REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 05 | 2019
   

Confabulario

Cuentos


Adán Echeverría

LOS RUIDOS DE LA NOCHE
Esteban no quería dormirse. Por más que su papá le había contado cuentos, por más que su mamá le había preparado su leche, lo habían regañado, su hermano incluso intentó dormirlo meciéndolo y haciéndole shhh shhh shhh, Esteban no se quería dormir.
-Duérmete tico, duérmete Estebo, si duermes podrás crecer, ser un niño grande el día de mañana. Si no duermes te quedarás así, de pequeñito.
Cansado ya, su hermano se acostó en su hamaca suspirando: Ahh, si no te duermes, vendrá el mago de los sueños a hacerte maldad.
Pero nada podían hacer para que Esteban se pudiera dormir.
-Cuéntame otro cuento... había dicho, acomodándose entre los brazos de su papa; Papi, cuéntame otro cuento, pero su padre ya estaba roncando. El trabajo en la oficina de todo el día lo tenía cansado. Mamá, mami, cuéntame otro cuento, pero su madre, con los ojos cerraditos, igual dormía ya. Mano, mano, y se cruzó a la hamaca de su hermano, y éste moviéndose entre sueños le dio una patada tirándolo; Esteban se miró en el suelo de la habitación, con su familia, toda, profundamente dormida.
Rio apenas de su osadía, cuando unos ruidos en la cocina le llamaron la atención. Abrió bien grandes los ojos, estiró las orejas intentando percatarse de dónde venía el ruido, qué sería, pero su mente de tres añitos no podía representarle alguna idea clara, el ruido crecía. Mami, mami, hay algo en la cocina, pero su mami roncaba con ternura. En eso escuchó que llamaran a la puerta. Alguien o algo daba golpecitos en la puerta, Esteban corrió a los brazos de su padre e intentó despertarlo, Papá, papá, hay alguien en la puerta, y su padre roncaba con soltura, mientas Estaban escuchaba: ¡Abre la puerta!, ¡Se que estás ahí niño, abre ya esta puerta! Y los golpes se hicieron muy fuertes; pareciera que quisieran tirarla a golpes... los ruidos en la cocina aumentaron, un perro aullaba en algún patio, escuchó a unos gatos pelear y maullar, y el espanto iba aumentando en su cabecita.
Se metió de nuevo en la hamaca de su hermano, pero éste lo empujó sin abrir los ojos con un... Esteban, dicho con hartazgo. Los golpes en la puerta continuaban, y Esteban se fue hundiendo en el fondo de un rincón, detrás del cuerpo de su madre. Quería cerrar los ojos, pero no lo conseguía, las voces gritaban que abriera, los ruidos en los patios, dentro de la casa, las sombras que se movían a su alrededor, y su familia durmiendo sin poderse despertar.
Fue cuando lo vio... era delgado y alto, luminoso, sostenía en la cabeza algo parecido a un sombrero o una calabaza, ¿No tienes sueño?, le preguntó a Esteban. ¿Que si no tienes sueño, niño?, ja... ¿qué miras?, ¿tus padres, tu hermano? Ellos no podrán ayudarte, están bien dormidos. ¿Tú eres el que no ha querido dormirse, no? Seguro que eres un niño muy valiente. ¿Eres valiente? Esteban quería meterse bajo las sábanas, pero la figura luminosa le jalaba las sábanas, le cerraba el paso para evitar que se bajara de la cama.
Si eres tan valiente para no dormirte, no sé por qué le tienes miedo a los ruidos de la noche. La figura comenzó a dar vueltas sobre la cabeza de Esteban. Los adultos, los papás, no le tienen miedo a la noche, pero nunca había visto a un niño que no quisiera dormirse como tú. Por eso he dormido a tu familia. Ahora tú estarás despierto cuidándoles el sueño, mientras ellos descansan y sueñan tranquilitos, mientras tú te enfrentas a los ruidos, a las sombras, a mí. ¿O tienes miedo? Sí, alcanzó a decir Esteban, y la figura tocándole la frente explotó en miles de luces multicolores. Cuando volvió la oscuridad, Esteban estaba dormidito en los brazos de su papi. Mientras su madre abrigaba a su hermano en la otra hamaca. Ya está dormido, dijo el padre sonriente.
Al fin, suspiró mamá, cada vez es más difícil dormir a este chamaquillo, y ambos padres, abrazados salieron de la habitación.

TODO SIGUE IGUAL
Todos en el reino sabían de la furia del dragón, de su trapacería y su violencia, de los destrozos que ocasionaba en las poblaciones. Familias que habían perdido a sus hijas guardaban el rostro en habitaciones oscuras. Esas mujercitas recién doradas por el sol, que aun sonreían a los amaneceres e inundaban con su poderoso aroma las noches.
Eran esos aromas los que hacían que el dragón dejara su cueva, alargará al viento el hocico para dejarse inundar por las agrias gotas hasta enloquecer. Rabioso, con los ojos inundados de odio, el dragón bajaba a la comarca y no cedía a los intentos de hombres y mujeres para detenerlo. Llegaba hasta su presa y se la llevaba para adorarla en ese ritual que todas las veces resultaba en locura y en una muerte dolorosa y despiadada. El dragón era brutal y carnicero, vivía furioso odiando la luz del sol, la humanidad. Un animal poderoso en la violencia que gozaba la dócil luz de las mujercillas en ciernes.
La princesa junto con toda su familia lo supo. Ella despuntaba apenas el alba de su vida y escuchaba con atención las historias y las quejas de los padres devastados y su sufrimiento. Supo de las decenas de mujeres desaparecidas.
Y sucedió que una noche calurosa, la princesa decidió peinar su larga cabellera negra en el balcón del castillo. El aroma que surgía de su lustroso vientre giró en el aire inundándolo todo y expandiéndose hasta la cueva del maldito dragón
Batiendo sus endurecidas alas, el dragón se dejó guiar hasta su presa. La princesa no tuvo miedo. Contra todo propósito de cordura, se sintió admirada por la poderosa bestia que resoplaba frente a ella. No gritó, acercó la mano decidida para tocarlo. Algo de magia tuvo que haber en esa historia.
La princesa decidió subir al cuello que el dragón le ofreciera, y fueron los viajes tan elevados, y el placer tan desbordante, que al rozar su dorada piel contra la escamosa y ríspida piel del animal la dicha corrió desenfrenada por cada una de sus células.
Quiero vivir contigo.
No sabes lo que dices. El mundo me odia y yo lo desprecio.
Quiero vivir contigo toda la vida. ¿Por qué has venido a mí si no para tenerme?
Para tenerte como he tenido siempre lo que quiero.
Y la decidida princesa no quiso ceder ante la furia del animal enceguecido por el odio.
Esa noche en la cueva, la princesa permaneció muy unida, y cobijada bajo las alas del dragón; la bestia, a cada beso fue recuperando la humanidad escondida que habitaba entre sus escamas.
La princesa miró al hombre desvalido. Algo extraño brillaba en el fondo de sus pupilas, quizá fuera algo parecido al amor.
Nada he de dar, princesa, has llegado en una época en que ya nada puedo dar. Mañana, con el sol, volveré a ser dragón.
Y yo viviré los días escondida en una cueva cercana, para venir a ti todas las noches.
El tiempo cruzó dos años sobre la tierra. Una niña con un brillo de luna nació.
Las heridas de la princesa eran profundas para ese entonces. El daño estaba hecho, y el dragón enloquecía todos los días, peleando con otros monstruos, quemando poblaciones, odiándolo todo.
Cuando esa noche el dragón comenzó a transformarse en hombre, la princesa tenía en brazos a la niña, y lo miraba entristecida.
Tengo que marcharme, y eso me despedaza el alma.
Nada haré por detenerte, lo sabes.
Estoy a punto de morir a tu lado, y nuestra hija merece una oportunidad, sabes que tengo que dársela.
La princesa caminó esas oscuridades a través de muchos kilómetros de bosques, atravesando la desolación. La madrugada se presentó. Los gruñidos de la bestia eran espantosos. La princesa corrió a una cueva detrás de una arboleda a esconderse. El dragón cruzó encima de ellas, furioso. A los oídos de la princesa solo llegaban los aullidos de dolor de los pobladores. El dragón los había asesinado a todos, pero el dolor permanecía en su garganta, hiriendo cada vez más profundo. En la cueva, la princesa cantaba una hermosa canción de cuna. La nena sonreía, y una luz intensa iluminaba alrededor.