Gerardo Ugalde

A punto de morir, tengo que liberarme de ciertos secretos, algunos no tan importantes. Otros, más que de remordimiento… de alegría y simpatía. Uno de ellos, tan terrible por lo que significa la persona que me lo confió; no solo como el amigo que era para mí, si no lo que es para la demás gente. Aquel día yo estaba en la taberna, curándomela con una botella de tequila. Juan llegó menos taciturno de lo usual, con una sonrisa, sus arrugas se marcaban más; tal vez porque su rostro no estaba acostumbrado a sonreír. Él era un hombre serio, cariñoso con los suyos, pero frío e imponente con los extraños y a veces con los amigos. Me levanté de la mesa para que me notara, llevábamos tres meses de trato, pero cierta afinidad por la literatura escandinava nos obligaba a relacionarnos. Yo empecé con el entusiasmo de tres caballazos, Juan reía de mis palabrotas al describirle pasajes, autores, títulos. Esta vez venía con el plan de platicar informalmente, podría decir que se acababa de ganar la lotería. Terminamos la botella, sin embargo nuestra plática no había llegado a la mitad, Juan sacó un billete y pidió una cubeta; me extrañé de eso, no creí que fuera un hombre de cervezas. Encendimos los cigarrillos, guardamos silencio y nos miramos uno al otro, perdidos por el alcohol y la amistad que une a dos borrachos; cómplices tramando algo en una cantina. Únicamente que él y yo éramos personas comunes y corrientes. En eso cometí el error de preguntarle sobre sus proyectos (todos le preguntábamos eso cada vez que lo veíamos), sus ojos no estaban enojados, sino reflejaban una confesión. Acercó la silla a la mesa e inclinó su espalda hacia la madera, con seriedad me dijo:
-La mera verdad es que odio mi nombre.
-¿Por qué amigo? yo creo que es tu bien más importante.
-Eso dices tú, porque cuando te nombran, no sucede una catarata de halagos, pedimentos y todas esas chingaderas que traen la fama.
-Pero Juan, quién no quisiera ser tú. Mírame yo llevo diez libros; poesía, novela, cuentos y ensayo. Ni en mi casa me leen. En cambio tú eres el mejor escritor del país. Todos comentan tu novela y tus cuentos. Hasta en el extranjero te aclaman.
-Puras pendejadas dicen de mí, yo a veces quisiera no ser Juan Rulfo.
-Nomas dilo amigo, y yo me quedo con tu reconocimiento.
-Mejor quédate con este pinche secreto que me carcome, yo he publicado más libros, bajo otros nombres.
-¿Eso como para qué?
-Para ver si realmente Juan Rulfo sabe escribir más que su nombre.
-Se puede saber tus otras personalidades.
-Rodrigo Díaz, Eric Rojo y el apenas bautizado Sancho Cornejo.
Jamás los había escuchado mencionar, eso que me consideraba al tanto de la literatura nacional. Guardé esos tres nombres hasta el día de hoy. Después de que él los dijera, nuestra plática terminó abruptamente. Yo estaba paralizado, sabía que era un bromista de primera, además que ambos estábamos más fumigados que las cucarachas. Lo dejé pasar, considerando que Juan sólo estaba borracho, y quería entretenerme. Pero la curiosidad me ganó. Realicé las pesquisas correspondientes, estaba por convencerme de la jugarreta de Rulfo cuando mi hijo encontró un libro de Eric Rojo. Un libro de poesía: “El viento huele a muerto”. Le pregunté a mi muchacho su opinión, la cual fue expresada con una sonrisa desencajada y la mano tanteando el aire. “Léelo papá, no soy muy adicto a los versos”. Ahí en la mesa, el libro de Eric Rojo; con su tapa roja, y la ilustración de unas líneas que simulaban ser el viento formando una calavera me alejaba al mismo tiempo que me obligaba a tomarlo. Salí de la cocina y fui a mi estudio. Encendí dos cigarrillos antes de hojearlo:
Ese sonido que contigo llevas no es más la suma de aquellos
que estuvieron antes, escuchando a su vez tu canto enigmático, lleno de mentiras
alegrías y penurias. Contradicciones eternas,
utilizadas para crear cosmogonías en cada rincón de la parcela.
La leche y la miel, la sangre y la hiel; ambas son las promesas del nacer y morir a los niños
ante el fuego ardiente de las entrañas…

No pude terminar el primer poema, era una completa porquería. Desilusionado, me convencí de la buena broma de mi amigo. Él no pudo haber mecanografiado esos intentos de profundidad, remedos de sueños de alguien que no entendía sobre literatura. No comenté nadie ni a él mi lectura de aquel irrisorio texto. Continúe mis días, hasta hoy, cuando la muerte se ha presentado en mi espejo. Escribo estos recuerdos, porque hace un año, en una librería de viejo, aconteció el desafortunado hallazgo de un libro bajo el título de El agujero firmado por el nombre cuya esencia cifra a un hombre que en otro tiempo escribió con amargura y misticismo Pedro Páramo. Ese nombre era Sancho Cornejo. Compré el libro, antes de que el polvo se lo comiera. Llegué a mi casa y me arrojé al sofá. La trama, interesante iniciaba con un hombre atrapado en un pozo seco. Abandonado a su suerte, esperando con suma desesperación la llegada de otro ser humano. En comparación con los poemas de Eric Rojo (mejor dicho con el poema, sólo leí el primero y lo deposité a la basura) la prosa de Cornejo me sabía a cenizas. Era Rulfo, o una treta de aquel borracho… creo que jamás se sabrá, ya que yo destruí el libro de Sancho Cornejo. Por envidia y por odio a un hombre egoísta o falto de talento adorado por millones. El agujero era mejor que El llano en llamas y Pedro Paramo juntos.