REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

Mi primer Parménides


Armando Vega-Gil

De morro vivía en una casita pinche de clasemierdero poquitero, apretada de tantos muebles despostillados y cocina cochambrosa con cucarachas refulgentes y paredes adornadas con reproducciones de cuadros de payasitos llorosos texturizados con lunarcitos de cagadas de moscas, hogar-agrio-hogar alcohólico que después mis siempre tristes tristísimos jefes hipotecarían debido a tanta pinche deuda, mala elección y devaluación, allá en la colonia de-mal-ver-Galbuena, frontera con la Mocostezuma, a las orillas del canal abierto del desagüe, que vomitaba espumoso y chido un olor prieto apretado y tibio a caño gigantesco con todas las cacas y meados de la ciudad más pocamadre e inmunda del mundo, jedor que a muchos les hace vomitar pero que a mí me trae los más bellos recuerdos de la puta infame preadolescencia que me tocó cagacargar en mis ñangos hombros de puberto putito imbécil tartamudo con dislexia y rastros de autismo. Pues en esta casita piñatera, durmiendo entre los pedos, el sopor a tenis vulcanizado y el rechinar de dientes de mis dos hermanos, fue que conocí a Parménides García Saldaña. Era una noche calurosa de ver-ano estival, y como a mi carnal mayor (Big Brother de Orwell, no de Pedro Torres) le zurraba dormir con las ventanas abiertas por aquello del sereno, el aire del cuarto era más denso que un trago de semen. ¡Semen, claro! Porque de pronto desperté por el rechinar oxidado de los resortes salidos de la camilla de mi hermano, y sus pujidos atragantados quesque para no despertar a nadien, pero que a mí me hicieron pelar los chicos ojotes. Yo veía que, bajo sus colchas llenas de ácaros y polvo, como que se apuñalaba una y otra vez, insistentemente, el centro del vientre. Yo era tan pendejo (¿el reino de los cielos será de los pendejos bien intencionados, es decir, de los inocentes?) que a los trece años no sabía lo que era una extracción chaquetera de mocos amasados.
--¿Qué te pasa? --le pregunté espantado.
Él levantó el tronco impulsado por la catapulta de la ira, impulsándose con la palanca de su verga morada y brillantina, y con el rostro deformado por un gruñido de rata acorralada, me amenazó con el puño libre:
--¡Lárgate de aquí, estúpido de cagada o te rompo la madre! --Y vaya que era un experto en hacerlo, ya fuera sacándome el mole de un rodillazo jugando a las luchitas, o estrellándome la siempre chipotuda frente contra la pared cuando corríamos a la sala con tele para ver quien ganaba el sofá individual forrado de hule--. ¡Órale, a la chingada pinche escuincle ojete! --me gritó en perfecto español y tomó una revista de su buró y me la aventó directo a la cabeza con la sana intención de sacarme uno de mis entrometidos ojos; pero la revista, a medio vuelo, se abrió contra la resistencia del aire como una anémona venenosa de decenas de cilios con sus hojas revoloteando escandalosas como rompedero de votos aprobados por Enrique Peña Mierda. La revista aterrizó suavemente en mis sábanas meadas (a los trece me seguía chupando el dedo gordo de la mano derecha y haciéndome de la chis en la cama ante la frustración de mi jefa que aún dudaba de mandarme al siquiatra). Me dio un ataque de risitas burlonas: ¡un veinte de tino, bobo! Entonces, ora sí fuera de sí, mi carnal soltó el prepucio de su chile que ya comenzaba a amainar su fuerza paralizante, y se levantó con la intención de patearme los güevos. Yo salí disparado rumbo al baño que tenía seguro en la chapa de la puerta, por lo que aquí era donde me ocultaba cada que mi carnaval me iba a madriar; pero no sin antes agarrar su amada revista y llevármela al pipirrum para hacer de la rabieta de mi hermano un canto a los dioses de la impotencia. Supongo que se regresó muy emputado a la recámara para intentar seguir con la chaqueteada de su pipí de él. De haber sabido a esas alturas de la vida que la chaira te mandaba directo a la lona («no hay insomnio que aguante tres chaquetas», diche el sabio dicho popular), habría regresado a dormir en mi camita. Pero, pus por temor a los cabronazos de mi carnal, decidí pasar la noche en la tapa del excusado, tapándome del frillazo con una toalla deshilachada marca La Josefina. La noche amenazaba con ser larga, larga y gorda como pinga de estrella porno, así que sin mucha gana, me puse a ojear y hojear la revista proyectil frustrado pa ver si el tiempo pasaba con mayor rapidez. La revista se llamaba Pop. Tenía una portada sicodélica llena de amibas amarillas y el retrato de una morrita gringa de cabello muy lacio y largo, rematado por una corona de flores. Era la mera época de la Revolución de las Flagüers y el jipismo más optimista. Los chavos urbanos clasemedieros (pobres ingenuos) creían ser dueños de su destino y se pintaban margaritas en las mejillas y viajaban a Huautla para comer honguitos; pero yo me entretenía viendo las fotos de las chicas de la onda con sus falditas cortas y jot pants. A los gringos se les fruncían los pliegues del ano de tantísimo miedo que le tenían a la amenaza roja de los chinos y los rusos, y todos creían que de un momento a otro iba a caer una pinche guerra con bombas nucleares que nos iba a mandar a la verga a todos; y en México habían metido a la cárcel a los líderes comunistas de Ferrocarriles Nacionales; y la guerrilla en Guerrero se cocinaba al calor de la mierdez asesina de los militares y los gobernadores hijos de puta priístas, y que en una noche de güeva eran capaces de hacer una pastosa carnicería en un pueblito perdido de la sierra y torturar líderes campesinos arrancándoles los cueros de las entrepiernas con alicates para luego aventarlos desde helicópteros al mar para que se partieran la madre del zapotazo en las aguas salobres y los tragaran los tiburones, todo con anuencia de Luis Echeverría Álvarez y Gustavo Días Gordaz, como hoy en días bajo la anuencia de Peña Nieto y los 43 chicos desaparecidos de Ayotzinapa. Y mientras tanto yo miraba en Pop las fotos de los músicos de Great Ful Dead todos gordotes, y llantudos y con las pupilas dilatadas de tantísima y sabrosa mota, y de Jimi Hendrix quemando su lira en un concierto en Monterrey, hasta el culísimo de aquellos ácidos cabronzotes que hacen ver a los Bart Simsons del día de hoy más suaves que un Chupa Pops (aunque a mí me espantaba tantísimo la idea de perder la conciencia por la vía anal de las drogas), cuando al día siguiente mi carnalote se habría de volar un ciento de miles de neuronas y perforarse un alveolo pulmonar por la gracia del Resistol 5000. Y al año entrante, en Tlatelolco, un tres de octubre, como overtura de una linda olimpiada pagada con nuestros impuestos de contribuyentes enriatados (bueno, en esos días yo no, pero mis papás sí), los camiones de basura recogerían cientos y cientos de cadáveres de morritos y morritas, mexicanos y mexicanas, chiquillos y chiquillas, bañados en sangre amorcillada. Pero yo de escuincle imbécil, qué habría de imaginarme de esas diabluras del mundo de Dios nuestro Señor, si en la secun me robaban la torta para el recreo y las chavitas se burlaban de mi cara llena de granos reterrellenos de cebo y pus y mis cabellos cortados a machetazo bajo una jicarita de los cuales caía una nevada de caspa. Mi puta vida era una mierda y yo estaba ahí, viendo sorprendido esa revista que me habría de cambiar la vida para siempre. Porque, además, yo era un imbécil para la leer, siempre sacaba 6.5 baja a 6 en comprensión de lectura y, cuando me pasaban al frente para recitar en voz alta, todos se burlaban chido de mí: así que me daba una güevototota ponerme a leer los largos choros de la revista, llenos de letritas que corrían como hormigas negras apestadas por Raid Matabichos, que hablaba de artistas y cosas que yo no entendía y me valían para una chingada: yo era un siervo de Dios que iba todos los domingos a misa de siete y me tragaba la hostia por mano de un padrecito que me guiñaba el ojo y me tallaba, como no queriendo la cosa, su verga dura en mi brazo, pues yo iba solito a la Iglesia a encontrarme con la Santísima Trinidá, y pensaba que esa cosa dura era una lámpara sorda. Pero de pronto, en esa noche de Pop en el baño, me topé con un texto que de entrada me pescó machín rin por los güevos de mis neurotransmisores, provocando una liberación encabronada de serotonina que me puso los sentidos al rojo vivo. La cabeza del artículo me gritaba a los ojos: Tres almuecas en mi coco escrito por Parménides García Saldaña. ¿Almuecas? Al igual que cualquier otro texto que cayera en mi campo de visión, no entendí ni madre de lo que me quería decir con sus fonemas y morfenas enmorfinados, sin embargo este título jacarandoso y bullanguero me provocó una sensación rica, como de risa, como de interés inédito para mi flaco cerebro. Así que seguí leyendo, moviendo los labios con lentitud repetitiva, deteniéndome cada tres palabras para saber qué chingados significaba aquello. Y me encontraba, azorado, cosas del estilo de: Acá, muy a las de acá en el dirty marrano cool coto de los chicos malos, kids in troubles, simón, wow wow, baby, acelerando la perturbación del cerebro fresa, fresísima del personal momificado very scuare de la casa ricachona, as usual, de las Lomas de Chapultepec, y, ¡ya está, yeah, sabor a miguelito el lunático!, arriban los chavos y las babyes como un pelotón ondero de la Comuna de París, mon cherry, nena, vamos, come on, canta al ritmo clic clic clic de mi cámara toráxica que es mi corazón que es mi sangre, y tú con esas greñas de florero hegeliano (ubergewissenhaft, que Kant y Karlitos Marx habrían de recostarte y ponerte de cabeza, good vibrations). Y llegan los maestros, los maeses del aturdimiento con sus liras y batacas y mariposas blancas que comienzan a agitarse macizo sobre el público ondero. Y emerge el rolaqueo de sones hard de Hot Tuna y Atomic Ruster y Blue Cheer sin poner atención en las consecuenciasconsecuenciasconsecuenciasCONSECUNECIASCONSECUENCIASCONSECUENCIAS, gatito puzycatito de Willian Burroghs, on the road, simón, grasoso, funkie. Ellos son, ladies and gentlemen, The Three Souls in my Mind. ¡Puta, ca! Todo ese megachoro para decir que llegó partiendo madres el Tri sols a una fiesta burguesa en Las Lomas. ¡El Three! ¡Claro, por eso decía que tres almuecas en mi coco! Almuecas por almas, y coco por alma por soul: Three Solus in my Mind. ¡Mi carnal tendría después una colección completa del futuro Tri de México, una banda desconocida que en esos días cantaba fusiles en inglés, con un enano cagadísimo a la bataca, Charlie Haupbogel (¿así se escribía el nombre de ese cabrón?), un requintero flaco con cara de encabronado y muy muy pachequeado, y un trasgo cuyo gesto retador me llenaba de miedo, con un bajo Gibson colgándole de los hombros y unas greñas chinas cayendo cual ladera de pirámide egipcia sobre sus hombros: un tal Alejandro Lora. Pero más que la premonición de Parménides para lo que sería el parteaguas del rock nativo (yo qué coños mequeados iba a saber que el Tri sería lo que fue, si no era ningún adivina futuros, digamos, Wálter Marcado del Ano, ¡dexde el Cesar’s Palace, en Las Vigas!), lo que me dejó pendejísimo fue que en medio de aquel fárrago desmadrosísimo, encima de aquel aparente no decir nada cantinfleado y delirante, habían unas ganas brutas por partirle la madre a los buenos modales del Español, la ortografía y la gramática, esas putas reglas insoportables que me cagaban tanto con sus comas y acentos y que me atormentaban como militar del Campo Número Uno con cuatros y cincos de calificación luego de los exámenes mensuales. ¡Chingue su madre la lengua española, ésa que tanta risa le daba a Borges! ¡Viva la palabra así, tal y como nos sale de los hocicos! Yo jamás en mis libros de texto gratuito había visto algo así: esas palabras estaban vivas, tenían colmillos y aguijones y se te metían por debajo de los calzones y te hacían cosquillitas en las nalgas. ¡Qué cosa tan bella! No entiendo ni jota de lo que allí se dice, pero qué chulada de maíz prieto. Ese tal Parménides escribía con el lenguaje retorcido que usábamos los chavos en la calle, el caló clasemediero, que le llamarían aluego. Este García Saldaña de inmediato me simpatizó: yo quería escribir igual que él, hacer mis apuntes de la escuela escritos como se me diera la chingada gana, que para eso son mis cuadernos y nadie más tiene por qué enterarse de lo que allí escribo. Lo único que me sacaba de onda era que escribiera con tantas mamadas en inglés, pero hasta eso se me hacía muy cagado. Mi maestra de Inglés I se sentiría muy orgullosa de mí por manejar con soltura el inglés en mis escritos. Y fue que me decidí a tomar la pluma y decir algo que no fuera una composición acerca de los órganos del cuerpo humano, o un reporte de la biografía de ese puto traidor asesino de Venustiano Carranza. Y al día siguiente, me encontró mi mamá encerrado en el baño, y me acomodó una chinguiza por las nalgas con el cinturón más ancho de mi papá, quien a su vez me jaló las orejas, junto con las de mi hermano por haberme orillado al exilio del baño. Pero no importó, porque cuatro horas después, a la hora del recreo, tiempo en el que siempre estaba solo a causa de mis complejos de inferioridad y miedo a las chavitas y mi torpeza imbécil y escandalosa para jugar fut o básquet, me llevé conmigo la revista de mi carnal, su preciado Pop, y a sabiendas de que me iba a rajar la madre por chingarle su revista, recorté con una tijera de puntas chatas el artículo de Parménides, y recortaría más tarde todos los artículos que pudiera de este maese ondero, grasosísimo, y que por vía de él conocería a José Agustín y a Jesús Luis Benítez, Ignacio Betancourt y de ahí a Chin Chin, el teporocho, y Kerouac y Alan Wilson. Y compraría furioso sus libros para volverlos biblias ortodoxas y estímulos chidos. A partir de ese momento, en medio del griterío de mis compañeritos de la secun 68, decidí que sería escritor, o al menos, me dedicaría a escribir con ese tamaño de güevotes con los que Parménides me mostraba que se podía hacer. Y en el cuaderno donde pegué el Tres almuecas en mi coco con Resitol 850 del blanco en cajones, a la siguiente página, escribí una despatarrada y desortografiada crónica del despapaye en la Secundaria Oficial 68. Yo era el peor de la clase de Español y sin embargo, por el embrujo de Parménides, decidía que lo mío era escribir. ¿Algún chingado día se lo podría hacer saber? ¿Algún puto día le podría decir que él me había cambiado la vida y que desde ese momento lo coloqué en mi cajón de superhéroes junto con Cri Cri y el Santo, enmascarado de Plata? El aprendiz de mierda y el maestro insuperable.
Años después, Parménides amaneció muerto en el techo de un multifamiliar de la Narvarte, y yo jamás pude besarle las manos ni darle las gracias.
Adiós, Parménides.

armando vega-gil/@ArmandoVegaGil