REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

La crisis orgánica del Estado Mexicano


Hugo Enrique Sáez A.

El sistema político mexicano está atravesando por una crisis orgánica. Por una parte, los diferentes niveles de gobierno están ocupados por funcionarios más interesados por su carrera política que por cumplir sus tareas al servicio de la población. Por otra, el tejido social se ha contaminado de la corrupción imperante, a punto tal que se detectan niños y adolescentes participando con el crimen organizado o bien son captados por la prostitución. En suma, se ha resquebrajado la relación dirigentes/dirigidos sin que se vislumbren liderazgos confiables que sustituyan a los actuales. La inseguridad pública ha escalado a niveles terroríficos porque no hay fuerzas militares y policiales en las que se pueda confiar, por la penetración del narcotráfico en las instituciones.
De pronto, los monstruos que se alimentan de sangre humana se nos hicieron patentes a todos, aunque siempre han estado actuando a plena luz del día o refugiados en un segundo plano amparados por sus fortunas mal habidas. Durante años ha estado funcionando un régimen corporativo que mantenía cierto equilibrio inestable en medio de una profunda desigualdad social, cultural y económica. En los últimos años se acumularon los hechos de corrupción impune que generaron una plutocracia ofensiva; el derecho se convirtió en una mercancía más, al alcance de la expedición incontenible de los amparos; desde el sexenio del presidente Calderón se generaron más de cien mil muertos por la violencia del Estado y del crimen ligado al narcotráfico; resultó hiriente el desamparo de los sectores marginados frente a caciques y proyectos empresariales; el gobierno perdió el control sobre amplios sectores del territorio nacional, con lo que se cuestionó el monopolio de la violencia física legítima que se atribuye al Estado.
Estamos asistiendo a un auténtico crimen de Estado, aunque los periodistas a sueldo quieran diseminarlo en acontecimientos locales aislados. Los sucesos detonantes de la situación de excepción que se está viviendo están vinculados en principio con movimientos estudiantiles y la arbitrariedad militar en el uso de las armas, pero se han extendido tanto a pequeños pueblos sometidos a la discrecionalidad de caciques como a diversos sectores urbanos perjudicados por la falta de presencia que manifiesta el Estado, reducido a declaraciones rutinarias que sólo revelan el burocratismo estéril. Se ha radicalizado la separación entre un Estado incapaz de reparar la represión y la injusticia y, por otro lado, una sociedad civil que comienza a organizarse para cubrir la orfandad en que la ha sumido la corrupción oficial. La indignación ha estallado en los sectores sanos de la sociedad, en primer lugar, por el fusilamiento de 22 presuntos distribuidores de droga en Tlataya, Estado de México; en segundo lugar, estalló el movimiento estudiantil del Instituto Politécnico Nacional en contra de una reforma neoliberal en su estructura; en tercer lugar, el asesinato de tres personas y posterior secuestro y desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero, llevado a cabo por policías al servicio del narcotráfico. Se impone indagar a fondo sobre los mecanismos que posibilitan el funcionamiento de las acciones de exterminio que acaban de ocurrir, y que son simultáneas con otras que ocurren en todo el mapa de la República Mexicana.
Además, los actuales abusos significan la continuación de numerosos atropellos a la población que reflejan la ausencia del Estado de derecho. Cabe subrayar, en el plano nacional, a los mineros sepultados vivos en Pasta de Conchos, los niños muertos en la guardería ABC de Hermosillo, los feminicidios que alcanzan picos escandalosos en el Estado de México y en Ciudad Juárez, amén de los numerosos hechos de corrupción como es la compra del avión más caro del mundo para que el presidente salga a vender un país imaginado por sus socios ricos y explotadores, o bien la estafa de Oceanografía junto con la concesión del tren bala México-Querétaro a una empresa china asociada con la esposa de Salinas de Gortari y un testaferro de capitales vinculados con el grupo Atlacomulco; sin olvidarnos de la entrega del petróleo a empresas monopolísticas.
Las instituciones que debieran de fungir como órganos neutrales para resguardar los derechos humanos (Comisión Nacional de los Derechos Humanos) y la transparencia de los procesos electorales (Instituto Nacional Electoral) se han convertido en un botín sometido a las negociaciones de los partidos políticos para repartirse cuotas de poder (y de presupuesto, como es obvio), en consonancia con la estructura corporativa del Estado. Hay una trilogía que se retroalimenta en la generación de una burocracia separada de la sociedad y aliada de la plutocracia empresarial y delictiva: corrupción-complicidad-impunidad. Es sabido que en México el equilibrio inestable del poder se mantiene aplicando una política corporativa, que se organiza controlando desde la cúspide espacios que se reparten por cuotas pactadas con subalternos o aliados. Recuerdo a un funcionario bastante ignorante que explicaba su nombramiento como director de una dependencia atribuyéndolo a que él aportaba 12 mil viejitos (sic) en las marchas. Es decir, en el perfil del dirigente se privilegia su capacidad de disciplinar un sector de la sociedad manteniéndolo obediente en la pasividad. Se les asigna un espacio en el Estado en función de demostrar mayor fuerza que otros para realizar esa tarea de control. Se celebra así un pacto de subordinación hacia quien otorgó ese puesto. Es una alucinación pensar que el poder viene del pueblo, el cual en realidad es usado como carne de cañón para justificarse ante quienes mandan.
A la oposición política se la asimila a las instituciones sobornando a sus dirigentes o bien concediendo un papel inocuo en espacios formales; por ejemplo, tolerarla como minoría legitimadora en las cámaras de diputados y senadores. Por supuesto, este tablero en que se coloca a los actores políticos depende de un centro que en última instancia apunta hacia la presidencia. Permanecer dentro de la cuota depende de guardar silencio cuando habla el superior y adherirse de inmediato a sus dichos. 'El que se mueve, no sale en la fotografía', sentenció el inmorible Fidel Velázquez. El pago por la sumisión al centro es disponer de un territorio donde se puede cometer todo tipo de violaciones a la ley, que generalmente conducen al enriquecimiento personal de los funcionarios. La impunidad existe porque hay una especie de omertà (ley de silencio) que conduce a la complicidad entre los corruptos y los protege entre sí, dado que si cae uno se estremece la red en que los demás están implicados. Realmente siniestro el sistema de simulación en que estamos a punto de ahogarnos en estos nefastos días de septiembre y octubre de 2014.
En el actual contexto de descomposición de las instituciones, el Estado se ha convertido en un ente burocrático que opera como célula cancerosa que se alimenta del tejido social, en lugar de protegerla y desarrollarla. La estrategia que se sigue desde el gabinete de seguridad y de la Secretaría de Educación Pública para enfrentar las protestas que se multiplican en el país consiste en alargar la toma de decisiones con objeto de desgastar a los movimientos que despuntan en la sociedad civil. En contraste, es lamentable que amplios sectores de la sociedad civil atraviesen por la apatía y la indiferencia que los mantiene sumisos e incluso hostiles frente a quienes con valentía se levantan para detener la criminalidad del gobierno y la delincuencia actuando de consuno. Este factor de inmovilismo favorece a la estrategia gubernamental para no resolver nada.
No obstante, el activismo social se está expandiendo. Pedí por Facebook que me ayudaran a rememorar las injusticias, los abusos, los crímenes, la represión y demás atropellos ocurridos en los últimos años, comenzando por los de más de cien mil muertos durante el oscuro sexenio de Calderón. Después de puntualizar más de 50 acontecimientos lesivos para la población, mis contactos aún no terminan la enumeración, y eso que sólo registran los acontecimientos de mayor repercusión nacional. Hoy un alumno de la universidad me comentó que está en Xochimilco junto con pobladores de Nativitas y San Mateo Xalpa bregando para que el Delegado se haga responsable de la inseguridad que los azota: ocho muertos en un mes y varias estudiantes de una escuela nocturna violadas por taxistas piratas.
En contraste, tan poderoso enemigo como narcos y dictadores es la inveterada costumbre de la gente de mentirse a sí misma para permanecer en la servidumbre voluntaria. Se forman disciplinados en la fila circular que sirve de escudo protector para perpetuar la explotación. ¿Cómo neutralizar su efecto desbaratador de las estrategias para terminar con la dominación despótica? La violencia no es el camino, eso queda claro a quienes hoy se movilizan en la geografía de México. Los auténticos monopolizadores de la violencia también monopolizan los medios de programación de masas y de inmediato se encargan de mostrar el video en que un joven encapuchado rompe una vidriera de un edificio público y lo estigmatiza como ejemplo de vandalismo. En principio, es probable que el muchacho carezca de educación y de medios de subsistencia, por lo que responde a esa situación de opresión violenta con más violencia en contra de un símbolo abstracto de quienes lo han sumido en esa depresión social en la que es muy difícil emerger la cabeza. Peor aún, quizá sea un miembro de la policía política del régimen infiltrado en la protesta para generar violencia que luego se atribuirá a quienes defienden su derecho. En definitiva, el victimario-víctima es funcional al sistema e ignora que le está regalando en bandeja un nuevo argumento a favor del statu quo. Sin embargo, los gobernantes repondrán el vidrio con el presupuesto recaudado mediante impuestos a la población de la que proviene el denominado “vándalo”.
¿Qué hacer, entonces? Así como la voluntad de servidumbre se contagia, hay que atacar contagiando la no violencia organizada, como lo hizo el líder campesino César Chávez en Estados Unidos o Mahatma Gandhi en la India. No es fácil. Se requiere mucha valentía para no querer destrozar un mundo que por todos lados huele a podrido. Los más atrasados se educan con la experiencia de quienes avancen a paso más firme. Al mismo tiempo, es imprescindible inculcar la idea de que todos son líderes y no confiar en la cristalización de un liderazgo personalista que siempre está expuesto a ser cooptado por las fuerzas del poder económico y político.