REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 10 | 2019
   

Confabulario

Una historia para Adrianita


Francisco J. Carmona Villagómez

Esta mañana Adriana, mi hija de 12 años de edad, me preguntó con impaciencia…
¿Papá, cómo explicar la democracia en nuestro país?, y luego enumeró una serie de argumentos que me dejaba sin posibilidad de dar un paso en falso, haciéndome sentir como si se tratara de un angostillo sin salida…, a ti, me dijo, te gusta siempre hablar de ello en medio de comidas familiares, empiezas con voz quedita y terminas vociferando y mentando madres entre consignas contra el mal gobierno; por teléfono, cuando conversas con tus amigos, siempre mencionas a la democracia para persuadir, como si se tratara de una palabra mágica o del arcano de mayor valor en la tirada del tarot, como si intentaras convencer a una serie de seres inanimados que se trasladan por el cableado a varios kilómetros de distancia, creyendo que tienes muchas ideas en la mente que compartir y desearas que te escucharan en el Parnaso o desde la tribuna del Congreso de la Unión; y reiteradamente la utilizas cuando escribes en tu página de facebook o cuando escuchas los noticieros de la mañana.
Pareciera raro, pero, es cierto, la simple mención de la democracia se ha vuelto un hecho cotidiano en nuestros días, como si se tratara de una cápsula que reiteradamente ingerimos por las mañanas cuando nos duele la cabeza, o fuera esa poderosa vitamina para trasportarnos en un suspiro de la Grecia antigua a los cantones suizos y la asamblea universitaria de la UNAM, ya sea polemizando por su carencia, por sus recurrentes desencantos o por la necesidad de razonarla con mayor detenimiento, como si se tratara de un instrumento artesanal que debe cuidarse y valorarse para evitar que se destruya, se manipule o desvirtué por los demagogos.
¿Pero cómo decir que es una idea?, ¿cómo expresar que es una forma de vida?, ¿que es algo para volvernos más humanos al momento en que decidimos dejar de azotar el puño sobre el tablero de las decisiones, cuando decidimos dejar de ser gorilas para –con calma– creer que se pueden atender las cosas dialogando y expresando razones?, que es la expresión más completa de nuestras libertades, que es la única posibilidad del “derecho a tener derechos”, como nos aconsejara Hannah Arendt para defender lo más íntimo y sagrado de nuestra propia vida, porque sobre esta noble palabra se funda un cúmulo de dignidades, esfuerzos y luchas históricas de millones de personas de carne y hueso, con profundas debilidades, pero con la posibilidad de transformar las promesas en una mejor visión de futuro, construyendo instituciones en el ánimo de personas iguales, con sentimientos, vocaciones y necesidades materiales que se deben satisfacer para poder ser felices.
Eso es…, el fin de la democracia es la posibilidad de ser felices…, elegir participando, aceptándonos como somos, respetando nuestras diferencias, comprendiendo y sintiendo que entre el tú, el yo y nosotros, se construyen naciones, herederas de los ilusiones de nuestros abuelos, de sus pesares y esfuerzos, con la filosofía gradualista de crear cosas pequeñas pero realizables, y abandonar los excesos, las cuentas de cristal y las simulaciones que en la fastuosidad del megalómano, sólo han justificado el abuso sobre los derechos de los demás, para sólo redituar beneficios personales para el embaucador y sus aliados.
Por eso, democracia es ante todo rendición de cuentas, la posibilidad de revertir el mal uso del poder de nuestros representantes, sentarse en el banquillo de las responsabilidades, exigir el cumplimiento de la ley, dividir el ejercicio del poder…, porque, poder inmenso y personal, puede desvirtuarse en enorme componenda y corrupción, que se vuelve monumental e incontrolable cuando el mandatario se vuelve doblemente estúpido e insaciable, cual lobo que se lame sus heridas más profundas en la soledad de su egoísmo.
También es ser conscientes de nuestro tiempo, de la dificultad y los retos que encara el momento que nos tocó vivir, las amenazas y las fortalezas, pero valorando en primer término nuestras oportunidades…, las de todos sin escatimar en el nosotros.
La distinción de los contextos que nos hacen únicos, que generacionalmente nos vuelven críticos y a la expectativa de mejores estadios para nuestras familias, creyendo, sobre todo, que bajo el cobijo de sociedades democráticas están a salvo nuestros derechos y libertades, pero, sobre todo, concibiendo que sólo logrando un mayor consenso se puede proteger de mejor manera la integridad de nuestros semejantes, arrebatándole los colmillos a los lobos de los que habla Hobbes en el páramo demoniaco del hombre en su naturaleza más vil y deshonrosa.
Por ello, democracia es solidaridad y repudio a quien violenta la vida o los derechos de las personas, aún en nombre del Estado, de los gobiernos o del estéril monopolio del uso de la fuerza, cuando ésta carece de la más mínima racionalidad o se ejerce en beneficio de intereses mezquinos.
Entonces cerré los ojos y por mi mente pasaron varios retablos, algunas escenas de la historia, como la toma de la Bastilla, los memorables discursos de Abraham Lincoln o Francisco I. Madero, otros hechos más cotidianos que recogen las editoriales de los periódicos, o los estudios de los teóricos de la ciencia política…, todos ellos hechos tiras de papel en medio de la selva agreste de la naturaleza humana.
Sesudos ratos de idealismo que buscan desmadejar sus propios sueños y remediar con ellos una realidad obscura y ocre que deambula a diario por la geografía de nuestro país, desde la intranquilidad o el marasmo de una vorágine de acontecimientos, sobre los que no podemos tener el más mínimo control…, es como si los tiempos violentos por los que atraviesa el México de nuestros días, se asemejara al juego suicida de la ruleta rusa, en el que hay un solo casquillo de salva en el revólver.
¿Qué diría Norberto Bobbio de nuestro México profundamente desigual y polarizado? ¿Cómo justificaría Leonardo Morlino o Alain Touraine las debilidades institucionales de nuestro país, la falta de calidad de nuestra eterna transición democrática?, ¿cuál sería la visión realista de Adam Przeworski y Gianfranco Pasquino, frente a la incompetencia de nuestras reglas y el abuso de las élites que gobiernan nuestro país?, ¿cómo seguir simulando, cuando desde el poder se justifica la cultura corruptora del mal uso del poder?
Seguramente esa sensación de impotencia, sería la misma que sentimos miles de espectadores cuando Oliver Stone, recrea el asesinato de JFK, o cuando observamos a plena luz del día el asesinato de Luis Donaldo Colosio, o peor aún, cuando a unos cuantos metros de distancia de la zona militar de Iguala son asesinados 43 estudiantes normalistas. Enseñar educando, es el reto del Estado democrático, porque más allá de la simulación, educar en la práctica de la democracia nos puede hacer libres y dignos frente a nuestros hijos… educar con el ejemplo.
¿Mi pregunta Adrianita, es sí sólo estas palabras pueden servir para un trabajo escolar o para la vida? La democracia en México es posible si profundamente lo deseamos y, créemelo puede ser el camino a la felicidad.