REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

De nuestra portada

Apuntes para volver a Goethe sin que se ofenda Cervantes


Julio César Ocaña

Johann Wolfgang von Goethe es uno de los más grandes poetas que ha dado la tierra.
Soy ajeno al chauvinismo y no me causa rubor decir que no prefiero a Paz por el hecho de ser mexicano, si en el mismo librero está Goethe que no lo es. Finalmente, los gentilicios son como el nombre: “Rauch und Schalle” (humo y cubierta, cáscara...) Lo esencial está en otra parte.
¿Cómo dijo aquel ilustre galo? “Soy un hombre, francés por casualidad”.
Tanto yerran los que buscan lo de más allá por el sólo hecho de serlo, como quienes prefieren lo de más acá, también por lo mismo. Y, ni modo, por anticipado suplico el perdón de los “patriotas”; lo prefiero a pedirles permiso…
Francés, italiano, mexicano, inglés o alemán, hombre al fin, Goethe fue creador de una maravillosa y expresiva obra literaria dotada de melódicos sonidos, repleta de imágenes efusivas que nos revelan la belleza de la naturaleza, la fuerza y la profundidad de los sentimientos. En su poesía, a veces tierna, a veces intempestiva y enérgica, resuena, retumba, repiquetea una imaginación terrible y la vasta riqueza del mundo espiritual del hombre (dígase europeo, americano, michoacano, guerrerense, o como quieran). A decir de algunos eruditos (yo no lo sé de cierto, lo supongo...), Goethe agotó todas las posibilidades de la expresión idiomática en su lengua.
Goethe pertenece a esa reducida casta de gigantes que han logrado materializar en su obra las experiencias espirituales de toda una época, como Homero el Mundo Antiguo, Dante la Edad Media, Shakespeare y Cervantes el Renacimiento, y León Tolstoi nuestro pasado joven. Cada uno de estos genios expresó, de la manera más bella y elocuente, lo que en su respectivo momento era lo más importante en la vida del hombre. No obstante, la importancia histórica de tales creaciones no se limita a ése su tiempo. En el pensamiento creativo de un poeta genial fluyen las aspiraciones espirituales, las esperanzas, las desilusiones, los altos vuelos, las precipitosas caídas -los altibajos- y las obras de muchas generaciones, pero no sólo de las anteriores a ellos, también de las futuras. Lo mismo vale para las casualidades espaciales. He aquí su universalidad. He aquí su inmenso valor, su trascendencia en el sentido estricto de la palabra. Goethe fue un poeta de su tiempo en cuya madurez vivió de cerca un acontecimiento de alcance mundial como lo fue la revolución francesa. La sed de transformaciones, la penuria de los catastróficos acontecimientos, la confusión del estado de ánimo social, las esperanzas traicionadas y la búsqueda hacia otros caminos para el desarrollo social, todo eso se refleja en su magna obra de forma muy especial, muy propia, única. Es verdad que el arte es otra cosa, siempre.
Un gran artista no es un cronista, no es un analista. Su importancia no depende de si describe los sucesos de una época o no. Él da vida al espíritu de su tiempo en figuras humanas, en temperamentos, en pasiones, en el ambiente espiritual típico del momento que recrea en su obra.
Cuando nos referimos a su figura como el poeta de la época de la gran revolución, de la revolución francesa, no debemos verlo de ninguna manera en un contexto o interrelación directa, inmediata, con semejante transformación política y social. Más aún, es de sobra conocido el poco aprecio que tenía el Genio de Weimar por las vías violentas para lograr las transformaciones sociales; lo cual, dicho sea de paso, no le impidió traer a colación el impulso revolucionario liberador del espíritu y al mismo tiempo desgarrador de las reaccionarias inercias feudales y de hacerlo, además, dotado de una impresionante fuerza expresiva. Los héroes de Goethe, sus personajes, son entes liberados de las limitaciones impuestas por los atavismos medievales; son libres de su estatus social, son libres respecto a la sociedad en su conjunto. Sus personajes son seres emancipados a tal grado que su personalidad entra en conflicto con el mundo real circundante.
La idea de la personalidad que le imprime el autor de Fausto a sus creaturas no es, en ningún caso, idéntica con los estrechos y limitados intereses de la burguesía. Más aún, partiendo del individualismo burgués, intenta unificar el sentido de la libertad individual con las formas posibles de una sociedad humana. Goethe era un heredero natural del ideal del humanismo renacentista, el sueño suyo era el del desarrollo multifacético, polícromo, integral y perfecto, de todas las condiciones y cualidades inherentes al ser humano. Me cautiva Goethe, más que Cervantes, más que Van Gogh, más que Mozart, Rulfo, Paz..., más que muchos creadores, porque tuvo la inteligencia (¿emocional?) y la audacia para hacer de su existencia ejemplo viviente de sus ideales. La sólida creencia de los hombres progresistas del siglo XVIII, en el sentido de que la erradicación del feudalismo sentaría las bases para el despliegue de la libertad absoluta, era una ilusión noble que conquistó el alma de muchos, que entusiasmó a todos aquellos que hicieron posible la revolución en Francia, como también a todos aquellos que en Alemania no fueron capaces de llevar a cabo la suya propia. El espíritu de cambio, la sed de transformaciones esenciales, era el pesebre común de donde se alimentaban el pensamiento filosófico y la creación artística. Ése fue el fundamento real sobre el que dio vida a una serie de figuras humanas maravillosas, a personalidades que aspiraban a la libertad absoluta en el fondo de sus inquietudes y de sus luchas cotidianas, de sus dramas y hasta de sus tragedias.
En este empeño consciente y sin tregua de sus personajes radica la esencia de su belleza y también de su grandeza. Esta tarea no le fue fácil a un hombre libre que vivía inmerso en un mundo atrasado y semifeudal, como lo era la Alemania de aquel tiempo; un imperio donde los hombres aún vivían prácticamente atados de pies y manos. Aquí radica entonces la contradicción principal en la vida de Goethe, misma que Friedrich Engels caracterizara de manera tan acertada con las siguientes palabras: “Su temperamento, su fuerza, toda su inercia espiritual lo remitían a la vida práctica, pero la vida práctica a su alrededor era miserable. En este dilema se movía: existir en una esfera de vida que él mismo no tenía más remedio que despreciar y no obstante saber que esa esfera de vida era la única en la cual podía autoafirmarse...”
Si mantenemos presente este hecho, habremos de reconocer la vida y la obra de Goethe como un acto de enorme heroísmo, un hecho heroico encaminado a superar la miserable vida que le circundaba.
Cuánta similitud, en esencia, con aquellos otros grandes universales -autor y personaje- de cuyos nombres hoy no quiero acordarme...