REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 08 | 2019
   

Confabulario

Tiro dramático


Juan Alfonso Milán López

Nunca antes habíamos jugado un partido contra Mecánica que terminara cero a cero, siempre había anotaciones, y claro, siempre ganábamos nosotros, Electricidad. En uno de nuestros primeros encuentros me tocó anotar tres goles, esa vez creo que vencimos ocho a dos. Nosotros y demás equipos, considerábamos a los de Mecánica un cuadro de poca monta, nunca entrenaban y jamás ganaron un solo partido en los campeonatos que disputamos. Por el contrario, Electricidad era el conjunto a vencer, teníamos grandes individualidades. En la media cancha estaban figuras de la talla del Chore, Pifas, Terror y yo. En la defensa una muralla integrada por el Gofy, Fernando, Delgado y Ambriz. Cubriendo la portería el famosísimo Giligan. En la delantera pura dinamita, Amaral y el Guayabo. Llegamos a enfrentarnos con equipos cuyos jugadores eran de mayor edad y más fornidos, la mayoría de las veces los resultados fueron favorables a nuestra plantilla.
Habíamos ganado los dos torneos anteriores, nadie tuvo una actuación similar, coronamos con éxito nuestro paso por las canchas. Hicimos partidos memorables, hazañas dignas de escribirse con letras de oro en las páginas de la historia del futbol mundial.
Pensamos que el tercer año iba a resultar igual de positivo. En el calendario de la competición quedó marcada la fecha del 11 de mayo como el día de nuestro debut contra el gris equipo de Mecánica. Salimos al terreno de juego confiados en vivir un día de campo. Todo estaba saliendo bien: pasecito al Pifas, centro de éste para el Terror y tiro desviado; combinaciones entre el Chore y Fernando; Gofy, Delgado y Ambriz corriendo como locos, yo corriendo también en mi banda. Quince minutos y todo tranquilo, más aproximaciones de nuestro lado. Me extrañó que rebasáramos los treinta minutos y no pudiéramos abrir el marcador. Para terminar el primer tiempo, el equipo de Mecánica tuvo una incursión por el lado derecho de la mano de su mejor jugador, pero Giligan pudo resolver la acción.
—¿Qué está pasando? —dijo Trelles, entrenador de Electricidad.
—Nos están comiendo la banda del Burro—. Me culpó Ambriz.
—No mames, si estoy controlando la banda—. Me defendí al tiempo que reviré.
—Lo que pasa es que Amaral y el Guayabo se están durmiendo.
Estos se defendieron y también repartieron culpas, que si el árbitro no marcó un penal claro o si Delgado debía apoyar a la media.
Trelles trató de calmar la discusión dando nuevas indicaciones tácticas. Dijo que la Lombriz, elemento desequilibrante de Mecánica, debía ser neutralizado.
—Fernando, cuando ese güey se acerque por izquierda, trata de pegártele desde un cuarto de cancha. Chore, Pifas, Terror y Burro, traten de cortar los pases que vengan del centro. Chore y Burro utilicen más el largo de la cancha, los veo muy estáticos.
Amenazó con refrescar el ataque si Amaral y el Guayabo seguían chatos.
—¡Clemente, ponte a calentar!
Llamó el cuarto referee, era momento de volver a la cancha. Un halo de inseguridad invadía nuestro vestidor.
Silbatazo del central, comenzó el segundo tiempo. Serenidad en los primeros instantes. Pifas se acercó peligrosamente al arco rival, pisó el área chica pero fue interceptado por los defensas. Como al minuto quince la Lombriz volvió hacer de las suyas, pero Giligan atajó. Fernando y Ambriz fueron regañados a la distancia por Trelles. La desesperación comenzó a cundir, nunca antes al minuto treinta del segundo tiempo habíamos estado en un partido cero a cero. Trelles hizo el cambio advertido, Clemente entró por Amaral con mucho ímpetu, pero no pudo concretar ninguna jugada. Gofy se barrió de manera imprudente contra uno de ellos al minuto cuarenta y el árbitro determinó expulsarlo del encuentro. Una llovizna empezó a caer, lo interesante era que no había nubes grises, el astro rey seguía iluminando la cancha. Me gustó ver aquello, me dio confianza en conseguir el resultado en el último minuto. El arcoíris se asomaba por arriba de los espectadores y entonces sí se puso el cielo gris plomizo.
Era el minuto cuarenta y cinco cuando viví uno de los sucesos más importantes de mi existencia. Algo dentro de mí dijo “ve”, y rebasé el medio campo. Los defensores de Mecánica intentaban salir, sin embargo cometieron un error garrafal y regalaron el balón. Pifas recuperó la bola y se dio cuenta que yo quedaba en posición franca de gol, me pasó el esférico con gran maestría. En fracción de segundos me encontré completamente solo frente a la portería, corrí con el alma por delante, me acerqué a tres metros de la meta, el arquero salió a achicar el ángulo y yo pateé ese balón con todo mi amor; con mucha euforia. Juro por lo más sagrado que le di buena dirección, pensé que esa bola entraba sí o sí, ya estaba festejando la anotación in extremis, cuando noté que el esférico se iba de lado y salía por un costado del palo inferior izquierdo. Fue un error vergonzoso, una pifia infame. Sentí la mirada recriminatoria de Trelles y de todos mis compañeros. Minuto cuarenta y siete, terminó el juego, no había tiempo para más. Mecánica ganó un punto y nosotros perdimos dos.
No estábamos derrotados, había otros dos partidos por delante, sólo había que golear a los equipos de Secretariado y Contabilidad para volver a conseguir la corona. Salimos adelante contra Secretariado, restaba vencer a Contabilidad. El juego fue ríspido, con muchos errores tácticos y técnicos. El futbol da revanchas y pensé que podría redimir mi error contra Mecánica, hice cuanto pude para hacerme presente en el marcador. Tuve un claro disparo de media distancia, pero el portero de Contabilidad sacó el balón con las uñas. Aunque ganamos, el partido terminó sin que consiguiéramos la diferencia de goles requerida. Perdimos el campeonato de ese año, durante mucho tiempo pensé que yo era el culpable de nuestro fracaso. Si hubiera metido ese gol la afición nos recordaría como el campeonísimo, el equipo de la década. Cuántos remordimientos me han atormentado desde entonces. Hay veces que de la nada me viene la jugada a la cabeza: en la soledad del excusado, caminando, durante la hora del café. Entonces pienso que quizá debí conducir la bola otro metro, controlar mi adrenalina y haber aguantado la salida del arquero un segundo más.