REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

Trashumancia del amor cautivo


Roberto Bañuelas

Trashumancia del amor cautivo
Roberto Bañuelas



XXXI

Los amantes siempre somos dos
aunque cada uno sea el espejo del otro
en la contemplación de la marea del amor.

Somos la guerra, la victoria y la paz
al mismo tiempo en que celebramos
el triunfo de los volcanes del alba.

Te amo más allá de las palabras que aún no nacen
para no invocarte con las frases fenecidas
de los amantes fantasmas del pasado remoto.

Creador obstinado de un testimonio
signado junto a la luz en fuga
de este atardecer,
reduzco el decálogo
a las cifras ardientes de tu nombre.



XXXII

En la libertad condicionada por tu hechizo,
segura del encuentro con la luz,
rasgas con un grito al silencio congregado.

Estación terminal de profecías incumplidas,
te ostentas en la mar, sirena,
y en la tierra,
donde resplandecen las cumbres de tu cuerpo,
eres esfinge que huye en la noche
al encantamiento del amor que inspiras.

Mis sueños y delirios
te creyeron torre abandonada,
sin la luz del faro,
sin el grito del último náufrago.
Mientras algunas plantas carnívoras
sueñan en devorar
a pertinaces y puntuales vegetarianos,
los bosques absorben el atardecer
y, sin detenerse hasta dar con la noche,
caminan silenciosos con su sombra.

Con las últimas señales de claridad,
vaga en espiral apasionada
la táctil magnitud de tu recuerdo.



XXXIII

La tarde prefiere las espigas a los fósiles
que emergen a morder los frutos del presente.
Indiferentes a la línea invisible
entre la caída y el infinito,
los montes custodian
la vigencia de albas y ocasos.

Anclado testigo
del presente de ayer y del futuro de hoy,
contemplo cómo vaticinas en tu vuelo
la fuga de signos promisorios.

En una morada para gnósticos disidentes,
aprovecho la altura de sus atalayas
para maravillarme con las acrobacias
de un pájaro gimnasta que se divierte
contra la inconmovible gravedad del cielo.



XXXIV

Insomne y cautivo guardián
ante la puerta de tu entrega,
abandono el testimonio y la presencia
de victorias que marchan fenecidas.
Elijo los emblemas vibrantes de tu cuerpo
que me alumbran y me conducen a penetrar
en el templo tripartita de un dios compartido.

En la llanura desolada
dialogan las torres y el espacio;
abajo, con paciencia nutrida de siglos,
los capullos de piedra proliferan
frente a la convergencia de enigmas fatigados.

En la guerra silenciosa
del olvido y la esperanza,
surge la revelación migratoria
del eco armonioso de tus pasos.
Junto a la pétrea elevación
que rinde su tributo al horizonte,
tu nombre se vuelve jubiloso campanario,
y de los campos florecientes del crepúsculo
comienzan a germinar emisarios nocturnos.



XXXV

Con pasos de gacela en primavera,
emigras con los fulgores del día
y el canto nuevo de cada amanecer.

Cuando retornas de los bosques,
fundas con tu presencia
el altar encantado del deseo;
cuando te vas,
me dejas en herencia
la magia febril de tu recuerdo.

Carne de la imagen,
tiemblas en mi alma
como el viento de la tarde
que hace gemir de amor
a los sauces que se olvidan de llorar.

A la imantación de tu piel florida,
como peregrino cautivo de tu hechizo,
deposito en tus manos
la ofrenda amorosa de mis besos.

¡Por qué tus labios prefieren el silencio
si todo tu ser me da el canto apasionado
de la vida?
Gacela nocturna: no corras más en la llanura
de mis sueños diurnos ni te aposentes
en el insomnio nutrido por tu ausencia.
Recuerda que en cada estación espero, siempre,
el rumor de tus pasos de gacela en primavera.




XXXVI

Hay un coro de lejanos peregrinos,
mensajeros fervientes
que marchan hacia la floración del canto.

La locura duplicada
de predicar la armonía en el desierto,
dejó atrás la ceremonia del crepúsculo
que se reunió en el bosque
mientras las torres se inclinaban como espigas.

Cuando el deseo embiste
contra el cuerpo inmenso de tu ausencia,
la luna me hipnotiza y me compensa por la espera.

Desde el círculo de angustia
que proyecta el espejismo
de una cuadratura lejana,
retorno a la mansión que atesora
las mutables iridiscencias de tu forma.

Situado en la vital sincronía
de los cálidos atributos de tu ser,
el amor sigue como el guardián victorioso,
timonel audaz de este barco embriagado
de olas, brumas, arrecifes y nostalgia.