REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

De nuestra portada

Fantástico Avilés ilustrado


Jorge Ruiz Dueñas

Ahora que los años nos acercan más a la nómina de los caídos, se me ocurre pensar que toda obra sujeta al tiempo, como es la literaria, surge de la hipótesis falsa de lo perdurable. Apunto algunos comentarios que he sostenido a lo largo de tres décadas. Pero el rescate del recuerdo nos alienta siempre, para hacer de ese corpus parte de nuestra materia. Así, por razones inherentes a mis obsesiones busco el trazo que se tiende sobre el hombre y la palabra. En el caso de René Avilés -de quien he leído novelas, cuentos, relatos, ficciones mínimas y máximas, ensayos, libros variopintos propios de la fusión de los géneros a que aludía Eugenio Montale, y varios conjuntos de memorias- creo que ese arco pasa por la angustia existencial, el ansia de vivirlo todo y la persecución de un mundo inasible. No sé si la energía gastada en polémicas ha dado más vigor al argumento central de su naturaleza narrativa, o si esas escaramuzas son también el escorzo del hombre de acción que pudo ser al final de una ilusión social, parodiando la obra de Furet. Algo le mueve a buscar su centro fuera de los centros, ya se trate del joven comunista sorprendido por hacer literatura no programática, del funcionario universitario, del periodista cultural y político, del académico empeñado en la forja de universitarios, por mencionar algunos de sus oficios no perdidos, para contradecir una expresión que no le es ajena.
Lo cierto es que, la apariencia de desparpajo combativo por el cual a la menor provocación desnuda las nomenclaturas y los sistemas políticos, justificado por la estrategia de los argumentos se da al rigor de hacer parecer fácil el discurso literario en la descripción de la agria cotidianidad. En ese mundo se mueven caracteres que, insisto, como los de John Cheever fuman y beben demasiado. Pero no están en esas páginas por azar, porque como ha escrito Roger Caillois: “el azar no tiene corazón ni memoria”, y Avilés pone en ellos cuotas de instinto para atrapar a los sátrapas cuando quedan solos en Palacio, a los hombres de la calle, a las mujeres de peso completo o a los antihéroes desollados por la realidad que descubre febril y despiadada. En él son aplicables las preguntas de André Breton planteadas en L´amour fou: “qué precauciones y qué astucias aporta el deseo, en pos de su objeto, para navegar a través de las aguas preconscientes, y una vez descubierto ese objeto, de qué sorprendentes medios dispone hasta nueva orden para darlo a conocer a la conciencia”.
El engaño, el sexo, la decepción, la convicción de haber llegado al límite sin el drama de la finitud, la morbilidad de las almas que transitan por sus páginas trazando un mapa contra la usura del tiempo, todo ello, es la raigambre de sus temas en tránsito por la experiencia y el desgaste. Pero el viaje en la urbe, los pasos perdidos por extraños países, cosmopolita como es y ajeno a los espacios abiertos, subraya un desarraigo y evidencia el peso del reconocimiento de sí mismo en esos personajes que tienen calidad de exilados perpetuos. Esto, porque más que buscar, rechazan el regreso a Ítaca: son Telémacos que no buscan prolongarse en el padre, prefieren la pasión de Circe en las alcobas de la imaginación para no llegar jamás al encuentro de la fidelidad obligada. Avilés Fabila, formado en un México que se nos ha ido y en los meandros de una nueva tradición intelectual francesa, contestataria pero reflexiva, así como en la sana experiencia de ver al país desde el otro confín del mundo, me ha parecido siempre hijo legítimo de esa “lost generation” arramblada, al igual que él, décadas antes en París. Impuesto de Kafka y Marx, esa sensación de ruleta de la muerte a la manera de Scott Fitzgerald, sin melancolía ni aduanas innecesarias, fluye en cada una de sus novelas y cuentos, a partir de cualidades identificadas con lo que Borges llamaba “un juego preciso de vigilancias, ecos y afinidades, [...] un orbe autónomo de corroboraciones, de presagios”.
Las funciones narrativas, internas y externas, de las ficciones de Avilés Fabila, están siempre dispuestas a construir tramas con discursos literarios que reclaman tiempo y espacio propios. Alterna los estilos: la narración escénica, la narración panorámica y la descripción, de manera eficiente y sutil. Con el paso del tiempo se ha preocupado menos por las experimentaciones formales, y sí por los imperativos del pacto literario con sus lectores; por el guiño, la sonrisa a mitad de la página, entre el resorte de la trama y el desenlace fortuito al doblar de los ejes compositivos, justo en el cruce de los núcleos narrativos como una canasta de manzanas envenenadas, previo aviso.
La sensación que da en ocasiones esta literatura es la de no saber si se escucha o se lee, porque el injerto del autor-relator ha dado frutos. No se preocupa por espacios simbólicos, pero sí por la narración del mundo y por el tiempo de la aventura. Aventura que no constituye una secuencia de hazañas, sino la de los destinos constantes y sonantes de mitos sin héroes, que es la materia misma de los hombres y las mujeres contemporáneas. La muerte, como hemos aprendido a partir de Réquiem por un suicida, no ha sido omitida en los desenlaces anunciados para buscar una tensión reflexiva, pero a ésta no la ha hecho pasar por la truculencia exacerbada. Existe en la narrativa occidental una movilidad perpetua -de la percepción escéptica a la imaginación seductora- tan compleja como cotidiana, a la que no se puede reprochar su voraz tendencia a hacer de la fatalidad, como del ocio, retratos viciados por la presencia ineludible de lo que somos y nos rodea. Por ello, en ésta y muchas otras novelas, Avilés ha dejado constancia de una cultura pulida y esmerada que, simultáneamente, es narración y ensayo sobre un tema controvertido, abordado a lo largo de los caminos literarios con la recurrencia misma de los pensamientos eróticos.
¿Qué es, pues, lo que nos transmite este autor, sólido y alejado de la gratuidad? ¿Qué demonios desata en nosotros, lectores de este fabulador dispuesto a dar sus testimonios literarios? ¿En qué rincón de su pensamiento guarda la clave de seres que deliberadamente hace morir entre sus manos? La respuesta es que, a la postre, con todo ello nos ofrece el teorema del hombre y la mujer irreconciliables con el olvido que buscan resonar algún día como las trompetas de Jericó.
Cuando ya no sabemos si los personajes dictan a su autor la efervescencia de sus actos y la lucidez de sus juicios, deja de importarnos si la vida copia al arte o viceversa, porque para los creadores el arte es la vida misma, y entonces vuelve a mi memoria y me solazo en repetirlo, la certera expresión de Fernando del Paso en Palinuro de México, donde advirtió que ciertos personajes literarios se asemejan a los de la vida real porque algunos personajes de la vida real se comportan como personajes de novela.
Por otra parte, Avilés Fabila tiene un notable interés por la crónica que se asume como testigo de su tiempo. Pero en sus páginas nunca sabremos -ésa es la tarea del buen escritor- dónde inicia la fantasía. Todo se asume como verdades literarias posibles en la conciencia del mundo, en demérito de la verdad histórica hecha para otra clase de juicios. Estar del mismo lado de la calle es más perceptible en Recordanzas, Nuevas recordanzas, El libro de mi madre y Antigua grandeza mexicana, porque a la oportunidad y brevedad, suma la visión integrada no sólo por el arreglo temático sino también por el contrapunto de cada serie en una oscilación perpetua entre la vida y la muerte.
En estos escritos, Avilés Fabila, recurre al método diacrónico, a la narración de los hechos ocurridos a lo largo del tiempo. Pero una generación (y atiendo aquí no al concepto de los demógrafos ni el vinculado con la exacta coincidencia en las aulas, en los estilos literarios o en las maternidades, sino al que deriva de ser coetáneo y de la idea de Ortega y Gasset), inevitablemente se ve movida a hacer una lectura sincrónica, a involucrarse en el relato considerando que otros hechos -próximos a cada uno- se llevaban a cabo a un mismo tiempo. De esta manera Avilés Fabila ha generado el registro de la metrópoli y de la vida cultural nacional que nos correspondió. Nos proporciona así un testimonio como el producido en Literary San Francisco por Laurence Ferlinghetti y Nancy J. Peters.
Confieso que del conjunto de la obra disfruto de manera particular lo que llamo el bestiario del pensamiento, porque las líneas de lo real y lo imaginario fluyen como un solo horizonte. Antes, para escribir esas ficciones, mejor conglomeradas en Los animales prodigiosos, Avilés ha abrevado en las páginas de la cultura universal, recogidas por oficiantes de excepción de la literatura laica y sacra. De esta última fuente, dicho de soslayo, viene su desconcertante Evangelio según René Avilés Fabila: crítico, hierático y sin dogmas. Bien se ha dicho que la distinción entre lo real y lo imaginario es una convención metodológica. Parece claro que las estructuras mentales se corresponden con las estructuras del universo. Por ello, Los animales prodigiosos de Avilés Fabila se unen a las mitificaciones de un conocimiento intuitivo. A los monstruos ridículos en los cuales se solaza el autor, los ha hecho presentes también en otras páginas: La desaparición de Hollywood (1973), Los oficios perdidos (1983) y Cuentos y descuentos (1986). Así, este inventario de formas mentales, recurrentes e incómodas, ha logrado con otras novedosas perversiones híbridas, presentar de manera por demás picaresca una obra colmada de méritos singulares.
Los seres fantásticos de Avilés Fabila son una cadena narrativa de imprevistos y de sorpresas donde el humor suple a la tragedia, a la pérdida irreparable de la inocencia o al daño implacable y definitivo. Insistiré, sin embargo, en que este tipo de textos acumulan virtudes que exceden el simple seguimiento de las propuestas a la manera de Kafka, Borges o Apollinaire, pues son afluentes de El fisiólogo (antecedente conspicuo de los bestiarios medievales), en tanto las características de las criaturas reflejan una sintaxis moral, la ruptura de equilibrios de la cual surge una taxonomía contemporánea y variada de monstruosidades acordes con la época. La vesania de los textos está en su implacable veracidad, en la subterránea taxonomía de los esperpentos sociales existentes.
Rabelais manejó también festivamente este recurso, cuando empleó a la rémora para recrear la inexplicable lentitud y desesperante marcha de la justicia. No se trata pues de dramatizar y, si acaso se abusa un tanto de la noción del monstruo, como confesaba Ambroise Paré, es siempre con la buena intención de enriquecer el tratado. Las páginas de René Avilés Fabila entroncan pues con el sarcasmo de Bernhard de Breydenbach quien, desde 1490, ya nos advertía que los comerciantes egipcios vendían pieles de dragones que en realidad eran cocodrilos, por lo que era preciso desconfiar de las falsificaciones. Precisamente ese “Jardín de las delicias” a que se alude en La canción de Odette, libro que abre con Tantadel -ambas novelas de amor y desamor- la colección de sus obras que ya suman catorce tomos, nos permite retomar en este autor profano el abordaje de la latente bestialidad del ser humano.
Desde Las Confesiones de San Agustín, pasando por Les Confessions de Juan Jacobo Rosseau, hasta Mémoires D´Espoir del General Charles de Gaulle, el tránsito de la verdad sobre los hechos es sólo eso: un tránsito. Lo que entre muchas características distingue este viaje al pasado, próximo o remoto, emprendido por Avilés Fabila, es la inclusión no sólo de las vicisitudes de lo que aparenta ser una existencia divertida, sino, como el mismo obispo de Hipona, “Doctor de la Gracia”, a partir del libro X de su patrística obra, es el abordaje de disquisiciones teóricas y el reconocimiento de la Verdad que para René es, fundamentalmente: la verdad literaria.
Finalmente, debo admitir que con algunos textos de René Avilés Fabila viene a mi memoria de manera recurrente una imagen: el discurso de Suecia leído en Upsala por Albert Camus con motivo de la entrega del Premio Nobel, en donde hacía la apología de su generación, vamos, de los hombres de su época. A su manera René Avilés lo reconstruye, nos prodiga memoria, y nos hace preguntar si pudimos haber sido en otro espacio o momento y nos hace padecer, así sea sólo con la posibilidad de no haber coincidido en este nuestro tiempo de canallas, arrastrados en la tragedia del poder, convencido René, quizá, por las palabras de mi viejo maestro León Felipe cuando apuntaba que no en la primera, sino en la última página acaso sepa el hombre cómo se llama.