REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 10 | 2019
   

Confabulario

El cuadro perdido


Maribel Ramos Vizuet

Fue en el otoño del año dos mil. Las clases de matemáticas se consumaban a medio día; la escuela parecía solitaria, no por la ausencia de adolescentes, sino por el eco lacrimoso de las nubes y por la indiferencia normalista que no cobijaba ninguna ignorancia, ningún dolor. No existían puertas que revelaran alguna evasiva. Todo era un candado en medio de la duda: las rejas amarillas, los uniformes rojos, los pupitres negros y los discursos grises de los preceptores.
Cierto día, debido a la casualidad que produce el hastío, ella se dirigió a los escasos estantes de la biblioteca. Encontró un libro que nadie lee, que nadie hojea y que, ni siquiera, nadie mira. Un texto de pintura española contemporánea. Quizá fue la única chica que te halló; eras un pintor extraviado: “El cuadro titulado Valotte, del pintor catalán Julián Lézon, es, sin duda, la expresión más singular de la búsqueda de lo realista -dialogaba con sus líneas el grueso libro-. Inspirado en bocetos ingleses del siglo XII, ciertamente, manifiesta la morada más sublime que jamás se haya pintado.”
Era un cuadro maravilloso. Los matices que retrataban a un guitarrista que, cauteloso, contemplaba sobre una ventana, dentro de una minúscula casa. Huyó a un bosque donde espléndidas eran las personas. Los niños transitaban jubilosamente y hablaban, hablaban de que todavía se puede localizar el comienzo del cielo.
Dicho guitarrista se fugó de su hogar sobre Nueva York, pues un dios hindú le concedió una puerta cuya ruta trasladaba a la vida en otro planeta, ya que un asesino hawaiano, que pretendía exterminarlo, había conseguido un revólver en un mercado de una ciudad forastera.
Tu cuadro rasgaba los horizontes que despiertan la esperanza. Intacto era el pecho de aquel músico. Inmediatamente, ella imaginó el suspiro pueril que nace al final de una clase, el cabello que se regocija mientras el edén solloza y la turbación de un chaval cuando hurta un objeto dentro de un comercio. Hormigas de alegría se clavaron en su boca.
Los colores de tu cuadro prorrumpían una voz perfecta, una resonancia de juventud. De pronto, las gamas clausuraban la angustia de una prematura locura. De repente, la historia teñida perdía cualquier importancia. No eran las ventanas que gesticulaban, el cielo que murmuraba, los niños que la saludaban ni los árboles que bailaban. Eran tus dedos, eran tus manos, eras tú. Aquel torbellino de balas no había traspasado el corazón que un día esbozaste y que, a la vez, eras tú. Cabía la oportunidad de un inédito suceso. Te habías convertido en un grato refugio entre la mísera jaula.
Cerrado el libro, volvía a imperar la inexpresiva realidad. Después de las arduas clases, ya en los recesos que el colegio proveía, ella se conducía hacia el rincón de la floresta abandonada. Ocultaba el rostro y la soledad irreparables.
Una mañana, cuando el sol iniciaba el suspiro, luego de la visita diaria en la biblioteca, ella arribó tarde al umbral del salón: “¿Acaso desconoce la hora en que principia la clase? ¿No le inculcaron los buenos modales? ¿No sabe qué es el respeto? ¡Despierte! -Apuntó la instructora con desprecio. Me han llegado informes de sus quejas, debido a las múltiples molestias que le ocasionan sus compañeros. No me extraña que la atosiguen: usted es mujer y, como tal, tiene que causar admiración y hermosura. Es claro que usted los incita. Una damita debe ser apacible, cándida, cauta, encantadora… Y usted ha transgredido todas las normas. Pese a que no tengo tiempo para contemplarla, entre inmediatamente y, en lugar de sollozar, debería procurar el aliño de su uniforme y la pulcritud de su cabello”. Ella, después de secar las lágrimas, entró fuerte en medio de la mofa estridente de los lozanos colegas.
La profesora de lengua española, lejos de enseñar la verdadera gramática, pedía a sus discípulos colorear con crayones apuntes y oraciones confusos. Como si la sintaxis hispánica se cimentara en un aire mediocre, como si el idioma de los sueños no se ajustara a la lógica consciente, como si todos vieran y no lo quisieran: “Eres una oración coordinada y adversaria -pensó ella desde un pupitre olvidado-, dos sujetos y un pronombre difíciles de digerir; dos verbos que me esclavizan el alma; un circunstancial de negación que nadie pretende ver y un predicativo que la oscura ciudad guarda en el miedo. Una ceguedad que prefiere un edredón farsante al martillo de la verdad.” -Y dijo en silencio: “Te odio; no eres una maestra.”
Luego de la pesadilla didáctica, la tarde respiró un viento húmedo y azul. Ella se incrustó en el domicilio de siempre, caminó hacia la alcoba y aprehendió un frasco de ácido suicida. Después, abrió el lecho, encajándose bajo las cobijas tibias. El frío aumentaba el miedo de las manos convulsas, las cuales sepultaban el líquido en la nudosa garganta.
Después del letargo, la conciencia había despertado en un nocturno hospital. Los esfuerzos eran malogrados, pero el anhelo no. Apresuradamente, desenterró el respirador artificial y la aguja de suero que herían la piel aún con vida. Apartando la cordura a un lado, se trasladaría al colegio que frecuentaba.
Cuando la madrugada aún seguía despierta, ella cruzó panteones, incendios, bosques, carreteras y coches. Todos sórdidos. Faltaba un minuto para las siete: un minuto para alcanzar la puerta abierta. Finalmente, luego de mucho correr, se incorporó al colegio. Dedos y miradas de extrañamiento se posaron mordaces sobre el cuerpo femenino, sucio y jadeante. Obsesionada, caminó hacia la biblioteca, tomó el libro y lo partió en la página donde yacía la extraordinaria pintura. Las puntas de sus dedos acariciaron sensuales el lustre de tu rostro. Ella ya sabía; el guitarrista eras tú. Tus gestos, tus movimientos, tu perfil, tu voz… Era indudable. Entonces, escaló en lo más alto de la mesa de lectura y, para hundirse en la felicidad agitada en el escándalo de tus colores, se arrojó justo en la hoja abierta. Poco a poco, la piel se disolvía en los verdes matices. Al cabo de unos segundos, ella estaba, como un dibujo, en el centro del cuadro, caminando directo a tu puerta, donde le abriste y, posteriormente, la guiaste a la ventana con una risa para mirar el mudo.