REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Jules Vallés, un libertario


Jorge Semprún

En algunos de los momentos más intensos de la Francia portavoz de la revolución, la democracia y la libertad, vivió un escritor osado y por completo luchador social: Jules Vallès, 1832-1885. Estuvo en las barricadas proletarias en La Comuna, no dejó de escribir libros y artículos, páginas literarias y páginas revolucionarias. Las escuelas le parecían una cárcel por sus anacronismos y fue perseguido por los tiranos y sus policías y soldados. Fue obligado a refugiarse en otros países, pero nunca lograron derrotarlo.
Vio a la literatura y al periodismo como un arma de liberación y así los trabajó al mismo tiempo que luchaba en las calles y enfrentaba a los enemigos de la revolución. Fue un luchador por naturaleza. En una de sus obras más conocidas, El niño, Vallès recurre a la autobiografía para no sólo señalar su postura ideológica y sus diarios combates, sino para hacerle al sistema imperante críticas demoledoras. Elogiado largamente por Emile Zola y Jorge Semprún, es recordado por sus inquietudes intelectuales y políticas desde niño. El propio Jorge Semprún, escribió que Jules Vallès fue el escritor que mejor supo representar a los movimientos insurreccionales. No hubo una lucha justa en la que no participara de forma activa. Fue un modelo a seguir en Francia y en otros países europeos. Fue, por añadidura un hombre culto, brillante, de una prosa audaz, como lo fueron sus acciones guerreras.
Jules Valles es un escritor revolucionario que en estos tiempos agitados vale la pena leer y releer.


El Búho


Prólogo al libro El niño de Jules Vallès
Literatura y revolución
Jorge Semprún


1

Hay un texto de Vallès, perdido, tal vez incluso olvidado, entre los centenares de páginas de su obra de periodista, de cronista, que explica lo esencial, me parece. Lo esencial: su pasión de escritor, de hombre de acción; su estilo de vida; que explica a Vallès, en fin de cuentas.
Se trata de un breve artículo, cuyo título tiene resonancia, ya se verá: L’Affiche rouge, o sea El cartel rojo. Lo escribió Vallès el 7 de enero de 1884, un año antes de morir. Lo publicó en su periódico, Le Cri du Peuple y nunca mejor empleado semejante posesivo: su periódico, sin duda, realmente suyo, tantas veces fundado otras tantas multado, suspendido, prohibido, a lo largo de los años, por el Imperio del Tercer Napoleón, por los gobiernos de la Tercera República burguesa. Obsesión de toda una vida, ese grito del pueblo de Jules Vallès, cuyo momento culminante, cuya más alta y bronca voz, coinciden con el momento y con las voces de la Comuna de París.
En ese texto, nostálgico, pero sin desesperanza, Vallès recuerda, con motivo de un aniversario, un cartel en forma de proclama que fue pegado en todos los muros de París, el 6 de enero de 1871 —día de la Epifanía, si no recuerdo mal antiguos calendarios— y ha pasado a la historia con ese nombre, precisamente, de cartel rojo.
Aclaremos las circunstancias en que se lanzó dicha proclama.
Los ejércitos imperiales de la dulce Francia —dulce y corrompida como un fruto pocho; como los banqueros y capitanes de industria de aquellos decenios de acumulación extensiva de capital—, los imperiales ejércitos del tercero y diminuto Napoleón habían sido derrotados. En el París asediado por los prusianos —aquel mismo 6 de enero de 1871 comenzaba el bombardeo artillero de la capital— pugnaban por adquirir la hegemonía las fuerzas revolucionarias y las conservadoras. En aquella confusa situación, en aquel hervidero social, el Comité central de los veinte distritos de París, organismo coordinador de los «clubs» y corrientes radicales (republicanos de izquierda, internacionalistas, blanquistas, etc.) decidía dirigirse al pueblo, llamándolo a luchar, y encargaba la redacción de una proclama o cartel a un grupo de cuatro militantes, entre los cuales Jules Vallès.
(¿Los otros tres? Uno fue Tridon, blanquista, nacido en 1841, abogado y escritor, condenado bajo el Imperio a la cárcel y al exilio, elegido por la Comuna en el quinto distrito de París, muerto en Bélgica, de tuberculosis, el 29 de agosto de 1871. Otro fue Leverdays, miembro del mencionado Comité de los veinte distritos. Y el tercero fue Edouard Vaillant, ingeniero, médico y doctor en Ciencias, amigo de Blanqui, miembro de la Internacional; elegido por la Comuna en el octavo distrito de París, delegado de Instrucción pública y promotor, durante el período de la Comuna, de una reforma democrática de la enseñanza primaria y superior; refugiado en Inglaterra, después de las jornadas de mayo, y finalmente, partir de la amnistía, consejero municipal y diputado socialista de París.)
No vamos a discutir ahora la opinión de Vallès, según la cual ese Comité de los veinte distritos y ese cartel rojo del 6 de enero de 1871 se encuentran, decisivamente en la raíz histórica del movimiento de la Comuna. Nos interesa aquí algo mucho más personal, algo íntimo. Y es que, al recordar cómo se escribió, trece años antes, día por día, aquella proclama, al recordar sus últimas palabras: « el poder al pueblo! ¡Todo el poder a 1a Comuna!», Jules Vallès añade textualmente: «A pesar del tiempo transcurrido, después de la derrota, después del exilio, sigo colocando por encima de todas mis alegrías de escritor la honra de haber colaborado en la redacción de un cartel de cincuenta líneas que anunciaba el gran drama social.»
A eso íbamos, a este juicio de Vallès sobre su obra, su vida, que lo retrata de cuerpo entero. No puede, en efecto, sernos indiferente saber que a la hora de ajustar las cuentas consigo mismo, este escritor que ha luchado brazo partido toda su vida con la materia literaria; que ha tardado decenios en dominarla, en darle forma a su obra maestra —la autobiografía novelesca de Jacques Vingtras, de la cual L’Enfant constituye la primera parte— tantas veces esbozada, abandonada, modificada; la hora de establecer un balance (todo lo subjetivo que se quiera, pero sin duda decisivo, por lo que tenga de esclarecedor, bajo su formulación aparentemente paradójica, en todo caso tajante), Vallès considera que su anónima participación en un efímero —histórico— cartel se sitúa por encima de todas sus alegrías —y todos sus sufrimientos, aunque olvide mencionarlo— de escritor.

2

Llegamos a este punto, y aunque parezca un rodeo (ya se verá que no tanto, que nos ayudará a penetrar en significado de tan tajante formulación de Vallès), tal vez convenga abrir una serie de paréntesis, dejar que se dispare y desate la imaginación, en una sucesión o montaje de iluminaciones.
¡Vamos! Iluminaciones: de inmediato surge, un tanto irónica, enigmática, en la margen del encuadre imaginativo, la figura de Arthur Rimbaud, suscitada por esa sola palabra. Podría parecer una asociación que obedeciera a mecanismos culturalistas y estetizantes, o a una retórica traída por los pelos, pero no, porque Rimbaud, aunque no haya sido, a pesar de ciertas mitografías persistentes, combatiente de la Comuna al igual que Vallès, fue sin embargo su poeta, y lo fue hasta el punto de que toda la historia crítica de la literatura francesa invierte los términos del problema, cuando se pregunta por qué Rimbaud dejó de escribir, por qué emigró al África —¡como si hubiera que buscar no se sabe qué misteriosas o imperiosas razones para dejar de escribir, como si dejar de escribir no fuese lo más natural, lo más fácilmente explicable!— cuando el verdadero problema consiste más bien en saber por qué el frío y aburrido poeta parnasiano, provincial, que era el adolescente Rimbaud, deja súbitamente de serlo, al enfrentarse su vida, su poesía, con el prodigioso acontecimiento de mayo de 1871.
Y ya que estamos en esto, otra asociación o iluminación: no hay más remedio que recordar a Lautréamont, desaparecido en vísperas de la Comuna, dejándonos como último mensaje aquello de que «la poesía debe ser obra de todos, no de uno». Con lo cual volvemos a Vallès, a su anónima participación en un cartel o proclama, poética «obra de todos», voz popular, o sea espontáneo estallido de una voz que está a la busca de nuevas estructuras de lenguaje y de acción.
(Todo esto nos lleva a reflexionar sobre la opinión de Henri Lefebvre, que dice en su ensayo acerca de la proclamación de la Comuna: «Esa bohemia literaria, esa intelligentsia de desclasados, ha producido tres escritores geniales: Lautréamont, Rimbaud, Jules Vallès. Más un pintor de primer orden: Courbet. Dicho grupo social, coherente en su incoherencia, ha llevado el romanticismo revolucionario hasta su inserción no sólo en el lenguaje y en el discurso, sino también en la praxis.»
Problema crucial, éste al que Lefebvre alude, al hablar de «bohemia literaria», de «intelligentsia de desclasados», en el preciso contexto de la revolución parisina de 1871, y que, en su forma más universal, es el problema de todo grupo social de escritores, en los momentos de la revolución: o sea, de la transición de un orden social a otro; o sea, del desorden. Y es que, en efecto, toda la experiencia acumulada desde la Comuna de París, desde que ésta abre y prefigura el ciclo de las revoluciones modernas, hasta ahora frustradas, demuestra que la función del escritor revolucionario es esencialmente crítica, negativa; que su misión consiste en alterar el orden público, en provocar desórdenes creadores —más o menos, según su talento— en todas las estructuras del pensamiento, del lenguaje y de la moral hasta entonces dominantes. De ahí que el escritor revolucionario ni surja de la nada, ni proceda generalmente de la clase social históricamente determinada a revolucionar el orden social, con toda la relatividad, la ambigüedad incluso, la azarosidad en todo caso, de las determinaciones históricas. El escritor revolucionario de los momentos de transición, los fabulosos momentos de desorden creador a todos los niveles sociales e ideológicos, se ha ido formando generalmente en el seno de la antigua clase dominante, en la subversión contra ésta, a lo largo de un proceso que le convierte en «desclasado» y que le permite anunciar, aunque sólo sea utópicamente, negativamente, los nuevos valores culturales y estéticos en confusa gestación. Así, de la «bohemia literaria» del Segundo Imperio surgen los escritores que, de forma directa o mediatizada, mejor expresan las aspiraciones profundas de la Comuna de París: Lautréamont, Rimbaud, Vallès. Así, de la «bohemia literaria» de 1os últimos años del zarismo, surgen en San Petersburgo en Moscú los escritores de la revolución de 1917.)
Iluminaciones, decíamos.
Estallidos de imágenes o imágenes que estallan en su espontáneo despliegue, su hacer y deshacerse.
Primero, esa imagen del cartel rojo de Vallès, pegado en los muros de París un día de enero de 1871 —el de la Epifanía— mientras la artillería prusiana comienza a bombardear la ciudad. Los carteles, letreros, proclamas y «graffiti» —o sea, grafismos de la espontaneidad revolucionaria que se hace consciente de sí misma y al hacerse así rebasa sus propios límites espontáneos y se dan nuevas estructuras de lenguaje y de acción— que van a recubrir los muros de la capital, hasta las jornadas de mayo y la semana sangrienta.
Pero decir jornadas de mayo provoca un nuevo estallido de imágenes: las de otro mayo mucho más próximo, un siglo —casi un siglo— después de la Comuna, cuando los muros de la capital de Francia volvieron a cubrirse de letreros, en 1968. Prodigiosa explosión de consignas poéticas, de brevísimas odas morales, en las cuales se expresaba la anónima espontaneidad revolucionaria, utilizando y popularizando de golpe el material semántico e ideológico que habían ido elaborando las más recientes «bohemias literarias» del surrealismo y del situacionismo, al margen de la clase dominante y en subversión contra ella.

SEAMOS REALISTAS, PIDAMOS LO IMPOSIBLE.
PODEMOS ESTAR TRANQUILOS: DOS Y DOS YA NO SON CUATRO
PRO H IBIDO PRO H IBIR.
BASTA DE TOMAR EL METRO, TOMEMOS EL PODER

Y, ciertamente, el poder no se tomó, pero sí la palabra.
No puede extrañarnos, por tanto, que un escritor tan culto —he estado a punto de decir «culterano»—, tan sutil y complejo, tan escritor, en suma, como Julio Cortázar, haya sentido la necesidad de incorporar algunos fragmentos de esa espontaneidad revolucionaria del último —por ahora— mayo francés, en un largo poema que publicó la revista Casa de las Américas, y en el cual se expresa:

«la certidumbre de que mayo
puso en el vientre de la noche
un semen de canción de antorcha la llamada
tierna y salvaje del amor que mira hacia lo lejos
para inventar el alba el horizonte»,

y que termina con el texto de una inscripción aparecida en la Sorbona: DURMIENDO SE TRABAJA MEJOR: FORMAD COMITÉS DE SUEÑOS.
Así, a primera vista, a golpe de ojo burocrático, esa inscripción puede parecer anarquizante, o utópica, o surrealista, pero tiene mucho que ver, en profundidad, con las tesis de Paul Lafargue, en su panfleto sobre El derecho a la pereza, y con una frase del propio Marx, demasiado olvidada, y según la cual «no se trata de liberar al trabajo, sino de suprimirlo», o sea de transformarlo en necesidad del vivir y no del desvivirse.

3

No se imagine nadie que hemos perdido el hilo; al contrario, vamos atando todos los cabos, anudándolos. No se imagine nadie que poner, con un siglo más o menos de distancia, a Julio Vallès y a Julio Cortázar frente a frente sea puro juego, mera especulación, tal vez espectacular. Al contrario.
Se trataba de comprender por qué Vallès ponía «por encima de todas (sus) alegrías de escritor la honra de haber colaborado en la redacción de un cartel de cincuenta líneas», anunciador de la Comuna de París. Como todas las formulaciones en que se expresa una vivencia apasionada, ésta es tajante, no parece tener vuelta de hoja. Y es paradójica, también. Porque Vallès, hombre de acción, combatiente de la Comuna, emigrado político, periodista polémico, nunca ha dejado de ser escritor, nunca ha dejado, en la práctica, de colocar su vocación de escritor, sus exigencias de escritor, «por encima» de todas sus demás exigencias y vocaciones.
«El escritor», decía un joven filósofo alemán llamado Marx, allá por los años cuarenta del siglo XIX, «no considera en modo alguno sus obras como medios. Son fines en sí, hasta el punto de que el escritor está dispuesto a sacrificar su existencia a la de aquéllas, cuando se tercie...». A Vallès, en todo caso, esta definición le conviene perfectamente. De hecho, sacrificó su existencia a la existencia de su obra (y entiéndase esta última palabra sin solemnidad, sin el endiosamiento irrisorio de las tertulias de geniales desconocidos; entiéndase como expresión de la desesperada soberbia de todo verdadero creador). Y la obra de Vallès, no medio, sino fin en sí, es la biografía novelesca de Jacques Vingtras, cuyo tercer y último volumen, El Insurrecto, no fue publicado hasta después de su muerte.
Como escritor, Vallès ocupa ciertamente un lugar específico en la literatura francesa del siglo XIX. No sólo por su contenido, bastante insólito en el paisaje de la gran corriente realista que domina en la novela francesa del siglo pasado, y en la cual se esfuman las convulsiones que transforman la sociedad francesa, de 1830 a 1871, y que aparecen tan sólo en el trasfondo, indirectamente, en un juego de espejos y de reflejos ideológicos. No sólo, ni siquiera principalmente, porque dichas convulsiones sociales constituyen la trama misma de la empresa novelesca de Vallès. Sino también, y más aún, porque éste es uno de los escritores que —por su propio estilo, por su tratamiento de la materia literaria— más resueltamente han desbordado los límites del naturalismo. De ahí que la estructura narrativa de los libros de Vallès nos parezca tan moderna —independientemente del carácter, históricamente determinado, inevitablemente fechado, de ciertos recursos retóricos o semánticos—; de ahí que su realismo nos parezca, aún hoy, tan rico en imágenes actuantes: tan cinematográfico, para decirlo pronto y bien.
Pero volvamos, para concluir, a ese cartel rojo de 1871, que inspiró y dio su título al artículo de Vallès ya mencionado (título que tiene resonancias, habíamos dicho al comienzo de este prefacio. Pues bien: L’Affiche rouge, así se intitula también un poema de Aragon, en que se celebra la memoria de un grupo de combatientes extranjeros —armenios, polacos, húngaros, y un español Alfonso— fusilados por las fuerzas de ocupación durante la resistencia antinazi en Francia; cartel rojo que fue pegado por los alemanes, con los retratos de aquellos extranjeros, en todos los muros de París, para infundir temor).
Cuando Vallès coloca, por encima de todas sus alegrías de escritor, la honra anónima de haber redactado un cartel revolucionario, de hecho está demostrándonos que ha sido víctima de un espejismo. Se trata de un fenómeno habitual, hasta diríamos que necesario. En todo caso, inevitable. Se trata de que todo escritor revolucionario, para ser realmente lo que pretende ser, tiene que decidirse algún día por esa fusión de su personalidad en una empresa colectiva. Tiene que arriesgar su obra poética de uno en la obra de todos, como anunciara y deseara Lautréamont. Tiene que negarse a sí mismo como escritor para poder seguir siendo escritor. Y revolucionario. Porque la íntima contradicción de todo escritor como Vallès (y aquí pueden ponerse otros nombres: Maiakovski, por ejemplo), la contradicción que late en el fondo de toda su actividad, y que la determina en última instancia, es ésta: sus obras son fines en sí, pero necesita ponerlas al servicio de algo colectivo (el pueblo, la clase, la revolución). La primera exigencia lleva implícitos todos los peligros del hermetismo, de la automistificación de la tan traída y llevada «torre de marfil». La segunda —y la historia lo ha demostrado hasta el hastío— lleva implícitos todos los riesgos, mortales, de la burocratización, de la mediocridad. Y es que, después de las revoluciones, cuando éstas triunfan —y Vallès escapa a ese destino, ya que la Comuna fue derrotada— vienen los tiempos de los congresos de escritores, los tiempos de lo «positivo» y lo «negativo», de lo «sano» y lo «malsano», de lo «nacional» y lo «cosmopolita», y así sucesivamente. Después de los tiempos de Maiakovski vienen los tiempos de Zdanov: hasta hoy no conocemos otro camino.
Espejismo, decíamos. Pero sin semejante espejismo no ha habido ni habrá literatura revolucionaria. Mejor dicho: puede haber revolución de la literatura, pero no habrá literatura de la revolución.

*Tomado de Jules Vallès, El niño. Prólogo de Jorge Semprún. Alianza Editorial. 333 Pp.