REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Con el tiempo que va y vuela, con los días que corren presurosos, con los años que se suceden como agua que cae por cascadas, con toda esa enorme cantidad de horas vividas, la mente se llena de recuerdos. Claro que unos son para aventarlos, sin más, por la ventana del piso 80. Otros merecen una guarda en caja de oro, caja cuya llave, por fortuna, la poseemos y obra en nuestras manos santas, pero felizmente pecadoras, para ser abierta cuando se nos antoje para deleitarnos a más no poder cuando estemos sentados frente a la chimenea y con un vaso de whisky a la diestra y la luna mirándonos pispiretamente. Sí, hay momentos para abrir esa caja y dejar que salgan a borbotones aquellos momentos inolvidables, aquellos instantes que dejaron una huella imborrable y que al traerlos a la realidad, nuestros ojos volverán a brillar, la sonrisa aflorará y el ánimo se engrandecerá ante la presencia de aquellos recuerdos. Y ¿cuáles podrían ser estos destellos luminosos? ¿Cuáles recuerdos podrían ser aquellos que nos hacen sentir ese resplandor? Bueno, por fortuna, hay muchos. Por ejemplo, el encuentro aquel en la playa con la novia anhelada, la mujer que llenó páginas enteras de amor, de juegos lúdicos, de caricias plenas y de besos interminables y de abrazos que duraron toda una vuelta de la rueda de la fortuna. O la vez aquella en que me encontré en aquel paraje desierto a una joven arqueóloga que me mostró sin pudor alguno, y me explicó, desinhibida, los restos de una civilización perdida, me mostró los vestigios de las pinturas rupestres, me hizo ver las vasijas en las que bebían sus líquidos los habitantes primigenios, y que además en la cueva más recóndita, para sorpresa mayúscula, me abrazó como si yo fuera el dios de la germinación y que luego pasamos horas, días enteros abrazados, leyéndonos el pensamiento, escribiendo frases de amor en nuestros cuerpos desnudos y bañándonos en el arroyo que estaba al pie de la montaña y cuyas aguas nos daban más vida y más calor para seguir con el encuentro de dos cuerpos que no cesaban de admirarse. Recuerdos brillantes, rutilantes, diría yo. Por eso las abuelas decían sabiamente que “recordar es vivir”. Cierto. Y bueno, es necesario aclarar que en esa caja de oro, también hay guardados recuerdos de otras cosas agradables y reconfortantes. Por ejemplo, las charlas con los amigos, las discusiones profundas sobre las diferentes interpretaciones que a la filosofía marxista les suelen dar los neófitos, o la plática interminable que sobre el arte se produce entre amigas y amigos, y que el café ayuda a esclarecer los motivos que tuvo Leonardo para plantarle esa sonrisa a su madona inmortal, o preguntarse hasta el cansancio -entre trago y trago de un tinto- el por qué Alan Poe tuvo esas ideas literarias que marcaron nuestra juventud estudiantil e insobornable y determinaron para siempre el rumbo que deberíamos tomar al escribir cuentos. Sí, antes de Poe y después de Poe. O cuando en el teatro inglés escuchamos a Hamlet haciéndose esas íntimas preguntas existenciales; he aquí otro antes y otro después, he aquí la cuestión, he aquí cómo Shakespeare nos marcó ese antes y ese después. Sí, la vida hoy, no sería la misma si no hubiéramos leído a este dilecto poeta. Y esto me vino a la memoria cuando del cajón saqué el recuerdo de haber leído el libro de las obras teatrales de William. Así de simple, así de sencillo. Recuerdos van, recuerdos vienen. Sí, ya se fue este año siniestro, ya quedaron en el cajón de los recuerdos los tragos amargos que los políticos mexicanos me hicieron beber. Ya quedó en el fondo de este recipiente las traiciones que a la Revolución le hiciera el presidente en turno -no quiero poner su nombre, no. Ahora México no es dueño de nada, sus playas son propiedad de empresas extranjeras, las minas, las tierras las explotan como dueños las compañías canadiense y chinas, el espacio aéreo pertenece a todos menos al pueblo de México, el petróleo lo manejan los intereses capitalistas y no para conveniencia de la nación mexica. Aquí en este Mexicalpan de las Ingratas todo se vende al mejor postor, todo está dominado por empresas extranjeras que tienen a jueces, a políticos y a trabajadores a su servicio. Y claro, amigas insumisas, ustedes ya lo pensaron: estos recuerdos negros y horripilantes deben de permanecer atados con plomo para que permanezcan para siempre en la oquedad. Sí, ni más ni menos. Yo no quisiera pasar este nuevo año pensando en los malabares y entreguismos de los diputados y los senadores y menos trataría de traer a la mente los fallos lamentables de los jueces de la Suprema. No, ni de locos, mejor me tomaré un ponche con harto ron, me sentaré a ver las puestas del sol, me arrullaré con los cantos de los pájaros que todavía son libres y trataré de sacar de ese famoso cajón de oro los recuerdos que están a flote y que son los que nos dieron algo de luz, los que nos proporcionaron paz y amor, los recuerdos que fueron plenos de verdad y que tienen color de cielo limpio. Mientras me recostaré sobre el pecho de María y con el latido profundo de su corazón que escucharé con deleite, olvidaré, como digo, de los crímenes de estado, de las muertes de los estudiantes y del clima de inseguridad que priva en todos los ámbitos nacionales. Luego mis manos recorrerán el rostro de María, y María sonreirá y María me hará jugar el inolvidable y eterno juego del amor.
Vale. Abur.