REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 08 | 2019
   

De nuestra portada

El capitalismo es una religión


Hugo Enrique Sáez A.

Hay que ver en el capitalismo una religión. Es decir, el    capitalismo
sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas
preocupaciones, penas e inquietudes a las que daban
antiguamente respuesta las denominadas religiones.
Walter Benjamin

Yo compartía sin ambages el desprecio de Voltaire por los siglos oscuros de la Edad Media, hasta que un teólogo de los oscuros años vino a iluminarme sobre la verdadera naturaleza y razón de las creencias en aquello que no perciben los sentidos. Así fue que una lectura minuciosa del Proslogion, escrito por san Anselmo para reafirmar la fe en su Dios, aunque no modificó mi orientación político-religiosa, sí me suscitó revelaciones esclarecedoras para entender modernas tendencias de culto a imágenes de objetos despreciables.
Primero una aclaración: lo sagrado sigue existiendo, aun fuera de las religiones. Entiéndase por sagrado 'aquella imagen que no se toca ni se puede tocar porque forma parte de mi identidad'. La imagen me pertenece y yo pertenezco a la imagen, como si fuera un escudo protector. Se genera en el espíritu del sujeto a esas imágenes un espacio sagrado inviolable. No importa la materialidad física con que se manifieste la imagen, sino su significado para el sujeto. En consecuencia, un insulto es violento porque afecta la imagen de lo que un individuo considera sagrado y despierta una reacción también violenta. El insulto profana el espacio sagrado y desencadena acciones de resguardo y agresión. Por lo general, la imagen de la madre es vulnerable si se pone en duda su práctica sexual atribuyéndole una especie de ninfomanía (¡hijo de tu puta madre!), agresión lanzada con absoluto desconocimiento de la situación real, y eso no importa. También la sátira hacia imágenes de una colectividad afecta a sus miembros, y el asesinato de los miembros del semanario Charlie Hebdo en París fue un atentado irracional practicado desde la ofensa.
Y se ha probado que quienes tienen el poder de las armas o de un cargo político o empresarial, o bien los dignatarios de una religión, son reacios al humor. En Argentina, hacia 1968, el general Onganía, presidente de facto, fue retratado como niño en la portada de la revista Tío Landrú. La situación del país era pésima, en particular la económica. La figura femenina dibujada con el gorro frigio de la patria comenta a un militar que está “preocupadísima” porque el niño se halla a punto de cumplir dos años y “no camina”. Un bebé ridículo con el bigote del presidente era el objeto de la referencia a que 'no camina', en realidad, su gobierno. La publicación fue clausurada por orden del petimetre funcionario usurpador de cargo en la Casa Rosada.
En suma, junto a las religiones que pululan en el planeta, el capitalismo se ha convertido en la religión que mayores acólitos reúne en la geografía universal. Y es una religión silenciosa que ni siquiera admite llamarse religión, pese a que funciona como tal. Su único dogma es la obligación de incrementar al máximo la producción de bienes y servicios, así como promover la adquisición de cuanto objeto inútil sale al mercado. Productividad y consumismo. Una religión que tiene su propia tierra santa en Disneyworld, sus catedrales en los shopping centers y sus parroquias en las pantallas (TV, computadora, celulares), donde se rinde culto a su imperio por medio de estrellas del espectáculo. ¡Cuidado! La entrega a ese culto farandulesco no es automática; desde posiciones políticas conscientes se puede resistir a la hipnosis de esas imágenes.
La inveterada costumbre de “dar un domingo” a los hijos, por mencionar un caso, configura un acto ritual pedagógico que yo calificaría como “bautismo en la religión capitalista”. El dinero así obtenido representa la posibilidad de intercambiarlo, dependiendo de su monto, por cualquier juguete agazapado en la imaginación del pequeño magnate. Un objeto rectangular de papel (si es de color verde, mejor) que no tiene una cualidad similar a otros papeles (en la hoja del cuaderno se escribe, un pliego de colores se destina a envolver un regalo) enciende una revolución en su mente y se instala en su deseo. Ha probado la hostia monetaria. De ahí en adelante, el ciudadano en ciernes tendrá la certeza de que no importa la materialidad que adquiera esa hierofanía llamada peso, dólar, euro, yen; se anunciará, como moderno ángel, en billete de papel, en moneda de metal, en tarjeta de plástico, en cheque, en onza de oro, en cuenta bancaria. Su poder trasciende la fragilidad del cuerpo corruptible en que se manifiesta. La pura cantidad de la denominación monetaria se transmuta en los más diversos objetos con cualidades muy concretas. La cantidad abstracta somete a las cualidades concretas.
Por encima de esas relaciones entre cosas que vinculan personas se halla una autoridad que garantiza el reconocimiento de ese valor por el banco central. “In god we trust” (lema inscrito en el dólar estadunidense) antes me había parecido una intromisión indebida de lo divino en asuntos terrenales. Sin embargo, ahora entiendo que se trata de otro dios que nadie ha visto pero que regula con diabólica maldad los intercambios sociales.
Analizando el argumento de san Anselmo se obtiene una muy atractiva definición de la divinidad aplicable más allá de la fe cristiana. En efecto, refiriéndose a su Dios el autor afirma que “creemos ciertamente que Tú eres algo mayor que lo cual nada puede pensarse.” Asegura que incluso el ateo (insensato, lo llama) “entiende” la idea de “algo mayor que lo cual nada puede pensarse”. Es decir, algo que se supone es lo máximo, encima de lo cual nada ni nadie se ubica; en otras palabras, la suprema perfección. Esa convicción se halla en el corazón y en el entendimiento de todos y por eso todos andamos entusiasmados en la búsqueda de algo que represente las máximas virtudes, el máximo poder, la máxima felicidad, sin que necesariamente sea uno de los dioses oficiales de cualquiera de las religiones. “Existe, por tanto, fuera de toda duda, algo mayor que lo cual nada puede pensarse, tanto en el entendimiento como en la realidad.” Yo no captaba al principio esa afirmación de que si era objeto de entendimiento tenía que ser al mismo tiempo una realidad efectiva. Después caí en la cuenta de una conducta muy generalizada de los humanos mortales: nos sentimos inclinados a buscar e identificar esa entidad superior a todas, con lo que cualquier ente artificial se convierte en un dios. Se comprende de esta manera por qué los patéticos concursos de belleza consagran, sin pestañear, a la “mujer más bella de la Tierra”. Hay, además, varios torneos simultáneos que invitan al culto politeísta deportivo, político, científico, de la moda. El misterio es que todos tenemos la inclinación (¿ineluctable?) a encontrar algo que represente la perfección: ya sea en la imagen impoluta del amor, o bien en ídolos de la música como los Beatles, o en los directores de cine como Buñuel, y en actrices como Marilyn Monroe. Todos ellos coronados por un nimbo inmarcesible e intangible. Coleccionar reliquias que nos acerquen a esos monstruos singulares representa el único recurso a mano: en lugar de transitar el camino de Santiago, visitar el lugar donde asesinaron a John Lennon, por ejemplo. De esta manera se sanciona la existencia de las estrellas del espectáculo en un espacio celestial tan inaccesible para el mortal humano como el rostro del Dios de la iglesia católica. En el capitalismo como religión se erigen monumentos a los dioses basándose en la estadística. Así, el ranking de las universidades del mundo incorpora la investigación y la docencia al territorio del espectáculo. ¡Una homogeneización humillante de la educación! Ser ateo de esa religión te encamina a la libertad.