REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

Confabulario

La rosa roja


Eduardo Marbán

Y bien aquí estoy como todos los días, en este cementerio, con lozas pequeñas, con pasto intermitente, flores secas, soledad, silencio; pero, a pesar del silencio y del olvido de la humanidad, se ha convertido en mi casa, en la morada donde habita mi amor.
Piso las hojas de los árboles, marchitas que crujen a cada paso y recuerdo el jardín de la colonia, donde por primera vez nos reunimos, habíamos terminado la secundaria y estábamos en cuarto de preparatoria, donde te invité a caminar por primera vez, en realidad nos habíamos visto varias veces, cuando fuimos compañeros en la secundaria, pero únicamente te miraba en tu banca, platicando, riendo, estudiando, y nunca me había decidido invitarte a salir.
Ese día mientras paseábamos en el parque, mirábamos a los niños jugando en los columpios, en la resbaladilla, brincando y pateando pelota, y es gracioso, siempre pensé que a ti y a mí nos tocaría estar en el lugar de esos padres que vigilaban a sus pequeños jugar, impidiendo que se lastimaran, previendo el accidente cuando subían las escaleras para deslizarse, comprándoles chicharrones de harina, paletas o algodones de azúcar; probablemente en el futuro lo vivamos.
Limpio el florero de tu sepulcro, ya es mi rutina diaria, coloco tu rosa roja, la misma rosa roja que te di ese primer día que salimos y que después de ver a los niños jugando tenía escondida en la banca del rincón, cuando la saqué la puse en tu pecho y te dije “te amaré toda la eternidad”, tú con labios temblorosos y sin poder contener la respiración la aceptaste y no sabías qué decir en ese momento, diste un paso atrás, yo te sujeté de la cintura con mis dos manos, no podía dejarte escapar y mientras cerrabas los ojos te besé, fue ése el momento en que inició la vida de amor, nos abrazábamos y durábamos horas juntos, era como si nuestros cuerpos debieran ser uno solo, porque me sentía lleno, no podían separarse, pues cuando se alejaban, nuestros cuerpos se extrañaban, debían nuevamente juntarse, debían estar unidos y eso nos pasaba a ambos, ésa era la vida del amor.
Cuando fuimos estudiantes de secundaria yo no me atreví a declararte mi amor, aunque ya te amaba, era muy tímido ¿sabes?, pero un día siendo ya preparatoriano no aguanté más, debía decirte todo lo que pasaba en mis sueños, lo que vivía en mi ser, debía decirte lo increíble que era el mundo al que tú pertenecías, debía integrarte al mundo de los enamorados, tenía guardadas muchas poesías que te escribí mientras estábamos en el salón de clases, poesías infantiles que ahora me dan risa, pero que en esos momentos eran todo, las guardaba y esperaba tener un libro completo para dártelo, mi madre ya las había leído y me preguntó
-¿Para quién son?
-Para Adriana -respondí.
-Invítala a comer.
Pero yo no le contesté, qué le iba a responder, no le hablo, se hubiera reído de mí, ese era mi mundo, el mundo de un joven que te amaba y que no se atrevía a declarártelo, y cuando lo hice, fue para siempre.
Por eso el día que te entregué la rosa roja y te besé, mi vida, fue una vida completa, porque ya no estabas solo en mis sueños, porque tú eras real y estabas conmigo; vivíamos en la colonia Del Valle, en la Ciudad de México, nuestros padres pertenecían a la clase burguesa y por ello vivíamos tranquilamente, sin muchas preocupaciones, cuando caminabas por la banqueta de la colonia me gustaba ver las flores de las jacarandas caer, era una lluvia morada que creaba un tapete de sueño, como los tapetes que hacen en Tlaxcala de aserrín, eran para esperar tu paso y que la ciudad tuviera color, eran una alfombra morada que te esperaba.
Muchas veces caminamos por esas calles y muchas veces nos reunimos en el parque de la colonia, todavía recuerdo con melancolía el último día en que nos vimos, llevábamos seis meses de novios y desde que te entregué el primer día la rosa roja y te había besado para decirte que te amaré toda la eternidad, nunca habíamos fallado a una cita, pero ese último día fue diferente, yo miré el reloj, eran las cinco de la tarde, a esa hora te había quedado de ver, cerré el libro que leía e inmediatamente cambié mi uniforme poniéndome el pantalón de mezclilla que tanto me gustaba, le grité a mamá diciendo que no tardaba, que te vería a ti Adriana, luego, arranqué una rosa roja de mi jardín, todas eran tuyas y sólo esperaban el día indicado para que tú las tuvieras, únicamente pensaba, en tus ojos, en tu pelo negro que caía por tus hombros como agua que cae de noche y en tus pecas, me gustaban tus pecas, eran las que daban alegría a tu cara, iba distraído pensando en tus labios rojos, en tu sonrisa, en el tiempo que había pasado sin que yo besara tus labios y mucho tiempo lamenté no fijarme en ese momento al cruzar la calle, cuando un auto negro me lanzó por el aire, yo no recuerdo mucho lo que ocurrió, el auto se había pasado un alto, sus llantas rechinaban y yo, yo había cruzado a toda prisa, tu sonrisa seguía en mi mente, de pronto, todo era borroso, el mundo se ponía de cabeza, los árboles se movían rápidamente y yo, yo estaba tirado en la banqueta, mi cabeza estaba ensangrentada y en poco tiempo un grupo de personas se reunieron a mi alrededor, me miraban con tristeza, otros gritaban desesperados que llamaran a una ambulancia, otro dijo más tranquilo, no vale la pena, tiene los ojos abiertos, está muerto.
Yo me sentía bien, mi cuerpo estaba destruido, pero a mí no me dolía nada, continué atravesando las calles y llegué al jardín de la colonia donde tú te encontrabas, caminabas de un lado a otro, intenté tocarte y no me sentías, te hablaba, pero no me escuchabas, todo era inútil, yo no estaba ya físicamente contigo, y tú, tú estabas desesperada, presentías algo, un vacío en tu interior, en tu estómago, en tu mente, en tu alma la invadía un mal augurio. Pasó más de una hora y regresaste a casa para llamarme telefónicamente, nadie te contestaba en mi casa, tu mamá fue a tu recámara te dijo que hicieras la tarea escolar y tú no podías dejar de pensar en mí, yo sabía todo lo que te ocurría porque estaba a tu lado, de hecho siempre permanecí a tu lado, por lo menos dos años más.
Transcurrieron dos horas más después de ese trágico accidente cuando por fin te avisó tu mamá lo ocurrido, se te llenaron los ojos de lágrimas, te lanzaste a la cama boca abajo y sentías ahogarte en tu llanto, pensabas que todo era un sueño, un sueño que nunca quisiste soñar y que en esos momentos al soñarlo te destruía, pensabas que ibas a despertar a la mañana siguiente y me verías en el parque para besarme y amarte como cada día.
La muerte pensabas, es igual al recuerdo, por eso tu mente inició los recuerdos, recordaste la roja rosa que te di en el jardín de la colonia el primer día que caminamos juntos y las palabras que te dije “te amaré por toda la eternidad”, recordaste también que una ocasión mientras jugábamos boliche y reías, de pronto te quedaste pensativa y la sonrisa desapareció de tus labios para convertirse en dos líneas paralelas, me dijiste que por qué te había dicho que te iba a amar por toda la eternidad, y yo contesté, muy fácil, mi amor es tan grande por ti, que si muero soy capaz de regresar y volverte a amar, -tu dijiste- no hables de la muerte, me da miedo ese tema y en ese momento, lo recordabas en tu cuarto y llorabas, no podía ser cierto, no podía haber muerto el amor de tu vida, no podía morir ese amor, eso solo era una mala pasada en la vida, cuando te despertaras todo ese sueño terminaría y al día siguiente irías al parque y me encontrarías para que te tomara de la cintura, te besara y te dijera te amo, te amaré por toda la eternidad.
Tuviste crisis muy fuertes de angustia, no salías de tu cuarto y llorabas, no querías comer, no querías ir a la escuela, tus padres sufrían, pensaban que te estabas dejando morir, que la muerte de tu novio te había afectado mucho y optaron por darte tratamiento psicológico y también te enviaron a París, debías olvidar todo, debías entender que la vida continuaba y tú, eras parte de ella.
El psicólogo te decía que debías asumir la realidad, olvidar el pasado y tenerlo únicamente como una bonita experiencia, olvidar la muerte, y recordar lo que te gustaba, que pusieras un hasta aquí a ese amor y buscaras otros, que la muerte de la pareja era muy dolorosa porque en realidad, el otro, era un espejo del ser y cuando venía la muerte o simplemente cuando cortaban una relación amorosa, el ser ya no se veía reflejado en ese espejo, venía la muerte del yo en el otro y por eso dolía tanto, la muerte del yo era incluso más dolorosa que la muerte física, que tú debías encontrar nuevamente tu ser en todas las personas que te rodeaban, en tus padres, tus hermanos, debías encontrar otra pareja para ver de nuevo tu yo, que el amor era en realidad el amor a uno mismo, pero como el lenguaje era dialéctico, necesitabas del otro, para verte a ti misma, que la muerte del yo era destructiva y tu necesitabas vivir, encontrarte a ti misma en los demás y lo podías lograr.
El viaje a París fue divertido, yo viajé a tu lado en el avión, estuve contigo en el hotel, fui contigo a los museos, caminé a tu lado por las calles empedradas, cuando un pintor callejero pintó tu rostro yo estaba a tu lado, también tomé de tu café mientras leías el periódico en la banqueta, fui contigo a los espectáculos nocturnos no te abandonaba nunca.
Soy culpable de haber hecho travesuras cuando salías con algún chico, no aguantaba los celos, lo reconozco, hice mal cuando Fernando te invitó a salir al cine y veían una película de amor y fui yo el que le tiró el refresco en su pantalón cuando te besó, no pude resistirlo, entonces Fernando se enojó y pensó que tu habías sido grasera, que no querías besarlo, discutieron en plena película y el salió de la sala, yo estaba a tu lado, luego reíste, recordabas su pantalón mojado y pensabas que sí había sido tu mano la que tiró el refresco, pero yo le había ayudado a tu mano a moverse, afortunadamente para mí ese noviazgo no fructificó, yo seguía amándote.
Recuerdo el día que Javier te llevó unas rosas rojas a tu casa, Javier era un tipo que se creía mucho, en la escuela no era muy inteligente y había apostado que te enamoraría, sinceramente no te convenía, era el mejor basquetbolista de la escuela y pensaba que todas las mujeres le debían rendir tributo, era grande y fuerte, parecía un semental, tú le gustabas y para mí no era rival, sabía que te gustaban los hombres con inteligencia, aunque los hombres fuertes siempre resultan atractivos, era tu cumpleaños y se arruinó toda la fiesta, tú estabas contenta y cantabas, cuando te dieron las rosas rojas estallaste en lágrimas, subiste a tu cuarto y ya no quisiste bajar, me recordabas todo el tiempo, “Raúl” gritabas, ¿por qué te fuiste?, deberías estar aquí y yo me señalaba con mi dedo en el pecho, sigo aquí princesa, soy tu fantasma inseparable, tu sentías algo raro cuando me invocabas, de hecho me gustaba que me invocaras, sólo que no podía decirte de alguna forma que sí estaba ahí y era tu ángel.
Cada vez que alguien se te acercaba no sabía cómo lograr alejarlo de ti, creo que descansaste el día que nací.
Dos años después de la muerte de Raúl nací en la casa de tus vecinos, a ti te toco cuidarme por las tardes, porque, en muchas ocasiones, la vecina Hortensia mi nueva madre, salía para vender o cobrar a sus clientes la mercancía vendida, y a tu mamá le encantaba verte contenta conmigo, claro, era un bebé me llamaba ahora Juan y no podía decirte que te amaba, no podía decirte que había regresado para quererte toda la eternidad, no podía decirte he cumplido mi promesa, aquí estoy.
Es increíble que el mismo niño que te había causado tanta tristeza dos años atrás, ahora te provocaba tanta felicidad, tu notabas algo en mis ojos que te sorprendían, sabías que algo extraño tenían, eran los mismos ojos de Raúl tu antiguo novio, pero más bien, decías que te gustaban y reías.
Un día mientras me llevaste al parque y me compraste un helado, caminábamos por un pasillo del parque de la colonia y al pasar justo en el lugar que te entregué la rosa roja por primera vez y te dije que te amaría por toda la eternidad, en el lugar donde te besé por vez primera, tus ojos se mojaron y de inmediato lágrimas corrieron por tus mejillas, yo las vi y me dijiste que habías recordado algo muy triste y por eso llorabas, yo ya tenía cuatro años, pero no recordaba mi vida anterior, no recordaba ya al muchacho Raúl, que te había entregado la rosa roja y que te había dicho que te amaría por toda la eternidad, solamente me gustaba caminar contigo y me angustiaba verte llorando, también quise llorar y tiré mi helado, tú me dijiste, no llores, te compraré otro, secaste tus ojos y fuimos a la nevería.
Ya tenía siete años un día que tú me leías El Principito y justamente cuando viajaba aquel niño al asteroide del rey, sonó el teléfono, tu saliste del cuarto para contestar y yo vi tu diario, lo abrí y encontré una rosa roja marchita, no sé por qué me llamó tanto la atención, coloqué el libro en la cama y levanté la flor para mirarla, me parecía conocida, tu entraste al cuarto y al ver que la flor se deshacía me diste un manazo, me arrebataste la flor, la guardaste con mucho cuidado y no me hablaste por dos meses, yo me sentía culpable, y nunca entendí ¿qué había hecho mal ese día?
Cuando cumplí quince años, tu tenías ya treinta y dos, iba ya en cuarto de preparatoria, tú eras médico, trabajabas en cardiología, nunca te casaste, tampoco tenías planes, varias veces comentaste a tus amigos que el amor no era para ti, que eras una loca solitaria y yo, yo le decía a todos que tú serías mi esposa, que yo me casaría contigo porque te amaba. Por eso ese día que fuimos al parque de la colonia, en el lugar donde Raúl había escondido la rosa roja, justamente detrás de esa banca yo saqué una rosa roja y te dije “te amaré toda la eternidad”, te tomé de la cintura con mis dos manos y te besé de la misma forma en que diecisiete años antes lo había hecho, me miraste a los ojos y dijiste tú no eres Raúl, eres Juanito, sin saber lo que decía brotó una frase de mi interior que fue pronunciada por mis labios “he vuelto para amarte, cumplí mi promesa”, tu corriste a tu casa como si hubieras visto un fantasma, y yo me quedé parado mirándote, no sabía qué hacer, me sentía feliz por el beso que te había dado, sentía que ese momento se había eternizado. Fui al día siguiente a tu casa y tu mamá me dejó entrar, pero no quisiste abrir la puerta de tu cuarto, me dijiste que todo eso era falso, que había yo leído tu diario, que alguien me había contado tu anterior noviazgo con Raúl, que yo estaba actuando, que era un mentiroso, que me fuera y que nunca más te volviera a ver, yo te grité diciendo que no entendía nada de lo que me decías, que yo te amaba y que pensaba casarme contigo, que nunca te dejaría y luego dije “te amaré por toda la eternidad Adriana, no lo entiendes”.
Después de ese día huías, no querías saber nada de mí, me dijiste que tu podrías ser mi madre, que olvidara eso, que era ridículo, que tú eras profesionista y yo, un chamaco, que la gente iba a hablar mal de nuestro romance, que yo estaba loco, yo te decía que sí, definitivamente estaba loco, pero loco de amor por ti, por tus ojos, por tus pecas, por tu pelo, que no podía dejar de tenerte un solo momento, que quería abrazarte y tenerte junto a mi todo el día, no soltarte jamás, que la gente dijera lo que le pareciera mejor, que para el amor la gente no existía, que para el amor sólo importaban dos, los demás, los demás no eran nadie, el universo de los enamorados éramos sólo tú y yo, la gente te dije, la gente no sabe nada de amor, al universo le falta amor para no perecer, si la gente amara este mundo sería diferente, si la gente amara el universo sería perfecto, si la gente supiera lo que es el amor verdadero todos seríamos Dioses y esta tierra sería el paraíso y nosotros, los amantes, seríamos normales en el Haidos, pero al mundo le falta amar y por eso hablan mal del amor, no conocen el amor y lo envidian, envidian todo lo que es bueno, por eso este mundo está mal, porque les falta amor, tu no podías aguantar todas mis palabras, te parecían las de Raúl y no las de Juan, me besabas y decías Raúl si has vuelto y me tomabas entre tus brazos y me apretabas contra tu pecho y yo era como un hijo que me cobijaba en tu regazo, como un hombre perdido que anhelaba los brazos de su familia y la encontraba después de mucho tiempo y me perdía en el infinito de tu ser, porque me encontraba con tus átomos como lo cantó Withman, cada átomo de tu sangre, cada átomo de tu ser también me pertenecen, porque tú Adriana y yo, éramos uno solo, podríamos haber muerto deshidratados por tantas veces que nos besábamos, ese día no importaba nada, el amor nos había envuelto en sus redes y en verdad fuimos uno sólo, tu alma y la mía se habían encontrado y eran la pareja ideal, eran una sola alma y cada beso confirmaban mi teoría, nunca te dejaré te dije y tu dijiste, yo tampoco, ahora te veo Juanito, eres Raúl y regresarte de la muerte para amarme, yo no te entendía por qué me decías Raúl pero me encantaba, me encantaba que me tuvieras entre tus brazos y lo único que me llenaba de gozo era estar a tu lado.
Entonces ocurrió algo insólito, sacaste de tu bolsa una fotografía de Raúl y me preguntaste si lo conocía y te dije que sí, te dije, él es Raúl y conozco su vida, porque es la mía, yo soy él, tú me dijiste, ahora lo sé, sabía que algún día regresarías para volverme a amar, por eso nunca me casé y yo te dije, por eso vine, sabía que me amarías y yo a ti eternamente.
Todas las historias de amor son tristes, no sé por qué, pero así son, quizá porque las historias de amor alegres sólo le importan a dos, pero las tristes les importan a muchos; el destino nos tenía otra prueba más, nuestro noviazgo nunca pudo darse, pues a los pocos meses de haber descubierto nuestro amor enfermaste de cáncer, te hospitalizaron y dos meses después moriste.
Poco antes de tu muerte yo te visité en el hospital, te dije que te amaba y que quería que siempre estuvieras conmigo, tu miraste mis ojos y me dijiste, eres Raúl, mientras tomaba tu mano entre la mía, no quería soltarla un momento, quería sentir tu energía fluir entre mis venas y que nutrieran mi sangre, me acerqué para que me besaras y dijiste ya entiendo, yo dije -te amaré toda la eternidad Adriana- tu agregaste casi sin poder hablar -el amor es tan fuerte que si muero, regresaré contigo, como tú lo hiciste y estaremos juntos, siempre. Mis ojos se llenaron de lágrimas y te dije -nunca morirás Adriana, estaremos juntos siempre- tú dijiste -es un círculo eterno- y cerraste los ojos luego continuaste -moriré, lo siento y lo sé, soy médico y mi cuerpo está muy mal, pero el amor no tiene fin, tú me lo enseñaste, sé que nos amaremos por siempre.
Al día siguiente fui a verte al hospital después de acabar mis clases y ya no estabas, habías muerto, tu madre habló con los padres de Raúl, tu antiguo novio y les pidieron que los cuerpos estuvieran juntos, en este panteón que visito a diario y en cuya loza dice: “Adriana y Raúl”. Yo acudí al entierro, llevé una rosa roja y la lancé cuando los cubrían de tierra, ahora sé que me reuniré contigo algún día, en el universo donde viven los enamorados, en ese círculo que nunca termina y en el que vivimos ligados, lo sé todo, todo, tu novio Raúl, tu vida de amor, mi vida actual, pero sé algo más importante, el amor no tiene fin y sé que tú estás a mi lado y algún día sé que regresarás y estarás conmigo, siempre.