REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 02 | 2020
   

Confabulario

El viejo profesor de narrativa


Oscar Martínez Molina

La tarde es fría con una estruendosa lluvia golpeando los cristales. El viejo profesor se arropa con una raída frazada. Sorbe con presteza el café. Afuera, el cielo cayéndose en goterones. Acerca su rostro al ventanal, y el vaho de su aliento empaña el cristal. Su rostro ajado se refleja tenue, aun así, el surco en la frente y las arrugas alrededor de los ojos, le vuelven a recordar que ya no es un joven. Cierra los ojos. Aspira el aire. En su memoria vuelve a revivirla paso a paso, alejándose. El color de sus ojos, cafés claro. El sonido y la alegría de su voz. Su figura delgada y esbelta. Un sorbo al expreso que invade sus sentidos. Imagina el beso en los labios. El cuerpo desnudo. Las manos y su boca recorriéndolo todo. Los senos. El vientre plano. El abrazo enredado en los cabellos húmedos. La blanca, y tersa espalda. Nenúfar que se ofrece a su boca y a sus dedos. Cuerpos que se encienden. Espasmos y suspiros. La entrega hacia la muerte.
Se aleja del cristal. Se sienta. Otro sorbo al café. Ahora escribe la historia que ha llegado a su mente, precedida de una tímida dedicatoria ¿para Elena?, y borra el nombre, ¿para Rebeca?, y también lo borra. Finalmente decide:
-Para Lolita.
Y enseguida empieza la escritura.
La tarde es fría, húmeda. Afuera viento y lluvia. Es joven, inquieta y hermosa. Apura una taza de café. Se asoma al espejo. Ve el reflejo de sus ojos, cafés claro. Arregla sus largos cabellos. Se aplica gel para darles la apariencia de verse húmedos. Delinea con delicadeza el carmín de sus labios. Afuera, el cielo cayéndose en grandes goterones. Se molesta un poco al pensar que la lluvia estropee su salida. Ajusta la falda suelta. Amolda con cuidado las caderas y las nalgas. Ahora la blusa, de algún modo, deja que sus senos se muestren apenas. El timbre del celular. El novio ha llegado y la espera abajo. Un día más de atar y desatar angustias. Camina resuelta. Ahora la lluvia se vuelve más densa. Piensa en el impermeable, en el paraguas. Se asoma al ventanal. La tibieza de su aliento deja un vaho en el cristal. Vislumbra el reflejo de su rostro y justo en ese instante, en su memoria, el rostro del viejo profesor de narrativa. Afuera la tempestad bien puesta, el golpe de las gotas en los cristales, el sonido lejano del timbre del celular en su bolso. Ve el reflejo de su rostro en el ventanal, distorsionado por los hilillos que dejan las gotas al deslizarse hacia abajo. En su mente la claridad del rostro del profesor. Sonríe tímida. Lo recuerda, y vuelve a vivir aquel encuentro. Las manos acariciando sus ojos. El beso en los labios. Las manos recorriendo la espalda, las caderas, los muslos. El cuerpo entero. El recorrido de su boca. La inquieta perseverancia de los dedos. Se estremece trémula. En su bolso el celular timbrando y de nuevo velado, ahora con el estruendo de un trueno, precedido del culebreo del relámpago. El cosquilleo y la cálida humedad que recorre la entrepierna. El maestro de narrativa, y la narrativa que describió en su cuerpo. La necia tentativa de escribir el cuento. El detalle de la técnica. Los personajes plasmados en sus caracteres. La ira, el enojo, el deseo, el coraje; y el maestro con una serie definida de conceptos. El caminar que la llevó sin más, a la habitación del profesor. La charla y el café, el cigarrillo.
Interpretar
-delicadeza- había dicho el viejo maestro. Y para mostrarlo, le cerró los ojos con los besos.
-Ternura-, y entonces mordisqueó sutil sus labios.
-Tersura-, y el maestro deslizaba suave, las manos por su cuello.
Esta tarde, afuera la lluvia, relámpagos y truenos. El celular y su monótono timbrar. Su cuerpo y el calor que ahora la recorre.
-Ansiedad y locura-, dijo el viejo, y enseguida las explicó con besos en la espalda y en los muslos.
El toque de caricias en las nalgas. Aprovechó también los suspiros que brotaban del alma de la joven, para puntualizar algunos detalles de estos sentimientos. Suspira profundamente, y brinca sobresaltada. El timbre del celular, y la voz del novio.
-Bajas.
Una mueca en los labios. Nuevamente su reflejo en el cristal. Los goterones golpeteando con ritmo pausado. No contestó el celular, canceló la llamada deslizando la tapa. Pegó la cabeza, el hombro y el pecho izquierdos al ventanal. Se llevó la mano derecha a la entrepierna.
-Lujuria-, recordó en la narrativa, y un escalofrío hizo temblar su cuerpo. Apretó con fuerza las piernas, atrapando su propia mano entre ellas. El viejo y su destreza con los dedos y la lengua. La humedad cálida. El temblor violento. De nuevo el timbre del celular, y al mismo tiempo el claxon del auto.
-Ya, ya. Gritó molesta.
Tomó su bolso. Canceló la llamada. No podía dejar el temblor en las piernas. Se acordó de la risa del viejo, ante los movimientos convulsos de su cuerpo. La amenaza ahora mismo de volver a explotar como en aquella hora. La narrativa aplicada en su piel.
-¡Pinche viejo! había exclamado, al abrir la puerta. Afuera el aguacero bien puesto. Primero el brutal estremecimiento al contacto con el agua. La explosión de su cuerpo y el grito prolongado que nace espontaneo, gracioso. El espasmo desde la punta de los pies a los cabellos. El fuego naciendo desde su vientre. La risa en un orgasmo sucesivo.
-Pinche viejo. Repitió. Pensando que aquella respuesta de su cuerpo, volvía de nuevo con sólo pensar en él. Mientras lento, recuperaba el aliento.
-¡Que rico! alcanzó a murmurar, abrazada por el tenaz aguacero.
Golpea con los nudillos la ventanilla del auto. Empapada de los pies a la cabeza.
-Sube a cambiarte. Dice el joven.
-Paraguas e impermeable. Alcanza a escuchar, mientras vuelve a casa.
Ella aún esta extasiada, riendo.
-¡Pinche viejo cabrón! -vuelve a repetirse.
Da un portazo tras de sí y exclama violenta

-Pinche noviecito pendejo-.
El viejo profesor, sonríe al ponerle punto final a su cuento.

II
El curso se llama Conceptos interpretativos en la narrativa actual.
-¿Lolita, cómo vas con tu cuento?, pregunta con ansiedad el profesor.
-Enredada con el carácter de algunos personajes. Responde ella con rapidez.
Él, como cada tarde desde que la vio al inicio de su clase, vuelve a preguntarse si ella aceptaría una larga caminata para charlar de aquellos conceptos indescifrables. Y triste retoma su camino, mientras ve que ella y el novio, que ha venido a recogerla, se alejan en sentido contrario.
-Pinche noviecito pendejo. Murmura el profesor, por lo bajo.
-¿Que se trae?, pregunta a la vez el novio
-Es mi profesor, dice ella.
-Necesito que me oriente en algunos conceptos indescifrables. -Acota después.
Él, la mira intrigado, y ella agrega,
-De la narrativa, ¡ehh!
A menos que se anime… piensa para sus adentros.