REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Confabulario

Tremebundo Delirio


Gerardo Ugalde

La masa informe lo perseguía a lo largo del oscuro callejón. Humberto odiaba caer siempre en la misma trampa, por más que todo se repitiera de igual manera. Una y otra vez. Terminaba la doceava cerveza, pagaba (de más) su cuenta, intentando no caerse se dirigía al baño, para luego regresar a su casa. En el trayecto las señales de que aquella “chingadera” lo encontraría aparecían: la roca con la cual caía al suelo; el charco de meados donde se mojaba; los balazos que se escuchaban a lo lejos. Entonces al ponerse de pie la criatura, mitad lobo, mitad vampiro; ojos rojos, colmillos de acero, sangre en todo el cuerpo, se posaba frente a Humberto escupiendo espuma, emitiendo un sonido infernal. El borracho comenzaba la huida, sin saber lo que estaba pasando. Sufriendo doblemente por la borrachera y el miedo, corría con lentitud y lágrimas en el rostro; giró a la derecha, en el callejón infinito, condenado a no llegar hacia la salida. El monstruo lo perseguía, aunque Humberto no lo veía; mirar hacia atrás le significaría ser alcanzado y destazado. Después de correr por diez minutos las ganas de vomitar lo detenían, solo en la noche, todo se desvanecía. Estaba frente a su casa, sudando el alcohol, gimiendo como un cerdo, intentando jalar el aire que necesitaba para respirar. Su esposa lo recibió con insultos y golpes. Le recriminaba la falta de dinero, la llegada a las dos de la mañana, la ropa y su persona oliendo a basura. El pobre de Humberto no gozaba el sueño, cerraba los ojos por un segundo, únicamente para darse cuenta que ya era de mañana. Frente al espejo, las huellas de la noche marcaban su rostro cada vez más fuerte. Bajo el chorro de agua helada los músculos de su cuerpo se tensaban, paradójicamente, esto lo relajaba, obligando a la cruda abandonarlo inmediatamente. Sólo se lavaba el cabello, el resto de su humanidad recibía el agua, dejándose las manchas de tierra y grasa. Ungiéndose con su loción de veinte pesos, montó Humberto su taxi que le daría de beber por la noche.
El día presentaba a este hombre una racha de buena suerte, casi desde que salió a una avenida importante, un tipo requirió sus servicios. De este pasajero obtuvo doscientos pesos. Mas tarde, una hora antes del mediodía, Humberto llevó a una muchacha hasta el otro lado de la ciudad. La mujer era realmente impresionante. De bello rostro, jugosos senos, y una boca digna de cualquier cochinada que se le viniera a la mente a un pervertido. Sabía de antemano que cualquier intento de entablar conversación con la hembra era ridículo, una bola de grasa como él no existía para ella. Humberto llegó a una casa elegante, en uno de los barrios mejor cotizados en la ciudad. La muchacha le lanzó un billete sobre el hombro y entró a la casa. Su trasero fue imaginado por el taxista en las posiciones más perversas que una película porno mostraría. Llevaba cuatrocientos pesos y la radio le anunciaba otro cliente que necesitaba transporte. El día era bueno… en total ganó cuatrocientos pesos de los mil doscientos que místicamente recabó. Como el taxi no era suyo pues… era mejor ir a la cantina inmediatamente. Al dirigirse al hoyo donde bebía, varias cosas pasaban por la mente de Humberto: 1) Debía sólo gastar la mitad, la otra era para su vieja, 2) No embriagarse, hay que mantener la clase, 3) Intentar conquistar a una de las fulanas que por ahí rondan, 4) No tomar el mismo camino por donde lo atacaba la horripilante criatura.
Algo épico y melancólico canta el Buki en la rockola, algo que le llenaba el corazón con energía, valor y amistad. Humberto era desdichado, pero en ese momento la felicidad ya lo tenía embriagado. Bailaba en medio de la cantina, abrazando su cerveza, susurrándole halagadoras palabras. Era el centro de atención, su presencia ahí, estimulaba a las demás personas; quienes burlándose de él, apuraban sus tragos. Carmelo era uno de aquellos que reían. Una mezcolanza de sentimientos le causaban nausea: miedo, ternura, odio. Tal vez por culpa de Humberto, tal vez porque Carmelo era un desequilibrado. Ambos no se conocían, jamás se habían topado. Sin embargo por azar, el destino de los dos se unió de manera inexplicable. Humberto se acercó a la barra (donde estaba Carmelo, sufriendo por no traer dinero), con la séptima cerveza encima, pidió un cigarrillo al hombre a su derecha, pero éste lo mandó al carajo. Entonces Carmelo le ofreció su cajetilla, Humberto musitó un gracias que escuchó el otro. De ahí hasta la medianoche Humberto y Carmelo entablaron una larga e ininterrumpida charla sobre mil cosas diferentes, desde el trabajo hasta el futbol, pasando por las viejas y los mejores lugares para ir a desgastar el huarache. Para dos hombres que nunca se habían hablado, la naturaleza con la que se trataban era asombrosa. Toda la gente que estaba en el bar ya se había ido, quedaban ellos dos, percatándose de esto Humberto propuso ir a su casa a seguirla. En el trayecto pararon por dos pares de caguamas y, en una esquina, Carmelo compró cincuenta pesos de mota.
Sentados en la sala, escuchando un disco de Vicente Fernández, esos dos remedos de hombre gritaban para comunicarse por el volumen alto del estéreo. La esposa de Humberto salió encabronada, sin observar que su marido recibía visitas:
-¡Hijo de la chingada, acaso no te das cuenta de la hora que es! Comemierda-entonces, notando la mujer a Carmelo, quedó prendado de sus ojos hipnóticos. Éste la miró con desprecio; los cincuenta años de aquélla la tenían bastante degradada, igual que a una fruta dejada por días bajo el ardiente sol. Humberto se levantó, sin contestarle, sin enojarse; estaba relajado, feliz:
-Voy por más chelas, aquí espérame Carmelo, no tardo ni cinco minutitos.
La señora regresó a su alcoba, dejando al desconocido en la sala. De inmediato que ella desalojó el área, Carmelo encendía un canuto de refrescante hierba. Mientras “Chente” cantaba Estos celos me hacen daño, su imaginación empezaba a realizar un periplo por los aventuras del ayer que tanto goce le trajeron. El tiempo se diluía y los cinco minutos prometidos por Humberto eran quince ya. Por lo tanto, extrañado, Carmelo no sabía si irse o esperar. Posicionado frente a la puerta de la recámara donde la esposa se encontraba, Carmelo tomó la perilla y entró; obnubilado por los efectos de la marihuana, la posición en la que dormía la mujer le fascinó hasta causarle tremenda erección. Olvidándose por completo de la situación se le montó, lo cual no alarmó a la mujer; quien percibiendo que no era su esposo, lo recibió más que agradecida.
Mientras tanto… Humberto regresaba a su casa con cuatro caguamas heladas, contento, dando tumbos cada tres pasos. Aceleró para no hacer esperar a su amigo. Mirando sus pies, balanceándose, consiguiendo un equilibrio aceptable. Cuando logró asimilar el mareo, estrelló su cabeza contra algo o alguien, obligándolo caer al impacto. Todas las botellas se rompieron. Humberto sentía la furia elevándose, tomando el control de sus acciones. De un impulso se levantó, buscando el objeto o la persona con la cual había chocado. Su sorpresa y su furia se convirtieron en locura y miedo, al ver a la criatura que lo perseguía todas las noches saliendo de la cantina. El taxista huyó en dirección a su casa. Era increíble observar a un hombre de su complexión cometer tal carrera. Poco a poco veía su hogar. Sabía que sólo tenía una oportunidad para ponerse a salvo. Aceleró todavía más, dejando atrás a su perseguidor. Entró a la casa, emitiendo bufidos cual una res. Creyéndose a salvo, se sentó en la sala. Pero su terror no acabó. Los ruidos de la criatura se escuchaban en la habitación contigua, donde dormía su mujer. De la cocina cogió el cuchillo más grande que ahí se encontraba. Blandiéndolo como si fuera una katana, dio una patada a la puerta: la criatura encima de su mujer la atacaba con suma violencia. Sin temor alguno Humberto embistió a su enemigo, propinándole varias cuchilladas hasta que entre el caos que ahogaba el cuarto, los gritos de su mujer eran los más fuertes:
-¡Déjalo Humberto, lo estás matando!
Carmelo se petrificó, sintiendo las cuchilladas; el placer y el dolor hicieron que se corriera, ya muerto, su pene continuaba rígido, dentro de la esposa de Humberto, el semen y la sangre se mezclaban, ensuciando las sábanas.