REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 08 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Roberto Bolaño (1953-2003) Caudillo infrarrealista


Roberto Bravo

Habían hecho suyos los versos de Huidobro y se sentían Cow-Boys que brotan en el crepúsculo y quieren saltar sobre el público intacto, pero en el fondo eran mininos juguetones que buscaban poner un poco de sal a un discurso literario que sentían como deber renovar y lo intentaron con toda la pasión de su juventud. Mortificaron su carne hasta que se perdieron en la nada a la que se llevaron, fieles a sus principios, el impulso juvenil de su visión del mundo. Pero no se fueron así nomás, tampoco dejaron un graffiti en el que delinearan su nombre, sino que levantaron un camino que cada uno después destruyó porque se dieron cuenta que no cabían en él. Sin embargo, en sus dos primeras publicaciones (Pájaro de calor, ocho poetas infrarrealistas y Correspondencia INFRA octubre/noviembre de 1977) aparecen sus retratos: Mario Santiago, Roberto Bolaño, José Vicente Anaya, Rubén Medina, José Peguero, Cuahutémoc y Ramón Méndez, todos con el pelo largo y teniendo La Casa del Lago de fondo. Era la época de volver a la Rayuela de Cortázar y las amigas jugaban a ser la Maga... [tuvieron] muchas Simonas de Beauvoir y Sartres de caricatura (José Vicente Anaya, “Los recuerdos no son de la Esperanza, Mirella”, Pájaro de Calor, México, 1976) se zambulleron en todas las trabas humanas de tal modo que la vida, como una película muda, empezó a moverse dentro de ellos. “A las dos de la mañana, recuerda Roberto Bolaño (Primer Manifiesto del Movimiento Infrarrealista, Correspondencia Infrarrealista 1), después de haber estado en casa de Mara, escuchamos (Mario Santiago y algunos de nosotros) risas que salían del penthouse de un edificio de 9 pisos. No paraban, se reían y se reían mientras nosotros abajo nos dormíamos apoyados en varias casetas telefónicas. Llegó un momento en que sólo Mario seguía prestando atención a las risas (el penthouse era un bar gay o algo parecido y Darío Galicia nos había contado que siempre está vigilado por policías). Nosotros hacíamos llamadas telefónicas pero las monedas se hacían de agua. Las risas continuaban. Después de que nos fuimos de esa colonia Mario me contó que realmente nadie se había reído, eran risas grabadas y allá arriba, en el penthouse, un grupo reducido, o quizá un solo homosexual, había escuchado en silencio su disco y nos lo había hecho escuchar.”
Del Movimiento Infrarrealista que pedía a los poetas que lo dejaran todo y se echaran un clavado en la existencia, murieron ya sus caudillos. Mario Santiago en 1997 y Roberto Bolaño el 15 de julio 2003. Aunque Mario fue de lo más activo, el orquestador de las pocas actividades formales del grupo fue Roberto Bolaño. La noche que convocaron para la lectura de su primer Manifiesto Infrarrealista en la Librería Gandhi, con lleno que desbordaba la sala, Ramón Méndez quiso participar sin estar en el programa y subió al estrado (improvisado) pedo y pasado a interrumpir a Roberto que se desgañitaba para hacerse escuchar del público. En aquel caos, aquella noche, parecía que el único interesado del grupo en que las cosas salieran bien era Bolaño, que con la autoridad con que lo invistieron los demás, una vez que lograron que Ramón bajara del escenario, lo expulsó del movimiento. A Ramón, por supuesto, no le importó su expulsión y textualmente mandó a chingar a su madre a todos.
Eran y son poetas. Se reunían en el taller de poesía de La Casa del Lago, allí los conocí, decían entre bromas y en serio (siempre reían pero eran sinceros), que a nuestro coordinador -un poeta que por esa época ya era actor, luego fue empresario y terminó de funcionario cultural- todo lo que leíamos le parecía excelente, porque comparaba nuestros textos con sus poemas. Misteriosamente un día cerraron La Casa del Lago “por remodelación”. Me enteré después que de una exposición de arte africano que se exhibía en las salas, se perdieron once máscaras y las autoridades universitarias decidieron cortar por lo sano.
Me frecuenté con ellos dos o tres veces más y los perdí de vista. Sin embargo, Roberto Bolaño que vivía por el mismo rumbo que yo (la colonia Industrial) iba a mi casa para platicar y tomarnos un café o un vino. La última vez que me visitó fue para despedirse porque se iba a Barcelona, debe haber sido el año 1977. Nunca más lo volví a ver.
Yo lo conocí como chileno expatriado por el golpe militar de su país, pero el día que me enteré de su muerte por los periódicos y por entrevistas de tiempo atrás que reprodujeron esa semana, leí que aunque se reconocía como de Chile, también se sentía mexicano y español. La cultura mexicana es fuerte, quien sea que se empape de ella por vivir en nuestro territorio queda marcado para siempre. En el especial caso de Bolaño, al leer ahora la novela que le dio fama, me doy cuenta que la mal llamada Literatura de la Onda, fue una influencia definitiva en su formación como escritor
Me despedí de Roberto esa mañana, y como dije antes, no lo volví a ver. Lo recuerdo hoy como era entonces: delgado, parecido a un Woody Allen joven, con el pelo al hombro, fumando, acomodándose los lentes, nervioso, con una inquietud sólo comparable a su curiosidad.
Su obra está formada por: Una novelita lumpen (Mondadori, 2002); Amberes (Anagrama, 2002); Putas asesinas (Anagrama, 2001); Los perros románticos (Lumen, 2000); Estrella distante (Anagrama, 1996); Tres (El acantilado, 2000); Nocturnos de Chile (Anagrama, 2000); Monsieur Pain (Anagrama, 1999); Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (Anthropos, 1999); Amuleto (Anagrama,1999); Los detectives salvajes, obra que le valió los premios Herralde de novela 1998 y el Rómulo Gallegos, 1999 (Anagrama, 1998); Llamadas telefónicas (Anagrama, 1997); Literatura Nazi en América (Seix Barral, 1996); Pista de hielo (Planeta, 1993); El gaucho insufrible (Anagrama), entre otros.
Según la prensa de entonces, y esto es importante: En el momento de su muerte, Roberto estuvo acompañado por su madre, esposa e hijos.