REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

La Catedral de México


Martha Fernández

El libro que reseño es producto de un esfuerzo colectivo en el que participaron especialistas de varias áreas de conocimiento y, por lo mismo, su contenido lo podríamos calificar de excepcional. En concreto, se trata de un recorrido por la historia constructiva de la Catedral y de las diversas intervenciones y restauraciones que ha tenido este extraordinario monumento. Todo ello arropado por los textos de dos grandes escritores: Vicente Quirarte y René Avilés Fabila.
Vicente Quirarte abre con un prólogo en el que nos habla de la Catedral como protagonista de pinturas, litografías, literatura y cine entre los siglo XIX y XXI. Mientras que René Avilés Fabila cierra el libro con una síntesis literaria de su contenido en la que nos narra la forma violenta con la que se sustituyeron los templos mexicas por nuestra Catedral.
Lo que nos invita a leer el capítulo de Eduardo Matos Moctezuma sobre la gran Tenochtitlan, los vestigios que se encuentran debajo de la Catedral y los diversos rescates arqueológicos de piezas tanto de la época prehispánica como de la época virreinal que se han llevado a cabo, testimonios de que no todo se perdió, al final surgió una nueva cultura de la que somos herederos y su historia comienza precisamente cuando se construyó la primitiva Catedral de México, un pequeño edificio levantado de oriente a poniente del que nos hablan Francisco Covarrubias y Juan B. Artigas y del que sobrevive, entre otras obras, la portada del Perdón, que hoy se encuentra en la iglesia del Hospital de Jesús, como explica Guillermo Tovar de Teresa en uno de sus estudios.
Pero aquella iglesia pareció muy pequeña y “pobremente adornada” a los vecinos de la ciudad y también al arzobispo Alonso de Montúfar, quien planteó la construcción de una Catedral que correspondiera con la importancia de la capital de la Nueva España y propuso entonces un edificio de siete naves, semejante a la catedral de Sevilla. Las dificultades que provocó el subsuelo fangoso de la zona lo impidieron y al final se llegó al proyecto de la Catedral que ahora tenemos: de cinco naves y orientada de norte a sur por haberse desplantado sobre una plataforma artificial previamente realizada por los mexicas, conocida con el nombre de “isla de los perros”. El autor de la traza fue el arquitecto Claudio de Arciniega, cuyo proyecto fue el de una catedral cubierta con madera y sin cúpula, para evitar que se hundiera en el agua de la laguna. De esa época data un plano que se ha atribuido al propio Arciniega, que analiza de manera pormenorizada Carlos Flores Marini, quien fue su propietario. Los arranques de la construcción de la Catedral no fueron sencillos por encontrarse en una zona sísmica y con el lodo por soporte, de lo que nos da cuenta Xavier Cortés Rocha, quien narra el proceso de cimentación, los comienzos en la edificación de muros y pilares, así como de los primeros espacios abovedados que tuvo, cuando se abandonó la idea de cubrir la iglesia con madera, como la Sacristía y la Sala Capitular, que tienen bóvedas de nervaduras a la manera gótica; dependencias de cuya importancia litúrgica se ocupa Nelly Sigaut.
Hacia los años treinta del siglo XVII comenzó una nueva era en el proceso constructivo de la iglesia. En aquel tiempo, el arquitecto Juan Gómez de Trasmonte la rediseñó para dejarla como la vemos ahora: con naves a diferente altura para que cada una recibiera la luz de manera directa, bóvedas baídas en las naves procesionales y de capillas, y diseñó una cúpula que finalmente construyó su hijo Luis Gómez de Trasmonte. La bóveda de la nave mayor estuvo a cargo del arquitecto Juan Serrano. Para 1667 la Catedral se pudo dedicar a la Virgen de la Asunción; la obra tenía y tiene un marcado acento clasicista como bien lo analiza Xavier Cortés Rocha en uno de sus artículos. Pero este templo, por haber sido el centro religioso y político más importante de la Nueva España, también fue el eje de su desarrollo artístico, de manera que a ella se incorporó el soporte salomónico, de marcado acento barroco, que en aquel momento era utilizado en Europa con profusión, después de que Gianlorenzo Bernini construyera el famoso Baldaquino sobre la tumba de San Pedro en la basílica del Vaticano. En la Catedral lo encontramos en retablos como los que se levantan en las capillas de los Ángeles, San Pedro y Nuestra Señora de la Soledad; el retablo mayor, realizado en el siglo XVII por el maestro Antonio Maldonado, también tuvo columnas helicoidales, semejantes a las que lucen las portadas exteriores, diseñadas por el arquitecto Cristóbal de Medina.
En el siglo XVIII, las autoridades civiles y eclesiásticas continuaron la labor de vestir interiormente al monumento con obras de enorme importancia como los retablos de la Capilla de los Reyes, el mayor y el del Perdón. Todos realizados por el maestro Jerónimo de Balbás. De ellos, el que conservamos en su estado original es el de la Capilla de los Reyes; el mayor, que sustituyó al de Maldonado y tuvo forma de árbol de ciprés, también fue cambiado por otro en el siglo XIX, y el del Perdón se perdió en el incendio que sufrió la Catedral en 1967 (el que ahora tenemos es producto de una reconstrucción del maestro Miguel Ángel Soto). La historia del retablo de los Reyes es analizada por Guillermo Tovar y de Teresa, mientras que la de los otros dos desaparecidos, es abordada por Óscar Flores con noticias novedosas procedentes de diversos repositorios documentales. Los tres retablos manifestaron la modernidad artística de ese momento con la incorporación de las pilastras estípites, que de hecho introdujo Jerónimo de Balbás.
Al coro, en su conjunto, se dedican varios capítulos en el libro que reseño. La sillería fue realizada por el escultor y ensamblador Juan de Rojas a finales del siglo XVII. La reja fue diseñada por el pintor Nicolás Rodríguez Juárez y realizada en Macao, China, con una aleación de metales conocida como tumbaga, y fue colocada por Jerónimo de Balbás, como analiza de manera detallada Jorge Loyzaga, quien también cuenta la historia del facistol que vino de Manila y de otras piezas orientales con las que cuenta la Catedral. De los espléndidos órganos gemelos realizados por Joseph Nassarre se ocupa José Antonio Guzmán, quien analiza las cajas, pero obviamente también sus cualidades fonéticas, mientras que Silvia Salgado Ruelas habla de los Libros de Coro, cuya colección alcanza 130 volúmenes, mayoritariamente de canto polifónico, decorados con hermosas miniaturas.
Pero todavía faltaba concluir la obra arquitectónica de la Catedral. Así que Mónica Cejudo Collera nos platica del arquitecto José Damián Ortiz de Castro y el proceso constructivo de las torres con sus elegantes cúpulas en forma de campana; en tanto que Agustín Hernández analiza las escaleras de acceso a los campanarios, que dirigió el propio Ortiz de Castro y son consideradas como obras maestras de la ingeniería virreinal. Son de madera, miden 13 metros de altura y están concebidas en torno a una elipse.
Por su parte, el padre José de Jesús Aguilar lleva a cabo un muy interesante estudio de las treinta campanas que tienen esas torres, fundidas entre los siglos XVI y XXI. Nos habla de sus nombres, del año de su fundición, así como de los tonos musicales de cada una. Dedica también un apartado al mecanismo de las campanas del reloj central, restaurado recientemente.
Sin embargo, la Catedral no estaba completa; aunque José Damián Ortiz de Castro también había realizado los mensulones que unen los estribos de la fachada con los muros y sus portadas estaban ya concluidas, pero faltaba algo que diera remate al edificio, fue entonces cuando intervino al maestro valenciano Manuel Tolsá, quien como bien reseña Elisa García Barragán, llevó a cabo el cuerpo del remate de la portada del Perdón coronado por un frontón circular sobre el que se colocó el reloj en el que se apoyan las tres Virtudes Teologales, cinceladas por él mismo. Tolsá realizó también las balaustradas que rodean el edificio y las torres, aunque la mayor intervención la llevó a cabo en la cúpula, a la que le peraltó exteriormente la media naranja y le abrió una linternilla muy alta para proporcionarla respecto a las torres. Igualmente, sustituyó los antiguos vanos del tambor por ventanas enmarcadas por medio de columnas y frontones.
Durante mucho tiempo, el Sagrario estuvo dentro de la Catedral, concretamente en la capilla de San Isidro, pero para el año de 1748 se llevó a cabo un concurso para construir un edificio que albergara esa dependencia. Lo ganó el arquitecto Lorenzo Rodríguez quien lo edificó. En su artículo, Jorge Alberto Manrique nos cuenta su historia constructiva y lleva a cabo un cuidadoso análisis de sus cualidades artísticas, así como de la iconografía de sus portadas y retablos.
La construcción de la Catedral finalmente se dio por terminada el año de 1813; sin embargo, en su muy interesante artículo sobre “La Catedral de México y su entorno, después de Manuel Tolsá”, Xavier Guzmán Urbiola, nos muestra cómo en el siglo XIX el templo metropolitano, la plaza mayor y los principales edificios de su entorno, tuvieron intervenciones que respondieron al naciente nacionalismo mexicano. Fue en aquel tiempo cuando se remodelaron las capillas catedralicias de Los Dolores y de Guadalupe con el moderno estilo neoclásico, y el ciprés que había construido Balbás en el siglo XVIII, fue sustituido por un baldaquino levantado por el arquitecto Lorenzo de la Hidalga, que dejó de existir en el siglo pasado, para ser sustituido por mesas de altar.
Los estudios sobre el siglo XX, se inician con un excelente artículo de Carlos Flores Marini sobre el “Incendio de la Catedral” ocurrido la madrugada el 17 de enero de 1967 que provocó serios daños principalmente en la zona del coro. Sufrieron lamentables pérdidas la sillería, los órganos y el retablo del Perdón; el medio punto realizado por Juan Correa, que se levantaba sobre la cátedra del arzobispo, con la representación del Apocalipsis, también fue consumido por las llamas. Por su parte, la cúpula perdió la Gloria, pintada por Rafael Ximeno y Planes. Flores Marini explica, además, la polémica que se venía arrastrando desde el siglo XVII sobre la colocación del coro y la necesidad de trasladarlo al presbiterio para modernizar el espacio, la cual felizmente concluyó con la restauración de la Catedral como era tradicionalmente y como la vemos en la actualidad. Existen razones históricas y simbólicas para que el coro se levante en medio de la nave mayor.
También los artistas de los siglos XX y XXI han dejado su impronta en el monumento religioso más importante del país. Como explica Louise Noelle, en los años sesenta del siglo XX, Mathias Goeritz realizó los vitrales geométricos de colores ámbar, rojo y azul que cubrieron las ventanas del templo, para otorgarle una nueva luminosidad. Por su parte, Ernesto Gómez Gallardo, llevó a cabo la mesa de bronce del altar mayor, inaugurado el año 2000 y la puerta que da acceso a la cripta de los arzobispos, bendecida el año 2009 por el cardenal Norberto Rivera Carrera.
En el libro también se aborda el tema del profundo simbolismo que encierra esta magnífica iglesia con el que abre el libro el padre Armando Ruiz Castellanos. A lo escrito por él, sólo deseo agregar que éste, como todo templo sagrado, responde en su arquitectura y en su ornamentación a paradigmas celestes revelados por Dios, como el Templo de Salomón y la Jerusalén Celestial.
Los cinco últimos capítulos del libro están dedicados a los trabajos de rescate, restauración y conservación de la Catedral, principalmente a los más recientes, escritos por sus protagonistas: Sergio Zaldívar Guerra, Fernando López Carmona, Enrique Santoyo Villa, Roberto Meli, Roberto Sánchez, Xavier Cortés Rocha y Julio Valencia Navarro, quienes explican cuidadosamente los procesos técnicos que se han ejecutado para salvarlo de sus continuos hundimientos diferenciales y del deterioro del tiempo, todos los cuales han hecho posible que todavía hoy podamos reunirnos bajo las bóvedas de “su Majestad: la Catedral de México”, como bien la califica René Avilés Fabila en su epílogo.
* La Catedral de México, México, Fundación BBVA Bancomer, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2014.
** Investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM