REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Antonia Robles y el erotismo de verdad


Héctor Anaya

El nuevo poemario de Antonia Robles Aragón, Húmeda luz, que ha publicado la editorial Fontamara, lo conocí con otro nombre, Puedo decirlo todo, que como título de un libro erótico de verdad, habría interesado más a los lectores, a quienes habría despertado la curiosidad de descubrir si en verdad en su libro la poeta dice lo que siente porque siente lo que dice, o como otras promete más de lo que está dispuesta a cumplir.
Y es que “decirlo todo” fue el propósito de mujeres poetas que a mediados del siglo pasado y como prueba de su liberación, ofrecieron mostrar el verdadero erotismo femenino, que antes disfrazó de misticismo lo que era pálpito carnal y no púlpito sacramental. La propia Antonia en su anterior entrega erótica, Al rubor de la flama, ocultó el cuerpo tras el alma.
Hoy nada más esconde el nombre de ese león de manada que celebra, de ese hombre de fuego que la encandece y a quien no duda en calificar de “formidable”, del guerrero de lanza pulida, de jaguar de miel, ardiente junco, rígido tizón, y se arriesga a llamar “falo único entre tantos”, porque quiere presumirlo a las otras de cesta vacía.
Hace bien en guardar el nombre, no sólo por lo que hace siglos decía Diderot de un poeta: «No irá lejos: ignora el secreto», con lo que indicaba que el misterio hace falta en la literatura. Pero también es bueno que reserve el secreto y que ni siquiera deslice un heterónimo, como lo hicieron en el pasado poetas como Garcilaso de la Vega que escondía a Isabel Freyre tras el nombre de Galatea o de Elisa; Lope de Vega que usaba numerosos alias para sus mujeres: Belisa, Camila, Lucinda, Lucía de Salcedo, Amarilis; o más recientemente López Velarde que las dotaba de nombres líricos: Fuensanta, Genoveva. O Vasconcelos que las llamaba Adriana, Sofía, Charito, Beatriz, Valeria. Y no se diga Sor Juana, que entre tantos nombres de hombres y mujeres a quienes escribió, no se sabe a quién de veras quiso o simuló querer.
El ocultamiento también es útil para la ensoñación y para embaucar lectores, pues así como abundan los hombres que se creerán Aquiles, Hércules, Eneas, Don Juan, Casanova, Romeo, Tarzán, James Bond, no faltarán los que se imaginen retratados en los poemas eróticos de Antonia o que presumirán en su fuero interno: 'Y eso que no me has conocido'.
Porque vaya que lo dice todo, lo cuenta todo, lo canta todo, al menos todo lo que la real literatura debe sugerir para seducir. Habrá gente pudibunda que levantará la ceja ante tanta claridad, porque si a Antonia la llamé en un prólogo anterior “Erótica infinita”, hoy tendré que cambiarle el epíteto por el de “Erótica explícita”.
En su libro anterior había rubor hasta en el título, pero hoy se brinda “voluptuosa e impudente”:
Ya había yo imaginado
en el letargo
lo que sería este encuentro escandaloso:
caliente agua en combustión,
nudo ciego tu sexo con el mío,
dos pleonasmos en uno...
“Escandaloso encuentro”

Y es que a diferencia de otras poetas que navegan por la vida como eróticas, pero son más proclives al discurso que al intercurso, en los poemas de Antonia el erotismo es acción y participación, no panfleto revanchista en que hay más discurso que poesía, tal vez porque ignoran lo que Mallarmé explicó: «La poesía no se hace con ideas, se hace con palabras». Antonia no predica, muestra que es:
la dúctil hembra timonera
del rígido tizón con que proyectas
la fragua que revienta
blues, jazz, entre mis piernas.
“Del más estéril fardo”

Y no teme entregarse a la hipérbole:
porque eres formidable
porque desde que estás,
yo que soy puritana

me disfrazo para ser tu ramera.
Ciega la oscuridad en la que poso.
¡Inúndame!
“Puedo decirlo todo”

Decidida a decirlo todo, cancela el estilo de íncubo disfrazado del que se sirvió Sor Juana Inés de la Cruz, en un poema que algunos tienen por metafísico:
Detente sombra de mi bien esquivo
imagen del hechizo que más quiero
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

La nueva Antonia, la erótica que se rebela revelándose, habla claro:
Ya no habrá en mí ese hueco
brutal de la vigilia,
sino el acorde rítmico
y bramante de tu semen.
“Perla de agave”

Al pan pan y al pene pene, pues no se escuda en lo políticamente correcto, ni oculta el placer que produce la exploración de todas las zonas eróticas.
Ya entreabre mis labios
con su dardo
vigorosísima lengua,
luego el falo
el único entre tantos
como un fruto cordial en primavera.
“El único entre tantos”

Y transita incluso por la región prohibida de las palabras inscritas en el Índex:
Y pensar que apagaré el brasero de mi vulva
para que no te quemes
y cabalguen gozosas mis hermanas
en tu verga de deliciosa fuga.
Y tomarás mezcal

Recibe y da placer, única obligación de los amantes:
...tus higos resplandecen
en su lugar intactos
pero yo los prefiero
perennes en mi boca
ariscos
potros
domeñados.

“Hacia la cúspide”

Reconoce en un poema la delectación:
¡Enciende!, me dirías
y tu llameante lengua
tallaría
hasta lograr la gran fogata
la lumbrera.

“Y permanezco”

Pero no inhibe ni disimula la degustación:
...me propongo tenerte entre mis labios
hasta lograr el punto justo de la degustación
Y luego,
presumirte a las otras
que sin ti a esa hora
habrán de descubrirse con la cesta vacía.
porque estarás en mí, elevándote inmenso, perdurable
¡puya de las mil vírgenes!, hasta que yo me sacie.
Porque a mi boca hiere la sed insoportable...
necesito las dádivas de tus manjares
y del fruto mayor de los frutales... la pulpa madurada.

“Degustación”

Como puede apreciarse en este muestrario, que, como decía mi abuela desalmada, “es sólo probete no banquete”, éste es en verdad un libro erótico, de esos que decía Diderot “se leen a una sola mano...” (porque en su tiempo con la otra había que sostener el candelabro... el de las velas, para alumbrarse).
Pero no se confundan, lo de Antonia es literatura. Erótica, apasionada, pero literatura, llena de recursos retóricos que los poetas saben utilizar: metáforas, simbolismos, anáforas, dilogías, prosopopeyas, quiasmos, hipérboles, sinécdoques, epinomes, synerótesis, paronomasias, sinestesia, vocablos que parecen nombres de enfermedades o de medicamentos, pero que representan el lenguaje figurado que la poeta maneja, además de todas las intenciones que le quieran suponer.
Y aunque el libro no tiene ilustraciones, hallarán en los poemas el atractivo visual de una distribución que recuerda el caligrama, la caprichosa presentación tipográfica de los versos libres (no blancos, porque tienen el color de la enrojecida fragua), que facilitarán su lectura, al ordenar la melodía de quien -por ejemplo- ofrece sus pechos (pércimos):
dispuestos
a
tu
prensil
lujuria.

“Con el rubor exacto”

A gozar del libro, librescamente, lúbricamente.