REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 11 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Las glorias de Ricardo Garibay


René Avilés Fabila

Hace cincuenta años Ricardo Garibay publicó una extraordinaria novela de carácter autobiográfico: Beber un cáliz. Fue un éxito. Pero lo importante no es que el autor haya logrado un clásico de nuestras letras, sino que había ingresado en el enigmático reino de Dios. La agonía y muerte de su padre despegó en él inquietudes que se muestran en el libro.
Ricardo Garibay fue un escritor de tiempo completo, intenso y erudito, de un enorme rigor. Pocos como él para dominar las palabras. Fue asimismo un voraz lector y un exigente maestro que supo utilizar la televisión y la radiofonía para explicar a las figuras mayores de las letras universales. Nadie como él supo explicar El cantar de los cantares.
Su bibliografía es extensa y suma muchos volúmenes. Cada libro suyo era distinto del anterior y muy diferente al que seguía. Era un literato preocupado por la forma. Su conducta crítica y aguerrida hizo que sus contemporáneos, intelectuales y políticos, le temieran. Parecía personaje suyo, arrogante y atrevido, audaz. Pero su principal apuesta fue por la literatura, allí están sus mejores páginas en novelas, relatos y viñetas o textos breves. El periodismo fue un complemento que utilizó para externar puntos de vista muy combativos.
No tiene par en México. Desdeñoso de sus congéneres, supo también hacer amigos colosales como el magnífico poeta Rubén Bonifaz Nuño.
Ricardo cumple años como autor de Beber un cáliz. Es buen momento para volver a leerlo, verán que no ha perdido ninguno de sus méritos y menos la frescura de un español muy cuidado y con una sintaxis propia del escritor. Asimismo, aprovechemos el cumpleaños de su gran novela para volver a todos sus libros. Valen la pena.

El Búho

Las glorias del gran Garibay

Leo desconcertado una nota en Expresiones del periódico Excélsior: “Buscan lugar para acervo de Garibay”. El artículo narra las desventuras de su biblioteca. Libros de escritores distinguidos mal subastados, documentos valiosos y volúmenes que no encuentran sitio donde habitar, un aguerrido y talentoso escritor que muerto lucha por ser leído, ajeno a los reconocimientos del mundo oficial.
Fuimos amigos como rica herencia familiar: Ricardo Garibay fue cercano a dos Avilés: mi padre y mi tío Sergio, ambos escritores y ambos más olvidados que el talentoso autor de La casa que arde de noche. La relación comenzó justo cuando publicó Beber un cáliz. La muerte de mi abuelo paterno me dolía de modo intolerable y busqué alivio en tal obra y en una más del florentino Vasco Pratolini: Crónica familiar. Mucho después hallaría consuelo, al fallecimiento de mi madre, con la relectura de Una muerte muy dulce de Simone de Beauvoir. El encuentro con Ricardo Garibay fue inolvidable: poderoso física e intelectualmente, bien parecido, aguerrido, desdeñoso, inteligente al extremo, de carácter duro, de una agresividad espléndida, pero en particular era soberbio como pocos y era así porque simplemente fue un hombre distinto. Rudo ante la vida que suele ser ruda, amoroso con las mujeres, adorador rendido del arte literario y dulce con sus amigos como Rubén Bonifaz Nuño, María Luisa Mendoza, Fausto Vega... Feroz con sus críticos y enemigos. Irónico con sus pares. --¿Qué opina de Carlos Fuentes? --No lo conozco. --¿Y de Paz? --No sé quién sea. La periodista quedó desconcertada.
Los libros de Garibay salían uno tras otro sin aparente esfuerzo, así como vivía con intensidad, escribía con la pasión de Balzac, Tolstoi, Víctor Hugo y Hemingway. Todo para él era literatura. Su sensibilidad lo llevó a dedicarle muchas páginas al análisis del Cantar de los cantares. Era un hombre de excesos. A su muerte, algunos intelectuales que habían sido despreciados por él, no sólo respiraron aliviados sino tuvieron ridículas declaraciones en su contra. Claro, no podía defenderse.
Como a buen varón, le gustaban los placeres de la vida, sin embargo, junto al mejor vino, a la delicada mesa y a las mujeres, Ricardo dominaba la literatura, rescataba a clásicos como Cervantes de los académicos o peleaba por el uso de una palabra que le parecía bella o aguda.
Me doy cuenta ahora que Ricardo Garibay llenó mi vida mucho más de lo que imaginé. Dos de mis volúmenes autobiográficos, Recordanzas y Nuevas recordanzas hablan repetidamente de su literatura y del respeto y admiración que le tuve. Nuestros encuentros primeros (por 1966) fueron ocasionales pero muy intensos, más adelante, en la Sociedad General de Escritores Mexicanos (Sogem) de José María Fernández Unsaín, se intensificaron. Nos gustaba el vino y provocar discusiones y malestar. Alguna vez, durante una comida con políticos priistas, Garibay y yo habíamos comenzado a beber con anticipación; el resultado era una conversación divertida. Nos encontrábamos tan a gusto que fue imposible percatarnos que nuestro murmullo se había hecho gritería atrayendo la severa intervención de Fernández Unsaín: Ricardo, René, Dulce María Sauri está hablando de los problemas nacionales. Ricardo se interrumpió y la miró desdeñoso. Sin transición, sólo cambiando de tono, interrogó a la destacada política: Bien, señora, ¿cuántos libros ha leído?, porque está usted hablando ante escritores. Respuesta: Algunos, maestro Garibay. Ah sí, pues deme títulos y autores, repuso de forma instantánea Ricardo.
Así era de temible el Garibay varón, mientras que el Garibay escritor era muchas cosas, en especial fiero, sensible y contradictorio.
Lo curioso, ahora lo observo, es que tuve mucho que ver con los escasos reconocimientos a Ricardo. Fui parte del jurado que le dio el Premio Colima por mejor obra publicada por Taíb, donde trabajé con Sergio Galindo, hablé en la entrega de un homenaje que le hizo Sogem y también organicé uno más en la UAM-X. Este acto literario se convirtió en un recuento gracioso de las andanzas de Garibay y Froylán López Narváez en Nueva York. Al salir del reconocimiento, Ricardo se topó emocionado con un viejo boxeador con el que había intercambiado puñetazos dentro del ring. Por último, ambos ingresamos al Sistema Nacional de Creadores simultáneamente.
Garibay conversaba de las mujeres con un sexismo admirable para mí, pero en sus libros hacía imágenes sublimes de aquéllas que se cruzaron en su vida. He contado algunas historias que juntos vivimos en mis libros Recordanzas y Nuevas recordanzas y he leído una extensa entrevista de Josefina Estrada. Signos vitales de Iris Limón hace un retrato con las voces de los cercanos a Ricardo. Con todo ello lo veo de cuerpo entero. Sus amigos y conocidos hablan de él con admiración. Algunas opiniones son francamente memorables como las de su gran amigo y maestro mío, Fausto Vega o la del Rubén Bonifaz, porque fueron camaradas entrañables desde la juventud y supieron continuar el afecto hasta el final. Mientras otros encontraban el desprecio de Ricardo, Fausto y Rubén eran blanco de su enorme capacidad amorosa. La entrevista de Limón con Gastón García Cantú, es valiosa porque se trata de alguien con quien tuvo intensa relación durante sus últimos años y porque era un hombre sabio que observó con cuidado a los seres que lo rodeaban; un historiador que tampoco dio con facilidad su afecto. Son enriquecedoras asimismo las de personas que lo trataron de cerca como Froylán López Narváez, la China Mendoza y Federico Ortiz Quesada: poseen una gran sinceridad y redondean los bocetos para una futura biografía de uno de los mayores escritores mexicanos del siglo XX mexicano. Incomprendido e iracundo que supo aceptar el precio de su carácter severo y lo hizo con dignidad y sin lamentos, con una hombría a toda prueba. No hubo ni los merecimientos y premios que debieron darse en su caso ni los homenajes obligados que una muerte dolorosa exigía. La burocracia prefiere velar en Bellas Artes a Lola Beltrán antes que a José Revueltas, Juan de la Cabada o a Ricardo Garibay.
Con Ricardo no era posible sustraerse a la vida, sus conversaciones no eran de gabinete, eran del lector culto que convertía el arte en enseñanzas de vida, de humanidad. Le aburrían los escritores nacionales y solía poner en entredicho a las grandes figuras universales, como Flaubert. Era, en pocas palabras, diferente, y así vuelvo a percatarme de su complejidad al leer las opiniones que sobre su obra y persona han vertido amigos y colegas. Para mí no está muerto, permanece dentro de sus libros y comentarios radiofónicos que fueron transmitidos en el IMER, luego de fallecido. No estaba de acuerdo con mis gustos sobre sus libros que ponían a Bellísima Bahía y Beber un cáliz en primer lugar. A él le gustaba más La casa que arde de noche, pero aceptaba mis alegatos con benevolencia porque sabía que no me los dictaba el juicio literario sino el sentimentalismo y una gran subjetividad.
En el libro de Iris Limón, Ricardo dice de modo espontáneo: Mira lo que dice este pendejo, o ése es un idiota, yo jamás declaré eso o aquello. Eternamente furibundo, descomunal. Lo echo de menos, los encuentros con él y la China Mendoza, quien no deja de llorarlo; extraño sus telefonemas para decirme a veces una simpleza que para mí era importante porque venía de un hombre admirable, un gran escritor que combatió con palabras, las hizo suyas, entrañablemente suyas y que como amigo, a unos cuantos afortunados, nos llenó de su pasión por las letras.
He escrito mucho sobre Garibay y cuando murió varios diarios me hicieron preguntas no sobre su obra sino por lo que una reportera lerda llamó la “leyenda negra de Ricardo”. Me gustaría precisar la entrevista de Reforma: --Maestro, qué opina de la leyenda negra de Garibay. --No conozco esa novela. --No, me refiero a su estrecha vinculación con el poder político. --Desconozco esa relación, señorita. A cambio puedo hablarle de su maestría novelística.
Al día siguiente, entre mis elogios a la obra de Ricardo, estaban los comentarios destructivos de un escritor de mi generación. Después nos encontramos y le pregunté el porqué de su opinión: --Garibay ofendía a todos, nos minimizaba, nos veían como escritores menores.
Hace unos 18 años, Ricardo Garibay me dijo que quería regresar a Excélsior y publicar en primera plana una serie de hermosos retratos femeninos. Nada tengo contra Regino Díaz Redondo, añadió, apenas lo recuerdo. Le comuniqué la petición al entonces director y con escasa inteligencia dijo que no podía pagar la suma requerida, que en verdad era ridícula. Con frecuencia, el editor agrede sus intereses. Garibay está en la historia.
Cierro mis comentarios sobre Ricardo Garibay y, ante la indiferencia casi generalizada y los ruidosos homenajes a otros escritores fallecidos, reproduzco una entrevista que le hice en 1969, publicada por Juan Rejano, inolvidable poeta español, en el suplemento de El Nacional, Revista Mexicana de Cultura, el 1° de julio de ese año. Vale la pena: lo refleja con precisión matemática. Fue coherente consigo mismo. Lo que no es fácil en este país de desmemoriados.
RAF: ¿En términos generales, Ricardo, cómo se forma el escritor mexicano?
RG: Como en todas partes, supongo. Vagos estudios universitarios, desdén por el medio ambiente, o desprecio o cólera, que es mejor, un pequeño y recio grupo de amigos, de semejantes en el afán, y lecturas hambrientas, erráticas.
RAF: ¿Le sirven las aulas en ese proceso?
RG: Para nada ahora ni nunca; y menos las mexicanas aulas donde un hombre recuerda aprisa lo que mal sabe, y lo escucha un centenar de hombres que deben recordar lo mismo un día, el del examen, y olvidarlo completamente y de por vida a partir del día siguiente; y menos las mexicanas aulas donde aquél recuerda y esos repiten cifras y datos que nada tienen que ver con el oficio de vivir aquí y ahora. Cosa de siempre ha sido y será ver, al margen de las aulas, a los que después les darán quehaceres de memoria.
RAF: ¿La fórmula del autodidactismo sigue siendo válida?
RG: No entiendo. A esto de ser autodidacto se le da una significación excesivamente amplia y simple a la vez. ¿Quién, en rigor; podría llamarse autodidacto? ¿Quién de veras se hace a solas, se debe enteramente a sí mismo? El self-made-man norteamericano existe donde un hombre logra trepar, desde la condición de explotado y sobre los lomos de sus compañeros, hasta la condición de explotador. Ascenso de la ferocidad, que no se hace a solas, pero como si así se hiciera, porque no lleva a cuestas reflexión ni gratitud, de tal modo, que el self-made-man llega a su cumbre solo y así permanece hasta el fin de sus torvos días. En este sentido sí hay autodidactismo: un hacerse el hombre a sí mismo, un convertirse en oficio de y con exclusión de todo y contra todos.
Pero si el oficio de escritor se da, se hace por imitación, por contagio, y es para los demás sin límite de generosidad, ¿cómo podría hacerse a solas? Recuerdo que Bataillon decía, cuando nos quejábamos de la ausencia de maestros que padecía mi generación: “¿Por qué se apuran tanto? En cada libro tienen ustedes un maestro”. Creo que el escritor, en cualquier parte, es el hombre que más preceptores lleva tras de sí.
Ahora, si autodidactismo es igual a no formación académica, de acuerdo: autodidactismo es escuela de escritores.
RAF: ¿Los escritores, Ricardo, se reúnen en grupos por afinidad o por algún otro motivo?
RG: Aquí quiero recordar una linda y conmovedora imagen de Conrad: los marinos, que han navegado meses, que se han sostenido unos a otros durante la travesía, en tempestades y otros peligros de muerte, que en las calmas del mar, hartos de verse se han maldecido y han de matarse, que han anhelado el puerto sólo para no volver a verse nunca más unos a otros, llegan por fin a puerto: los esperan calles planas, duras, ensordecedoras, gentes que caminan erectas, miradas innumerables y extrañas, desdeñosas: inútil, lamentable resulta ahí su pericia y vigor, por tabernas, prostíbulos y aceras su hombría marina será cosa de locos. Entonces, antes apenas de abandonar el barco, se buscan, se miran, se juntan, y apretados unos contra otros y tambaleantes -racimo de terrores- se pierden en las honduras del suburbio.
Probablemente en esta escena esté el sentido de la 'perdida gente' que tanto le gustaba señalar a Alfonso Reyes.
RAF: ¿Qué piensa de los grupos culturales que al momento existen en México?
RG: No más de lo que Conrad piensa de sus marinos, y añado: bien que existen esos grupos, bien que haya insaciables diálogos diarios acá y allá, entre estos jóvenes y aquellos. Diálogos entre pares: los verdaderos maestros de las generaciones. Grupos de corta vida, porque en pocos años desaparecerán y veremos a cada escritor roerse a solas, con lo que aquellas compañías le hayan dejado. Le diré a usted, René Avilés Fabila, a manera de homenaje a su vehemente agresividad: sí, cierto, cada quien tiene el grupo y el diálogo que se merece.
A Garibay, como persona, se le tomaba o se le dejaba de inmediato. Sus amigos se contaban con pocos dedos, sus lectores crecen. Tal vez por eso, algunos escritores más jóvenes tuvieron frases severas para él luego de su desaparición física o algunos periodistas morbosos “indagaron” sobre la “leyenda negra” del inmenso escritor, es decir, sus relaciones con el poder, al que, dicho sea de paso, veía con desprecio. Lo adecuado es conocer sus ideas sobre literatura y sociedad. Concluyo con la segunda parte de la entrevista hecha en 1969:
RAF: ¿Y la crítica literaria nacional, Ricardo?
RG: Es ignorante, perezosa y convenenciera. Hace diez o quince años estaba en manos de personas que procuraban ser honorables; que tenían serios antecedentes librescos, tenían objetividad creciente. Ahora la ejercitan bufones de barriada provinciana, carteros, burócratas soñolientos encajonados en dos o tres convicciones primarias y mentirosas, a caza siempre de relaciones estrábicas con “los nuevos valores” y con los viejos. Me refiero claro, a la crítica más visible que se dice oficial, la de apodo pollino, que ya jadea. Hay excepciones: entre los “enojados” escritores jóvenes y cuando aquellas personas honorables retoman su tarea.
RAF: Un escritor ¿debe vivir de su trabajo estrictamente literario?
RG: Sí. Y duele que en México eso no suceda ni pueda suceder todavía, porque mientras no se viva de escribir, mientras no se coma de escribir no sé es cabalmente escritor. Eso de pasar la vida en faenas varias y aborrecibles y apartar hoy una hora y mañana otra 'para escribir, usted sabe, primero está la obligación y luego la vocación', es hacer del oficio aristocracia o pasatiempo, y de éste, antología de minucias, bisutería. El escritor es artesano, nada más.
RAF: ¿Es útil, y sobre todo, válida la publicidad y aún la autopublicidad?
RG: Es útil, válida, necesaria, urgente. ¿Por qué lo es, sin discusión, a propósito de un actor de cine, de un lápiz labial, de un programa de gobierno? Sí es de desearse que no adopte maneras ruines o cirqueras, y que obedezca a la línea madre de la buena publicidad: 'no mentir jamás, el producto deberá ser de calidad probada, no adulterada ni venenosa'.
RAF: ¿Cree que es fácil, en México, publicar en revistas o editar libros?
RG: Creo que es fácil, puniblemente fácil.
RAF: ¿Puede marginarse el escritor y no participar en la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país?
RG: Pregunta fuerte. Pongamos dos ejemplos. Durante el Ateneo, José Vasconcelos y Alfonso Reyes tenían preocupaciones diferentes. Aquél la política, éste la literatura; aquél las ideas, éste las imágenes; aquél el por qué y el hacia dónde: éste el cómo. Entre oleajes de discusiones y proclamas, Reyes llegó a decir: 'A mí que me den mi palmera, y arriba comiendo cocos me pondré a hacer poemas”. Según corrientes de moda Reyes era un acomodaticio, un no comprometido, un manso, un despreciable. Veámoslo a setenta años de distancia: la obra de Reyes es desembocadura de una necedad genial, de una vocación inapelable: “Empecé haciendo versos, sigo haciendo versos, moriré haciendo versos”, y es nuestra puerta de entrada a la gran literatura del siglo XX; las páginas de Vasconcelos que no morirán son literatura, literatura puramente, tantísimo que hacer político, como tuvo, se le diluyó en los días que ya casi nadie quiere recordar.
¿Que el escritor pretende participar en “la búsqueda de soluciones a los problemas que padece el país”? Magnífico, adelante, el campo es todo tuyo; ¿que no? lo mismo, bienvenida su aparente inutilidad actual, sus frutos se darán, y nunca serán tardados.
He aquí, pues, a Ricardo Garibay de cuerpo completo. Dueño de una sintaxis peculiar, de un estilo distinto y rico, cuando escribía y cuando hablaba. Su recuerdo siempre me acompañará y jamás dejaré de admirar al hombre desdeñoso, erudito, autor de obras maestras, irónico, ajeno a cualquier tipo de adulación que a otros ha encumbrado, a veces destilando una justa amargura. Pero ésta es la historia de México, de su cultura. Josefina Estrada, conocedora profunda del tema, en una antología del narrador hidalguense, precisa: “Para amar a Ricardo Garibay hay que leerlo.” Es correcto, hagamos de lado al hombre rudo y agresivo, “gruñón”, como decía Vicente Leñero, y dejémonos orientar por la belleza de su arte literario.