REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Donde serena la noche


José Juárez

Es obvio que el poder y los vicios son sinónimos de enfermedad que no se puede ocultar, y el producto de ese poder es la violencia que golpeó en una noche serena a 43 estudiantes (Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Raúl Isidro Burgos en el Estado de Guerrero); acontecimiento que en la memoria del tiempo se vuelve pandemia gubernamental cíclica.
Los síntomas de la enfermedad que generan el poder alucinante, es mucho más grave que muchas otras enfermedades que se consideran de sumo cuidado. Sabemos que quien se contagia por el virus del poder, ─sinónimo de fuerza política─ sufren diversos síntomas, de los cuales el más común es la pérdida de la conciencia y del sentido común. Se sabe que los políticos y funcionarios del gobierno en nuestro país y particularmente en nuestro estado, con raras excepciones, por regla general son enfermos que suelen apartarse de la realidad, para vivir en su propio mundo de oropel, el cual es diametralmente opuesto al mundo real. Seguramente muchos de estos pacientes, que se aferran a la droga del poder (económico/político) al igual que los alcohólicos, enfrentan con dificultad su enfermedad. Según la Asociación Americana de Psiquiatría (DMS-IV), “la característica esencial de la dependencia (al poder) a sustancias u otras causas, consiste en un grupo de síntomas cognoscitivos, conductuales y fisiológicos que indican que el individuo continúa consumiendo alguna sustancia “alucinógena”, a pesar de la aparición de problemas significativos relacionados con ella”.
Esta enfermedad es en Guerrero crono-degenerativa y se agudiza en los pacientes que pierden al agente causante de la misma, que no es otro que el poder. De esta forma alarmante, al asimilar y ostentar el poder; a estos gobernantes les causa mareo: prepotencia, arrogancia, egocentrismo, soberbia, ambición y alucinaciones; por lo tanto, la pérdida de la consciencia y el nepotismo los corrompe: les provoca envidia, rencor, nostalgia, odio, depresión y negación a la realidad. De ahí que estos gobernantes se conviertan en auténticos y peligrosos enemigos de la sociedad.
Nada escapa al dolor atávico ni a la conciencia histórica, nadie olvida ni olvidará cómo en ciertos periodos, la violencia en el Estado de Guerrero se haya vuelto un hecho cíclico y se repite y se manifiesta, casi siempre, en contra de los más vulnerables, de los indefensos campesinos y de los estudiantes más desprotegidos de la sociedad guerrerense. Y no es casual, que sean ellos quienes protesten; y lo hacen, porque tienen conciencia de la injusticia que es pan de todos los días, porque ellos confían en la protección de sus derechos. Nada ha cambiado y nada ha escapado en la consciencia de los estudiantes de Ayotzinapa, ya que mantienen vivos en su memoria los ejemplos de otros próceres tales como: Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos, también egresados de la misma institución educativa. Como tampoco, nadie ha olvidado que un viernes 30 de diciembre de 1960, en Chilpancingo, Gro., se registró una masacre durante el periodo del gobernador Raúl Caballero Aburto, perpetrada por Flores Guerrero quien ordena disparar a la multitud, dejando muertas a alrededor de 19 personas y docenas de heridos. La matanza contó con el apoyo de francotiradores contratados por el gobierno del estado, quienes desde edificios adyacentes a la alameda dispararon tanto a civiles como a soldados, esto con el fin de generar confusión. El ejército recogió los cuerpos y se los llevó en camionetas de redilas. Esa misma noche, se desalojó la universidad y a los estudiantes que se encontraban ahí, quienes fueron brutalmente golpeados e insultados por soldados y llevados a las mazmorras del Palacio de Gobierno.
Una vez más, 35 años después, la historia se repite, cuando el 28 de junio de 1995, agentes del agrupamiento motorizado de la policía guerrerense dispararon en contra de un grupo de miembros de la Organización Campesina de la Sierra del Sur (OCSS) que se dirigía a un mitin político y demandaba la liberación de Gilberto Romero Vázquez desaparecido un mes anterior y nunca más visto, en la población de Atoyac de Álvarez (región de la Costa Grande); resultando 17 campesinos muertos y 21 heridos. El movimiento también demandaba necesidades vitales; como acceso a agua potable, escuelas, hospitales y caminos.
Ahora, después de 19 años, otro crimen más de lesa humanidad, se llevó a cabo en Iguala Guerrero, en este lugar cuya definición en náhuatl es: donde serena la noche. Es allí, nuevamente, en una noche serena, cuando el 26 de septiembre de 2014, elementos policiacos de Iguala, convierten a esta ciudad en el foco deplorable, al dejar un saldo de seis muertos, entre estudiantes y civiles, 25 heridos y 43 estudiantes normalistas desaparecidos de la Escuela Normal de Ayotzinapa. La ciudad de Iguala que por muchos años fue un lugar sereno como la humedad de la noche y, prácticamente desconocido, ahora es el centro de atención del mundo entero, sitio que fue cuna de nuestro lábaro patrio y también del Plan de Iguala.
Anteriormente la ciudad de Iguala era difícil de ubicarla geográficamente por sus paralelos, sin embargo podemos localizarla al norte del estado de Guerrero, en las coordenadas geográficas de 18°20’N y 18°27’ de latitud norte y entre los 99°29’ y 99°40’O de longitud oeste. Ahora podemos localizarla fácilmente con el nombre de Paralelo 26-9-2014.
La sociedad mexicana sabe que los responsables de los asesinatos y de toda transgresión a la ley, tanto intelectual como materiales, tienen nombres y apellidos, ambos gobiernos (estatal y municipal) son responsables y deben ser sancionados con todo el rigor de la ley, trátese de quien se trate.
En consecuencia consideramos que se apliquen aquellas libertades, con facultades, institucionales o reivindicaciones relativas ya sean primarias o básicas que comprometan a toda persona, por el simple hecho de su condición humana, para que al Estado de Guerrero se le garantice ya, una vida digna, y para que se apliquen esos principios que emanan de Los Derechos Humanos. Quienes se hayan comprometido, me refiero a la más alta autoridad política de la nación, y sin que quepa pretexto alguno, aclaren este aberrante suceso, es decir: el de los supuestamente 42 desaparecidos, ya que uno fue identificado; para que al menos, las familias de estos jóvenes puedan darles, a las cenizas de sus hijos, una ubicación y, digna sepultura.
A pesar de que comprendemos el dolor de las familias de quienes perdieron a sus hijos, ¡nos causa sorpresa que ellos piensen, que aún se encuentra vivos sus hijos!... Esa actitud nos parece ingenua. Nos preguntamos las personas sensatas: ¿Acaso es una estrategia para exigir los devuelvan con vida los aún 42 desaparecidos?; cuando todos sabemos que esos jóvenes ya no existen en nuestro mundo real, lo cual nos irrita profundamente, pero nos duele más la falta de injusticia en contra de cualquier ser humano ya sea guerrerense o de cualquier parte del mundo.
La opinión pública del mundo entero se pregunta: ¿Si no son los estudiantes de Ayotzinapa, de quiénes son todas esas fosas clandestinas encontradas en Iguala y a quiénes se va a culpar por esos crímenes? ¿Quiénes fueron los autores intelectuales y materiales de esos cuerpos encontrados en ese cementerio clandestino “institucionalizado”? ¿Todos se preguntan, si alguien cree que fueron los Guerreros Unidos por motu proprio? ¿Acaso creen que los guerrerenses se chupan el dedo?... ¡Cuándo será la próxima masacre!...

México, D.F. a 11 de diciembre de 2014