REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

¿Y la cultura ecológica?


Martha Chapa

Como preámbulo de la inminente temporada primaveral, hemos tenido algunos días de precontingencia ambiental en la capital del país y la zona metropolitana a causa de la elevada concentración de ozono. De acuerdo con lo informado por la Comisión Ambiental de la Megalópolis, el problema se ha derivado de una combinación de factores que impide la dispersión adecuada de contaminantes: un sistema de alta presión sobre el centro del país, el cielo despejado y la radiación solar intensa.
En casos como éste, de inmediato las autoridades nos dan la voz de alerta y en general adoptamos medidas preventivas, como salir lo menos posible a la calle, evitar las visitas a plazas y parques y no realizar ejercicio al aire libre, sobre todo en el caso de niños y adultos mayores. Aunque, hay que reconocerlo, muchos desatienden estos llamados y ponen en riesgo su salud e incluso la de los demás, pues continúan fumando en lugares públicos, utilizando innecesariamente el automóvil o haciendo quemas irresponsables al aire libre.
Esto nos lleva a pensar que hace falta ampliar, profundizar y asumir una cultura que bien podríamos calificar como ecológica o ambiental. Eso, sin contar con la urgencia de acabar con la corrupción y la impunidad, que también en este ámbito hacen sentir sus estragos.
Me refiero a una cultura generalizada, que si bien va de las autoridades a la ciudadanía, cruza también por los empresarios, agricultores, científicos o industriales y, de hecho, requiere de la responsabilidad y el compromiso de todos y todas, sin excepción.
Así, por ejemplo, los ciudadanos tienen que tomar conciencia de los graves problemas que provocan cuando tiran basura en atarjeas y drenajes o la dejan en las aceras para que, si bien nos va, la recojan los servicios de limpia días después. Quienes realizan esas acciones no reflexionan acerca de las consecuencias de sus actos: la contaminación ambiental y la multiplicación de la fauna nociva para la salud humana que genera esa irresponsabilidad son inmensas.
A su vez, los industriales tendrían que cumplir las leyes y no derramar sustancias tóxicas en los ríos, lagos y mares, pues esto deriva en efectos sumamente perjudiciales y casi irreversibles para la conservación del medio ambiente y, por ende, para nuestra propia supervivencia. Esto debería ser un compromiso aún mayor por parte de las grandes corporaciones agrícolas, que manejan impunemente peligrosas sustancias químicas sin las precauciones necesarias.
Igual de preocupante resulta que algunos empresarios eludan su obligación de establecer un manejo adecuado de los desechos sólidos de sus industrias o que se hagan de la vista gorda cuando sus fábricas producen emanaciones contaminantes.
Y, en fin, podríamos seguir enumerando una lista enorme de responsabilidades y obligaciones incumplidas por unos y otros, que se revierten contra nosotros mismos. Urge, entonces, instaurar en serio, a fondo y de modo permanente una cultura ecológica y ambiental que transforme nuestros hábitos y preserve las diferentes formas de vida en nuestro planeta, en nuestro país, en cada uno de nuestros estados, municipios, delegaciones, colonias y calles. Sólo así evitaremos que se sigan generando daños y perjuicios que amenazan con llevarnos, literalmente, a un apocalipsis. Urge tomar medidas eficaces y sostenidas. Pero, ahora sí, ¡ya!

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