REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Confabulario

Desde el campanario


Roberto Bravo

Fue un niño demasiado distraído, cantar en la iglesia era para él una diversión. La tarima donde lo hacíamos estaba encima de los fieles y él siempre quería ver a la gente y olvidaba lo que estaba ejecutando, tenía que darle golpes con el codo para que entrara a tiempo en los cantos. Era un niño pensativo, abstraído. Tenía la cara y los ojos de un santo, pero no puedo asegurar que sus pensamientos fueran puros, como tampoco puedo decir que estuviera imaginando maldades, era como si su mundo interior y él no pudieran vivir uno sin el otro, sus ojos nutrían la vida que tenía dentro de su cabeza, filtraban a su intimidad la existencia y nadie supo en qué la convertía, porque no tenía amigos y no hablaba más que lo indispensable y solamente si le preguntaban, pero tenía una voz que hacía llorar, ponía tanta emoción en ella que muchas de las señoras que iban a misa asistían para escucharlo, y cuando uno lo oía y miraba su esfuerzo dudaba de que pudiera mantenerse en pie cuando terminara el salmo, daba la sensación de que estuviera vaciándose mientras cantaba y que de todo él no quedara sino un cascarón al terminar, pero no, como un pajarito metía sus manos adentro de su traje de monaguillo y se quedaba quieto como los animalitos cuando está cayendo una tormenta.
Cuando ocurrió lo de Godínez él estaba con el grupo que lo subió a la azotea de la iglesia, lo desnudaron, lo golpearon con sus cintos y después le metieron palos de escoba en el culo. Sealtiel, que era el mayor del grupo, lo violó delante de todos. Godínez había llegado esa tarde a la iglesia y andaba pajareando cuando se le acercó Sealtiel y le preguntó si se encontraba perdido, que esos no eran sus rumbos, que se fuera, que se volviera a su barrio. Como Godínez se puso gallito Sealtiel le amarró las manos y aplicándole la llave china lo subieron por la escalera del campanario hasta la azotea. Eran seis los que lo hicieron y Rosendo nunca tocó a Godínez, siempre se mantuvo fuera del grupo viendo únicamente lo que pasaba. Mientras ultrajaban el cuerpo de Godínez y lo golpeaban para que no gritara, él veía el llanto y su desesperación desde el campanario. Miraba el sufrimiento del mancillado como se ve el agua caer mientras llueve. Como si estuviera aprendiendo lo que la vida es, sufrimiento, dolor, impotencia y hostigamiento perpetuo.