REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 10 | 2019
   

Confabulario

Un mito de la caverna apócrifo


Hugo Enrique Sáez A.

Sócrates: Hola, querido Alcibíades. ¿De dónde vienes que luces pálido como refrigerador antiguo?
Alcibíades: Anduve por Berlín trabajando en un cabaret. Y como te imaginarás, los inviernos son muy rigurosos entre los teutones. Seis meses sin ver el sol y quedas blanco como hoja de papel. (Perdón, de papiro. Cierto es que aún no se inventa el papel.) Pero yo necesitaba algunos euros para paliar la crisis por la que atraviesa nuestra culta Atenas.
Sócrates: Y se puede saber a qué te dedicaste por allá.
Alcibíades: Trabajé de bailarina. Tú sabes que los hombres borrachos ya no distinguen entre una mujer y una lagartija. Me hubieras visto bailar encima de una mesa con plumas de pavo real. Los enloquecía con mis movimientos.
Sócrates: Me parece muy bien. Los viajes sirven para remover los prejuicios que nos aprisionan y que impiden que una idea se pose en nuestra mente.
Alcibíades: Tienes razón, querido Sócrates. Lo que no entiendo es por qué siendo tan sabio tú no has escrito un libro. Obtendrías unos buenos puntos para tu curriculum vitae y podrías trabajar en la universidad ganando sueldo de investigador de tiempo completo.
Sócrates: No me interesa, querido Alcibíades. Yo soy un filósofo callejero y no soportaría dar clases a estudiantes hipnotizados por la diversión superflua que no les cautiva el pensar. Incluso, Diógenes el perro me ha invitado a poner un tonel junto al suyo para vivir libre de ataduras burocráticas. Además, mi fama ha trascendido a punto tal que un ex presidente sudamericano afirma que ha leído mis obras completas. Ya ves, no necesito escribir. Lo acoto sólo para ti: completa es su mentira de político común y silvestre.
Alcibíades: Estoy seguro de que ése fue uno de los estudiantes que sólo pisó la universidad para que le dieran un título.
Sócrates: Sí, un título. Y de los peores: abogángster. Patente de corso para extorsionar, estafar a los clientes, mentir para ganar juicios, llegar a cargos públicos y vaciar las arcas del Estado. No me enorgullece demasiado que alguien de esa caterva me mencione. Prefiero a los estudiantes como tú, que no dejan de investigar ni de cuestionar. Ya quedan pocos de esta venerable estirpe.
Alcibíades: Que lo digas tú, querido Sócrates, me honra. A propósito, me gustaría escuchar tus siempre interesantes enseñanzas. ¿Qué me cuentas de nuevo?
Sócrates: Te voy a contar un mito sobre una sociedad que existe en cierto lugar ignoto e inaccesible de la historia. Son cosas fantásticas, difíciles de creer para personas libres como tú o como yo. Por eso, no me hagas mucho caso.
Alcibíades: Empecemos entonces, que ya me intrigaste con tus palabras introductorias.
Sócrates: Afirman que en una galaxia remota existe una sociedad dominada por un ente extraño al que todos llaman Big Brother.
Alcibíades. Y eso, ¿qué significa en griego?
Sócrates: Está en un idioma que todos hablan o al menos entienden en ese planeta. El nombre lo inventó un tal George Orwell en una novela alegórica sobre esa sufrida gente. En realidad, es como un dios: nadie lo conoce porque asume muchas caras. Tampoco hay seguridad sobre si es uno solo o varios maleantes cobijados bajo esa identidad. A veces se llama Hitler, otras Pinochet; también aparece como un ignorante malévolo de apellido Reagan o se disfraza de mujer no muy femenina y se hace llamar Margaret Thatcher. Me informan que el término quiere decir “Hermano Mayor”. Más que un hermano, es un pastor cruel que se dedica a maltratar y explotar a su rebaño.
Alcibíades: Me imagino que los mantienen encadenados y que los castigan a latigazos o con picanas eléctricas para bajarles el trapío…
Sócrates: Nada de eso. Te asombrarás al enterarte de que andan libres de cadenas y hasta transporte motorizado tienen para moverse a sus trabajos.
Alcibíades: ¿Cómo? ¿Y no se escapan en sus vehículos?
Sócrates: Algunos lo han intentado pero sus mismos compañeros de cautiverio se encargan de eliminarlos. Quisieron hacer una gran fiesta popular llamada Revolución y fueron disueltos con el ácido de la corrupción. Los libros en que se dan pistas para huir de esa esclavitud son quemados durante las dictaduras, y cuando son dictaduras perfectas (legitimadas por votos hacia candidatos que los dominadores deciden) convierten a esos libros en un objeto de competencia para ascender en la escala universitaria. Los leen y los comentan; aun así, están despojadas del alma que los hacía vivir.
Alcibíades: Relatas una situación que no corresponde a la idea de dictadura que anunciaste. ¿Acaso no tienen una plaza como el ágora para discutir sus asuntos y tomar decisiones convenientes para su comunidad?
Sócrates: Si no te apresuras, te prometo acabar mi relato para que comprendas el tipo de prisiones en que se encuentran aquellos desdichados, que están convencidos de vivir en el mejor de los mundos posibles, como en un futuro sentenciará Leibniz.
Alcibíades: Te escucho con atención, querido Sócrates.
Sócrates: Son millones que están a punto de convertir su planeta en un auténtico páramo. Incluso, un autor lúcido llamado Claude Lévi Strauss les advirtió sobre la crítica situación que los amenaza al diagnosticar que el territorio donde habitan padecía cáncer. Estos extraños seres actúan como auténticos depredadores que hacen desaparecer cientos de especies animales y vegetales todos los días; al igual se comportan las células cancerosas con los tejidos del cuerpo. Sus ciudades serían el equivalente de las metástasis que acabarían con ese astro extraviado en el espacio infinito. Como el Gran Hermano considera que hay un exceso de población para sus necesidades de acumulación irracional de bienes y servicios, provoca guerras que la disminuyan; depositan a los marginados en guetos hacinados para que luchen por el espacio como ratones encerrados en una jaula; construyen lujosos hospitales para los miembros del clan anónimo que los explota y a los desgraciados sin fortuna los matan de hambre o de enfermedades tan fáciles de curar como una disentería.
Alcibíades: ¡Qué horror!
Sócrates: Tranquilo, no me hagas una escenita.
Alcibíades: Es que no puedo imaginarme que alguien sobreviva en esas condiciones.
Sócrates: Todo es una cuestión de premios y castigos. Ahora te muestro el premio con que los animan a seguir sirviendo. La clave del premio es saber manejar un espejo.
Alcibíades: Ahora sí que me despistaste. No entiendo cómo es que un espejo sirva para controlar a millones de seres sometidos.
Sócrates: Es que no se trata de un solo espejo sino de miles de millones de espejos.
Alcibíades: Querido Sócrates, hoy estás muy enigmático. Me sigues intrigando con tus afirmaciones tan extravagantes.
Sócrates: Son recursos para mantener tu atención, porque la cuestión es muy sencilla. Mira, desde que nacen les dan un nombre y les ponen enfrente un espejo que cumple la función de altar donde se rinde culto. Tú recordarás a Narciso. Pues bien, ése es uno de sus dioses más poderoso. Al igual que el personaje de nuestra leyenda se enamora de su propia imagen y del eco de esa imagen en el mundo que les acondicionan.
Alcibíades: Como la diosa Eca, que repetía la última parte de lo que escuchaba.
Sócrates: Sí, pero en este caso se enamoran de las virtudes que le han colgado a su imagen reflejada en el espejo. Si alguien les dice “¡qué guapo eres!”, el aludido reconoce “ése soy yo”, se siente halagado y se funde con la imagen de otro que no es él, pero él empleará todas sus fuerzas para defender que hay plena identidad con esa imagen. Lo contrario sucede cuando alguien ofende su imagen; por ejemplo, con un insulto. Ése se convierte en su enemigo. De esta manera, los prisioneros de Big Brother se entretienen en tareas que no van más allá de sus propias narices. Tendrías que ver los odios que se desatan en contra de las personas más cercanas. Es muy común que maten a su propia pareja.
Alcibíades: No concibo que mates a una persona que amas.
Sócrates: Ya te he dicho, no aman a los demás sino a aquellos que reflejan su imagen, y en el momento que sospechan un mínimo desprecio a su sacrosanto ídolo, se desata la furia destructiva en contra de los símbolos que viven como un amago de extinción. Ahora bien, otra clave es que ahora esos prisioneros no habitan el suelo de su planeta.
Alcibíades: No me vengas con que además de vehículos de transporte tienen la capacidad de levitar y quedar suspendidos en una nube, como te pintó el pillo de Aristófanes a ti en su comedia.
Sócrates: Nada tengo en contra de las difamaciones de Aristófanes. Como no rindo culto a una imagen de Sócrates, acepto que hay muchos Sócrates y ni yo mismo sé cuál es el verdadero, si es que existe un yo verdadero en lugar de ese grupúsculo de personalidades que habita en cada uno de nosotros.
Alcibíades: Cada vez te amo más, Sócrates.
Sócrates: Cállate, el amor es un espejismo seductor que te atrapa en redes invisibles. Si te lanzas en su búsqueda para saciar tu sed, caerás en la frustración. Me explico. No se trata de un fenómeno de levitación. Se trata de un espacio artificial que han creado para que allí se refugien los infinitos espejos, que en el fondo son todos iguales y vacíos. Digamos que se trata de una especie de mega-espejo repartido en infinitas terminales, a las que llaman computadoras, televisores, radios, teléfonos celulares.
Alcibíades: ¿Y qué función cumplen esas terminales?
Sócrates: Muy sencilla, su planeta se ha trastocado en una colmena de miles de millones de células que habitan en ese espacio virtual, del que sólo se desprenden cuando ya no son útiles al poder.
Alcibíades: ¿Y para qué sirve ese espacio virtual?
Sócrates: Su principal servicio consiste en programar las emociones de los esclavos. Cada programa capta a un sector de la población y le brinda imágenes que carguen de energía su código Narciso. Hay gente que se ha suicidado porque la selección de futbol atribuida a su país perdió una final.
Alcibíades: Explícate con claridad, querido Sócrates. ¿Qué es eso que denominas futbol?
Sócrates: Es un juego que van a inventar los ingleses. Ahora es un negocio multimillonario en ese planeta que se ha transformado en un supermercado ambulante en el espacio sideral. Hasta los matrimonios son objeto mercantil. Cuando se casan, la pareja firma un contrato en el que reparten sus bienes en caso de divorcio.
Alcibíades: Tan ocupados los tiene el culto de su ego que no piensan.
Sócrates: Dices verdad, querido Alcibíades. Lo importante ha sido desplazado por lo urgente e inmediato. Ya te había advertido que es una dictadura perfecta, como sentenció el escritor Vargas Llosa acerca de un país.
Alcibíades: ¿Y no se rebelan? ¿No hay gente que se exceptúe de esa apatía generalizada?
Sócrates: Claro que hay ese tipo de gente, con la ventaja de que quienes luchan en Chiapas por los derechos indígenas se sincronizan con los “indignados” de Europa, al igual que otros movimientos que exigen cambiar el mundo. No hay sistema de dominación perfecto; la resistencia y rebelión siempre es posible. Lo lamentable es que también hay otro tipo de rebeliones a favor del statu quo.
Alcibíades: De nuevo con tus palabras raras. ¿Qué significa statu quo?
Sócrates: Es una expresión latina que usarán los romanos y significa permanecer en las mismas condiciones. O mejor, cambiar para que nada cambie, como sostiene el gatopardismo. Y ya no me preguntes más significados. Hace poco hubo una rebelión absurda en una ciudad conocida como Tijuana.
Alcibíades. ¿Ah, sí? Cuéntame qué ocurrió.
Sócrates: Aplicaron un cambio de sistema en el espejo llamado televisión. “Apagón analógico” es el término técnico. Miles de televisores se quedaron sin imagen. La gente sintió que era el anuncio del Apocalipsis y protestaron para que les devolvieran la sagrada señal de sus telenovelas y partidos de futbol (conste que ya te expliqué este término). Los empresarios que controlan esos medios de programación de emociones se las ingeniaron para presentar el problema como una violación a los derechos humanos y lograron que el cambio de señal no se llevara a cabo.
Alcibíades: Sócrates querido, opino que esos desdichados estarían mejor con Pisístrato.