REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

Apantallados

Moviola en su laberinto


Alonso Ruiz Belmont

El alcance y la velocidad con la cual se han desarrollado en los meses recientes todo tipo de amplias movilizaciones ciudadanas en contra de las estructuras políticas autoritarias en países musulmanes, que tradicionalmente habían destacado por la aparente estabilidad de sus regímenes opresivos, no tiene precedentes históricos ni pudo ser anticipada en los centros de poder de la diplomacia occidental, aunque quizá sí en las agencias de inteligencia norteamericanas. Por ello, es importante tener en cuenta el potencial destructivo que los prejuicios etnocéntricos y la desinformación ejercen sobre los derechos humanos y las instituciones democráticas.

Hagamos un poco de memoria. Bajo la doctrina de la guerra internacional contra el terrorismo emprendida por el gobierno estadunidense con la colaboración de sus aliados occidentales tras el 11 de septiembre de 2001, la CIA y el Pentágono montaron una red clandestina de secuestro y tortura alrededor del mundo. Había en ello un supuesto propósito de encontrar a los más peligrosos integrantes de Al Qaeda y obtener información que pudiese evitar futuros atentados contra objetivos estadunidenses. Las consecuencias más graves de esta política unilateral de seguridad preventiva fueron la violación sistemática de los derechos humanos, el confinamiento ilegal de numerosas personas que no tenían relación alguna con actividades terroristas y vinculadas de modo erróneo con Al Qaeda por Estados Unidos; así como la generación de información poco confiable para las redes de inteligencia usadas por la Casa Blanca. El centro militar de detención en la base de Guantánamo, Cuba y los vuelos clandestinos en los que la CIA trasladaba a los secuestrados alrededor del mundo, son los ejemplos más representativos de este cuestionable mecanismo de vigilancia que produjo todo tipo de atrocidades.

Este tema es abordado en el filme estadunidense Rendition (2007), dirigido por Gavin Hood. En los primeros minutos de la cinta, una célula integrista musulmana comete un atentado en algún país del norte de África (probablemente Marruecos). En los hechos, es abatido accidentalmente un agente de la CIA que dirige un equipo de inteligencia dedicado a ubicar grupos islamistas radicales. Minutos después, un joven de origen egipcio llamado Anwar El-Ibrahimi recibe una llamada equivocada en su celular de parte de uno de los terroristas.

El-Ibrahimi es un exitoso ingeniero en computación que da conferencias alrededor del mundo y reside en los Estados Unidos. La esposa del joven es una estadunidense llamada Isabella Fields, quien se halla esperando la llegada de su segundo hijo. Esta pareja multiétnica conserva los rasgos más positivos de la cultura occidental, al tiempo que mantiene los vínculos que los unen con el Egipto moderno. Con posterioridad al telefonema, Anwar se dispone a tomar su vuelo de regreso hacia Washington en Europa tras finalizar un viaje de trabajo.

El agente de la CIA Douglas Freeman sustituye a su compañero fallecido en el atentado y recibe la orden de hallar y desmantelar la célula terrorista. Desde los corredores del Capitolio una poderosa funcionaria del gobierno, Corrine Whitman, ordena el secuestro, tortura e interrogatorio de El-Ibrahimi, convencida de que la llamada que éste recibió lo vincula con el atentado por el sólo hecho de haber nacido en un país musulmán. Freeman debe ejecutar las órdenes de Whitman y actuar con el consentimiento de Abasi Fawal, un corrupto oficial local encargado de los servicios de inteligencia del país en el que se produjo el atentado. Éste país es un régimen autoritario aliado de los estadunidenses, en donde se comete todo tipo de violaciones a los derechos humanos, como sucede actualmente en varios países del mundo musulmán, ahora tan convulsionado.

Luego de presenciar la tortura e interrogatorio del joven egipcio, quien fue colocado en un vuelo clandestino tras su secuestro en el aeropuerto de Washington, Freeman se convence de que éste no tiene vínculo alguno con los acontecimientos. La esposa de Anwar reporta su desaparición ante las autoridades, pero cuando los agentes de la CIA lo plagian, borran su nombre de la lista de pasajeros. Para probar que su marido abordó el avión y luego fue secuestrado en territorio norteamericano, Isabella únicamente cuenta con los registros de la llamada que recibió de él horas antes en Europa y un documento impreso de internet que demuestra su viaje en la aerolínea. La joven debe enfrentarse a la complicidad de su propio gobierno y a la impunidad con la que la señora Whitman maneja las operaciones. El agente Freeman reporta la situación a Whitman pero no es escuchado y toma la decisión de sacar a El-Ibrahimi y enviarlo de regreso a Estados Unidos sin que Fawal se dé cuenta. Freeman filtra los detalles del caso a la prensa internacional con la intención de proteger a El-Ibrahimi y desatar un escándalo que ponga fin a las actividades de la funcionaria, ordenadas desde las altas esferas del poder.

Al final de la cinta Abasi Fawal descubre que una de sus hijas, quien había huido de la casa, era novia de uno de los terroristas y murió con él durante el atentado sin que hubiera posibilidad de identificar los cuerpos. La hija de Fawal no militaba en el grupo integrista ni conocía esas actividades. Anwar, ciudadano estadunidense, difícilmente habría sido vinculado con los hechos si no hubiese nacido en Egipto. Por otra parte, el grupo terrorista en cuestión atraía nuevos seguidores a causa del descontento que la represión política oficial generaba entre los jóvenes de aquel país no identificado, como ocurre desde hace varios años con varios regímenes políticos en el Medio Oriente y el Norte de África.

La política antiterrorista de la Casa Blanca justifica la violación selectiva de los derechos humanos con el pretexto de contener una amenaza potencial a la seguridad estadunidense. Sin embargo, la triste paradoja es que muchos de los musulmanes recluidos en Guantánamo que fueron confundidos con terroristas, creían en el orden secular antes de ser secuestrados y terminaron vinculándose al integrismo una vez que fueron liberados. La indignación que provocaron las acciones de la CIA deterioró seriamente la credibilidad de Estados Unidos en el mundo árabe. El reto que enfrentamos ante las nuevas amenazas globales es claro: la vida de quienes peligran por la barbarie terrorista es tan importante como la de aquellos hombres inocentes que sufren el estigma y la brutalidad por el sólo hecho de ser diferentes. La injusticia provoca las condiciones necesarias para alimentar el odio y no para detener la violencia.

La difusión de información confiable y actualizada a través de internet puede movilizar a millones de personas en cualquier lugar del mundo y debilitar la credibilidad de gobiernos no democráticos que mantienen el poder a través de la fuerza y la represión. Asimismo, el abuso del poder puede limitarse si los ciudadanos conocen las actividades que realizan sus gobiernos y están en posibilidad de llamar a cuentas a sus políticos. La ola de movimientos democratizadores que actualmente tiene lugar en varios países musulmanes y que cobró fuerza gracias a los avances en telecomunicaciones podría sentar las bases de una nueva geografía política en la cual los valores autoritarios estén limitados por un respaldo mayoritario a los principios democráticos y a la dignidad ciudadana. El integrismo ha perdido fuerza y legitimidad en el mundo árabe. Esperemos que Occidente entienda que la libertad política y el respeto a los derechos humanos pueden contribuir a debilitar el avance del fanatismo religioso en el norte de África y el Medio Oriente.

Es necesario mencionar que en el lenguaje de los estereotipos culturales en los cuales se encasilló al mundo árabe luego del 11 de septiembre de 2001 y utilizados con particular entusiasmo por la prensa conservadora norteamericana, el integrismo musulmán seguía teniendo una base social y política considerable. Se dió por descontado que las estructuras culturales autoritarias del islam difícilmente sufrirían cambios significativos en el corto plazo. Todo cambió abruptamente a principios de este año con el estallido de las revueltas populares en Túnez y Egipto, que venían gestándose desde hacía meses y que terminaron con dos regímenes brutales y corruptos, considerados aliados sobresalientes de la geopolítica estadunidense.

La ola de movilizaciones ciudadanas (no sin sospecha) se extendió con variada intensidad en países vecinos como Argelia, Marruecos, Libia, Jordania, Yemen y Siria, por mencionar algunos. Hasta este momento, las mayores repercusiones de esta incierta oleada de cambios parecen ubicarse en cinco naciones: Túnez, Egipto, Libia, Siria y, en menor medida, Marruecos. En las dos primeras, podrían darse reformas institucionales que posibiliten el desarrollo de estructuras políticas democráticas; existen planes o calendarios tentativos en los próximos meses para la celebración de elecciones generales de las que podrían surgir nuevos liderazgos y parlamentos con la legitimidad suficiente para gobernar. Sin embargo, el avance del pluralismo en Túnez y Egipto no llegará muy lejos si no es plenamente aceptado por sus respectivas fuerzas armadas, quienes por décadas han sido los verdaderos centros de poder y de toma de decisiones. Tampoco está claro si las repercusiones sociales del estancamiento económico que han dejado meses de multitudinarias protestas callejeras en estos países ocasionarán un descontento generalizado que podría fortalecer las presiones en favor del orden conservador.

En Libia, las fuerzas rebeldes agrupadas en el Consejo Nacional de Transición (CNT) y apoyadas de cerca con bombardeos aéreos de la OTAN prácticamente controlan la mayor parte del territorio tras meses de sangrientos enfrentamientos contra la guardia personal de Muamar el Gadafi. Sin embargo, el recuento de ejecuciones sumarias, cometidas tanto por rebeldes como por tropas leales al dictador, es cuantioso y las estructuras étnicas tribales que prevalecen en la sociedad libia tampoco permiten vislumbrar una transición inmediata hacia la modernidad política. La participación militar de las potencias occidentales tan sólo se explica por su necesidad de mantener abiertas las rutas de abastecimiento de crudo, un factor de estrategia militar en modo alguno producto de una nueva diplomacia.

En el caso de Siria la situación es aún menos alentadora. Tras varias semanas de intensas protestas callejeras en su contra por diversas ciudades, el régimen de Bachar el Asad ha ejercido una brutal represión militar que ha cobrado la vida de al menos 2,000 personas. Aun considerando un eventual derrocamiento de El Asad, no es posible vislumbrar todavía si lo que vendría después sería un avance del pluralismo democrático o una guerra civil.

En Marruecos, las nutridas movilizaciones callejeras ayudaron al rey Mohamed VI a promulgar una reforma constitucional que restringe el peso político de la monarquía y pretende contener las presiones integristas, pero ésta ha sido fuertemente criticada por los grupos opositores quienes la consideran tímida, superficial y poco confiable. La futura geografía política del Medio Oriente es todavía incierta. Sin embargo, es notable el inusitado papel que en el desarrollo de dichas protestas han jugado las redes sociales, los blogs y la cobertura periodística ofrecida por agencias de noticias como Al Jazera, la BBC o CNN. Al margen de las diferencias religiosas y políticas, la difusión de información veraz y de primera mano a través de herramientas informáticas es un nuevo instrumento con el cual los ciudadanos de cualquier país pueden reivindicar sus derechos políticos, desmarcarse de los estereotipos culturales y aspirar a construir un futuro con dignidad.

aruizbelmont@gmail.com

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* Rendition, Estados Unidos, 2007.
Dirección: Gavin Hood
Producción: New Line Cinema
Guión: Kelley Sane
Elenco: Reese Witherspoon, Jake Gyllenhaal, Peter Sarsgaard