REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Así es la cosa. No puede ser de otra manera. Lo hecho, hecho está. Lo que tiene una marca, marcado está. Y si te has trazado un camino, debes de cumplir con ese trazo. Voy a tratar de explicarme: me voy a ir a la luna. Sí, la luna llena que en las noches cobija las ciudades, las alumbra, lo ilumina todo, creo que hasta la conciencia -negras o blancas- más reacias sucumben a su encanto y, por ejemplo, a los poetas y a los músicos los inspira para que tejan sus cuentos y sus sinfonías o que con su encanto los empuje a crear una canción popular. Y esas noches lunadas son propicias para la charla, para tomar el café con piquete y quizá recordar los tiempos idos y si no hay café, pues qué mejor que un mezcal o un tequila. Sí, la luna lunera, la hija de la Tierra, la farola celestial es más bella que cualquier luz inventada por mortal alguno. En esos terrenos luminosos, la luna no tiene rival, carece de competidores sensatos. O sea que la luna tiene un camino ancestral ya trazado y ella lo cumple a carta cabal: lo hecho, hecho está. Es la ley universal de los planetas. Cuando camino por la Sierra Madre y que a mi vista aparece como el queso Gruyere, esa visión me lleva directo a recordar los juegos de niños que antaño jugaban bajo su amparo y luz. Hogaño, los infantes, no hacen ya piruetas, no corren para huir del chamuco, no se esconden en los rincones de la casa de la abuela, hoy, no se escucha más el “a la víbora, víbora de la mar…” ya no se escucha el “naranja dulce, limón partido, dame un abrazo que yo te pido…”, los niños de hoy no juegan a los “Encantados” ni a las canicas ni al “chiras, pelas”.
Tampoco escuchan a la “Llorona” clamar por sus hijos muertos. Ni ven, ni verán a la Mano Pachona. No puede ser así porque hoy se juega con ipads, con iphones, con los juegos que tienen esos aparatos y que absorben el tiempo y el seso a los niños de este presente dolorido. Los juegos de los chilpayates de ayer están clavados en el pasado remoto y son piezas de museo. Ésa es la historia real, eso es lo que pasa el día de hoy: fibras ópticas, satélites, rayos láser, wifis, y demás inventos del hombre blanco. Y sí, esa luna que permitía toda clase de juegos en la solitaria calle del barrio, la vemos, y al menos es algo bueno, en una obra de Rivera, en un dibujo de Reyes Ferreira, en una fotografía de Álvarez Bravo, en un poema de Othón o en una canción de Gabilondo Soler. Estos tiempos que corren imponen nuevas y distintas conductas y manera de ser o de jugar, conductas distintas a las que privaban hace cien años. Hoy las canciones nos hablan de narcocorridos de premoniciones funestas, nos endilga actividades maquiavélicas. De veras, lector pluscuamperfecto y bailador, estos tiempos los dominan los siete -el número de ellos es lo de menos- jinetes apocalípticos, pues no sólo los juegos sanos y divertidos que hacían que el cuerpo se vigorizara y la mente trabajara con fluidez, sino que también esos niños antiguos, tenían fe en Juárez y esperaban que la tierra fuera de quien la trabajara, según lo gritaba con razón Zapata, hoy el ejemplo para los jóvenes es el robo y el fraude y el crimen. Hoy los niños, digo, no juegan más a la luz de luna, que sale todavía y se queda esperando ver aquellos juegos. ¿Y qué hacen hoy con dedicación insana? Estar cliqueando en los videojuegos y no pensar en nada, no saber de los asuntos graves de una nación, no pensar en los dimes y diretes de los políticos y no pensar en los verdaderos juegos de la vida y la muerte. Y Sartori tiene razón cuando afirma categórico que “estamos creando videoniños, que el día de mañana serán videohombres…” Ni más ni menos. Sartori le ha dado al clavo, ha puesto el dedo en la llaga. ¿Reaccionarán los padres y los niños de hoy a esta verdad? No lo creo… Basta con ver cómo está el planeta azul: desgastado, lleno de sangre, debilitado… En fin, yo por fortuna sí jugué y mucho, a las canicas y a las escondidas -y me perdía con la muchacha más bonita del barrio, y me escondía bien con ella para no ser hallado jamás. De verdad. Vale. Abur.