REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Las mil y una muertes del Subcomandante Marcos


Héctor Ceballos Garibay

En su Comunicado del 24 de mayo de 2014, Marcos hace mutis de la escena política al decretar su “muerte” y reconocerse como un simple holograma publicitario, un distractor mediático, una botarga que cometió errores y desfiguros. Sorprende este “suicidio” repentino y la autoflagelación, pues la finalidad de su texto no es otra que exaltar al EZLN, luego de sus 20 años de existencia.
Esta reaparición discursiva, donde el Sub anuncia la muerte de su personaje, justifica hacer aquí un recuento de las “otras muertes” que ha padecido un movimiento social que en sus inicios transformó positivamente la agenda política nacional: al situar la marginación de los indígenas de este país como una problemática crucial y aún pendiente de resolver; al poner en el tapete de la discusión asuntos controversiales: reforma o revolución, democracia representativa o democracia directa, república centralista o autonomía; y al entusiasmar Marcos al público de aquellos años noventa del siglo pasado con su lenguaje novedoso, humorístico y a veces poético (un estilo que, por desgracia, posteriormente derivó en una retórica trillada, panfletaria y cursi.)
He aquí las razones que refieren las “muertes” anteriores del guerrillero con pipa:
1. El victimismo. Presentarse a sí mismos como víctimas ancestrales del “mal gobierno”, resulta una estrategia de lucha errónea pues no basta el chantaje moral para legitimar una causa política, sino que también, a fin de transformar la realidad, se debe recurrir al diálogo, a la no imposición del todo o nada, y al reconocimiento de que el “otro” igualmente tiene su cuota de verdad y su derecho a existir. El victimismo, provenga de quien provenga (negros, indígenas, mujeres), impide la asunción de las propias responsabilidades e impide el avance concreto, ya que siempre se parapeta en culpabilizar de todos los males a los “otros”.
2. El maniqueísmo. Resulta insensato auto concebirse como un grupo social integrado por gente buena e impoluta, inocente y virginal: los pueblos originarios que siempre hablan con la verdad. Del otro lado, por supuesto, se encontrarían los malos (los conquistadores, los explotadores, las trasnacionales, la banca internacional, los partidos políticos, la prensa comercial), personas e instituciones corroídas por la perversidad intrínseca y absoluta. El pensamiento maniqueo incurre en generalizaciones falaces y dogmáticas dado que las sociedades humanas son, en su esencia, entes complejos, plurales y cambiantes.
3. El militarismo. Luego del derrumbe del socialismo totalitario y ante el fracaso de las guerrillas urbanas y rurales del siglo XX, alarma que el mundo haya visto con tan buenos ojos un movimiento revolucionario que presumía de su estructuración vertical-militarista, que nunca hizo la autocritica de su levantamiento armado inicial, y cuyos comandantes a la fecha ostentan sus rifles, pistolas, cananas como parte de un tinglado que nunca representó poder bélico alguno. Y esta parafernalia castrense que antes obnubiló a muchos, hoy padece rigor mortis
4. El indigenismo. Según Marcos, los pueblos originarios, por el simple hecho de serlo, “hablan con la verdad”. Los “otros” (blancos, mestizos, ladinos) tienen, por consiguiente, un pecado de origen: ser extranjeros, fuereños, diferentes. He aquí una suerte de “racismo invertido”, justo cuando la genética y la antropología han demostrado que la pureza racial o étnica es un mito al servicio de doctrinas xenófobas y fascistas. ¿Qué decir, por lo demás, de la paradoja de que sea un blanco, universitario y clasemediero, quien se haya erigido en el portavoz de los indígenas? ¿Aceptarían las mujeres feministas a un hombre como su imagen mediática, o los homosexuales a un heterosexual como su ideólogo más conspicuo? Poco ayuda a resolver esta inconsecuencia política la simulación de que existe una comandancia indígena por encima del propio Marcos. Y el “mandar obedeciendo” no es otra cosa que un ingenioso galimatías.
5. Vedetismo. La verdadera muerte política de Marcos ocurrió hace mucho, cuando fracasaron sus intentos por desestabilizar al Estado mexicano mediante la Convención Nacional Democrática (1994), el Movimiento de Liberación Nacional (1995), su apoyo a la huelga estudiantil en la UNAM (1999), sus varias giras publicitarias a la ciudad de México y por el territorio nacional, y finalmente con la suicida decisión de aislar políticamente al EZLN y guardar sepulcral silencio. Su responsabilidad política en esos fracasos está documentada: sus pleitos personales con aliados nacionales e internacionales, sus regaños a diestra y siniestra a los intelectuales, a los medios informativos y a los partidos políticos, y su nefasta manía de querer imponer a control remoto y desde la selva chiapaneca lo que la sociedad civil tenía que pensar y hacer, obedeciendo sus mandatos intergalácticos. Y aunque su popularidad se fue derrumbado paulatinamente, resulta patético ver cuán difícil le resulta a la izquierda nacional e internacional desprenderse de esa compulsión por la idolatría que aún genera el carismático guerrillero, quien se dio el lujo de boicotear el voto a favor de López Obrador en el 2006 y aún sigue burlándose con particular énfasis del PRD y de la dinámica democrático-electoral.
6. Populismo comunitario. Los antecedentes ultraizquierdistas de Marcos, saturados de una concepción visceralmente anti capitalista y anti gobiernista, se embonan a la perfección con su mitificación y mistificación de los pueblos concebidos como comunidades idílicas donde los zapatistas supuestamente han construido pequeños paraísos terrenales: sin alcoholismo, sin prostitución, sin lucha de clases, sin disputas de poder. ¿Qué decir, sin embargo, de las expulsiones de protestantes producto de la intolerancia de los indígenas católicos, de los conflictos entre los pueblos vecinos y sus disputas sangrientas para apropiarse de las minas, el agua y las tierras? ¿Cómo armonizar los sacrosantos usos y costumbres, en los cuales prolifera la misoginia y el autoritarismo caciquil, con esa democracia y libertad que sólo aparece en los discursos pontificadores del Sub? Nada más dramático, frente a la candidez de los intelectuales pro-indigenistas, que la crudeza de los datos duros: luego de veinte años de existencia del experimento zapatista, la situación de miseria y marginación es mucho peor que antes de la insurrección de 1994. En contraste, apenas un quinquenio le fue suficiente al Municipio Indígena de Cherán, sin recurrir al militarismo ni a la retórica antigubernamental, para conseguir su derecho a tener un gobierno autónomo (recientemente validado por la Suprema Corte de Justicia) y para estar en condiciones de usufructuar sus bosques; todo lo cual, sumado a los apoyos estatales y federales que jamás han rechazado, ya se está traduciendo en mayores cuotas de desarrollo social.
A raíz de una disputa por la extracción de arena en territorio de Las Margaritas, Chiapas, ocurrió a principios de mayo un sangriento enfrentamiento entre dos grupos indígenas antagónicos, la CIOAC Histórica y los zapatistas. Hubo violencia extrema entre ambos grupos, amén de retenidos, heridos y un muerto: Galeano, miembro prominente del EZLN. De inmediato, Marcos aprovechó la ocasión para culpar al gobierno federal y estatal de lo acontecido. Y logró su objetivo: posicionarse en los medios discurriendo sobre su muerte simbólica. Una puntada muy suya. Pero más allá de la efímera reactivación publicitaria que ha tenido durante estos días, no hay duda que es el paradigma político ensayado por él con los indígenas de Chiapas lo que desde tiempo atrás adquirió el rictus de una calavera.


Sés Jarhani, Uruapan, Michoacán, 31 de mayo del 2014.