REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 11 | 2019
   

Letras, libros y revistas

René Avilés Fabila y La Medalla Bellas Artes 2014


Roberto Martínez Garcilazo

Fue el pasado miércoles 1 de octubre, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de las Bellas Artes, cuando René Avilés Fabila recibió, de manos del presidente del CONACULTA, la medalla de oro Bellas Artes 2014 como reconocimiento, por parte del estado mexicano, de su larga y fecunda trayectoria como escritor.
Aquella noche, la Sala Ponce fue insuficiente para recibir a los cientos de personas que asistieron y fue necesario habilitar en el hall del Palacio un espacio con circuito cerrado de televisión para que los lectores de René Avilés que no pudieron entrar al recinto programado, por lo menos, vieran la ceremonia en una pantalla.
El escritor, estuvo franqueado por Oscar De la Borbolla y por Jaime Labastida. Oscar: tenis amarillos, ropa negra y gorra de marinero. Jaime: traje y corbata, alba camisa, mancuernillas con piedra preciosa y en la solapa derecha el pin dorado con el escudo de Academia Mexicana de la Lengua. La irreverente creatividad y el poder.
Y los discursos, o alocuciones, en el tenor de las apariencias de los emisores: Oscar, cuando habló de los muertos, se refirió a los maestros, a los amigos y a los enemigos de René, a sus fantasmas presentes y ausentes en la Ponce: estaban, según el nigromante De la Borbolla, Arreola y Rulfo; pero también Elena Garro y Helena Paz Garro; y ausentes —por supuesto— Octavio Paz y Monsiváis. Y cuando de los vivos habló, Oscar De la Borbolla dijo que estábamos presentes todos los que deberíamos estar: los amigos, los alumnos y los lectores más fieles de René.
Por su parte, el poeta que devino gerente editorial y académico de la lengua, don Jaime Labastida Ochoa, centro sus palabras en la evocación del pasado de René Avilés Fabila como militante político sui generis del Partido Comunista Mexicano y de la Liga Comunista Espartaco, organismos de los cuales fue expulsado, junto a José Revueltas y Eduardo Lizalde, por sus incurables desviaciones pequeño-burguesas. Pasó después a realizar una curiosa como errática definición etimológica de la palabra utopía, y terminó dictando lección sobre epistemología de la ciencia. En cierto, fue un poco extraño, pero —en su descargo debo decir— siempre sus palabras fueron de sintaxis y prosodias admirables.
Pienso que el reconocimiento del estado es tardío. Mucho tiempo pasó antes de que descubrieran su condición de escritor extraordinario. En esta resistencia —es seguro— influyó el talante irreverente e iconoclasta de René que a sus 74 sigue siendo un hombre alegre y políticamente incorrecto. En contraste, es sabido que la solemnidad y la pretensión de infalibilidad son características del estado y de sus instituciones.
Celebro ese premio compartiendo con ustedes, amables lectores el siguiente pasaje de su cuento “Dentro de la piel del lobo”, inserto en el libro “Fantasías en carrusel, 1969-1994”, publicado por el Fondo de Cultura Económica. “Al despertar de inmediato se percató de sus sueños, de sus pesadillas: corría desesperado, angustiosamente, por un Hyde Park distinto del conocido, más lleno de árboles, de complicadas rocas y extraña vegetación, donde él era perseguido y acosado por algo que emitía gruñidos y avanzaba pesadamente destrozando arbustos; en cierto momento las brumas desaparecían y Robert podía ver su situación: al frente grandes muros naturales obstaculizaban su camino; atrás el jadeo y los gruñidos se acercaban, aumentaban de intensidad; Robert esperaba pegado a la pared de piedra y de pronto surgía con violencia una bestia monstruosa, mitad hombre, mitad lobo, de rostro cubierto por pelos y mostrando al gruñir grandes y agresivos colmillos que, por último, se acercaban como para destrozar su yugular. En realidad ignoraba si aquella escena terrible ocurría de noche o de día , pero la figura inhumana le era familiar, muy conocida, y de hecho no lo aterraba, más bien lo sorprendía. Esperaba inútilmente un ataque, una mordida. La bestia no podía causarle pavor porque detrás de aquellos pelos negros e hirsutos, atrás de los feroces colmillos afilados y marfileños, atrás de aquella careta repugnante y sobre aquel cuerpo descomunal y portentoso, estaba su cara, la cara de Robert Lester, hijo de padres desconocidos, criado en los arrabales y en las prisiones, ladrón de profesión y gustoso de ejercerla, permanente rebelde de la sociedad que lo había generado”. Amigos lectores, si me fuera dado realizar una interpretación muy discutible —como tal vez, todas que pretendan exégesis lo sean— diría que la bestia y Robert Lester son René Avilés Fabila en el bosque de los signos (oh, Baudelaire), y que, modus ponens, la suya —la de René— es una larga, fecunda, hedonista y generosa carrera de cincuenta y dos años.