REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 08 | 2019
   

Confabulario

La calle


Edgar Aguilar Farías

La calle que lleva a los suburbios asciende entre una alborada de maples cuyas hojas están cambiando sus tonos del verde al naranja por el otoño que ya se anuncia con el viento helado que empieza a soplar.
Una camioneta familiar de segunda mano recorre el asfalto y dentro la preadolecente Katherine dormita satisfecha luego de obtener el papel que quería en la obra de teatro de la escuela.
Había ensayado todas las noches frente a un espejo viendo sus poses, sus rostros, graduando su voz y entrenándola para una excelente dicción y al parecer todo eso había funcionado, era estrella del teatro, o es lo que a ella le gusta pensar. No era el papel principal (querían una rubia y no una pelirroja pecosa como ella) pero sí obtuvo uno de los importantes de la obra, el de la amiga que desenreda la trama en el momento más necesario y que debe de lucir en sus cortos pero importantes diálogos para que el drama se desarrolle y tenga el final feliz que todos esperan, y con el cual puede presumir entre sus amigas de su colegio.
Su casa no es distinta a las demás de la cuadra, de un estilo victoriano, muros teñidos de blanco, un estilo gastado para la época, pero no por ello ha dejado de ser cálida. El cuarto de Katherine, en el primer nivel, tiene una enorme ventana que da al este y en el cual el sol del atardecer inunda con su luz todos los días del año. Afuera las ramas del viejo roble asoman como seguramente lo hacían desde que la casa fuera construida y tal vez como antes una jovencita habitaba aquella habitación amplia y blanca.
Katherine se cambia su uniforme del instituto y se pone una ropa más casual, hoy es un gran día para pasear. Baja por las escaleras y ve que su madre está al teléfono, su voz es de angustia y como es su costumbre se esconde en sí misma, como tratando de ocultar lo sucedido, cubrirse de su vergüenza, evitar que el miedo ronde por la casa, pero Katherine la conoce muy bien y se queda parada en el pasillo que une la sala con el comedor y va directamente a la salida principal, y la mira, sabe ella como su madre de las malas noticias y ambas esperan.
Cuelga luego de cinco minutos de Ajumm, sus “si” y mhmmm. Esos sonidos que delatan las malas nuevas. El auricular está en su lugar y la madre de Katherine se cruza de brazos voltea a ver a su hija que ha sentido su presencia como una molesta mosca, pero que irremediablemente tendría que ver para comunicarle lo sucedido.
-… tu primo vendrá a vivir con nosotros -dice la madre secamente.
-El primo Mauricio ¿Cuándo fue la última vez que hable con él? Y Katherine se da la vuelta y camina a la salida como si tal información no fuera trascendental.
En el camino al centro comercial, en el bus, ella empieza a recordar quién era aquel primo. Recordó que la última vez que le vio fue cuando ella tendría unos cinco años casi seis; pues cumple años en enero. En esa época Mauricio tendría su edad y ya entonces era un chico alto de alborotada cabellera larga que Katherine en su inocente percepción le pareció muy guapo.
Luego de una tarde de curiosear con una amiga suya por las tiendas e ir al cine Katherine regresó a su casa, con los últimos rayos del sol a sus espaldas, Ya adentro y con la noticia del primo casi olvidada va a la cocina, como es su rutina; para ayudar en la cena que les prepara todas las noches su madre con excepción de los domingos, que es cuando salen luego de ir a la iglesia presbiteriana a comer en algún lugar bonito de la ciudad.
Pero en su lugar estaba su padre, con su rostro molesto, y colgando su celular. Katherine sabe que aquella cara solo la pone cuando discute con su madre, tiene un problema en su trabajo o con ella.
-No sé por qué aceptó que viniera, y que viva unos días con nosotros… -dijo entre dientes el padre de Katherine que no había advertido de la presencia de su hija aun.
-Hola papá como va tu noche -dijo ella fingiendo no haber oído las palabras que dijese un momento atrás.
-Cenaremos pizza del dominio… -dijo el secamente.
-Del dominio ¡no! y si mejor del Hut´a. -Rezongó Katherine
-Ok, de donde sea pídelas, pero grandes porque tendremos visitas.
Fue todo lo que dijo esa noche hasta la llegada de Mauricio. Un chico alto de cabellera larga como roquero y una mirada pendenciera, que no le quitaba su atractivo masculino de rebelde.
Katherine al verlo llegar con su madre, admitió sentir cierta atracción por su físico, como cuando era niña, y rápidamente se levantó para saludarle.
Mauricio correspondió el saludo de beso de su prima, pero Katherine lo sintió distante, confundido pues miraba para un extremo y otro como si algo estuviera fuera de lugar.
-Ven siéntate a cenar primo debes tener hambre, -le dijo Katherine quien lo jalo se su mano a una silla y luego ella se fue a sentar
-Si… hambre -dijo el extrañado de aquella chiquilla que le saludaba y lo jalaba.
Al sentarse se podía sentir cierta tensión, un ambiente pesado e incómodo que Katherine ignoraba al tener sus ojos puestos sobre aquel bello pariente, el cual dejó sus cosas tiradas en algún rincón y se sentó, tomó una rebanada de pizza pero en vez de empezar a comer se le quedó mirando muy extrañado.
-¿Qué pizza es ésta? -Dijo Mauricio.
-Es especial de Michelangelo… por lo de la película que se va a estrenar; tu come debes de estar cansado, -dijo el padre que no le dirigió la mirada a aquel pariente político.
-¡Otra vez! -exclamó Mauricio.
-Ya habías comido pizza el día de hoy Mauricio -dijo la madre con un pedazo de queso entre los labios.
-No es la comida, es. Es, la película, la serie, la animación, el comic ¡otra vez! Era un niño y vi sus tres películas, tres, ¿por qué sacar otra luego de tantos años? ¿Por qué volver a repetir esta pesadilla?
-No lo sé Mauricio -respondió la madre fastidiada -porqué no te dedicas a comer y a seguir durmiendo.
-No, solo no -dijo Mauricio y se levantó de su silla, algo trastornado.
Mientras Katherine solo lo miraba como si su comportamiento fuera de lo más habitual.
-Al parecer sí consume drogas después de todo -dijo el padre con media rebanada en su plato.
-Ya discutimos eso… Mauricio siéntate por favor y dile a mi esposo que no consumes…
-No, no soy un drogo, creo que las vendo y distribuyo, no recuerdo -dijo él pero luego se quedó mirando todo y siguió hablando como si fuera una obra de teatro y delante tuviera al gran público.
-Pero eso no es lo importante, o por dios, dónde estoy, que pasa aquí.
-Estás de visita en mi casa primo Mauricio, yo soy tu prima Katherine y creo que eres lindo-
Mauricio solo se le quedo mirando aquella chiquilla de relampagueantes ojos, sus cabellos, su juventud. Luego el comedor, de un estilo antiguo, victoriano, muy de Norteamérica, con la larga mesa de caoba y la comida rápida contemporánea sobre ella, iluminado todo con la luz de una lámpara de vidrio soplado; todo te decía prosperidad, la vajilla de la abuela en una repisa al fondo, un televisor sobre un mueble con ruedas, todo declaraba la buena vida. Pero para Mauricio algo no encajaba, todo parecía muy perfecto aun las caras molestas de sus parientes parecían de programa de televisión.
-Algo no cuadra -dijo Mauricio.
-Por qué no le dices a mi hija qué no “cuadra”, acaso no te gusta esta vida -dijo la madre de Katherine con una rebanada de pizza entre sus manos.
-¿Qué no cuadra primo? -dijo Katherine muy interesada.
-Sí explícaselo -dijo el padre. -Detalla porqué te trajimos a vivir aquí, porque tus padres estaban tan urgidos por sacarte de la casa, del estado…
-Por favor -dijo suplicante la madre de Katherine mirando fríamente a su marido.
-¿Tuviste problemas con la ley primo? -pregunto Katherine delante de su primo que era más alto por cuarenta centímetros.
-Sí -respondió fastidiado.
-Por qué no te sientas y ya -dijo nuevamente la madre -no me generes más problemas con mi esposo por favor.
-No -dijo Mauricio levantando sus manos, negando.
-¿Qué pasa primo? Dime a mí lo que te molesta, si eso te hace sentir más cómodo.
Y Mauricio la miró de cabeza a pies, su sonrisa espontánea y despreocupada, su ropa de marca, sus zapatillas como de cristal. Nada parecía estar fuera de su lugar, ni esa tierna mirada de cachorro que tenía.
-Bueno -dijo Mauricio más calmado. -Prima lo que pasa es que tú no existes.
Entonces todo se quedó estático, primero perdió el color y con ello la sonrisa de Katherine que se volvió mórbida y sus ojos se apagaron, luego como devorado por la marabunta todo empezó a desvanecerse, los muros, los muebles, todo. Solo Katherine pareció no ser afectada por el progresivo desvanecimiento de aquel comedor y sus habitantes. Pero era claro que aquella verdad la había aniquilado y aquella ilusión como si tuviera alma bajo la cabeza y trató de resistir, de resistir a esfumarse pero vio cómo desaparecía también y dejaba lugar a un sucio techo, en un oscuro lugar, con un sonido ensordecedor como parte del maldito ambiente.
Mauricio vistiendo harapos se apretaba la cabeza por el insoportable dolor que tenía, era tan agudo que el chillido de un recién nacido abandonado por una prostituta era como un taladro en su sien, el zumbido del motor de un helicóptero que sobrevolaba afuera, eran como barrenadoras en su nuca y los murmullos y toses de los miserables y drogadictos como rasguños en un pizarrón.
Se arrastró en el sucio piso de aquella casa embargada y abandonada, con la idea e asomarse afuera; como si al salir su cabeza por la ventana todos los ruidos fueran a cesar, algo que muy dentro de él sabe que no sucederá.
Aparta las agujas y frascos de plásticos y evita los excrementos, trata de no ser atropellado por los otros malvivientes que tratan de calentarse en ese inicio de otoño.
Y por fin Mauricio llega a la ventana y se asoma y ve al helicóptero de la policía volando bajo en aquel barrio suburbano de pobreza. Su luz se enfoca en Mauricio y se ilumina el mismo rostro de la ilusión, pero ahora de piel morena y los ojos rojos.
-Calla, calla -le grita al helicóptero como si fuera un ser viviente -calla y deja de asfixiarnos.