REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

Corrupción e inseguridad enferman al Perú


Francisco Carranza Romero

El Perú es un cuerpo enfermo por el efecto de dos terribles virus: corrupción e inseguridad, salidos del mismo manantial: el egoísmo. Esta afirmación no es ninguna novedad porque Manuel González Prada ya dijo: 'En el Perú donde se pone el dedo salta la pus'.
La corrupción implica la existencia de dos elementos: corruptor (agente) y corrupto (pasivo). Pero el corrupto también se vuelve agente por transmitir el mal. El corrupto-corruptor es quien se aprovecha de otros, a buenas o a malas, para enriquecerse. Con el dinero adquirido, legal o ilegalmente, destruye la honestidad de las autoridades civiles, militares y religiosas. Somete a todos para escalar posiciones. Don Francisco de Quevedo y Villegas ya lo decía en el siglo XVII: “Poderoso caballero es don dinero”.
Algunos corruptos y corruptores, después de provocar la inseguridad; organizan compañías de seguridad para “brindar la seguridad” a sus víctimas. A mayor corrupción, más inseguridad; a mayor inseguridad, más necesidad de empresas de seguridad. Y la cadena continúa…
El resultado sicológico de la inseguridad es la desconfianza, un estado de temor ante otro. Es la vulnerabilidad individual que después se convierte en vulnerabilidad compartida. Nadie confía en nadie. Ni los policías son símbolos de seguridad y confianza para el ciudadano común.
Algunos estudiantes de la Universidad Nacional Agraria La Molina que volvieron a Lima después de una temporada de estudios en Corea, en una reunión académica, contaron que muchas veces se habían perdido en Seúl pero que no habían tenido miedo de que les pasara algo malo. Pero, perderse en Lima -comentaron sonrientes-, especialmente en algunos barrios, puede significar perder lo que se lleva y hasta la propia vida. Y algunos agregaron: No solamente en Lima sino también en Chimbote, Trujillo, Chiclayo…
Desgraciadamente, el mal ya está generalizado. Los altos funcionarios y los de abajo engañan y roban. Los de arriba, aunque roben mucho, no son fácilmente capturados; y si van a la cárcel salen pronto por tener abogados y jueces a su servicio. Los de abajo son capturados y van a la cárcel por no tener dinero suficiente para los abogados y jueces, pero pueden salir libres con indultos especiales. Los jodidos son los que no pueden defenderse.
La solidaridad y la reciprocidad son valores que todavía quedan en la zona rural. Pero, cuando los migrantes de la zona rural llegan a la ciudad, ésta los modifica negativamente: la solidaridad y la reciprocidad son reemplazados por el individualismo. Aquí están algunos principios erróneos que se oyen en la ciudad: Sálvese quien pueda; Sube aun pisoteando a los demás, pero sube; El vivo vive del sonso y el sonso, de su trabajo (dos versos de un huayno ancashino); Si para vivir tienes que matar, mata. Estos ciudadanos modificados por la ciudad, acriollados, cuando regresan a sus pueblos llevan las nuevas malas conductas.
¿Solución? Algunos pragmáticos piensan que la solución está en más policías y más empresas de seguridad. Pero, a nuestro parecer, esta medida inmediata es sólo disuasoria y no la verdadera solución. Es un analgésico que sólo sirve para calmar, pero no cura porque no se investiga la causa del mal.
La solución, aunque mediata, es la educación. Este proceso de enseñanza y aprendizaje comienza en el hogar donde se nace, dura toda la vida y queda como herencia cultural después de la muerte. En la educación todos participan directa o indirectamente porque educarse es aprender a pensar; no es sólo aprender a decir y a actuar. Se dice y actúa bien cuando se piensa bien. Con esta lógica, la sociedad que da importancia a la educación tiene menos corrupción y su ambiente es de mayor seguridad y confianza. La sociedad no sólo debe pedir educación, tiene que aprender a dar la educación.
La inmediata pregunta es: ¿Acaso algunas autoridades corruptas no son egresadas de centros de estudios superiores? Sí, pero la acumulación de los datos cognoscitivos no significa la adquisición de los valores éticos y espirituales. Los valores humanos se adquieren en el hogar, en la calle, en la escuela, en los medios de comunicación y en todo lugar. Todo el ambiente donde vive el ser humano es la verdadera escuela. La mejor riqueza es la cultura. El mejor capital de un país es su pueblo educado.