REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

De nuestra portada

La violencia revolucionaria a la luz del siglo XXI


Julio César Ocaña

No deberíamos absolutizar el concepto de «violencia revolucionaria» en Marx, más bien habría que entenderlo en sus formas concretas, en el contexto histórico preciso en el que fue enunciado. Precisión: el filósofo de marras no usó el término «violencia revolucionaria», sino «violencia material» (materielle Gewalt).
Efectivamente, hasta entonces, incluso hasta hace poco, la violencia ha fungido como «la partera de la historia», lo cual no significa que lo deba seguir siendo. (¿O no se supone que cada día deberíamos ser más humanos los humanos?).
Un buen ejemplo de que la historia puede parir pacíficamente quedó documentado en los sucesos revolucionarios que culminaron el 9 de noviembre de 1989 en Berlín.
Lo cierto es que la historia siempre ha clamado por la comadrona fuerte y arrojada para ser asistida por ella en el doloroso trance de parirse a sí misma, una y otra vez, y lo seguirá haciendo mientras no exista comunión plena de intereses en la sociedad.
Pero tal vez deberíamos, para efectos de praxis política, matizar la categoría ad hoc a nuestros tiempos y circunstancias. Tiempos y circunstancias tan distintas, en su forma, que no en su esencia, a las que vivió el revolucionario pensador alemán. En tal sentido, la función de la «violencia revolucionaria» podría ser la misma siempre: transformar, ayudar a un nuevo nacimiento o a un renacimiento, aun cuando sus formas de manifestación bien pueden ser diversas.
Formas de doblegar hay muchas, y cada vez más sofisticadas. No siempre se hace necesario el garrote para imponerse a los demás (aunque sabemos por experiencia que la derecha no se negará nunca aunque sea su intrínseco «derecho»).
Ahí tenemos, por ejemplo, a la televisión y a los medios masivos de comunicación, en su papel de mercenarios instrumentos de dominación al servicio del capital, que violan conciencias y vencen voluntades sin infligir dolor físico a las enajenadas víctimas de su alucinante poderío, de su fuerza bruta; en fin, de su violencia…
Hoy, en un mundo políticamente menos desigual y con más libertad de movimiento y expresión, donde la opinión pública es cualitativamente más influyente que en el siglo de Das Kapital, podríamos hablar de que la movilización masiva y la interacción humana (la confluencia de conciencias y voluntades individuales), con ayuda de medios de comunicación como la Internet, en general, y del Facebook y el Twitter en específico (por poner sólo dos ejemplos), podrían ser instrumentos de la violencia revolucionaria de hoy, y de la venidera, en tanto fuerza que se impone, que informa y comunica, que provoca, que mueve y que conmueve, que convoca y aglutina; que cambia, y que bien puede revolucionar por la sola acción de la idea y de la palabra, potenciadas ambas en el tiempo y el espacio, un tiempo y un espacio relativizados y globalizados en grado monumental (estoy contigo sin estar allí, estás conmigo sin estar aquí).
¿Será que la nueva violencia, la violencia del humano que se encamina hacia una sociedad superior, no requiera aplicar las rígidas leyes de la mecánica –de la física newtoniana– porque tal vez el pensamiento y la palabra hayan encontrado ya la forma de ser o de ejercer violencia por sí mismas, sin intermediación de un puño que golpea? ¿Por la propia fuerza de su instantánea y potente socialización? ¿Acaso habremos llegado al punto donde materia y conciencia han logrado el milagro de la consustanciación?
La violencia material es tal en su calidad de objetiva, mas no en función de alguna manifestación física específica: plomo, hierro, palo...
¿Será que el concepto de violencia material en Marx habrá devenido violencia del lenguaje? ¿Violencia de la idea, de la palabra, de la comunicación…? (Esta última en su calidad de necesidad primordial del hombre como animal político que es). O, mejor aún, ¿tendremos que hablar pronto de la violencia revolucionaria como la violencia del amor (en su status de Alfa y Omega de la humanidad)?
Al margen de que la provocación que aventuro pudiera o no tener pies ni cabeza, también deberíamos considerar que, con todo y su genial visión y su inmenso conocimiento y experiencia, el gran pensador revolucionario tenía limitantes, las propias como individuo y las propias de su tiempo y de sus tiempos.
Convertir a Marx en un barbudo Moisés que baja soberbio del sagrado Monte Sinaí para corregir el curso de la historia con las Tablas de la Ley social en la mano izquierda y con un burdo báculo en la derecha, y así imponer a sangre y fuego la Dictadura del proletariado, equivaldría a contravenir su propio espíritu.
El marxismo no es un recetario de cocina. Estamos ante un método científico de análisis y estudio de la sociedad y de la historia, ni más ni menos, y los métodos son eso: métodos. Tenemos, además, un análisis y una crítica certera de la formación social capitalista, de la cual podemos echar mano para entender la esencia de lo que sucede en su base material (económica); un análisis que, a más de siglo y medio, sigue siendo vigente, porque es una observación esencial, un estudio de la esencia, que penetra hasta el fondo de las formas concretas en que dicha esencia se manifiesta. Y, por si esto fuera poco, contamos también con una visión materialista de la historia y de su desarrollo a través del tiempo, que nos confirma que el sueño del hombre en un mundo mejor, en un mundo justo, solidario y fraterno –en un mundo humano–, no sólo es posible, sino que necesario científicamente, más allá de bienaventuradas razones éticas y morales.
No es descabellado, pues, volver los ojos a Marx; mas, hacerlo esta vez, libres y creativos, liberados tanto del dogma que ciega, como de la ausencia del rigor y la disciplina que, con justa razón, reclama toda ciencia para quienes deseen aventurarse en sus intrincados laberintos.
O, para decirlo como Marx:
“No hay camino llano para la ciencia, y sólo quienes no escatimen el esfuerzo de ascender por sus empinados senderos tienen la posibilidad de alcanzar sus luminosas cumbres.” *
Y en esto, «casualmente», coincidía Karl Marx con otro enorme del pensamiento y de la acción transformadora y progresista, con el hombre público y de ciencia, el más grande poeta coterráneo suyo, J.W. von Goethe, quien sabía decir, y sabía por qué lo decía, que:
“Es más fácil llegar al error, que encontrar la verdad. Aquél se halla en la superficie, con eso podemos todos; mas ésta descansa en lo profundo, llegar a ella no es cosa de cualquiera”.
Per saecula saeculorum…

*K. Marx. Prólogo a la edición francesa de Das Kapital.