REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

Apantallados

Una manzana podrida


Francisco Turón

En el efímero universo del teatro ya todo está dicho y hecho. No hay nada nuevo bajo el astro rey teatral. Por lo tanto, en las artes escénicas nada es original. Sin embargo, es innegable que el teatro lo hacemos quienes estamos. El fenómeno “teatro-públicos” ante la inabarcable oferta teatral que despliega una gran diversidad de producciones escénicas, tiene una baja demanda ocasionada por la “crisis en el teatro”; son pocos los montajes que permanecen aún a pesar de tal crisis, a comparación de otras que tuvieron corta temporada. Por eso la cuestión shakesperiana en el show business, debe ser: estar o no estar. En ese sentido, hay teatreros que siguen estando, así como hay teatreros que ya no están. La vida es devastadora en su selección natural, también el teatro. Aunque a veces, por estadística, la naturaleza se llega a equivocar en sus propias elecciones. La prueba de esto es que hay quienes están, pero que por la calidad de sus propuestas escénicas, ya no deberían de estar. Hoy en día, continúo con el esfuerzo para responder al por donde sí, y al por dónde no, arrojar las voces que son urgentes de comunicar mediante el uso del derecho de libertad de expresión.
Ante las innumerables quejas por la situación del teatro mexicano que en la comunidad artística todos compartimos, pero que nadie es capaz de coincidir en la acción, es inevitable que al ver ciertas puestas en escena me pregunte: ¿Cuál es aquí y ahora, la pertinencia de su trabajo? ¿Por qué hacen teatro? ¿Por obstinación de ejercer un oficio? ¿Se trata de un golden boy de esos que engendra el monopolio del teatro oficial? ¿Quiénes y por qué subvencionan este tipo de obras? ¿Es sólo un modus operandi para perseguir la chuleta? ¿Lo hacen por encargo? ¿Hacen el mayor número de montajes en el menor tiempo posible para cumplir la demanda de un mercado de consumo cultura oficial de tercera? ¿Pretenden continuar el vital esfuerzo de mantenerse vigentes en la cartelera sin importar cuál sea el resultado de la propuesta artística? ¿O será que la simple sensación de inutilidad, es lo que les apasiona de su trabajo?
En realidad, tanto estos, y todos los motivos que ustedes gusten y manden, como el hacer un diagnóstico de la situación en la que se encuentra el teatro contemporáneo y los públicos, -no tienen ninguna importancia- cuando ves un deslucido montaje que se siente como algo muy trillado.
Tal es el caso de Manzanas basada en la novela Apples de Richard Milward, adaptación de John Retallack, traducción de Antonio Vega, bajo la dirección de Alberto Lomnitz, y coproducida por el CONACULTA, FONCA, INBA, y por las compañías Por Piedad Teatro y el Conejo con Prisa. Sin ningún afán de ofender, y con todo el respeto que me merecen los compañeros teatristas, cada puesta en escena que veo de Lomnitz, está en decremento de la anterior, pero en esta exageró.
En primer lugar, la novela escrita por Milward cuando tenía tan solo 19 años de edad, en sí misma es un eslabón de una larga cadena que va desde Rebelde sin causa, la célebre película que cimentó el estatus del actor James Byron Dean como un ícono de la desilusión adolescente, o la provocadora y controvertida película Klip, escrita y dirigida por Maja Milos, en un intento de grito cinematográfico sobre los problemas de los adolescentes serbios; la película Kids de Larry Clark que refleja cómo cierto sector de la población urbana de un grupo de jóvenes neoyorquinos vive su temprana sexualidad sumergidos en el alcohol y las drogas, y la interminable lista de “pan con lo mismo” sigue hasta ejemplos como Estrellas o Joven corazón idiota, obras teatrales que culminan con éxito la escritura escénica de Anja Hilling. Al final del día, todas son la misma historia del adolescente incomprendido, pero contada con otros nombres y otros elementos situacionales. Caen en lugares comunes para hablar de la adolescencia como el universo de la soledad, la aceptación-evasión, la búsqueda del amor verdadero, la disfunción familiar, la paternidad violenta, el trastorno obsesivo-compulsivo, la irresponsabilidad, y la satisfacción del deseo. Todas hablan de la juventud en medio de una crisis existencial sujeta a las vías de escape falsas adecuadas a la efectividad de cada época. Sin embargo, en esta puesta en escena, no hay nada que conecte con la crisis humanitaria que viven actualmente los jóvenes de la sociedad mexicana que en la oscuridad de la injusticia son secuestrados y desaparecidos, por la policía municipal de su propio “gobierno”. Se repelen a los inverosímiles personajes interpretados como si se tratara de un musical de Vaselina, porque no hay reflexión analítica, solo morbosidad. El exceso de gesticulación de los actores cae en el cliché del hard-drinker y del drug-user, lo cual evidencia la falta de investigación en el tema de las adicciones. Se abusa del único recurso de los elementos escenográficos compuestos por decenas de bocinas de distintos tamaños que predeciblemente se mueven y acomodan de muchas maneras para ilustrar los espacios en los que se desarrolla la historia. Los cuadros de violencia coreografiados para rellenar el espectáculo diluyen el texto. El ritmo es lento y repetitivo hasta que en la segunda parte ya no hay progresión dramática. Es una puesta en escena tan incipiente, como pretensiosa e insulsa, de la que no hay nada rescatable a excepción de las rolas de los Beatles que acompañan algunas de las escenas.
Cuando no hay posibilidades de desarrollo de una crítica constructiva, entonces no vale la pena seguir enlistando una serie de fundamentos aunque estos justifiquen la crítica negativa de ciertos productos. Insisto en avanzar hacia acercamientos progresivamente centrados en el contenido como el análisis factorial de correspondencias. Cualquier situación de análisis puede ser tomada como crítica, y cualquier crítica, puede ser considerada como una denigración de la mirada del otro, en el espacio de las transformaciones sociales.