REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

Confabulario

Cuentos


Adán Echeverría

AMÍLCAR

Amílcar todas las tardes iba a comprar el pan. Se entretenía con cada cosa que miraba en su camino, algún gato subiendo el muro, un viejo cruzando la calle, los gritos de unos niños corriendo tras de la pelota. Todo lo distraía. Caía la tarde. Amílcar no vio a la mujer hasta que ésta lo tomó del brazo y lo metió a su casa. Era una mujer agradable que olía a galletitas. ¿Cómo te llamas? Su voz era dulce y delicada. Vamos, ratoncito, ¿no me dirás tu nombre? Me llamo Amílcar. Te veo pasar todas las tardes para comprar tu pan. Pero ¿qué crees? Hoy me adelanté, y te lo compré para que no tengas que ir tan lejos. Ten, llévatelo. Amílcar se alegró. Te preparé unas galletitas, tienes que probarlas. Pero ven, siéntate a ver caricaturas... Antes de que Amílcar abriera los labios para negarse o agradecer, la mujer ya lo tenía entre almohadones, sentado en un cómodo sofá. La pantalla de plasma era hermosa; Amílcar nunca había visto una tele tan grande, la de su casa, era una tele a colores sí, pero de las tradicionales. Hay mucho calor, verdad, dijo la mujer, cerrando la puerta de su casa y encendiendo el aire acondicionado. Luego se sentó a su lado y le dijo, juguetona, ¿me invitas? Claro, dijo Amílcar ofreciéndole el plato. Yo te crío y tú me crías. Y sin chistar, cogió una galletita del plato y la acercó a los labios del niño. El niño devolvió el gesto, y cuando la acercó a los labios de la mujer, ella entreabrió los labios y chupó delicadamente sus deditos. Luego se acercó a su rostro y comenzó a darle besitos. Así se lamen los gatitos, dijo, mientras dibujaba besos por el rostro, las manos, maullando y ronroneando, haciéndolo reír, y rozando apenas los labios del niño, metiéndole de a poco la lengua en su boquita. Y acariciándole el pecho.
Amílcar regresa a casa sin saber qué pensar. Deja el pan que fue a comprar sobre la mesa. ¡Por qué te tardaste! Grita su papá. Amílcar va a su cuarto. Deja las monedas del pan que no pagó en su mochila de la escuela, y saca de su pantaloncillo el billete de 100 pesos que amablemente doña Rebeca le ha entregado, acompañado del secreto: esto es para que no te olvides de mañana regresar a alimentar a tu gatita.


BONITA
Ésta era una hormiga que se llamaba Bonita. Joven, audaz, siempre andaba taaan feliz. Cuando caminaba por los alrededores del jardín, todos la saludaban: ¡Hey Bonita, que linda te ves hoy con ese sombrero!, ¡Hey Bonita, muy buenos días, luces hermosa con tus zapatitos altos! Y Bonita se alegraba con todos los halagos.
Se distraía saludando a los que le sonreían entusiasmados, y la sonrojaban con sus frases de cariño. Iba tan distraída que el tacón de su zapato izquierdo se atoró en un hoyito; perdió el equilibrio, y al caer, por evitar que se ensuciara el hermoso sombrero de hojas de tulipán y lo sostuvo, por lo que no pudo meter las manos y se dio en la frente contra el piso. Por un momento perdió el conocimiento.
Al despertar estaba en el hospital del hormiguero y un hormigón, fornido, le miraba con cierta pena en el rostro. Bonita llevaba vendada cabeza y frente; el golpe había sido tan duro que se le había cuarteado de forma tal, que parecía tener un cuerno brilloso y morado en medio de la frente. Bonita miró cómo las pulgas enfermeras reían burlonas. Se tocó la protuberancia y exigió un espejo. Nada había por hacer, su cabeza había adquirido esa forma y tendría que aprender a sobrellevarlo.
Quiso esconderse al salir del hospital e ir a la casa para no volver a salir jamás, porque aquellos que antes le halagaban, ahora se burlaban: ¡Hey Bonita, qué tal la nueva nariz!, jajajajaja, reían sin dejar de molestarla: Ya no necesitas presumir sombreros, nadie se fijará en otra cosa que tu cuerno, jajajajajaja... Bonita corrió a esconderse hecha un mar de lágrimas. Al entrar a casa, y sin dar las buenas tardes, se encerró en su cuarto y no hizo caso de la sopa que su papá le había preparado.
Pataleaba y daba gritos, se había deprimido tanto que decidió permanecer a oscuras y deseaba morirse antes de seguir soportando la burla de todos los que la miraban.
¡Pero hija, tú sigues siendo mi Bonita! Mi preciosa hormiguita linda e inteligente. Las hormigas son así, se dejan llevar por el qué dirán los demás, siempre hacen lo que hace la de adelante, son buenas con las filas y con las rutinas, pedacito de azúcar.
Lo dices porque soy tu hija, pero mírame, ¡soy un monstruo!
No eres un monstruo, tienes una herida en la cabeza, pero no quisiera que tuvieras una herida en el alma, mi amor. Te diré el secreto para que no te duelan la burlas de los demás... Y parándose frente a ella, levantándola de la cama, la miró de frente y le dijo: Búrlate de ti misma. Adelántate a ellos, se mucho más original. Cuando vean que nada de lo que te digan te molesta, te dejarán en paz.
Papi, cómo me dices eso, no me atrevo a salir, no soportaré sus miradas, incluso mis amigos se han burlado de mí.
Qué importancia tiene lo que otros puedan decirte, Bonita; los que en verdad te quieran, los que en verdad sean tus amigos esos estarán a tu lado, no querrán lastimarte, y aquellos que lo pretendan, no son tus amigos y sus palabras no tienen importancia.
Esa noche Bonita se quedó dormida, sollozando en los brazos de papá, quien le acariciaba y cantaba canciones. Al día siguiente se puso uno de sus mejores sombreros, le dio los buenos días a su papá, y salió para dar su paseo de todos los días.
¡Hey Bonita!, le gritaron, para qué quieres sombrero, ni quien lo mire con tremendo cuerno en la cabeza... Es cierto, pero es un cuerno con estilo, dijo Bonita con una coqueta sonrisa, y todos rieron con ella.
Siguió caminando y otro malhadado le dijo: ¡Epa Bonita, que tengo comezón, préstame ese cuerno y ráscame un poquito...! Sólo si luego me das besitos en el cuerno hasta que me quede dormida, y todos alrededor del grosero se burlaron de aquél, al verlo sonrojarse abochornado.
Bonita entonces sonrió, y se miró rodeada de otras hormigas, que poco a poco se fueron acercando a ella para acompañarla: ¿Te duele mucho Bonita?, preguntó una de sus amigas.
Pudo dolerme más, pero decidí no permitirlo y, sonriendo, recordó las palabras de su padre.

EL HUESO DE ORO
A Manilka le dijeron que en lo alto de la Montaña encontraría un hueso de oro, y aquél que lo poseyera no volvería a tener hambre. Ten cuidado al subir, el camino es peligroso; lo cuidan unas ratas, que si te descuidas te roen las patas mientras caminas. Si logras pasar a las ratas, unos papiones alados, revoloteando sobre tu cabeza, te jalan las orejas y el pelo, hasta hacerte abandonar la idea de seguir tu recorrido. Si aún te atreves, cuentan que hay un tercer obstáculo, pero nadie ha llegado tan lejos.
A pesar de las advertencias Manilka decidió subir con cautela, no importando el tiempo que tardara para llegar a la cima. Era una perra tenaz, y desde que su madre dejó de amamantarla, nunca había dejado de sentir hambre. La promesa del hueso de oro la llenaba de esperanza.
En el camino, un segundo perro, que a leguas se veía más feroz, pasó con rapidez, ladrando y empujándola. Poco le duró el gusto, las ratas comenzaron a roerle las patas, lo que lo hizo detenerse y regresarse escondiendo hasta la cola.
Al ver a las ratas entretenidas, Manilka continuó avanzando con sigilo; se escondía en cada montoncito de piedras que encontraba en el camino, detrás de algún arbusto. Dos días después, aguantándose el hambre, vio que por el camino principal subía un nuevo perro. Éste venía ladrando una canción, muy tranquilo. Las ratas lo miraron asombradas, y les dio tanta ternura su alegría, que decidieron dejarlo pasar. No así los papiones, quienes volando llegaron a él para jalarle las orejas, la cola y el pelaje. Lo levantaban del trasero, y luego lo dejaban caer.
El pobre perro quería correr, pero había papiones a su alrededor, y comenzó a ladrar angustiado, imaginando que éste era su fin. Cada vez algún mandril lo elevaría más alto y la caída acabaría por matarlo.
Manilka salió de su escondite decidida a aprovechar la distracción de los monos, y alcanzar la cima de la Montaña, para dar con el hueso de oro que le aliviaría para siempre el hambre. Pero se detuvo al escuchar los desesperados ladridos del perro que era maltratado por los monos. ¿Qué hacer?, se preguntaba: ¿ayudo a este compañero y ambos nos quedamos sin el hueso de oro o me hago de la vista gorda y voy por el premio?
Decidida, hizo caso omiso del hambre que sentía, y poniendo todo su corazón, corrió hacia el borlote. A dentelladas y ladridos se enfrentó con los papiones. Ahora eran dos perros quienes daban la pelea. Los mandriles vieron demasiados dientes filosos, y se elevaron, planeando, en espera de que el dúo se redujera en cualquier momento.
Entonces Manilka y su amigo vieron pasar de regreso a aquel segundo perro que habían espantado las ratas. Venía con el hueso de oro en el hocico, vanagloriándose de su habilidad por aprovechar la distracción.
Manilka se puso triste, y al notarlo el perro al que había ayudado le dijo: Por ayudarme, te cumpliré un deseo. ¿Un deseo? El que quieras. Soy el genio de la montaña, el tercer obstáculo que nadie había enfrentado. Mi nombre es Amistad, eso que has demostrado al ayudarme. Ahora pide tu deseo.
¡Deseo no pasar hambre! El perro mágico ladró y Manilka se miró en el cobertizo de una casa. La puerta de entrada se abrió con lentitud, y apareció una niña blanca de ojos enormes y rasgados. Manilka movió la cola con alegría. La niña sonrió, y nuestra amiga supo que junto a esta niña, jamás le faltaría alimento.