REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

Confabulario

Un minuto…cartas de desamor


Ylia Kazama

Año de gracia 2002, mes décimo primero, día veintiuno
Carta atropellada afirmando diciendo no
De México a Ourense

Porque fuimos cuartos de madera
horas de aserrín
preparamos alimentos
y, en mitad del día,
repartimos palabras
que fructificaron en el aliento
de ambas bocas.

Justo ahí limpiamos el cuerpo de horas suicidas, rechinamos los dientes y el dolor largamente guardado salió haciendo pequeños charcos en el suelo. Ríos de frases, silencios haciendo las paces de tu pasado hacia el mío devoraron gemidos atropellados que sangraban bajo la ropa; y ambos negamos manifestar amor. Sintiéndolo dijimos adiós.
Quedó el atardecer y los gestos desembocaron en silencios que no pudimos detener. No era falta de amor, sino la respuesta a las cosas aprendidas equivocadamente. Nos despedimos sin decir adiós, sin romper las costuras que nos unieron. Detrás nuestro, un espejo roto lloraba suavemente.
A partir de esa mañana, corto el día como una baraja, juego póker con las horas y odio los sacrificios inútiles que hunden la luz en estrellas oscuras que la ignominia disfraza de botín.
Retazos de la vida a tu lado, de las palabras que pulsaron y custodiamos con rigidez salen un día sí y otro también. Brotan de mis labios las horas sin sueño y bajo el muelle aúllo antes de asesinar al miedo. Abro los brazos y el viento bordea mi cuerpo, el mismo paisaje que ves, yo miro; desde otros edificios, desde existencias ajenas a nosotros, desde los fantasmas que descienden a mis pies y encuentran diez dedos victoriosos. Los granos de arena parecen tan felices, murmuran juegos feroces de pasos lejanos, de soledades que no entienden nada; mientras a lo lejos el horizonte persiste transigiendo aceptaciones de luz y oscuridad.
¿Dónde cierras los ojos? ¿Cómo violas las mentiras creyendo que eso es estar bien? ¿Cuándo el espanto te sedujo con su traje sucio de guirnaldas degolladas? Las roturas de tu espalda, ¿quién las amortaja? ¿Cuándo dices sí es lo inverso? o, ¿lo contrario es precisamente decir sí, afirmando con un no?
La noche descansa en los días de la semana; ensimismada, camino hacia la nada. Sin embargo, dentro, hay un canto de gozo, insisto en exiliarme en los rayos de luz, en la risa de los niños que canturrean en la plaza. Desgarro las cenizas con las manos húmedas de verdad.

Porque fuimos como niños
negando
desplomamos la traición
emboscando locuras
palabras que a horcajadas
avanzaron en los ríos
de tu vientre al mío.


Cuando era niña soñé con tener un novio. Pensaba que no era malo enrojecer y acercarme a la hora de misa, hincados juntos y en vez de rezar el Padre Nuestro, susurrarle... ¿Quieres ser mi novio? Mirarlo con dulzura y caminar hacia la puerta rompiendo los paradigmas de la resurrección y de la voluntad divina.
Aún se destilan en mis labios las palabras... ¿Quieres ser mi novio? Es jueves, ¿cuántos habrá que pasar devorando los gusanos de las mentiras? Resuena en mis rezos solitarios el salmo 91: “diré yo a Dios: Esperanza mía y castillo mío; mi Dios en quién confío. Él me libra del lazo del cazador...”
Es la hora del ángelus... mil veces mil: ¿quieres ser mi novio? El burdel abre la puerta e ingresas pensando que morir en otras manos salvará tu cuerpo; y lejos, muy lejos, mi voz en susurros junto a tu alma contrita, consagra la sangre en las calles desesperadas, mojadas con el llanto vertido por las nubes en el asfalto de tu ciudad.
Ritos insolados frente al espejo, me despojo de ropa y un corazón sin límites y sin cordura esperanzado pregunta: ¿quieres ser mi novio? El silencio se come el aliento y tú, en la lejanía, ya no escuchas el tiempo de cosecha. Frente al paredón está tu cuerpo, latigazos de placer comprado desean el respiro de tu vida y el dolor fascista que te perturba es tener la certeza de que fornicar no se parece a amar.
Es tarde, mi cuerpo está cansado, quiere jugar, como cada noche, a morir; oculto bajo los párpados la hora de la muerte y recuesto las sonidos para cubrirme del frío. Purifico mis esperas, recorro los mitos, exilio las creencias y dentro, la desnudez del amor se levanta y coloca en mis manos jornadas, cortejos y tiempo. Cierro la oscuridad y fertilizada de luz abro las ventanas a las lágrimas que descarapelan mis mejillas mientras un cigarrillo se consume, abandonado, solo; como te encuentras tú en el descenso voluntario. La ciudad cae en ruidos inhumanos, en juegos torpes de personas que, buscando la creencia, subsisten en soledades ávidas de irrealidades.
Alrededor de la madrugada, el insomnio niega la tristeza y las manos espaciosas acarician tu almohada sin huella. Despojados de cuerpos, silentes como el liquen, poblamos la vigilia y detrás de la puerta tu voz dice mil veces: ¡sí, sí quiero!
Me levanto, cierro la puerta lentamente y, recargada en la madera, acaricio tus pasos que se alejan. Sin destino, estás condenado a vagar. Mi amor esparcido a través del mundo me observa asombrado y el mar desnuda mis ojos para mirar un espejo que rechaza las sombras de tu respuesta tardía. En el vestíbulo, la niebla de tus debilidades se derrama en el puñal que condena las promesas rotas.
Cuando las hojas de los árboles amanezcan, de hito en hito, mirarán mis pasos y fluirá hacia el vocabulario de verdad envuelto en el terciopelo de la certidumbre y la niña que me habita cerrará los ojos, abrirá las manos y verá sin maleficios que el don de preguntar es aceptar el destierro hacia la tierra de nuncajamás.
Fiel a mi naturaleza indómita, miraré los escombros, tomaré dos naranjas del frutero, me subiré a pulso a mi árbol preferido arañándome las rodillas; buscaré entre las ramas el corazón tatuado, borraré tu inicial y el corazón quedará solo con amor, sin defensas, sin historia. Listo, perfecto para salir a jugar pero sin trampas, sin miedos, con la manifestación de fe, no sin antes agradecer a Dios haberme librado del cazador.

No te digo nada… todavía…