REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

La muerte de Benito Juárez 1


Secretaria del Trabajo y Previsión Social

La muerte de Benito Juárez

Luego de una vida azarosa y épica, Benito Juárez tenía derecho a una muerte digna, tranquila. Había logrado derrotar a los conservadores, a los franceses y austriacos y finalmente había recobrado la dignidad y reestablecido la República. Sin embargo, su agonía fue por sus tormentos legendaria. El gran presidente sufrió lo indecible y a pesar de ello apenas se quejaba. Muchos historiadores notables se han ocupado de ella. En clases legendarias, el historiador Dr. Arturo Arnáiz y Freg, relataba minuciosamente la atroz muerte, no para conseguir morbo sino para exaltar el estoicismo del mandatario.
En mejores tiempos, cuando la política nacional tenía algunos méritos y valores, los funcionarios solían exaltar la figura de don Benito Juárez. Uno de ellos, Héctor Pérez Martínez, quien murió joven, siendo secretario de Gobernación, escribió un libro formidable: Juárez el impasible, donde describe la resistencia al dolor del gran estadista. Ahora es una fecha más en el patético calendario cívico. El respeto que él, como Morelos o Zapata inspiraban ha desaparecido. Pasaron del altar de la patria al de los banqueros y adoradores del capitalismo rampante.
En el libro, Muerte del Presidente Juárez, aparecen en el primer capítulo los comentarios iniciales que su fallecimiento arrancara tanto en los medios como en los más altos círculos del poder. Todos son lamentos dolidos y la sensación de haber perdido a un gran hombre.
Juárez entró de lleno en la historia al morir el 19 de julio de 1872, en el mismo Palacio Nacional, a un costado de la calle Moneda. Al acabarse justamente sus tremendos dolores que la angina de pecho le provocara. Cada quince minutos los cañones del Ejército Mexicano disparaban y se mantuvo el luto a lo largo de un mes.
Ahora El Búho rescata algunos de esos documentos para conocer mejor la vida y muerte del patricio.

El Búho


Muerte del Presidente Juárez *

A LAS ONCE Y MEDIA de la noche de ayer ha fallecido el C. Benito Juárez, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, de una neurosis del gran simpático.1
¡El grande atleta de la Reforma y de la Independencia no existe ya…!
El pueblo mexicano va a recibir tan infausta nueva de una manera que no podremos expresar.
¡Juárez!, esa gran figura que reflejaba en ambos mundos las glorias de México; ¡Juárez!, el amigo del pueblo y de la libertad, no existe ya.
En los momentos que tenía lugar el triste acontecimiento que ha causado el duelo nacional, fue llamado a la casa del señor Juárez 2 el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Lic. don Sebastián Lerdo de Tejada, designado para sustituirle conforme a la Constitución Federal. En su presencia se levantó el acta que prescribe la ley de 29 de febrero de 1836 3, y el señor ministro de Relaciones le dirigió la siguiente comunicación:
“Ministerio de Relaciones Exteriores. A las once y media ha fallecido el C. Benito Juárez, Presidente Constitucional de la República. Y debiendo usted encargarse del Supremo Poder Ejecutivo, conforme a la Constitución, le participo tan triste acontecimiento, cumpliendo con el artículo 1° de la ley de 29 de febrero de 1836, en el concepto de que se ha levantado ya el acta que en él se previene. 4
“Al decirlo a usted tengo la honra de ofrecerle mi muy distinguida consideración.
“Independencia y libertad. México, julio 19 de 1872. José M. Lafragua. C. Sebastián Lerdo de Tejada, presidente de la Suprema Corte de Justicia, en ejercicio del poder ejecutivo. Presente.”
Dominados por la impresión dolorosa que nos ha causado la muerte del C. Benito Juárez, sólo nos limitamos a dirigir ardientes votos por el eterno descanso de aquella alma tan grande, y porque su recuerdo sirva de estímulo a la unión y fraternidad de todos los mexicanos.
DIARIO OFICIAL, alcance al número 200, 19 de julio de 1872.

CON HONDA PENA anunciamos que anoche a las once y media falleció el C. Lic. Benito Juárez, Presidente Constitucional de la República.
Entró a desempeñar el Ejecutivo de la Unión el C. Lic. Sebastián Lerdo de Tejada, que, como presidente de la Suprema Corte, estaba llamado por la ley fundamental. 5
El Ministerio ha levantado el acta legal con asistencia de los escribanos públicos, ciudadanos Crescencio Landgrave y José María Villela, y certifican la defunción para efectos del Registro Civil, los doctores Ignacio Alvarado, Rafael Lucio y Gabino Barreda, que asistieron al paciente.
El Gobierno del Distrito acaba de circular a las prefecturas de su mando estas novedades, recomendando la tranquilidad pública, que inalterable debe permanecer a toda costa, como se conserva en esta capital.
EL DISTRITO FEDERAL, 19 de julio de 1872.

AL AMANECER del día 19 de julio de 1872, la capital de la República anunciaba esta noticia: ¡Juárez ha muerto!
El ilustre Presidente empezó a sentirse enfermo desde la mañana del 17, que notamos en él indicios ciertos de algún sufrimiento interior. Sin embargo, ese día despachó los negocios de Estado que le consultaron los ministros, y hasta ayer 18 dejó de concurrir al Palacio, porque, según decía, sentía agudos dolores en la pierna derecha. Nada indicaba la proximidad de la catástrofe, cuando a las ocho de la noche de ayer empezó a desarrollarse con una fuerza extraordinaria el mal que lo atacó el año de 1870, 6 y cuyos progresos no pudieron contener los esfuerzos de su médico de cabecera, el Dr. Alvarado.
A las once y media de la noche sucumbía el benemérito de América, 7 Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, Lic. don Benito Juárez.
Su familia 8 depositó en aquel cadáver las lágrimas de la ternura filial con la dolorosa avidez del que siente huérfano el hogar doméstico por segunda vez, pues a las pocas horas era trasladado el cuerpo del señor Juárez al Palacio Nacional, donde tanto tiempo lo ha contemplado el pueblo en los días de los triunfos de la Reforma y de la segunda independencia.
Aquí pudimos verlo por la última vez. El semblante de Juárez había perdido su habitual severidad y expresaba la afable resignación con que mueren los justos. Difícilmente habrían podido encontrarse en aquella fisonomía los rasgos que distinguían al hombre de las luchas y de las tempestades políticas.
El pueblo, al recibir la dolorosa noticia, invadió el Palacio queriendo ver el cadáver del señor Juárez; pero no ha sido posible exponerlo todavía mientras no sea embalsamado, de cuya operación están encargados, en los momentos que escribimos, los acreditados facultativos Lucio, Alvarado y don Gabino Barreda. Probablemente mañana será expuesto, y se anunciará el día, así como los honores con que será conducido a la tumba, el que fue el jefe de la Reforma y Presidente de la República Mexicana, don Benito Juárez.
¿Qué podríamos añadir a su historia?
¿Quién puede abarcar en unas cuantas líneas la inmensidad de la gloria del hombre cuya muerte es un duelo nacional?
Ante esa tumba, enfrente de ese cadáver, nuestra pluma se detiene, porque es impotente para expresar la que siente en estos momentos el pueblo mexicano.
El OFICIAL, 19 de julio de 1872.

ANOCHE A LAS ONCE Y MEDIA falleció el primer magistrado de la República, a consecuencia de un tercer ataque de la enfermedad que venía padeciendo hace algunos años.
La elevada posición que en la jerarquía política ocupaba el C. Juárez, explica por sí sola la profunda sensación que semejante noticia ha causado en la capital, lo mismo que la causará hasta en los últimos confines del país.
El ciudadano cuyo nombre hace veinticuatro horas apenas, significaba nada menos que un partido político, rudamente combatido por poderosos adversarios, hoy no es más que un yerto cadáver, ante el que surgen los más graves pensamientos sobre lo fugitivo de la vida humana, sobre la inestabilidad de sus grandezas, y sobre el misterioso destino de algunos hombres.
Ante esa tumba que se acaba de abrir, todas las pasiones enmudecen. La personalidad política del C. Juárez pertenece hoy más a la historia, cuyo buril invisible y severo le asignará el lugar que en derecho le corresponde, siendo incuestionable que su recuerdo vivirá siempre en México por hallarse ligado con dos de las épocas más importantes de nuestra vida pública.
Nosotros, que combatimos lealmente el último período de su administración, los errores que en nuestro concepto se cometieron, jamás desconocimos los grandes servicios que el C. Juárez prestó a la causa de la democracia y de la independencia, viendo siempre en él uno de los caracteres privilegiados de un temple enérgico para luchar y sobreponerse a las situaciones más difíciles.
Por lo demás, la muerte del C. Juárez en las circunstancias que atraviesa la República tiene que ser un suceso de las mayores trascendencias. Se ve, desde luego, la gran superioridad de las instituciones que nos rigen. Ninguna duda, ninguna vacilación sobre el funcionario que hubiera de ocupar la primera magistratura de la nación; la ley ha previsto el caso, y el presidente de la Suprema Corte de Justicia ha pasado a ocupar el puesto a que es llamado por la Constitución de la República.
Sin adelantarnos a los acontecimientos, creemos poder decir que la crisis actual llegará a desenlazarse de una manera natural y pacífica. Ya la revolución no tiene razón de ser; 9 todo pretexto ha desaparecido, pudiendo los diversos partidos políticos luchar en el terreno legal que se les abre. ¡Ojalá que la experiencia tan duramente adquirida en estos últimos años sea provechosa para el porvenir, redundando en bien del pueblo y de las sabias instituciones que nos rigen!
Hoy nos apresuramos a cerrar estas cortas líneas manifestando nuestro sincero sentimiento a la digna familia del C. Juárez, y haciendo votos por el eterno descanso del distinguido caudillo de la Reforma. José María Vigil, Julio Zárate, Emilio Velasco, Jesús Castañeda, Agustín R. González, Pedro Landázuri.
EL SIGLO DIEZ Y NUEVE, 19 de julio de 1872.

EN LA CIUDAD de México, a las cuatro de la mañana del 19 de julio de 1872, se reunieron en uno de los salones del Palacio Nacional, y en presencia del cadáver del C. Lic. Benito Juárez, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, los CC. ministros de Relaciones Exteriores, José María Lafragua; de Guerra, Ignacio Mejía; de Fomento, Blas Balcárcel, y de Hacienda, Francisco Mejía; 10 los CC. doctor en medicina, Ignacio Alvarado, y los notarios públicos Crescencio Landgrave y José Villela.
El ministro de Relaciones Exteriores invitó al C. Alvarado a que certificase el fallecimiento del Presidente de la República, lo que hizo declarando que el C. Juárez había fallecido de muerte natural anoche a las once y media. En seguida, el mismo ministro de Relaciones pidió a los infrascritos notarios Landgrave y Villela, que diesen fe de este hecho, lo que verifican en toda forma de derecho, levantándose esta acta en cumplimiento de lo prevenido por el artículo 1° de la ley de 29 de febrero de 1836. Y para constancia la firman las personas expresadas. Damos fe. José M. Lafragua, Ignacio Mejía, Blas Balcárcel, F. Mejía, Ignacio Alvarado, Crescencio Landgrave, notario público, José Villela, notario público. Siguen dos sellos de los notarios.
EL FEDERALISTA, 20 de julio de 1872.

Secretaría de Estado y del Despacho de Gobernación
Sección Primera. Circular

ANOCHE A LAS ONCE y media ha fallecido de muerte natural el Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, C. Benito Juárez.
Por acuerdo del Presidente Interino Constitucional de la República, comunico a usted tan sensible acontecimiento, que debe derramar sobre el país entero ese luto público con que los pueblos reciben la muerte de sus hombres eminentes cuando éstos han consagrado su vida entera a salvar la independencia de su país y a consolidar sus instituciones. Y el magistrado interino de la República aguarda que en ese estado de su mando se harán todas las demostraciones acostumbradas en semejantes casos, pues está convencido de que el pueblo mexicano jamás olvidará los importantes servicios que el C. Benito Juárez prestó a nuestra patria en los días más aciagos de la guerra civil y de la intervención extranjera.
Independencia y libertad. México, julio 19 de 1872. Cayetano Gómez y Pérez, oficial mayor. C. gobernador del estado de...
EL FEDERALISTA, 20 de julio de 1872.

EL SEÑOR JUÁREZ experimentó los primeros síntomas de su enfermedad —una neurosis crónica del gran simpático— a las siete de la mañana del día 17; como de costumbre, el señor Darío Balandrano, redactor en jefe del Diario Oficial, le leía lo más notable que contenían los periódicos de esa mañana, y el señor Juárez escuchaba atentamente, haciendo de vez en cuando alguna observación, cuando repentinamente se levantó de su asiento y dio algunos pasos, sin quejarse, pero llevándose la mano al cerebro, Balandrano suspendió su lectura y le preguntó si se sentía indispuesto. “Estoy bien —contestó—, puede usted continuar.”
Pocos momentos habían pasado, sin embargo, cuando volvió a levantarse; rogó a Balandrano que esperase, y esta vez extendió su paseo hasta el salón de Iturbide. Regresó de nuevo y pidió que le sirvieran el desayuno, que tomó muy tranquilamente. No obstante esa calma y tranquilidad, se sentía enfermo, y así lo dijo después, añadiendo que comería de dieta. Efectivamente, a la una de la tarde mandó que se le sirviera una sopa hecha en su propia casa y que apenas probó.
Algo había en su semblante que denotaba un sufrimiento, pues el señor Lafragua lo observó y así se lo dijo. Nególo el señor Juárez con una sonrisa y continuó la conversación en que tomaban parte todas las personas que le acompañaban a la mesa. Habló allí de los dos pensamientos que más le preocupaban: la reforma a la Constitución y la conclusión del ferrocarril de Veracruz. 11
En la tarde, terminados los acuerdos que fue posible despachar, 12 concurrió al paseo en coche con algunas personas de su familia, según acostumbraba.
A las ocho de la noche, el señor Pedro Santacilia llevó a su señora y a sus hermanas políticas al teatro. El Presidente se quedó en su casa; estaba de muy buen humor y conversó alegremente con los señores Antonio Dublán y José Maza. A las diez y cuarto se recogió, pero no pudo dormir; a las once sintió náuseas y encendió la luz. Pasó todo el resto de la noche bastante mal, pero no permitió que Benito, su hijo, que dormía en la misma pieza, despertase a persona alguna. 13
Al día siguiente por la mañana experimentó algún malestar y no fue a Palacio; sus hijas, sus cuñados, sus yernos y sus amigos le preguntaban inquietos cómo se sentía, y les contestaba que estaba un poco cansado porque no había dormido bien en la noche, les recomendaba que no hablaran de su indisposición y que sólo dijeran que padecía de una reuma en la pierna.
Estuvo todo el día con intermitencia de dolores agudos en la región cordial y de alivio pasajero. Por la tarde, sentado en su recámara, recibió al señor Lafragua y al Gral. Ignacio Alatorre, con quienes estuvo hablando un gran rato —con el primero de asuntos generales y con el segundo de la situación del estado de Puebla—, pero de vez en cuando se quejaba de cierta opresión en el pecho que le impedía respirar con libertad.
A las seis de la tarde, el señor Santacilia participó al señor Presidente que el administrador de la aduana de Veracruz había enviado un telegrama anunciando que el paquete americano no saldría ese día, como estaba determinado, sino ayer día 19. “Vaya, me alegro —contesto el señor Juárez—, así llevará al extranjero la noticia de la toma de Monterrey.” 14
A las siete de la noche el mal venció su fuerza de voluntad y tuvo que ponerse en cama.
Desde aquel momento fue empeorando progresivamente.
No obstante, después de un síncope, vio a su lado, de pie cerca de su cama, al señor ministro de la Guerra, que le contemplaba con solícito cariño.
—¿Cómo estás? ¿Has recibido algún parte telegráfico?
—No —contestó el señor Mejía—; no hay novedad. ¿Cómo te sientes?
—Mejor, gracias. Será cualquier cosa. Anda, vete a tu despacho.
El ministro salió de allí inquieto, y volvió a las nueve.
Ya el Dr. Alvarado, médico de cabecera, había manifestado sus terribles temores a la familia.
—Está muy grave el Presidente —dijo el señor Santacilia—; desespero de la curación, y creo que no le quedan tres horas de vida.
Por indicación suya se había llamado a los doctores Lucio y Barreda.
Desde aquel momento fueron aumentando de intensidad los dolores, pero no había posibilidad de calmarlos por medio de pociones internas, porque el señor Juárez tenía continuamente violentas náuseas. Tuvieron, pues, los médicos, que recurrir a inyecciones locales de una solución de morfina dirigidas sobre la parte adolorida, esto es, sobre el lado izquierdo del pecho.
A las diez y media, siendo inminente el peligro, se mandó llamar a los señores ministros Lafragua, Mejía (don Francisco) y Balcárcel.
El señor don Francisco Mejía acudió en el acto; el señor Balcárcel nada supo, porque el portero de su casa no quiso abrir, ni darle aviso, por temor a desconfianza; el Sr. Lafragua llegó un poco más tarde.
Todas las personas allí presentes estaban consternadas.
Poco antes de las once, el Presidente llamó a un criado a quien quería bastante, llamado Camilo, oriundo de la sierra de Ixtlán, y le dijo que le comprimiera con la mano el lugar donde sentía un intenso dolor. Obedeció el buen hombre, pero no podía contener sus lágrimas.
Padecía atrozmente el señor Juárez, pero no tenía, al parecer, conciencia de su fin próximo.
Momentos antes de morir estaba sentado tranquilamente en su cama; a las once y veinticinco minutos se recostó sobre el lado izquierdo, descansó su cabeza sobre su mano, no volvió a hacer movimiento alguno, y a las once y media en punto, sin agonía, sin padecimiento aparente, exhaló el último suspiro…
El Dr. Alvarado dijo esta sola palabra:
—¡Acabó! 15
Santacilia no quería creer en semejante desgracia, y esperaba que aquello no fuera más que un síncope.
—Doctor —preguntó—: ¿cree usted que ha muerto?
El Dr. Barreda encendió un fósforo y lo acercó a los ojos del Presidente para ver si la intensidad de la luz imprimía movimiento a las pupilas, pero nada..., no quedaba ya ninguna esperanza... ¡Juárez había muerto!
Poco antes de las doce de la noche, el señor ministro de la Guerra, don Ignacio Mejía, se dirigió a la casa del señor don Sebastián Lerdo de Tejada, y no queriendo darle desde luego la fatal noticia, para evitarle una impresión demasiado violenta, le dijo que el señor Juárez estaba gravemente enfermo, y que su médico de cabecera, el señor don Ignacio Alvarado, había perdido toda esperanza de salvarle.
El señor Lerdo se afectó profundamente; quiso ir en el acto a ver al señor Juárez, y mientras se disponía para salir le dijo el señor Mejía:
—No crea usted encontrarle con vida, le he dejado casi agonizando.
—Será una crisis— contestó el señor Lerdo con afligido acento.
—No, señor —repuso el general— forzoso me es decírselo: ha fallecido ya.
Y ambos se dirigieron tristes y silenciosos a la casa mortuoria, donde pasaron el resto de la noche tratando, aunque en vano, de consolar a la atribulada familia.
A las dos de la mañana llegaron el señor Gral. don Alejandro García, en unión de los señores Ignacio Alatorre, José María Baranda y José Patricio Nicoli, y dictó desde luego disposiciones relativas a la guarnición de la capital. Poco después se presentaron los señores don Juan José Baz, don Eugenio Barreiro, don Eduardo Arteaga, el gobernador Tiburcio Montiel, don Manuel Saavedra y algunas otras personas que acababan de tener noticia del infausto acontecimiento.
A las cuatro se dispuso trasladar el cuerpo a Palacio; fue llevado por la servidumbre, tendido en un catre ligero y acompañado de sus ayudantes y de varios de los amigos que se hallaban presentes.
Después de levantarse el acta de defunción, procedieron los doctores Alvarado, Barreda y Lucio al embalsamamiento, que quedó terminado a las siete de la noche.
A las diez cumplimos con el triste deber de ir a despedirnos por última vez del que todavía anteayer era Presidente de la República.
Le contemplamos con una emoción que no trataremos de describir, en su recámara, encima de su cama de bronce, vestido de negro, pálido, pero con la fisonomía tranquila, sin contracción alguna, y pareciendo más bien dormir con el plácido y pasajero sueño de la vida, que con el eterno y profundo de la muerte.
EL FEDERALISTA, 20 de julio de 1872.

EL CAÑÓN, detonando ayer cada cuarto de hora, anunciaba a los habitantes de esta capital la noticia de que el Presidente de la República, C. Benito Juárez, había dejado de existir.
El pabellón nacional, izado a media asta en los edificios públicos; los cortinajes, con adornos fúnebres en el Palacio del Gobierno, en el municipal y en otros lugares; las armas llevadas a la funerala por las tropas de la guarnición, y algunas otras demostraciones de esta especie, expresaban el acontecimiento acaecido la noche anterior.
El C. Benito Juárez había cerrado los ojos a las once y media del jueves, sin que el mal que lo llevó al sepulcro hubiese presentado una alarmante gravedad, hasta los últimos momentos del primer magistrado de la República.
El señor Juárez se sintió indispuesto desde anteayer en la mañana, pero conservó todo su vigor en el resto del día, y nos aseguran que pudo dictar algunos acuerdos y despachar diversos negocios aún, en la misma tarde.
El Gral. Alatorre, que llegó de Puebla anteayer, visitó al C. Presidente y conversó con él algún tiempo.
Se habla de diversos funcionarios públicos y personas notables que también fueron recibidos por el enfermo que, repetimos, conservó toda su entereza hasta entrada la noche.
Nos refieren que los doctores Lucio y Alvarado diagnosticaron el mal del C. Benito Juárez en los mismos términos que lo verificaron en octubre de 1870, cuando estuvo en peligro la existencia del Presidente de la República.
Después del fallecimiento del señor Juárez fue llamado el señor don Sebastián Lerdo de Tejada por los señores ministros, quienes al manifestarle el triste acontecimiento a que nos referimos le indicaron que hacían dimisión del puesto de confianza que habían tenido a su cargo.
El señor Lerdo de Tejada les contestó que pasados los días de duelo oficial se ocuparía de sus renuncias y que entre tanto esperaba contar con su cooperación.
Ayer a las once y media de la mañana hizo el señor Lerdo la promesa formal de guardar y hacer guardar la Constitución y demás leyes que de ella emanen, conforme al artículo re de este código fundamental.
El acto estuvo muy concurrido, y nos cuentan que estaba lleno el salón de la Cámara de Diputados.
No es hoy un día propio para hacer comentarios sobre la situación, ni para ocuparse de apreciaciones relativas al porvenir de la República.
Tomamos parte en el duelo oficial, omitiendo hoy toda idea y aun palabra que rebajase en algo la majestad fúnebre del acontecimiento que narramos, y concluimos estas líneas dando nuestro más sincero pésame a la familia y a los amigos del C. Presidente de la República.
¡Para el alma del finado deseamos la paz eterna, y para la República una prosperidad no interrumpida!
EL FERROCARRIL, 20 de julio de 1872.

DESDE LAS CINCO de la mañana de ayer anunció el cañón que Juárez, el jefe del Poder Ejecutivo de la Unión mexicana, había dejado de existir. Con la velocidad del rayo cundió esta inesperada noticia, de tanta trascendencia para nuestra patria.
El pueblo acudió a la Plaza de Armas, donde los pabellones y las cortinas enlutadas corroboraban la funesta nueva.
Inmediatamente procedió el ministro, en uso de sus funciones, a levantar el acta legal con asistencia de los escribanos públicos, CC. Crescencio Landgrave y José M. Villela; certificaron la defunción para los efectos del registro civil, los señores doctores don Ignacio Alvarado, don Rafael Lucio y don Gabino Barreda, que asistieron al señor Juárez.
Un acontecimiento tan notable no podía quedar guardado en los estrechos límites del Palacio Nacional; así es que ya en las primeras horas de la mañana se sabía que el señor Juárez comenzó a sentirse enfermo a las diez y cuarto de la noche, proviniendo su malestar del estómago, según él mismo sentía, inmediatamente circuló por el Palacio la noticia de que una grave enfermedad amenazaba la vida del C Presidente.
A las once, aún preguntó si se tenía alguna nueva noticia de la cosa pública, e hizo que le sentaran en un sillón.
Conociendo que el señor Juárez se empeoraba, se llamó al C Alejandro García, quien desde ese momento se encargó de todo con el mayor orden; dispuso desde luego que se llamara al señor don Sebastián Lerdo de Tejada, quien vino inmediatamente y se presentó ante el lecho del señor Juárez, después de su muerte, que fue a las doce menos cuarto de la noche.
Los médicos a quienes se ha encargado de embalsamar el cadáver son los señores doctores don Ignacio Alvarado, don Rafael Lucio y don Gabino Barreda.
Según las últimas disposiciones vigentes, y el deseo manifestado por el pueblo de ver por última vez al que llevara la bandera de la República en medio de las penalidades de una larga peregrinación, el cadáver del señor Juárez no será cubierto desde luego con el velo de la tumba, sino que se pondrá por tres días a la pública expectación, para que vaya, el pueblo a darle su tierna despedida.
EL MONITOR REPUBLICANO, 20 de julio de 1872.

ANTEANOCHE, A LAS ONCE y media, el Presidente de la República ha fallecido, víctima de la enfermedad que el año pasado había puesto en peligro su existencia, y que le sobrecogió ahora con violencia inusitada, quitándole la vida en pocos momentos.
La noticia sorprendió en extremo a la población. Nadie había vuelto a pensar en que de una manera tan repentina podía sucumbir el ilustre y benemérito ciudadano a quien México había confiado, por tercera vez, sus destinos. El duelo ha sido general, y personas de todas las condiciones, clases y partidos, han manifestado de mil diversos modos el sentimiento que tan inesperado suceso ha esparcido en los ánimos. Todos los edificios públicos han estado colgados de luto; las legaciones, lo mismo; las armas de la guarnición a la funerala, el cañón de Palacio haciendo cada cuarto de hora la salva fúnebre; la manifestación del duelo seguirá sin duda hasta que se dé sepultura al cadáver.
El presidente de la Suprema Corte de Justicia, C. Sebastián Lerdo de Tejada, ha entrado a funcionar como primer magistrado de la nación, ínterin se hacen nuevas elecciones conforme la Constitución determina.
EL DISTRITO FEDERAL, 20 de julio de 1872.


LOS PERIÓDICOS de la mañana nada dijeron ayer sobre el desgraciado acontecimiento, porque ninguno tenía noticia de él. El Diario Oficial dio un alcance anunciándole en sentidos términos, y lo mismo hicieron El Monitor y El Distrito Federal.
Los señores Alvarado, Lucio y Barreda fueron los médicos que asistieron al señor Juárez, y a las diez de la noche declararon que el paciente no tenía remedio.
El Gral. Mejía, ministro de la Guerra, fue personalmente a casa del señor Lerdo a las once y media de la noche, a participarle el fallecimiento del señor Juárez. El mismo señor ministro, por encargo del señor Lerdo, empezó, acto continuo, a comunicar la desgracia por el telégrafo a las autoridades de toda la República.
Por disposición del señor Lerdo, fue embalsamado el cadáver, el cual estará expuesto en el salón principal de Palacio los días que previene una ley de 1848 (‘sic), la cual contiene el ceremonial para el entierro de los presidentes.
Cree El Siglo Diez y Nueve que el del señor Juárez no podrá tener lugar antes del lunes.
Ayer por la mañana pasó una comisión del ayuntamiento a presentar sus respetos al señor Lerdo.
Una comisión del comercio se presentó también al nuevo Presidente, y le manifestó su buena disposición para proporcionarle los recursos necesarios; y, según dice El Siglo, en la tarde debía tener lugar una junta de comerciantes con este objeto.
EL MONITOR REPUBLICANO. AÑO XXII, QUINTA ÉPOCA, NUM. 173.


EL MINISTERIO DE RELACIONES comunicó al cuerpo diplomático la infausta noticia a las diez de la mañana.
El señor Norman H. Nelson, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, convocó a sus colegas, como decano del cuerpo, y, conforme a los usos establecidos, se acordó que ayer mismo, a las cuatro de la tarde, los representantes en México felicitarían al nuevo Presidente de la República, a la par que le darían el pésame por el fallecimiento del señor Juárez.
Desde las tres, un gentío inmenso llenaba el gran salón de embajadores, donde se hallaban reunidos y confundidos con el pueblo los poderes del Estado, los altos funcionarios de la Federación, la diputación permanente del Congreso, el gobernador del Distrito, el ayuntamiento y los empleados de las diversas administraciones y oficinas de la capital.
A las cuatro en punto, el señor Juan de Dios Arias, oficial mayor de la Secretaría de Relaciones, y el señor don Luis G. Bossero, jefe de la sección de Europa, introdujeron al salón a los señores ministros extranjeros.
El de Alemania y el de España, con todo el personal de la legación, vestían riguroso uniforme.
El señor Lerdo de Tejada estaba bajo el dosel; a su derecha, el señor Lafragua; a su izquierda, el señor general Mejía; a los lados de éstos el señor don Francisco Mejía y el señor Balcárcel, e inmediatamente después los señores Ramón Isaac Alcaraz y Cayetano Gómez Pérez, oficiales mayores de Justicia y Gobernación.
El señor Nelson, después de inclinarse ante los miembros del Poder Ejecutivo, dio un paso hacia adelante, y dirigió en inglés, y con voz penetrada de emoción, este discurso al señor Presidente Lerdo de Tejada:
Señor Presidente:
“Los miembros del cuerpo diplomático residente en México desean expresar su profundo sentimiento por la inesperada muerte del ilustre patriota y hombre de Estado Benito Juárez, ayer todavía Presidente de esta República.
“Tengo la honra, al mismo tiempo, de felicitar a V. E., en nombre del cuerpo diplomático, por vuestra elevación a la presidencia con arreglo a lo que disponen la Constitución y las leyes, y de expresar el deseo y la confianza de que vuestra sabia y patriótica administración promoverá la paz, la unión, la prosperidad y la gloria de la República Mexicana.”
El señor Lerdo de Tejada, no menos conmovido que el señor Nelson, contestó en estos términos:
“En el nombre de la nación y en el mío, agradezco debidamente los sentimientos que animan al cuerpo diplomático. Si la muerte de un hombre ilustre es una calamidad pública, apenas hay nombre que dar a la terrible desgracia que hoy pesa sobre el pueblo mexicano. Autor de la Reforma y salvador de la Independencia, el C. Benito Juárez está colocado a una altura que no es dado medir, ni aun al sentimiento de la más justa y ardiente gratitud. 16
“Agradezco también muy sinceramente los deseos que el cuerpo diplomático se sirve manifestarme por el acierto de la administración que por disposición de la ley voy a presidir, y durante la cual se conservarán, sin duda alguna, las buenas relaciones que unen a la República Mexicana con las naciones que vosotros representáis tan dignamente.”
Después de la ceremonia oficial, los ministros extranjeros se acercaron al señor Lerdo, le expresaron en lo personal los sentimientos que su decano acababa de manifestarle públicamente, y después de estrecharle la mano, lo mismo que a los secretarios del despacho, se retiraron con el mismo ceremonial que se había observado a su llegada.
El cuerpo diplomático ha seguido la tradición secular: “!Murió el rey; viva el rey!”
LA IBERIA, 20 de julio de 1872.
***
Los empresarios de los teatros de la capital han dispuesto espontáneamente suspender durante nueve días sus representaciones, asociándose así al duelo general.
***
En todos los edificios públicos de la capital, y en las legaciones y consulados extranjeros, estuvieron desde ayer izados a media asta los pabellones.
***
Los señores Nagel Sucesores, Walker Hermanos, Gutheil y Santiago Lohse, dueños, de algunos establecimientos mercantiles en la calle de la Palma, los tuvieron ayer con los aparadores cubiertos en señal de duelo.
Desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche, concurrieron ayer a la casa del señor Juárez innumerables personas pertenecientes a todos los partidos políticos, para expresar a la familia la parte que tomaban en su inmensa pesadumbre.
***
El señor Maza pidió a la familia del señor Juárez, para conservarlo como un precioso recuerdo, el ejemplar de la Constitución, de que jamás se separaba el señor Presidente, que tenía siempre a su lado en su mesa de trabajo, y que ha llenado de importantes anotaciones marginales de su puño y letra.
***
El señor gobernador Montiel se ha estado ocupando activamente desde ayer en hacer los preparativos necesarios para las exequias que tendrán lugar el martes próximo, a las nueve de la mañana, en el panteón de San Fernando.
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Desde las cinco de la mañana de ayer, un cañonazo disparado cada cuarto de hora recuerda a la población la inmensa pérdida que acaba de sufrir la patria. Esta manifestación fúnebre durará tres días.
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El ayuntamiento de la capital nombró una comisión de su seno para que diera a su nombre el pésame a la familia del señor Juárez. El señor comandante militar de la plaza, Gral. Alejandro García, dispuso que los generales, jefes y oficiales del ejército que se hallan en la guarnición de la capital porten por espacio de un mes el luto riguroso que previene la ley de 29 de febrero de 1836, y que todas las fuerzas que se encuentren de servicio, a excepción de las que en su guardia tengan bandera, lleven las armas a la funerala y los instrumentos de sus respectivas bandas con lutos y sordinas hasta que sea inhumado el cadáver del señor Juárez.
***
Los restos mortales del señor Juárez estarán a la expectación pública en Palacio, en el salón de embajadores, desde hoy a las seis de la mañana, hasta el momento en que sean conducidos a su última morada.
***
Las puertas de los ministerios y de las oficinas públicas están entrecerradas, como una manifestación del duelo oficial.
***
Anoche velaron el cadáver del señor Juárez sus tres ayudantes: los coroneles Francisco Díaz, Francisco Novoa y Enrique Armendáriz.
***
Habiéndose hecho cargo del Poder Ejecutivo el señor Lerdo de Tejada, como presidente de la Suprema Corte de Justicia, el señor don Pedro Ogazón le ha reemplazado desde ayer en aquel elevado cargo.
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El señor don Benito Juárez ha fallecido a la edad de sesenta y seis años, tres meses y veintisiete días. ¡Descanse en paz! ¡Que sobre su tumba venerada se depongan como homenaje a su memoria los odios y los rencores políticos, y que la unión de todos los mexicanos asegure para siempre la paz y la felicidad de la República!
EL FEDERALISTA, 20 de julio de 1872.

HONORES AL C. PRESIDENTE BENITO JUÁREZ
El ayuntamiento de México ha aprobado las proposiciones siguientes:
“Pido al cabildo que, con dispensa de trámite, se sirva aprobar las siguientes proposiciones:
“1ª. Como manifestación especial de duelo por el fallecimiento del benemérito de la patria, C. Benito Juárez, permanecerá izado el pabellón nacional a media asta en las casas de cabildo, y con colgaduras enlutadas los balcones durante nueve días, en los cuales todos los ciudadanos regidores, empleados y demás dependientes del ayuntamiento llevarán luto.
“2ª. A la memoria del preclaro C. Juárez se erigirá en la plaza de Santo Domingo un monumento 17 en nombre de la ciudad de México, representada por su ayuntamiento de 1872, proponiendo al efecto la Comisión de Obras Públicas el respectivo proyecto a la mayor brevedad posible.
“México, julio 19 de 1872. Arteaga. Al margen. Aprobada.
“Adición propuesta por el C. Chavero:
“3ª. El local en donde debe colocarse ese monumento conmemorativo se denominará en lo sucesivo ‘Plaza Juárez’. Ramón Fernández, secretario.
“Modificación 2a.:
“3ª. La plaza de Santo Domingo llevará en lo sucesivo el nombre de Juárez. 18 Ramón Fernández, secretario. Olvera. Alfredo Chavero. Miguel Huidobro González. Francisco T. Gordillo. José H. Núñez. R. Sáyago. Enrique Valle. Ignacio Olaez. García López. Francisco Moreno. Uhink y Farías. Islas. Montiel y Duarte. F. Berduzco.”
EL DISTRITO FEDERAL, 20 de julio de 1872.

*Muerte del presidente Juárez. Secretaria del Trabajo y Previsión Social. Segunda Edición, México, 1972. Pp. 147.
NOTAS
1 Efectivamente, en el acta de defunción de Benito Juárez, asentada en el libro 87, a fojas 26 y con el número 1218 del Registro Civil, se anotó que la causa del fallecimiento fue “neurosis del gran simpático”. El Dr. Ignacio Alvarado, que atendió al ilustre paciente, habló también de “angina de pecho”. Por los relatos de la época puede concluirse que el Presidente Juárez murió de una oclusión coronaria, o varias, que produjeron el infarto al miocardio.
2 El Presidente Juárez vivía en la calle de la Moneda número 1; es decir, en el ala norte de Palacio Nacional, en donde actualmente se encuentra el Recinto de homenaje a su memoria. Según Artemio de Valle Arizpe (véase El Palacio Nacional de México, capítulo XX), Benito Juárez fue el primer presidente que residió en ese lugar de Palacio.
3 Antes de Benito Juárez solamente un mexicano murió cuando ocupaba el cargo de Presidente de la República: Miguel Barragán. Con motivo de su muerte fue expedida una ley que “arregla el ceremonial por la muerte del Presidente de la República”, y a la cual se sujetaron las honras de 1872. El Ferrocarril publicó dicha ley el 22 de julio de 1872, de esta manera: El Exmo. señor Presidente interino de la República Mexicana se ha servido dirigirme el decreto que sigue: El Presidente de la República Mexicana a los habitantes de ella, sabed:
“Que el Congreso General ha decretado lo siguiente:
Artículo 1° Luego que los facultativos de cabecera anuncien al secretario de Relaciones haber fallecido el Presidente de la República, dispondrá aquél que dos escribanos públicos den fe y testimonio de ello en debida forma a presencia de todos los secretarios del despacho, y poniéndolo en conocimiento del Poder Ejecutivo dispondrá éste se haga la comunicación correspondiente al Congreso General y a la Suprema Corte de Justicia.
Artículo 2° Cerciorado ya el gobierno del fallecimiento en el modo y forma que prescribe el artículo anterior lo comunicará a las primeras autoridades civiles… y militares y dispondrá se anuncie con cuatro cañonazos consecutivos por la batería de Palacio y una descarga por toda la del cuartel de esa rama.
Artículo 3° El cadáver se expondrá a la expectación del público por tres días en uno de los salones de Palacio.
Artículo 4° Desde el anuncio que haga la artillería hasta el acto de salir de Palacio la procesión fúnebre, se disparará un cañonazo cada cuarto de hora desde la diana a la retreta.
Artículo 5° El gobierno dispondrá que se vista luto público por un mes en los términos que parezca conveniente.
Artículo 7° El cadáver será conducido por la carrera que designe el gobierno; le precederán… los colegios, el ayuntamiento, que abrirá sus masas a las personas de distinción..., amigos y parientes del finado, presidiendo el acto una comisión de doce individuos del Congreso, en la que se incorporará la de la Suprema Corte de Justicia y dos secretarios del despacho con el doliente principal.
Artículo 8° Para los honores militares se arreglará el gobierno a lo dispuesto en el tratado 3°, título 5° de la ordenanza general, aumentando prudencialmente lo dispuesto para los capitanes generales del ejército y acordándose a las circunstancias de la capital y departamentos.
Artículo 10. El Presidente en ejercicio, con los otros dos secretarios del despacho, recibirá en Palacio el pésame, arreglando previamente el ceremonial de este acto y todo lo conducente a la mayor pompa y decencia del funeral.
‘‘Artículo 11. Los gastos de él se pagarán de cuenta de la hacienda pública.
Artículo 12. El día del funeral el Congreso no se reunirá en sesión y se cerrarán los tribunales y oficinas. JUAN MANUEL DE ELIZALDE. Presidente. José R. MALO. Secretario. José RAFAEL DE OLAGUÍBEL. Secretario. “Por tanto, mando se imprima en México a 26 de febrero de 1836. José Justo CORRO, A. D. José M. Ortiz MONASTERIO.
“NOTA: Hemos suprimido todo lo relativo a la intervención que a la autoridad eclesiástica daba esta ley en el ceremonial de que se trata, por no tener ya lugar, en virtud de la independencia establecida entre el Estado y la Iglesia.”
4 Véase página 15.
5 Sebastián Lerdo de Tejada asumió la presidencia interina ante la diputación permanente, el día 19 de julio de 1872. El Poder Legislativo, integrado entonces por la cámara de diputados, se reunía anualmente durante dos períodos de sesiones ordinarias; el primero, del 16 de septiembre al 16 de diciembre, y el segundo, del 19 de abril al último día del mes de mayo, y durante sus recesos se nombraba la diputación permanente, integrada por un diputado de cada estado y territorio de la Federación. Por ello, es este organismo el que mandó llamar a Sebastián Lerdo de Tejada para hacer la protesta de ley. El Federalista (20 de julio de 1872) hizo la crónica de este acto:
“La diputación permanente se reunió ayer a las 9 y 10 minutos de la mañana, para celebrar una sesión extraordinaria. La presidió el señor (Juan) Sánchez Azcona.
“Éste manifestó que la sesión a que había convocado a los señores diputados, usando de las facultades que le concede el reglamento, tenía por objeto cumplir con los deberes que impone la Constitución al Congreso o a la diputación permanente, en su defecto, en caso de fallecimiento del primer magistrado de la República.
“La Secretaría dio después lectura a la siguiente proposición suscrita por los señores Sánchez Mármol y Sánchez Azcona: “Debiendo entrar a desempeñar el cargo de Presidente de la República el de la Suprema Corte de Justicia, a causa de la muerte del C. Benito Juárez, según el artículo 79 de la Constitución, cítesele para que inmediatamente se presente a hacer la protesta de estilo a que se refiere el artículo 121 de la Constitución, ante la diputación permanente, en cumplimiento del artículo 83 de la misma.
“Se le dispensaron los trámites e inmediatamente y sin discusión fue aprobada por unanimidad.
“Los señores Mancera, Nicoli y Sánchez Mármol fueron nombrados por la mesa para participar este acuerdo al señor presidente de la Suprema Corte de Justicia, suspendiéndose la sesión mientras cumplían con su encargo.
“Estos señores se presentaron inmediatamente al señor Lerdo, quien después de impuesto del acuerdo, contestó que si la diputación permanente lo determinaba así, pasaría en el acto a cumplir con el precepto constitucional, pero que por razones de cortesía deseaba aplazar hasta las once la protesta de ley; agregando que a causa de las tristes circunstancias del momento, debían suprimirse los discursos en ese acto, circunscribiéndose simplemente a llenar la fórmula constitucional.
“A los tres cuartos para las diez de la mañana se volvió a abrir la sesión para dar cuenta con este resultado, citándose a los diputados para las once.
“A esta hora se presentó el señor Lerdo en el salón acompañado de los señores Mancera, Nicoli, Herrera (don Rafael), Gómez Palencia, Sánchez Mármol y Michel, nombrados al efecto por el presidente de la diputación y de algunos empleados de las oficinas del gobierno del estado mayor del ejército. En las galerías, así como en el salón, inundados de gente, reinaba el más profundo silencio; se veía la tristeza y la consternación en todos los semblantes.
“El señor Lerdo estaba en extremo pálido; la emoción se retrataba en su rostro, sereno e impasible de ordinario.
“Subió con paso firme las gradas de la plataforma y después de estrechar la mano del señor Sánchez Azcona, recibió de manos del señor Michel, secretario de la diputación permanente, un ejemplar de la Constitución de 1857, y con voz conmovida pronunció la fórmula siguiente: ‘Protesto desempeñar leal y patrióticamente el encargo de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, conforme a la Constitución y mirando en todo por el bien y prosperidad de la Unión.’
“Saludó después al señor presidente de la diputación permanente y se retiró de aquel lugar.
“Acababan de sonar las once y media de la mañana, doce horas antes había expirado el señor don Benito Juárez.”
6 El día 17 de octubre de 1870 el Presidente Juárez sufrió un ataque al corazón, que requirió la atención médica del Dr. Alvarado y preocupó a los mexicanos. Como noticia de última hora, en su edición del 18 de octubre de 1870, El Monitor Republicano informó a los capitalinos:
“El C. Presidente de la República. Desde ayer en la mañana se difundió la noticia de que el señor Juárez a consecuencia de haber tomado un baño, y a poco de haber salido de él, fue atacado de un fuerte dolor de pecho, que según algunas personas con quienes hemos hablado, es síntoma de una parálisis en el corazón; otros varios ataques ha sufrido el señor Juárez, según nos informaron personas de la familia, que habían agravado al paciente, quien aunque no había perdido el conocimiento ni su entereza, no se hallaba enteramente fuera de peligro.
“Varios médicos que formaron la junta que constantemente permaneció asistiéndole en su propia recámara, han guardado toda la reserva y circunspección que exigen las circunstancias, y por lo mismo tampoco nosotros podemos aventurar ninguna palabra que las aumente o disminuya, ni tenemos datos para afirmar el estado de gravedad en que el señor Juárez se encontraba hasta la hora de entrar en prensa nuestro periódico.
“Deseamos sinceramente el pronto restablecimiento de la salud del señor Juárez; y en el estado en que se encuentra, es un deber nuestro muy imperioso hacer esta manifestación, que nos inspira además nuestro respeto y estimación personal al señor Juárez.”
Por su parte, El Siglo Diez y Nueve, ese mismo día, informaba del padecimiento de don Benito Juárez:
“El señor Presidente Juárez. Desde la mañana de ayer fue atacado de una fuerte congestión cerebral, que inspiró durante algunas horas serios temores; pero desde las once y media de la noche comenzó a aliviarse, y ya a estas horas sabemos que se encuentra fuera de peligro.
“Lo celebramos sinceramente, deseando su pronto y completo restablecimiento.”
La noticia tuvo caracteres alarmantes, ya que el Congreso se mantuvo en sesión permanente durante todo el día 17 de octubre, hasta que recibió informes acerca de la mejoría del Presidente de la República.”
El día 19, El Monitor Republicano informó que el señor Juárez estaba fuera de peligro y al día siguiente El Siglo Diez y Nueve confirmó esta noticia.
Todavía el día 24 recayó al sufrir un nuevo ataque, más leve que el anterior, y que no impidió su restablecimiento (véase Benito Juárez Documentos, discursos y correspondencia, selección y noticias de Jorge L. Tamayo. Tomo 14, México. Secretaría del Patrimonio Nacional, 1969, capítulo CCCXX, que contiene amplia información al respecto y acerca de la recuperación que la enfermedad del Presidente tuvo en los medios políticos.)
7 El Congreso de la República de Colombia, por decreto de 2 de mayo de 1865, declaró que Benito Juárez merecía el “bien de la América” como homenaje por su constancia en defender la libertad e independencia de México.
8 De su matrimonio con la señora Margarita Maza, sobrevivieron a Benito Juárez sus hijos Manuela, Felícitas, Margarita, Soledad, María de Jesús, Josefa y Benito.
9 Se refiere al levantamiento armado que encabezó el Gral. Porfirio Díaz, a partir de noviembre de 1871. Al amparo del Plan de la Noria, el Gral. Díaz y otros destacados militares, como Jerónimo Treviño, Francisco Naranjo y Donato Guerra, con las armas protestaron en contra de los resultados de la elección presidencial, pretextando que Benito Juárez se perpetuaba en el poder, y se mostraron contrarios a la reelección. El movimiento armado fue controlado por los ejércitos del gobierno, y en el mes de julio de 1872 carecía de importancia; es más, la muerte del Benemérito permitió a Porfirio Díaz una solución decorosa, ya que pudo acogerse a la amnistía que Sebastián Lerdo de Tejada decretó el 27 de julio de 1872.
Este movimiento armado, aunque no fue secundado ampliamente, causó zozobra entre los mexicanos y propició una honda escisión entre los grupos liberales; ello se refleja en varios de los artículos reunidos en este libro, sobre todo en los periódicos El Ferrocarril, del grupo porfirista, y El Siglo Diez y Nueve.
10 No compareció el ministro de Gobernación, Francisco Gómez Palacio, ya que se encontraba en los Estados Unidos.
11 El 1° de enero de 1873, a los cinco meses y medio del fallecimiento del Benemérito, el Presidente Sebastián Lerdo de Tejada inauguró la línea del ferrocarril de México a Veracruz.
12 A pesar de su enfermedad, el Presidente Juárez durante el día 17 despachó normalmente sus acuerdos. El Federalista informó sobre ellos en su edición del 20 de julio de 1872:
“El señor Juárez acordó el miércoles por última vez con sus ministros.
“Sus postreros actos oficiales fueron los siguientes:
“MINISTERIO DE RELACIONES
“Mandó que se devolviera al cónsul de los Estados Unidos en la Paz (Baja California) un bote que el vapor de guerra americano ‘Ossipe’ había perdido durante una borrasca. Unos marineros habían recogido ese bote y lo habían vendido a los señores Hidalgo y Cía. Reclamólo el cónsul, las autoridades consultaron al ministerio, y el Presidente dispuso la devolución inmediata.
“MINISTERIO DE HACIENDA
“Ordenó que las señoras religiosas indotadas, aun aquéllas que por sus constituciones no introdujeron al convento capital alguno al profesar, reciban su dote de la sección sexta del Ministerio de Hacienda, presentando el ocurso relativo en papel simple y comprobando con los certificados correspondientes su edad y personalidad, el nombre y apellido paterno y el que llevaban en el claustro, la fecha en que profesaron y la casa que actualmente habitan.
“MINISTERIO DE LA GUERRA
“Acordó que se dijera al gobernador del estado de Durango, en confirmación de las órdenes expedidas últimamente por el Gral. Rocha, que acogiera con benevolencia a todos los rebeldes que depusiesen las armas y librara salvoconducto a los soldados, cabos y sargentos que se presentasen para que puedan retirarse a sus casas.
“MINISTERIO DE JUSTICIA
“Expidió un decreto habilitando al joven don Vicente Pontones y Giral de la edad que le faltaba para administrar libremente sus bienes.

Continuar....