REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 05 | 2019
   

Confabulario

Las mujeres de Oxchuc


Roberto López Moreno

Era la hora en que las almas se congregan para solicitar la gracia, el descenso de Dios a la tierra. El rezo, formando un tejido de rumores es el vehículo de la súplica, del pedido fervoroso a los poderes totales. Era la hora de la solicitud desde el más allá del alma, el instante sagrado era, cuando el viento de Acteal, el viento de la cigarra y de los olores vegetales, se emponzoñó en medio de un estruendo matando. La mala sorpresa creció envolviendo el espacio rústico en el que niños y mujeres se habían reunido para elevar plegarias y alabados. En dos días más iba a nacer Dios sobre la tierra de Acteal, acunado en su nuevo 24 de diciembre, pero dos días antes -ahora- las armas de fuego estaban provocando el aborto. Para el día 24 ya sólo sería el silencio, el pavor y la rabia, revueltos en una misma amarga espuma de impotencia. Era la hora en que por medio de los rezos debía bajar Dios a la tierra y de pronto, al pie de la enselvada montaña, sólo empezó a haber esto: mujeres y niños acribillados, por la espalda, porque los asesinos tuvieron miedo de matarlos viéndolos a los ojos.
Dios te salve, María, pero María Nichim, repetida veinte veces en la sorpresa y en el blanco del proyectil, no fue salvada; veinte veces María sintió las quemaduras del odio rompiéndole los tejidos entre los gritos de los niños de su vientre que no entendían qué oscuro rencor les había impuesto tan violento fin bajo un cielo que observaba los hechos desde su enorme ojo azul, indiferente.
Acteal está rodeado de altos cerros enloquecidamente verdes. Por ahí y desde la muy allá Oxchuc, hermana tzeltal del día tzotzil, tierra mágica y de historia, se ha visto vagar una sombra que sube montes, baja valles, penetra en el corazón de las espesuras y sólo algunos, muy pocos, gente que luego ha desaparecido también, por los mismos caminos, dicen, han dicho, haber hablado con ella; se ha dicho, se dice, quizá se siga diciendo, que aquella sombra es algo así como el alma de un extranjero que desde hace muchos años ha aparecido por estas tierras y por ellas deambula emparentado con las noche lunares.
La historia es la siguiente: un hombre de conoceres del mar, llegó un día a la gran ciudad de la que el soldado y la lumbre que mata vienen; allá en la enorme ciudad hizo cosas de sabidurías y entre éstas reunió pensamientos de poetas y los hizo hablar y grabó tales voces en discos y les puso “voz viva” por bautizo. Así, como hombre de saberes, encontró oculta en el pensamiento de los poetas, la lectura de los hechos por acontecer. Unos dicen que aquel hombre murió, otros aseguran que desde entonces una sombra camina por los montes de por acá para advertir a la gente acerca de lo que está escrito y que sólo los que saben leer en el pensamiento de los poetas, saben, para su segura desgracia, porque según dicen los viejos, ver tanto mata.
“Yo hablé con esa sombra de los montes -aseguró el loco del último cerro- fue precisamente el día en que entraba al mundo el año dos mil; allá, solos bajo la luna, me dijo que tres años antes del día en el que hablábamos y dos días antes del nacimiento de Dios, veinte mujeres, cuatro de ellas embarazadas y dieciocho niños iban a ser balaceados en Acteal, cuando rezaran en la reducida capilla hecha de bejucos y paja, al pie del enorme cerro, en la hondonada; que nueve iban a escapar momentáneamente, sólo para hacer más angustiosa su muerte, porque iban a ser perseguidos entre los breñales hasta que no quedara ni una sola alma latiendo entre el cielo y la maleza. Me dijo que así sería con los descendientes de las mujeres de Oxchuc, la tierra mágica”.
En los pliegues de la noche, en los del alma, habita sus misterios Oxchuc. Su memoria está llena de futuros, por eso ahí estaban ya previstos los rostros desfigurados de Acteal, en el vientre de la leyenda ya vivían como una ciega advertencia rebotando en las venas de las ascendentes. La tierra hermana, la tierra tzotzil, sobre la que se extiende la sombra protectora del murciélago, ha sido sabia de estas prefiguraciones. Tierra ciega que todo lo ve a través de su infinita magia; información oculta en la cuerda más delgada del arpa ceremonial; en el largo diapasón de la guitarra de doce cuerdas, fluido divino en las entrañas de la flauta de carrizo (“los instrumentos que tocaron los santos para salvar la Tierra”). Por eso es que no se tocan estos instrumentos a cualquier hora, se tocan sólo cuando se habla con los dioses, en el exclusivo diálogo con los altos poderes. “San Pero winik/ San Pero kerem/ San Pero Kaxlan/ nichim ta sk’ab/ nichim ta yok...” Entonces es cuando el universo gira en torno del hombre y en el lenguaje sin palabras da a entender en sus profundas claves alguna curva inasible de su misterio. La memoria se ensancha entonces hacia atrás, hacia adelante, en su inasible juego de pasados y de futuros. “San Pero winik/ San Pero kerem...”
“Yo hablé con esa sombra de los montes”, aseguró el loco del último cerro.
Llevan al santo en procesión a Oxchuc, el lugar de la magia y la brujería, paraíso de naguales y chuleles, en donde se elaboran las sustancias sobrehumanas para regir los destinos de los hombres; llevan en procesión al santo, en el adelante principal de la caravana.
Los rezos, las plegarias, la petición humilde a las potencias primeras, la concentración de las almas es barrida de pronto por el tartamudeo de las armas de fuego; las paredes de carrizo se doblan dóciles bajo los impactos; la bestia sedienta se ha desatado con sus múltiples cabezas terríficas; la bestia con sus cabezas babeantes, en demencia total va por sangre.
De Sitalá de los abuelos ha salido la caravana con destino a Oxchuc: Es el día en que salen los instrumentos para hacer lo sagrado, para dar gracias a las fuerzas de la creación. La flauta produce un pitido que insistente se eleva hasta las nubes para llevar hasta allá el indefenso barro de los mortales.
Una rabia indescriptible es vomitada por pistolas y carabinas. Acteal se estremece entre los disparos, su letargo de siglos es sacudido repentinamente por la forma más agresiva de una modernidad que se apodera del paisaje sin haber sido invitada. La modernidad avasalladora de las armas de fuego de inmediato, entre niños y mujeres que se habían reunido con intención religiosa, empieza a hacer el cobro de sus víctimas.
La procesión desgrana sus danzas a las puertas de Oxchuc y ora y ofrece limosna a sus santos mientras la flauta entrega al aire el toque para beber agua; el toque para caminar en torno de la casa del capitán; el toque para descansar en la casa del capitán; el toque para repartir el pan comunitario.
Nadie asiste al auxilio de los que están siendo acribillados; eso se arregló desde el inicio del diseño; la estrategia cumple en sus rondanas de reloj. La gente indefensa, armada nada más por la fe que le llevó a orar en ese paraje de Acteal, empieza a caer en medio del fragor, sin el menor auxilio de nadie; están desarmados, son niños y mujeres; los están matando; están muriendo sin más opción que la de morirse lo más rápido posible; vuelve el ciclo a alimentar la tierra con la sangre de su propio barro.
Tambor, flauta, sonaja, para la Fiesta Grande. Entra Oxchuc a los reinos de Dios en las alas de la música. Llegó ya San Ildefonso desde Tenejapa. Ya Santiago sostiene un enorme ramo de flores en la mano. Pito y caracol crecen en su estrépito. El tiempo reverdece en su nuevo bukul promisorio. Los dioses son honrados, los de yeso y los de piedra (hay asentimiento y también memoria). La danza florece. El rito sagrado se cumple. Ésta es ahora la patria del estrépito. Se juntan los tiempos. En Acteal un disparo destroza el cráneo de quien reza.
“Yo hablé con esa sombra de los montes”, aseguró...
Lejos del loco del último cerro. Nadie recuerda ya lo ocurrido siglos atrás en la tierra mágica de Oxchuc. Nadie recuerda.
Las mujeres de Oxchuc pasaban días enteros entre protémolo y vasiho, afanadas en la molienda de cacao y maíz. Para la población las fechas se alargaban transitando de labores cotidianas a ofertorios religiosos, cumpliendo en estos casos, con extrañas funciones de sincretismo en las que participaban por igual hombres y mujeres. En un séptimo día, cuando Dios se sentó a descansar, fue que llegó la tropa y media población de Oxchuc fue llevada entre la soga y la bayoneta, a rastras desde las bestias bufando; el que se vencía desde antes iba quedando colgado de los árboles para alimento de buitres, zopilotes, zanates y azulejos.
Al siguiente día, el primero, de que la tropa se llevó a los hombres de Oxchuc para irlos a matar al monte, a unos; para hacerlos carne de cárcel, a otros; a las mujeres de Oxchuc se les cayeron los dientes, a todas, se hicieron viejecitas, sin dientes, que eran un reguero de cal sobre las calles sombrías. Cuando el arquitecto Artigas llegó a Oxchuc para estudiar sus cosas en las paredes del templo, cuando llegó a hacer su inventario de años y misterios, tuvo que caminar sobre un reguero de minúsculas piedrecitas de calcio que se le clavaban con furia en las suelas de los zapatos.
Al segundo día, a las mujeres de Oxchuc se les puso el pelo blanco, de un blanco rabioso al principio, de un blanco que reflejaba con ira los rayos del sol lastimando las retinas de los extranjeros que por algún motivo (estudio o saqueo) cruzaban las inmediaciones del trágico sitio. Entonces Oxchuc se convirtió en la ciudad de los reflejos, pero se trataba de reflejos que herían, que entraban por las pupilas y llegaban lastimando hasta el fondo mismo de los pensamientos. No era aquél un brillo sano; era un brillo que mataba.
Después, aquel blanco capilar fue cediendo. Por las fechas en las que llegó a Oxchuc el estudioso Antonio García para apuntar en su libreta de datos, las mujeres cargaban en la cabeza un blanco amainado, tocado por la más honda tristeza. García leyó en ese blanco el lenguaje de la muerte.
Y no era cierto nada de esto, porque se habían vivido apenas dos días después de que la tropa se llevó a los hombres de Oxchuc para irlos a matar al monte, o para encarcelar en las mazmorras de San Cristóbal a los no pasados por soga o fuego. Al tercer día fue que las mujeres amanecieron todas con profundas arrugas; en sus rostros se reproducían los mapas de una tierra que había sido regada con sangre desde siempre. Ahí estaban los surcos sembrados con amargos, con desolaciones, con desesperanzas. Las mujeres llevaban ahora la historia de la tierra en sus rostros.
Al cuarto día las mujeres aullaron lastimeramente toda la tarde hasta que el sol se fue poniendo rojo por las heridas que le causaban los lamentos y luego se escondió para que no lo vieran sangrando.
Al quinto día las mujeres se encerraron en sus casas, todas, y entonces Oxchuc fue calles desiertas en cuyas paredes solamente rebotaban el aire, el silencio y la más profunda tristeza que pudiera haber sido recogida por las escrituras de las civilizaciones.
Al sexto día, fecha terrible, ellas, todas, fueron cerrando los ojos, para que Oxchuc quedara a oscuras, a merced de las más profundas tinieblas. El día fue noche y la noche fue noche y la luz quedó ciega para Oxchuc, como una maldición que haría estremecer las conciencias. Todo fue sombra, como en los primeros tiempos. Como en la era del caos. Como en el principio de las escrituras. Así fue como el día siete amaneció entre sombras.
Pero en este séptimo día el sol golpeó fuerte sobre los campos y las laderas de Oxchuc y obligó a las mujeres a salir de sus casas; las obligó a abrir los ojos para que vieran por dónde caminaban, para que supieran en qué fragmento de la tierra iba a caer polvo de su tragedia. Ese día, el día que Dios escogió para su descanso, un fuerte viento sopló sobre Oxchuc, entró a las casas desiertas, revolvió los interiores y levantó de los empedrados un fino polvo que voló alto y lejos, hasta confundirse con el polvo del monte, en donde iban a nacer los futuros hijos de Acteal.
Nadie recuerda estos recuerdos; nadie baja a lermar en el río que de tanto no repetirse tanto se repite... y entonces, el recuerdo ahí está... en todos, y en la sombra que se aparece como un eco insistente en el seno de la niebla, la sombra que habló con el loco del último cerro, la que a veces también nos habla desde adentro, la sombra ésa que desde el año dos mil regresó hasta nosotros para ir, con la voz de los poetas que grabó en sus discos, a seguir dialogando con los montes que amasó la luna en algún momento de estos siglos nuestros.