REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

Confabulario

Fragmento de la novela: Un loco sí puede


Félix Luis Viera

Don Galletano me rectifica de nuevo: ya no “don”, hijo, “compañero” es como debes decirme ahora, que los tiempos están que ya tú sabes, no te equivoques. Hijo, ahora todo el mundo es compañero o compañera, eh, ni señor, señora, señorita, don, doña, ya nada de eso vale según esta revolución socialista de Fidel Castro, ¿entiendes, hijo?
Pero yo me equivoco de nuevo tantas veces cuando él llega y le digo “don Galletano” y él vuelve a aclararme lo mismo. Es que uno no sabe…: ¿Fidel Castro? En ocasiones hasta se me olvida quién es Fidel Castro, don Galletano, fíjese si a veces ando mal, disculpe, y eso que tanto lo veo en el televisor; el otro día lo vi hablar desde las ocho de la noche hasta las tres de la mañana, y ya ve usted cómo estoy que luego se me olvida. Pero aquí, entre tú y yo, no lo veas tanto, no lo veas hablar tanto, hijo, que eso te puede atrofiar todavía más. No, don Galletano, si lo que me gusta ver son sus gestos de cara y de cuerpo, tan rotundos, y esa gorra que trae puesta, ¿qué gorra tan bonita, verdad? Lo que dice en ocasiones lo entiendo solo a medias, pero eso no me importa tanto, porque según Leticia lo que importa es lo que hace y manda hacer y eso no lo sabemos del todo, ¿por qué Leticia dice esto, compañero Galletano? Hijo, porque se ve una parte de lo que ese hombre y su grupo hacen pero hay una parte que no se sabe, si todas las noticias las da él y las emisoras y periódicos son de él, está claro, aunque uno sea casi analfabeto, que no todo se sabe, hijo, pero recuerda además que Leticia respira por la herida del padre fusilado por el Ejército Rebelde de Fidel Castro, hijo, habla mejor de otra cosa, que yo no soy pendejo pero tengo miedo, hasta en esta casona las paredes pueden tener oídos, como está la cosa de la vigilancia y eso…
¿Cómo que casi analfabeto, compañero Galletano, si en 1961, lo sabe todo el mundo, este país quedó libre de analfabetismo?, ¿o yo sigo oyendo visiones? Sí, hijo, es verdad, lo dicen, pero eso es una tonada: es mucha la gente por ejemplo de aquí de la ciudad que se hizo la que se alfabetizó pero fue de truco, de truco con los maestros voluntarios, y terminaron el año 1961 con sus diplomas de alfabetizados esta gente, yo soy parte. Hijo, ¿porque cómo vas a creer que todos los maestros voluntarios tendrían coraje para en unos meses enseñar a leer y escribir fino a mentes salvajes, y viejas como la mía, por ejemplo? Eso es cuestión de política, hijo, pero recuerda que jamás te dije esto, porque tengo miedo, aunque en verdad, no tengo miedo de decírtelo a ti porque ves, no es por herirte, pero a las personas como tú nadie les hace caso, menos mal.
Don Galletano no sabe que yo escribo a todo tren lo que él y yo hablamos cada vez que viene a traer bastimentos de contrabando. Me dice Leticia: escribe todo, él nunca lo sabrá, y él es un personaje de mi novela, porque así tú lo has vrnido metiéndolo en las notas. La novela que voy a escribir es la tuya y la de tus personajes, yo incluida, pero la novela vista desde ti. ¿Por fin yo soy el escritor o eres tú? No te cansas de preguntármelo, ya te lo he dicho millones de veces: tu haz el carbón, yo el diamante, me responde ella. Estoy traicionando a don Galletano, Leticia. Eso no es traición, y si lo fuera, a la única persona que no puedes traicionar es a mí, que te saqué del inframundo, y por eso tu vida es mía y se valdría que traicionaras a quien fuese por mí, ¿comprendes? Ella tiene razón, es que uno no sabe… ¿Está bien eso de que Leticia salga a bares y cabarés, don Galletano?, dice que a “estudiar” a los hombres, la debilidad carnal de estos, lo inferiores que son los hombres, en eso de la “debilidad erótica”, comparados con las mujeres; pero nada más los alborota, los deja tórridos, dice, pero nada más. Ya te he dicho que no me cuentes esas cosas íntimas, hijo, pero sigues: ella sabrá por qué lo hace, creo que es parte de su oficio, muchacho, y ahora me vas a decir que cuando llega de los bares y los cabarés hacen relajo a veces más de tres horas, “me exprime la pinga, don Galletano”, “me saca hasta la última gota, como si quisiera quitarme hasta la vida por la pinga”, ¿no es eso lo que me vas a repetir ahora, como hace tanto tiempo lo haces, hijo?, y luego me vas a decir que ella es la que manda en la cama, que te ordena cómo hacer y qué hacer en cada momento, como si tú fueras una máquina de carne y hueso, y que te deja casi muerto de cansancio, como quien ha estibado cien sacos de cemento, ¿no es eso lo que me vas a repetir? Discúlpeme usted, compañero Galletano, es que uno sabe…, se me olvida, si yo pudiera pensar bien no le diría lo mismo a cada rato.
Cuando estoy claro, cuando mi mente puede pensar al hilo transparente, de modo que logro tamizar toda la realidad –como ahora– lo que más me molesta de don Galletano es el aspecto sudoroso que tiene, no el olor a sudor en sí, sino ese aspecto que le endilga el sudor, que es otra cosa. Parece chorrear un sudor laminoso que le da un brillo raro a su piel medio rojiza. “¡Cuánto me encabrona esa boina negra, mugrienta! ¡Esa ropa de caqui con peste a encerado de camión! ¡Esas botas descascaradas que ya rebosan la muerte! ¡Compañero Galletano! ¡Y ese diabólico aspecto sudoroso!, le grité un día, cuando no pude resistir más su presencia.
Aquello te lo perdoné, como tantas otras ofensas, hijo, porque sé que son maldiciones que salen de tu mente, de cómo está tu mente, no de tu corazón, comenta don Galletano porque le acabo de pedir que me disculpe por aquella explosión, mientras arrastra hasta el patio un saco con arroz. Hacía como un mes que no traía arroz, y la desesperación que uno siente cuando no puede comer arroz, ¿no sabe usted, compañero Galletano, que los cubanos, cuando no comemos arroz, sentimos como si no estuviésemos vivos? Claro que él lo sabe, responde, pero el arroz está cada día más por los cielos, y me perdonó también aquel ataque que le hice, aclara, por el respeto que le debe a la señorita, es decir, a la compañera Leticia, a quien vio nacer, pero sobre todo a sus padres, más de treinta años sirviéndoles, desde que él, don Galletano, se inauguró con el carro de viandas y frutas que le incautó la revolución socialista porque, le dijeron las autoridades, no se permitirían más intermediarios: el Gobierno se encargaría de vender, de un lado, y del otro los campesinos traerían su cosecha y sus animales en venta directamente desde los campos: el “intermediarismo” era una desgracia del capitalismo, los intermediarios eran gente que vivían del lomo de los campesinos, había declarado Fidel Castro.
Pero, ¿tú te imaginas, hijo, nubes y nubes de campesinos viniendo al pueblo a vender las cuatro guayabas o los ocho pollos que tengan?, ¿y no sabes que los recolectores del Gobierno en el campo ni conocen lo que compran y mucha mercancía se pudre o se muere en los almacenes del Gobierno? Todo ha salido mal, por eso, entre otras causas, los precios están cada vez más altos, hijo, pero fíjate cómo está tu cabeza: hace como doce días que traje un poco de arroz, y dices que hacía como un mes, y ahora el gran intermediario autorizado es el Gobierno, y lo hace pésimo: no hay nada de lo que debiera venir del campo, y en las tiendas da grima lo que viene por la Libreta de Abastecimiento. De Razonamiento, don Galletano, no se crea que yo soy comemierda, es una Libreta de Razonamiento la que nos han dado, ¿o usted se ha sumado a los eufemismos de Fidel Castro? Ay, muchacho, será así como dices, pero ya sabes que yo no sé de palabras y menos de eso de los eufemismos que dices, si ya te dicho que soy analfabeto sé nada más poner mi nombre, la fecha, y sacar cuentas de suma, resta y por, ¿hijo, y eso que no quieres hablar de política? Verdad, don Galletano, es que ahora todo lo que uno hable es de política, hasta de que si no hay tomates de ensalada, ¿cree usted que así yo no me volveré más loco cada día?, cojones, claro que sí. Y entonces yo sigo siendo intermediario, como antes, pero clandestino, con el miedo matándome, ¿no es así?, está mal del cerebro ese hombre… ¿Quién?, ¿yo?… eso se sabe desde hace tiempo, compañero Galletano… No, tú no, hijo, digo el otro, mejor no menciono su nombre. Ah, ya sé… el que más habla, el de la gorra bonita, don Galletano…, si supiera que eso me viene preocupando hace tiempo: que aparte de mí haya otro con el cerebro chueco pero no buena gente como yo, eso sí está cabrón… ¿Eh?…, ah… no, no, muchacho, a la compañera Leticia, ni aunque no tuviera ella dinero, la dejaría de vender… esa palabra se la di a su madre cuando se fue de Cuba.