REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Confabulario

Cervezas de verano


Edgar Aguilar Farías

Era un día de verano, el sol brillaba intenso sobre la ciudad de Madrid, y una onda cálida mantenía una temperatura de 28 ºC sobre la ciudad. Sin embargo las calles estaban vacías, todos los ciudadanos están trabajando en las fábricas pertenecientes a corporaciones chinas e hindúes, después que la Unión BRICS conquistara a la Unión Europea hacía menos de tres años y lo volviera un protectorado.
Un viejo con un mostacho encanecido caminaba torpemente ayudado por un bastón delante de lo que quedaba de la plaza de la Castilla, en el cual los restos de un avión F – 24 de la fuerza aérea española habían hecho un enorme cráter al estrellarse exactamente en el centro de las torres Kio.
Aquel anciano, se dirige a su viejo minisúper a varios metros de las “puertas de Europa”, donde hoy existen restos de vehículos militares y más allá de la calle, está la hilera de carros muertos, ruinas del pasado europeo, y entre todo ese caos la entrada del minisúper detrás de la carcasa de un carro cuyo metal está oxidado por el tiempo y ennegrecido por las viejas llamas que lo devoraran en tiempos remotos.
El señor mira para todos lados, esperando que no hubiera nadie cerca. No hay cámaras en esa zona de la ciudad, hoy abandonada, pero nunca se sabe quién puede estar de fisgón.
Un ligero viento mueve pedazos de papel y polvo resaltando la soledad del lugar, y dando confianza al antiguo tendero que nadie lo verá metiendo una llave en una de las puertas del esquelético carro. Se oye un crick pesado y el rechinar de unas bisagras oxidadas. Él entra agachando su cabeza y cierra la puerta antes de seguir adelante, hasta un hoyo en la reja de metal reforzado en el cual hay una cadena que la rodea y sostiene el pedazo faltante de la puerta. Toma el candado que cuelga en un extremo de la misma, inserta la llave y el pesado candado cae al piso, remueve las cadenas y empuja el pedazo de metal para poder pasar adentro arrastrándose difícilmente.
Se para en un espacio polvoriento de unos veinte metros cuadrados, en el cual los estantes antes acomodados para formar pasillos se encuentran arrumbados en la vitrina y parte de la puerta haciendo parecer desde afuera que el interior del viejo minisúper está lleno de metales retorcidos y que es inaccesible a cualquier otra persona que no conozca el truco de la entrada.
La luz solar apenas puede entrar por unos minúsculos agujeros que están dispersos por toda la estructura del lugar pero la poca luz da forma a las cosas de adentro.
Las sombras inciertas dominan ese viejo minisúper y para poder ver lo que busca el viejo se dirige a lo que era la caja y en ella se encuentra una lámpara minera de petróleo, el dueño enciende la lámpara y la coloca en el piso, no quiere arriesgarse a que alguien note la luz amarillenta de la llama aun cuando ésta se confunda con el intenso sol del exterior.
Al fondo de la tienda, sobreviviendo al desastre de la guerra, los refrigeradores antes llenos de bebidas y productos, ahora se encuentran ocultos y su interior es un secreto; ya negando su esplendor consumista, que hoy sin focos, se confunden con las grises paredes del recinto y para evitar llamar la atención tiene retazos de telas que cuelgan no solo del fondo de la tienda sino en todos sus muros y lo único que lo diferencia de las demás paredes es un ligero zumbido que producen los motores, prueba que todavía enfrían.
El viejo emboza una sonrisa al ver las telas colgadas y agarradas de las puertas todavía en su lugar, prueba que nadie ha entrado, como en los últimos tres años en que el anciano tomó sus precauciones para evitar los saqueos.
Camina en penumbras al fondo de su tienda y cuando está delante de una de las puertas la abre dejando caer las telas que cubren esa sección de los refrigeradores. Adentro una docena de envases de plástico con alimentos colocados en distintas cantidades entre los niveles de los estantes, todos en un orden cronológico que solo el viejo sabe.
El señor toma uno de los envases que se encuentra en el estante de más arriba, lo abre, lo olfatea por un segundo e ingiere el alimento refrigerado dentro para probar su sabor. Es bueno aun cuando está frío y lo mete en su mochila de tela negra, luego va a otra puerta y la abre. Adentro, los six de cervezas en lata se encuentran perfectamente colocadas para que alguien las tome. Más abajo, en el último nivel de los anaqueles un paquete de botellas de cerveza oscura se enfría y añeja.
El viejo ve el paquete de ocho cervezas en botella y piensa en su rico sabor. Su mente se remonta a tiempos en los cuales atendía jóvenes y viejos, burócratas y rockeros, hombres y mujeres, y como muchos venían por esa buena cerveza nocturna que alegra y hace olvidar las penas, juntando a los amigos y los amantes, provocando lágrimas cuando se recordaban los pesares de la vida entrada la noche y también, como es el caso, aminorando el calor con el líquido frío y amargo que se logra con la fermentación de la cebada.
El tendero se rasca la nariz recordando esos buenos tiempos evitando llorar, pero tendrá que aguantar y seguirá guardando ese líquido maravilloso como el vino más caro y sintiendo lástima al ser las últimas de su especie, pero su destino es que sean bebidas, y si algún día han de ser tomadas será en una fecha muy especial, reflexiona el viejo.
Así que toma un six de las cervezas en lata, la que se encuentra apartada de las demás. Lo pone en el piso y se ocupa de acomodar las telas que cubren las puertas, tal y como estaban cuando llegó.
Sale apagando la lámpara y colocándola en su sitio, luego borra sus huellas en la entrada camuflajeada de chatarra y afuera el calor no aminorado y las cervezas frías sudan al igual que el viejo ante los rayos solares. Camina lo más rápido posible y entra en una calle donde las ruinas de los altos edificios hacen sombra y así evitar al sol de verano.
Camina nervioso con el six en su mano libre en una calle principal y después de unos metros oye a la distancia las orugas de un carro brindado.
Aquel señor no puede correr y resignadamente se queda parado a un lado de un poste esperando. Mientras en la esquina doblando hacia la calle principal un tanque MBT – 2002 de construcción China le cierra el paso.
Un capitán chino en uniforme de manchas verdes, y sentado en la torreta del tanque ve al señor y rápidamente da órdenes de detenerlo. El tanque solo vira y se dirige con gran rapidez hasta donde se encuentra el anciano con el six. El tanque aparca a un lado del viejo y dos soldados hindúes que estaban sentados en la superficie del tanque bajan y lo toman de ambos brazos para evitar que escape o intente otra cosa.
El oficial chino ve con desprecio al español quien lo ve inexpresivo, como si no fuera nadie importante, luego le dice algo en su idioma y un soldado que lo tiene capturado le traduce al viejo.
-El Oficial Huaw quiere una identificación
Ese soldado le suelta el brazo y el señor saca de su bolsillo una credencial con su foto y datos personales, así como un chip inteligente como las tarjetas de crédito.
El soldado hindú le arrebata el plástico y se lo pasa al oficial superior, pero solo la ve de reojo, levanta la vista y grita algo en chino.
-Dice Huaw que a dónde llevas las cervezas -tradujo el hindú.
Aquel hombre de edad le responde que se dirigía a su casa y allí aliviar el calor del verano con las cervezas. El oficial al oír su contestación ríe ligeramente, le arroja a su cara su identificación y con gritos en chino y el dedo levantado gira órdenes a su subalterno este mueve ligeramente la cabeza y luego el soldado hindú tradujo con una sonrisa en su rostro.
-Dice Huaw que tus bebidas son confiscadas, así que entrégalas.
El viejo resignado levanta el brazo y un soldado que se asomaba por una escotilla del tanque le arrebata el six. Entonces el mismo soldado saca las cervezas de los arneses de plástico que las sostienen y la primera se la da a su superior y el resto se las va pasando una a una a cada miembro del tanque. Y perversamente se las toman frente al viejo, a quien no parece importarle.
Huaw lo mira extrañado, pero la cerveza es tan rica y fría que poco le importa. Al acabárselas es Huaw quien aplasta su envase de aluminio y lo tira a los pies del señor y le grita algo señalándolo.
-Dice… el… Huaw que dónde las tenías escondidas, pues están frías… -estaba traduciendo el soldado, cuando las palabras ya no pudieron salir de su boca.
Todos los del tanque, empezaron a agarrarse las gargantas y pronto el aire les empezó a faltar. Huaw se estaba ahogando; todos los conductos de su cuello se estaban comprimiendo como si una mano invisible lo estuviera estrangulando. Trató de sacar su pistola y matar con ella al maldito europeo que seguramente lo había envenenado, pero éste callo desde la torreta antes de desenfundar, azotó en el piso su cabeza donde acabó su vida a falta de aire en sus pulmones.
El viejo al ver aquel chino muerto lo pateó con su pie bueno y con ello confirmó que estaba muerto.
Luego de entre las ruinas una docena de muchachos salieron de distintas partes y rápidamente les quitaron las armas a los soldados muertos, al igual que sus uniformes, extraen el combustible del tanque y roban todo lo que tuviera valor. El viejo solo levantó su credencial y el sostenedor de plástico del six de cervezas para guardándoselo. No quería dejar evidencia que pudiera señalarlo como culpable, aun cuando no le importara morir por su patria.
Se alejó, al igual que los chicos con todo lo robado y mientras se alejaba pensó, “que dios me perdone por este horrible pecado. Ponerle veneno a unas cervezas es verdaderamente una blasfemia, pero dios es misericordioso y sabrá que no tuve opción, esos cerdos no beberían nada que viniera de las manos de un hombre blanco a no ser una cerveza helada”.
Aquel viejo tendero se perdió entre las ruinas con un único pesar, no haber sacado otro six para el calor del verano en la Madrid ocupada.