REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Confabulario

El mercenario


Ares Demertzis

No deja de sorprenderme cuántas anécdotas uno acumula simplemente por el hecho de existir, siendo el único requerimiento la longevidad.
No conservo un diario. Y a pesar de que soy fotógrafo profesional, nunca he tomado una foto de éstas que llaman “de recuerdo.” Para mí estos ejercicios que pretenden salvar el presente para la posteridad no tienen sentido. Guardo todo aquí arriba, en mi cabeza. Me imagino que en la medida que pasen los años, al igual como se acumulan más memorias, una cantidad sustancial también se olvida, pero al final de cuentas todo resulta ser irrelevante. Para todos, en un futuro no demasiado distante, todo será borrado permanentemente.
Todavía recuerdo el día en que visité a mi madre y la enfermera que la cuidaba exclamó: “Mire quién está aquí. ¡Su hijo ha venido a visitarla!” Mi madre, una mujer ya anciana y marchita, me miró con ojos vacíos y nublados y preguntó: “¿Pero cómo puede él ser mi hijo, si nunca he tenido un marido?” Para ella, se le habían borrado cincuenta años de matrimonio. ¡Mi propia madre no me reconoció! Encontré consuelo en la sabia letra de Cuco Sánchez: “Me rio del mundo que al fin ni él es eterno.” Cierto es. Este globo también desaparecerá. Verdad científica.
Mis amigos me acusan de ser un nihilista y sospecho que tienen razón.


(i)
1980. El Presidente Norteamericano Jimmy Carter, después de cuatro desastrosos años al mando, está luchando para ser reelegido y solicitan mi asistencia para su campaña. Estoy convencido que su reelección sería una calamidad para el país, sin embargo acepto la tarea. Estoy en mi mejor momento mercenario; un soldado exitoso en ese ejército bien remunerado de manipuladores profesionales que incluye en sus filas no solamente políticos, sino también reporteros, publicistas e historiadores -estos últimos los eruditos del engaño.
Son las nueve o diez de la noche, estoy sentado en la Oficina Ovalada en una silla a un lado de esa chimenea hecha famosa por las incontables fotos fijas y videos en donde el presidente estrecha la mano hacia otros notables políticos. Estoy leyendo un libro mientras espero que los técnicos acaben de acomodar el equipo cinematográfico. Están ocupados alrededor del lujosamente tallado escritorio del presidente. La única otra gente en la oficina son un par de agentes del servicio secreto, silenciosamente vigilando.
Para el televidente una imagen es una prueba irrefutable de lo ocurrido, es la realidad vista por sus propios ojos en la comodidad de su hogar. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero es esencialmente una ilusión.
Como cineasta, controlo la iluminación, lo cual precisa el contexto emocional de la imagen; decido también cuál lente utilizar, cada uno con capacidades distintas para interpretar el objeto grabado; coloco la cámara desde un ángulo alto o un ángulo bajo, estática o móvil. Mi editor selecciona la premeditada secuencia de eventos que narrarán la historia como yo quiero que se describa. El escritor elegirá las palabras necesarias para que un narrador las lea con la correcta insinuación. Estas medidas afectarán decisivamente la percepción de lo que usted jurará que ha visto, pero es testigo únicamente de lo que yo quise que viera, lo cual con frecuencia no tiene relación alguna con lo que realmente sucedió.

(ii)
Desde el escritorio del presidente emana un aullido escandaloso, femenino. Levanto la vista de mi libro para ver a una mujer joven regañando a mi equipo técnico. Los agentes del servicio secreto observan con indiferencia. “¡No se atrevan a tocar cualquier cosa del escritorio del presidente! ¿Me entienden? ¡No pueden tocar nada sobre el escritorio del presidente!”
Siempre he creído que la arrogancia y la falta de respeto emanan de una cuantiosa inseguridad personal; es una actitud de autoridad chocantemente despreciable perpetrada casi siempre contra personal vulnerable. Por otro lado, tampoco descarto la posibilidad que para muchos la malicia forma parte fundamental de su DNA; son malditos desde su nacimiento. Las acciones de esta joven no me provocan un enojo, solamente la repugnancia por su temperamento aborrecible, el cual se encuentra con frecuencia en personas gozando el poder.
Sin embargo, al igual que los del servicio secreto, no intervengo, simplemente vuelvo a buscar el lugar en la página en que estaba para seguir leyendo. Prefiero escoger mis escaramuzas y el momento en que conviene enfrentarlas. Me es obvio que ella y yo tendremos pronto una severa, aunque no obstante interesante, confrontación. La cuestión es decidir cuándo y cómo la voy a desafiar.

(iii)
“Ready when you are, Boss Man.”
Es mi asistente loándome con el título exagerado de “Boss Man.” Él sabe que evito ostentar mi papel de director, así que lo enfatiza para molestarme afectuosamente. Siempre he negado asumir la pretenciosa aspiración de todo director presumiendo de su autoridad al gritar: “¡luces, cámara, acción!” dejando que lo ejecute algún asistente.
En la productora de cine que fundé en México, el gerente general contrató un servicio de seguridad privado y uniformado para asegurar la puerta principal de las oficinas; por meses ninguno de los policías sabían quién era y me permitían entrar solamente después de conseguir la autorización de la recepcionista. “Sr. oficial, diga a recepción que Ares está en la puerta.” El día en que llegué y fui recibido como una celebridad, supe que mi papel de incognito había sido revelado. No actúo así por humildad, al contrario, mi auto estima y ego son tan grandes que es así como logro mantenerlos controlados.
Cierro mi libro y camino al frente del escritorio. Miro a través del ocular de la cámara, mi mano izquierda extendida, acomodando los artículos sobre el escritorio. “Excuse me, sir.” Es una voz apacible que susurra muy cortésmente en mi oído. “La secretaria del presidente dijo que nada sobre el escritorio puede ser meneado.” Es uno de los agentes del servicio secreto. Siempre me han caído bien los agentes del servicio secreto por ser tan impresionantemente corteses y discretos. ¿Puede imaginarse las anécdotas que ellos han acumulado sobre los presidentes, sus esposas y los enlaces imprudentes de ambos? Simplemente piense en Marilyn. En Mónica.
Ningún libro escandaloso surgirá de la pluma de un agente del servicio secreto de la Casa Blanca, como los publicados en Inglaterra por los mayordomos previamente empleados por la Corona, revelando los detalles más íntimos de la familia real para lectores libidinosos y lascivos.
Le respondo en una voz casual, todavía mirando a través del ocular: “F**k her.” Hay un silencio, después del cual la misma voz baja pregunta: “Excuse me?” Levanto la vista y lo miro fijamente a la cara con una expresión neutral, reiterando con énfasis: “I said, f**k her.” “Oh.” Y el agente se retira discretamente. Obviamente él también elige sus batallas y ésta no es una que se sienta obligado a asumir. Vuelvo a mirar a través del ocular y continúo acomodando los objetos sobre el escritorio. ¡“Yo vi eso! ¡Vi lo que hiciste! ¡Les dije que no pueden tocar nada del escritorio del presidente!”
Es la diminutiva #%&=*. ¡Esta vez me está gritando a mí! Se encuentra parada en frente de una puerta a la derecha del escritorio que conduce al baño privado del presidente. Incluyo este pequeño detalle, al parecer irrelevante, solamente porque este espacio en particular fue objeto de mucho chisme indecoroso relacionado con Bill Clinton, también conocido como “Slick Willy.” Cuando brotó al conocimiento público el inconveniente vestido azul de Mónica manchado con su semen, Clinton insistió que nunca había tenido sexo con esta mujer, considerando que el sexo oral no es sexo real. Yo conozco este bañito muy bien y aunque es reducido de espacio, me puedo imaginar que uno podría hacer el amor tradicional allí -aunque un poco encogido.
Ágilmente, y aparentando una cólera desbordada, agarro los artículos uno por uno, golpeándolos el uno contra el otro y pegándolos con energía sobre la superficie del escritorio. ¿“Tú dices que no puedo mover éste, o éste, o éste, sobre el escritorio? ¿Es eso lo que me estás diciendo?”
Un rugido audible de asombro emana de una boca abierta, pintada de carmesí, inmediatamente reemplazado por un largo silencio de incredulidad; sus estupefactos ojos se encuentran extraordinariamente abiertos a causa de un inesperado desconcierto. Parece una escena de película. Me encanta la situación. Casi berreo de risa por mi diversión. Guardo una alegre anticipación de lo que a continuación podría suceder. Ella recupera su calma y contesta con una rabia que estrangula su aliento, las palabras surgen de su boca asfixiadas, titubeando: “¡… Voy… tomo todo… voy a tomar todo… del escritorio del presidente… y los traslado… a otra oficina!”
Al oír esta provocación, me doy cuenta que ella obviamente desconoce las normas establecidas relacionadas con los asuntos políticos. Era estúpido de su parte retarme con la amenaza de remover los artículos personales del presidente. En los pasillos del poder, uno no enfrenta a alguien que ha demostrado abiertamente una actitud grosera como la que acababa de exhibir con mi petulante berrinche; lo más astuto para ella hubiera sido discretamente desaparecer, pero no lo hizo. Bueno, pues esta bobería no augura mucho futuro para ella en esta ciudad de protocolos.
Camino lentamente, con pasos firmes. Me dejo llegar muy cerca de ella. Invadiendo intencionalmente su espacio personal, casi tocando su cuerpo con el mío. Estoy respondiendo a su falta de respeto hacia mí y a la vez cobrando un pequeño desquite por la agresión que mostró hacia los técnicos. Ella es más baja y dejo que mi cara se acerque justo a unos centímetros de la suya; nuestras narices casi tocando. Ésta es una técnica de intimidación eficaz que he utilizado en otras ocasiones a mi favor y no creo que fracase esta vez. Murmuro con suavidad, mi voz apenas audible en un susurro ronco; mi respiración rozando su boca. “Déjame ver si te entiendo. No quiero que haya ningún malentendido. ¿Me estás diciendo que quitarás deliberadamente todos los objetos del escritorio del presidente y al obrar así me impedirás hacer el trabajo que el presidente mismo me pidió que realizara? ¿Es eso lo qué me estás diciendo?”
El silencio es palpable, prolongado y absoluto. Asumo que el reducido número de neuronas en su pequeño cerebro están encendiéndose intermitentemente con asombrosa lentitud, pareciéndose a esa arritmia fatal que ocurre justo antes de un fallo cardiaco. Lo que me preocupa es que ella tiene el aspecto de estar en realidad pensando. Quizás no debería de haber dicho que “el presidente mismo.” Todos en la Casa Blanca deben saber que el presidente no se incomoda con detalles que son de menor importancia. Me pregunto si ella está comenzando a sospechar que estoy fanfarroneando. Si ella es capaz de un pensamiento racional y coherente, puede haber un problema.
“¡Ares! ¿Qué estás haciendo aquí?” Doy vuelta para encontrar la voz, entrando a la Oficina Ovalada desde el jardín de rosas, es Jimmy. “Nadie me dijo que ibas a utilizar mi oficina.” Él está vestido con pantalones vaqueros sin cinturón y una camiseta blanca. Descalzo. ¡Claro! Su casa se encuentra a escasos metros de distancia. Debajo de su brazo derecho hay una pila de papeles.
“Buenas noches, Sr. Presidente” –respondo- y agrego en mi habitual manera carente de tacto: “Puedo imaginarme qué difícil debe ser para usted gobernar el país, dado que ni siquiera está enterado de lo que ocurre en su propia oficina.”
Al oír mi voz haciendo esta observación superflua, me invade un remordimiento por tener la temeridad de dirigirme al Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica en una manera tan provocativa. Pero es un defecto habitual de mi comportamiento personal, una táctica persistente, y temo incorregible; son pequeñas bromas atrevidas que siempre empleo, retando así a individuos en posiciones de autoridad. Soy consumadamente respetuoso de todos los que trabajan bajo mi mando, cualquier persona que considero está en desventaja intelectual o económica en comparación conmigo, pero nunca he podido resistir la tentación de desafiar e inclusive irritar a los que me imagino podrían posiblemente creerse mis superiores. Les proporciono solamente dos opciones: participar con mi sentido inoportuno del humor o terminar mi empleo al instante. Por fortuna, hasta la fecha, nadie ha optado por la segunda opción.
Jimmy se ríe con entusiasmo. Jimmy es un hombre agradable. Su inteligencia le permite esta capacidad que exhibe la gente que posee un sentido de humor capaz de reírse de sí mismos. Rodrigo Carazo, Presidente de Costa Rica, con quien tuve el gusto de trabajar, tenía el mismo carácter. Carlos Andrés Pérez, de Venezuela, era un hombre reservado, solemne y formal.
Jimmy se ríe de mi osadía. “Iba a trabajar en un discurso para mañana. Usaré alguna otra oficina. Buenas noches.”
“Buenas noches, Sr. Presidente.”
Doy vuelta para mirar a la #%&=*. Sin una palabra, ella sale apresuradamente de la Oficina Ovalada por la misma puerta por la que entró. Se me ocurre, con poca amabilidad de mi parte desde luego, que puede ahora estar necesitando aprovechar el pequeño baño de Mónica. Bueno, después de todo, a lo mejor aprovechando las ventajas de este baño con el ocupante en turno, ella podría lograr algún decoroso futuro en esta ciudad. Algo improbable para mí, siendo un confesado iconoclasta incorregible, no creo llegar a ser un mercenario viejo en el negocio de la política.

(iv)
Cuando termino la filmación, me relajo en la silla presidencial subiendo mis pies sobre el escritorio y prendiendo un Cohíba. No considero el fumar un tabaco cubano en la Oficina Ovalada hipocresía; incluso, no considero lo que estoy haciendo algo ilegal. El Presidente John Fitzgerald Kennedy, sentado en este mismo escritorio, firmó el embargo prohibiendo la importación de tabaco cubano solamente después de que Pierre Salinger había comprado millares de puros cubanos para el consumo personal de Kennedy.
El Presidente William Jefferson Clinton usaba sus largos y gordos tabacos para deleitarse en diferentes intimidades con la Mónica, dándoles un inconfundible sabor.
Dispara el flash de una cámara. Alguien tomó una foto de mí fumando un Cohíba con mis pies extendidos sobre el escritorio del presidente en la Oficina Ovalada. No tengo copia de esta foto; no tenía interés en guardarla.

aresdemertzis@yahoo.com